Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 16 Campanadas en mi cabeza
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Capítulo 16 Campanadas en mi cabeza

PATRI

Elena tiene el pelo empapado, dejando marcas oscuras de humedad en los hombros de una camiseta limpia, y se mueve por la habitación con una calma perezosa que me asfixia.

Yo me siento en mi escritorio, con la coleta todavía húmeda y la piel tirante. Intento abrir el manual de macroeconomía, pero las manos me tiemblan ligeramente sobre las páginas limpias.

No es por el esfuerzo físico. Es por lo que ha pasado en la pista. Es por la forma en que su cuerpo se ha movido junto al mío, por el calor de su espalda bajo mis dedos y por la fijeza de sus ojos oscuros cuando nos hemos quedado demasiado cerca.

De pronto, las campanas de la capilla de San Griselmo empiezan a repicar. Siete de la tarde.

El sonido es grave, denso, un eco de bronce pesado que reverbera en los muros de piedra del claustro y se cuela por la rendija de nuestra ventana. Es el aviso de la misa de vísperas. Y, con el primer tañido, la atmósfera de la habitación cambia por completo.

San Griselmo se hace sentir. Entra como una corriente de aire helado que barre de golpe la adrenalina de la tarde, la risa de Marta, la complicidad en la red y la luz de Elena.

Las paredes vuelven a estrecharse a mi alrededor, recordándome con una violencia sorda dónde estoy.

Quién soy. O, mejor dicho, quién se supone que debo ser.

Levanto la vista hacia el pequeño crucifijo de madera oscura que preside el marco de la puerta.

Hoy, bajo el ritmo monótono de las campanas, parece mirarme con el peso secular de los juicios, de las normas escritas en piedra y de los pecados que mi madre me enseñó a confesar antes de que tuvieran tiempo de convertirse en actos.

Miro a Elena de reojo. Está de espaldas, de pie junto a su cama, secándose el pelo con una toalla blanca con gestos enérgicos.

Un frío repentino, agudo y punzante, me recorre la nuca. Siento miedo.

Es un pánico primitivo, asfixiante, que nada tiene que ver con la exigencia de mi padre o las notas del trimestre.

Tengo miedo de lo que me está pasando por dentro cuando la miro.

Tengo miedo de la velocidad con la que mi cuerpo registra su presencia, de cómo mi mente busca su aprobación y de la forma en que la tregua está mutando en algo que no sé cómo controlar.

Para una de Castro, lo que ha pasado hoy en la pista no es una anécdota universitaria para romper el hielo.

Es una grieta en el dogma. Es una tentación sagrada, de las que no se nombran en voz alta, de las que destruyen los planes trazados y se ocultan bajo llave para que nadie pueda ver el desastre.

—¿Te pasa algo, de Castro? —pregunta Elena, deteniendo el movimiento de la toalla. Se gira despacio, frunciendo el ceño—. Estás más blanca de lo normal. Y mira que el listón estaba alto.

Tiene esa capacidad insoportable de notar el momento exacto en el que se me corta la respiración.

—Nada. Estoy cansada —miento, y mi voz suena tan rígida, tan perfectamente blindada y fría como el primer día.

Durante años, el examen de conciencia me pareció sencillo. Pensar lo que he hecho. Pensar lo que he dicho. Pensar lo que he omitido. Ordenar la culpa en apartados manejables, como si también pudiera hacerse un balance moral al final del día.

Pero no sé dónde colocar esto.

No sé dónde se escribe que he querido que Elena corriera a mi lado en la pista. Que me ha gustado sentir su camiseta húmeda bajo los dedos. Que cuando Marta ha dicho “tu compañera de cuarto”, algo en mí ha respondido con una alegría ridícula, casi posesiva.

Vuelvo a ponerme la máscara. Me obligo a encajar los hombros en la postura correcta y a coger el bolígrafo con firmeza.

Rezo, por primera vez en todo el día. No es por los exámenes esta vez.

Rezo para que Elena no note que el pasillo entre nuestras camas se ha convertido en un abismo, y que tengo un terror absoluto a terminar cayéndome dentro.