Capítulo 17 El repliegue
ELENA
La retirada de Patri no es un portazo; es una marea baja. Silenciosa, paulatina y gélida.
Ayer, después del partido, la chica que reía en la red y me rozaba la espalda para marcar la posición desapareció por completo. Se metió en la cama una hora antes de lo habitual, dándome la espalda de forma categórica. Ha vuelto la heredera.
Hoy, después de clase, Patri se sienta en su escritorio con una rigidez que roza lo doloroso, responde a mis preguntas con monosílabos secos y evita cruzarse con mi mirada como si mis ojos tuvieran un virus contagioso.
Yo me quedo sentada frente a mis apuntes.
Podría picarla. Podría soltar uno de mis comentarios sarcásticos para obligarla a saltar, para forzarla a salir de esa cueva de culpa educada en la que se ha encerrado.
Pero no lo hago. Si algo he aprendido de Patri de Castro en estos meses es que cuando se asusta, se vuelve de piedra.
Y si la empujo ahora, solo voy a conseguir romperme los dedos contra su muro. Tengo que ser cuidadosa.
Dejo el bolígrafo sobre la mesa y me paso la mano por la cara, frustrada.
Anoche Patri me miraba como si yo fuera una bola imposible de devolver. Había fascinación en sus ojos, una urgencia limpia. Hoy me mira como si yo fuera una falta grave. Como si el simple hecho de haber compartido una tarde de sudor y risas fuera un pecado que tiene que purgar.
Me levanto de la silla con más ruido del necesario. Patri no se gira, pero sé que me ha oído. Lo noto en la tensión mínima de sus hombros, en la forma en que su mano se queda suspendida sobre el margen de la página sin llegar a escribir nada.
Cojo mi sudadera del respaldo de la silla y me la pongo despacio.
—Voy a la biblioteca —digo.
—Vale.
Me río por la nariz, sin alegría.
—Brutal despliegue conversacional. Te estás superando.
Patri aprieta el bolígrafo.
—Tengo que estudiar, Elena.
Durante un segundo, una parte de mí quiere hacer lo de siempre. Atacar primero. Decirle que estudie, que rece, que se meta en una hoja de cálculo si le resulta más cómodo que tener pulso. Pero la frase se me queda atrapada detrás de los dientes.
Camino hacia las escaleras con las manos metidas en los bolsillos y la garganta demasiado estrecha. No sé qué me duele más: que Patri tenga miedo de mirarme o que una parte de mí entienda perfectamente por qué.