Capítulo 18 La penumbra del claustro
PATRI
Estos días están siendo insoportables. Desde el partido de pádel, ya no sé dónde esconderme de Elena.
El examen de Microeconomía termina pasadas las ocho de la tarde, y para cuando salgo de la biblioteca central, el campus ya está envuelto en una niebla húmeda que huele a tormenta reciente.
Al llegar cerca de Santa Clara, decido ir al lateral exterior para buscar un poco de tranquilidad antes de volver a la habitación.
No funciona. Al girar el recodo del pasillo de piedra, me la encuentro de frente.
Elena camina en dirección contraria con un par de libros bajo el brazo. Al verme, detiene el paso. Estamos solas.
Intento pasar de largo, asintiendo con la cabeza con todo el control institucional que soy capaz de reunir, pero ella da un paso lateral, cortándome la trayectoria sin brusquedad.
—No tienes que mirarme como si yo fuera el problema, Patri —dice, y su voz, baja y ronca, rebota en las paredes de piedra caliza.
Me quedo quieta. Intento activar mi máscara, recordar las normas, el apellido, la distancia correcta, pero no puedo.
Estoy cansada. La tensión acumulada desde el partido de pádel, el recuerdo de su piel limpia en el vestuario, el eco punitivo de las campanas y el encierro de la habitación se juntan de golpe en mi estómago, colapsando mi sistema de defensa.
—No te miro así —consigo decir, pero la voz me traiciona, saliendo pequeña, desarmada.
—Sí lo haces —Elena da un paso más. Está demasiado cerca.
Puedo oler el frío de la lluvia en su chaqueta y el rastro de café que siempre la envuelve—.
Llevas dos días disculpándote con las paredes por haberte divertido conmigo.
Y me cansa, Patri. Me cansa tener que adivinar qué versión de ti va a despertarse cada mañana.
La distancia entre nosotras se reduce a una cuestión de milímetros. Mis ojos bajan, de forma magnética e inevitable, hacia su boca. Hacia la curva de sus labios entreabiertos por la respiración.
Elena lo nota. El reproche desaparece de su expresión, sustituido por una fijeza oscura que me paraliza los pies.
Se inclina un milímetro hacia mí. Todo mi cuerpo me grita que me adelante, que rompa el dogma, que me deje caer en el espacio que nos separa.
El aire quema. Es el momento. Es el roce que llevo esquivando desde hace semanas.
Pero el pánico gana el último asalto. La imagen de mi padre, el peso del crucifijo de la puerta, la certeza de que no hay billete de vuelta si cruzo esa línea me golpean con la fuerza de un resorte.
Me aparto un paso hacia atrás, interrumpiendo el movimiento antes de que nuestras bocas se toquen. Me detengo, temblando, con el corazón golpeándome las costillas como un animal enjaulado.
Elena se queda inmóvil, sosteniendo el espacio vacío que acabo de dejar y que no tengo ni idea de cómo llenar.