Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 20 La elección
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Capítulo 20 La elección

PATRI

Elena no está. Después de lo que ha pasado, de ese amago de naufragio a milímetros de su boca, no ha vuelto al cuarto.

Miro su escritorio: limpio. No están los auriculares negros presidiendo la mesa común, ni su mochila tirada de mala manera contra la pata de la cama, ni ese desorden ruidoso que suele inundar su lado de la línea.

Siento un gran alivio. Acabo de acordarme de que es martes. Claro. Se ha ido al ensayo de teatro de la facultad.

Me siento en mi silla, con las manos apoyadas en las rodillas, incapaz de abrir un solo libro. La quietud de las paredes me devuelve el eco de mis propios fantasmas.

Entonces, el teléfono vibra sobre la madera. Es un mensaje de mi padre.

Papá: Tu madre y yo creemos que quizá Santa Clara te está distrayendo más de lo conveniente, Patricia. Ven el finde a casa y hablamos, por favor. Confírmame para que mañana te coja billetes.

Me quedo mirando la pantalla mientras el pulso se me ralentiza hasta volverse de hielo.

Ahí está. No es una sugerencia; es una orden de evacuación sutil.

Mi padre ha olido la "distracción" a kilómetros de distancia y está tirando de la correa.

Volver a casa este fin de semana significa sentarme a la mesa del comedor familiar, soportar las preguntas cruzadas de mis padres, dejar que auditen mis notas, mis horarios y mi vida entera, para terminar diseñando un plan de contingencia que me devuelva al redil.

Es la salida de emergencia perfecta. Si respondo con un "vale", mañana tendré un billete a mi nombre.

Puedo huir de Elena con una excusa impecable, volver a ser la hija eficiente y enterrar lo que pasó en el claustro bajo el peso de mis obligaciones heredadas.

Puedo dejar que decidan por mí y ponerme a salvo de lo que me asusta.

Miro la cama de Elena. Miro el espacio exacto del suelo donde nuestras manos se tocaron por culpa de una hoja suelta.

Entiendo, con una claridad abrasadora, que huir también es una decisión. Si me subo a ese tren, algo se romperá.

Bloqueo el teléfono. Me levanto de la silla tan rápido que la estructura de madera protesta contra el suelo. Mis dedos no tiemblan cuando pulso el botón de llamada.

—¿Papá? —digo en cuanto escucho la señal de línea—. No me cojas los billetes. No voy a ir este fin de semana.

—Patricia, no se trata de lo que quieras, sino de lo que te conviene —responde su voz al otro lado, con esa cadencia de consejo de administración que no admite réplicas—. Tu madre y yo queremos hablar en persona sobre cómo te estás organizando en Madrid.

—Precisamente —le interrumpo, y es la primera vez en mi vida que le piso una palabra a mi padre—. Estoy bien donde estoy. Tengo que quedarme a estudiar.

Al otro lado de la línea se hace un silencio breve, educado, mucho más amenazante que un grito.

—Patricia.

Una sola palabra. Mi nombre entero pronunciado como una advertencia.

Cierro los ojos un instante. Durante años, ese tono ha bastado para devolverme al sitio exacto que se esperaba de mí.

—Papá, he dicho que no voy a ir. Estoy bien, gracias.

Me sorprende la calma de mi voz. Cuelgo antes de que pueda añadir nada más.

Me quedo inmóvil, con el móvil todavía pegado a la palma de la mano y el corazón desbocado. Acabo de desobedecer a mi padre por teléfono. No he alzado la voz. No he llorado. No he pedido permiso para no querer lo que él quiere.

Me siento de nuevo en el escritorio, pero esta vez no abro el manual de Microeconomía. Saco una hoja limpia y me pongo a dibujar.

Al principio no sé qué estoy trazando. Solo dejo que el bolígrafo se mueva, que la tinta azul avance sobre el papel con una seguridad que yo todavía no siento en el cuerpo. Dibujo una línea vertical. Luego otra. Un arco. Una madera antigua atravesada por vetas oscuras.

Casi una hora después, el clic de la cerradura rompe la quietud.

Elena entra en la habitación. Trae la chaqueta un poco húmeda por la llovizna de la calle y la mochila colgando de un hombro.

Se frena en seco en el dintel al verme. Sus ojos oscuros van directos a mi mesa, registrando que sigo aquí, y luego bajan al cuaderno abierto de par en par bajo la luz.

Se quita la mochila despacio, dejándola junto a su cama, y se cruza de brazos mientras me sostiene la mirada. Su postura sigue siendo defensiva, armada, pero hay una expectación tensa en su rostro.

Respiro hondo. Me cuesta, pero la intimidad de las cuatro paredes de la 214, en lugar de asfixiarme, esta vez me da el suelo que necesito para no caerme.

—Me ha llamado mi padre. Quería que fuera a casa este fin de semana para hablar de mis "distracciones". Le he dicho que no me coja los billetes.

Elena se queda completamente quieta. El sarcasmo se le congela en los labios, y veo una rendija de pura sorpresa en su mirada.

—No eres el problema, Elena —añado, dando un paso invisible hacia ella en mi propia cabeza—. Me asusté en el partido el otro día. Me sigo asustando cada vez que te acercas porque no sé qué hacer. Pero no quiero que mi miedo decida por mí. Ya no.

El cuarto se queda en un silencio absoluto. Elena me observa fijamente, asimilando mis palabras, midiendo la verdad que acaba de escuchar con una intensidad que me eriza la piel de los brazos.

—Entonces quédate —dice, y una sonrisa diminuta, de las suyas, de las que muerden pero protegen, asoma en la comisura de su boca.

Elena da la vuelta y se sienta en su cama, cogiéndose las rodillas, devolviéndome el espacio pero manteniendo los ojos fijos en los míos.

El corazón me golpea tan fuerte que durante un segundo pienso que voy a marearme. Miro el dibujo sobre mi mesa. Cierro los ojos.

Durante años he confundido quedarme quieta con obedecer. Con portarme bien. Con no molestar. Con no desear nada que no pudiera explicar en voz baja, dentro de una categoría correcta.

Pero esto no es eso. Esto no es quedarme porque alguien me lo haya pedido. Esto no es quedarme porque no sepa a dónde ir.

Esto es otra cosa. Abro los ojos y doy un paso.

Elena deja de respirar. Lo veo. Lo noto en la forma en que sus dedos se cierran alrededor de sus propias rodillas, en cómo su espalda se tensa contra la pared, en esa fijeza oscura que me sostiene sin arrastrarme.

Doy otro paso.

El pasillo entre nuestras camas nunca ha parecido tan corto ni tan inmenso. Un metro y medio de suelo de madera, una línea invisible trazada con prejuicios, miedo, auriculares, folios caídos y todas las veces que hemos fingido no entendernos demasiado.

Me detengo frente a ella.

Elena levanta la barbilla apenas un poco. Está sentada y yo estoy de pie, pero por primera vez no siento que ninguna de las dos tenga ventaja. Solo hay una distancia mínima, transparente, respirando entre nuestros cuerpos.

—Patri… —murmura.

Trago saliva.

—No sé hacerlo bien.

Elena me mira con una suavidad que me rompe un poco.

—No tienes que hacerlo perfecto.

La frase exacta que ninguna de las personas que me han querido a su manera ha sabido decirme nunca.

No tienes que hacerlo perfecto.

Me inclino despacio, dándole todo el tiempo del mundo para apartarse. Elena no se mueve. Solo suelta las rodillas, bajando las manos hasta el colchón, como si también necesitara recordar que tiene cuerpo, que esto está pasando.