Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 15 Tensión en la red
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Capítulo 15 Tensión en la red

ELENA

Cuando Marta dice que juego mejor de lo que prometía mi sudadera, me río porque es lo que toca. Porque en una pista de pádel, con cuatro personas sudadas y el eco de la bola todavía rebotando contra el cristal, una frase así debería quedarse en el terreno fácil de la broma deportiva.

—Mi sudadera prometía muy poco —respondo, girando la pala entre los dedos—. Es una estrategia de distracción.

Patri no dice nada. La miro de reojo y la encuentro inmóvil a mi lado, con la respiración agitada, la pala apoyada contra el muslo y una expresión que no sé leer del todo.

Tiene las mejillas encendidas por el esfuerzo, un mechón escapándosele de la colet y los ojos fijos en mí con una intensidad absurda, como si acabara de descubrir que debajo de mi camiseta había una persona y no solo una colección de opiniones incómodas sobre Santa Clara.

Algo se me mueve en el estómago. No debería gustarme que me mire así.

—¿Qué? —murmuro, bajando la voz lo justo para que Marta y Claudia no nos oigan.

Patri parpadea, como si acabara de darse cuenta de que se había quedado mirándome.

—Nada.

—Ese “nada” ha tenido mucho contenido, de Castro.

—Estás jugando bien.

La frase es sencilla. Limpia. Sin ironía. Sin ese tono evaluador que usa en clase o con las chicas de Económicas. Patri lo dice como si le sorprendiera, pero también como si le molestara un poco que yo haya conseguido sorprenderla.

Me inclino hacia ella, fingiendo ajustar la cordonera de la pala para ganar unos segundos.

—¿Eso ha sido un cumplido?

—Ha sido una observación objetiva.

—Qué pena. Por un momento he pensado que estabas orgullosa de mí.

Patri baja la mirada al suelo azul de la pista. Sus dedos se cierran con fuerza alrededor del mango de la pala.

—No seas ridícula.

Pero no dice que no. Y eso, en Patri, empieza a ser un idioma entero.

Claudia nos llama desde el fondo.

—¿Seguimos o vais a firmar un convenio de colaboración en la red?

—Seguimos —dice Patri demasiado rápido.

Yo sonrío y vuelvo a colocarme en posición.

El punto siguiente empieza con un saque de Marta, profundo, pegado al cristal.

Patri lo devuelve con una bandeja impecable, de esas que parecen diseñadas con regla, escuadra y algún trauma familiar.

Yo subo a la red sin que me lo diga. Ya empiezo a anticipar sus movimientos.

Ya sé cuándo va a cubrir el centro, cuándo va a retroceder, cuándo necesita que le cierre el paralelo.

La bola viene alta. Claudia intenta pasarnos por encima con un globo largo, pero calculo el rebote contra el cristal antes de que caiga. Retrocedo, giro el cuerpo y la devuelvo con una bajada de pared limpia, cruzada, justo al hueco que Marta ha dejado abierto.

Punto nuestro.

—¡Vamos! —se me escapa, girándome hacia Patri.

Ella ya está ahí.

Chocamos las palas otra vez, pero esta vez el gesto se queda corto. Su mano libre roza mi antebrazo apenas un segundo, quizá para equilibrarse, quizá por accidente, quizá porque últimamente todo entre nosotras cabe dentro de un quizá.

El contacto me sube directo a la nuca. Patri aparta la mano de inmediato.

Ganamos el partido por dos juegos de diferencia.

No sé cómo. O sí lo sé, pero prefiero no pensarlo demasiado: ganamos porque funcionamos.

Porque Patri manda y yo obedezco cuando tiene razón.

Porque yo improviso y ella cubre los huecos que dejo al moverme.

Porque, en algún punto entre el primer saque y el último rebote contra el cristal, hemos aprendido a ocupar la misma mitad de pista sin pisarnos.

Eso, para dos personas que viven separadas por una línea invisible en una habitación de tres por tres, debería contar como deporte de riesgo.

Cuando salimos de la pista, Marta me da una palmada en el hombro.

—Oye, Elena, cuando Ana falle otra vez, te reclamamos. Has sido el fichaje sorpresa de la temporada.

—Cuidado, que me lo creo rápido.

—Hazlo. Juegas muy bien.

Claudia también asiente, algo menos generosa pero igual de sincera.

—La bajada de pared del último juego ha sido bastante seria.

—Mi padre estaría insoportablemente orgulloso —digo, intentando sonar ligera.

Patri está a mi lado, bebiendo agua de una botella metálica.

Al oír lo de mi padre, me mira. Solo un segundo.

Pero es suficiente para recordar que, hace unas horas, yo le he contado una cosa pequeña de mi vida sin darme cuenta.

Mi padre ingeniero. La pista en la sierra.

Las tardes de adolescencia midiendo ángulos como si el mundo pudiera resolverse con geometría.

Patri me ha escuchado. Y ahora lo sabe.

No parece mucho, pero con ella nada parece mucho hasta que empieza a ocupar toda la habitación.

—Gracias por venir —dice.

—Gracias por no exigirme polo con escudo —respondo.

Una sonrisa breve le cruza la boca.

—La camiseta sin consignas políticas ha sido un detalle.

—La próxima vez vengo con una que ponga “abajo la propiedad privada de las pistas de pádel”.

—Entonces no te presto mi pala.

—Qué dura eres.

Nos quedamos mirándonos un segundo más de lo recomendable.

Al fondo, Marta grita algo sobre ducharse antes de que cierren los vestuarios. Patri aparta la vista primero, como siempre, pero esta vez no parece una retirada. Parece más bien que necesita aire.