Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 19 Fronteras transparentes
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Capítulo 19 Fronteras transparentes

ELENA

El silencio que se instala en la escalera secundaria después de que Patri se eche hacia atrás es tan denso que casi se puede tocar.

Veo cómo recupera el aire, cómo intenta recolocarse la armadura invisible y cómo se le tensa la línea de la mandíbula mientras da un paso hacia el lateral para marcharse.

Esta vez no la detengo físicamente, pero mis palabras la frenan antes de que alcance el primer escalón.

—No voy a empujarte, Patri —digo, manteniendo la voz firme, desprovista de la rabia que el orgullo me pide a gritos, pero cargada de una madurez que necesito para no diluirme—. No voy a ser la que te obligue a saltar si tienes miedo a las alturas.

Patri se detiene de espaldas a mí. Sus hombros, siempre perfectos, se hunden un milímetro.

—Pero tampoco voy a fingir que no está pasando nada —continúo.

Ella se queda tiesa, mirando los escalones desgastados. Veo cómo aprieta los puños dentro de los bolsillos de su abrigo de paño, asimilando cada palabra.

Durante un segundo absurdo, espero que diga algo.

Que me pida perdón. Que me diga que tiene miedo. Que me suelte una de esas frases suyas, secas y medidas, que parecen cerrar puertas pero en realidad dejan una rendija abierta para que entre algo de aire.

No dice nada.

Patri da un paso hacia un lado, luego otro, y desaparece a lo lejos sin decir una sola palabra. Pero la forma en que arrastra los pies me dice que el mensaje ha entrado limpio, directo al centro de su sistema. Se ha quedado tocada.

Vuelvo a la facultad. Los martes por la noche tenemos grupo de teatro en una sala pequeña del sótano de Humanidades.

Cuando llego, el ensayo ya ha empezado; se oye desde el pasillo. Voces superpuestas, risas, una silla arrastrándose por el suelo y la voz de Mar, la directora, pidiendo por tercera vez que alguien cierre la puerta porque “la energía se escapa”.

Empujo la puerta con el hombro y entro intentando hacer el menor ruido posible. Hay doce personas repartidas por la sala negra, descalzas o en calcetines, con ropa cómoda y caras de concentración dudosa.

Mi amigo Álex está sentado en el suelo junto a una pila de mochilas, estirando la espalda como si tuviera algún tipo de autoridad corporal que yo, desde luego, no poseo.

En cuanto me ve, arquea una ceja.

—Llegas tarde —susurra.

—He tenido que negociar con los muros emocionales de Santa Clara. Necesitaba venir a un sitio donde la gente esté rota de una forma más artística.

Álex me mira de arriba abajo, despacio.

—Vienes blanca.

—Gracias. Tú también tienes mala cara.

—Yo estoy ensayando a un personaje que lleva tres actos sin dormir.

No me da tiempo a contestarle porque Mar da dos palmadas en el centro de la sala.

—Elena, ya que has decidido honrarnos con tu presencia, entra en el ejercicio. Estamos trabajando escucha y distancia.

Por supuesto.

El universo tiene un sentido del humor pésimo.

Dejo los libros junto a las mochilas, me quito la cazadora y entro en el espacio como si mi cuerpo no estuviera todavía en aquel rincón del campus, detenido a un milímetro de una boca que no he besado.

Cuando termina el ejercicio, me dejo caer junto a Álex en el suelo, con la espalda contra la pared negra de la sala. Él me pasa su botella de agua sin mirarme.

—¿Santa Clara? —pregunta.

Asiento.

—¿La compañera de cuarto?

No respondo.

Álex tampoco insiste enseguida. Eso es lo bueno de la gente de teatro: pueden ser insoportables, dramáticos y adictos a nombrar emociones ajenas, pero también saben cuándo un silencio está trabajando.

—No ha pasado nada —digo al fin.

Él gira la cabeza hacia mí.

—Qué frase más peligrosa.

—Literalmente. No ha pasado nada.

—Eso suele ocupar más espacio que lo que pasa.

Me río por la nariz, sin fuerza.

—Casi pasa.

Álex asiente despacio, como si acabara de encajar una pieza.

Miro al centro de la sala. Mar ha apagado parte de las luces y mis compañeros se mueven en una penumbra cálida, torpes y honestos, probando voces que no son del todo suyas para decir verdades que sí lo son.

Aprieto la botella entre las manos.

—No quiero empujarla —digo.

Álex espera.

Trago saliva.

—Pero tampoco quiero quedarme esperando en la puerta como si mi vida fuera un servicio de guardia.

—Bien —dice él.

Lo miro.

—¿Bien?

—Sí. Muy maduro. Muy incómodo para tu marca personal, pero bien.

Esta vez sí me río.