Capítulo 14 Fuera de la caja
PATRI
El teléfono vibra sobre la mesa con esa insistencia rítmica que solo tienen las tragedias de última hora en los grupos de WhatsApp. Miro la pantalla con el ceño fruncido, ignorando por un momento el esquema de macroeconomía que intento memorizar.
Ana Padel: Tías, lo siento en el alma, pero voy fatal con un examen y no podré ir al partido de las cinco. Lo siento mil.
—Mierda —se me escapa en un susurro instintivo.
Al otro lado del cuarto, el tecleo perezoso de Elena se detiene en el acto. Se baja los auriculares hasta el cuello y se gira en la silla, apoyando el mentón en la palma de la mano con esa expresión de sutil entretenimiento que pone cada vez que algo altera mi orden perfecto.
—Vaya. ¿Ha colapsado el capitalismo? —ironiza.
—Ana ha cancelado —digo, frotándome las sienes—. Jugábamos un partido de pádel a las cinco. Nos hemos quedado sin una cuarta. A estas horas es imposible encontrar a nadie y nos van a cobrar la pista entera.
Elena arquea una ceja.
—Yo sé jugar —suelta de pronto, de la forma más casual del mundo, como quien dice que sabe freír un huevo.
La miro fijamente, convencida de que me está tomando el pelo.
Elena. La chica de las sudaderas tres tallas más grandes, la que se pasa el día defendiendo el cine soviético y criticando el elitismo de Santa Clara, ¿sabe jugar al pádel?
El pádel, en mi cabeza, pertenece a ese catálogo cerrado de cosas que hacemos la gente de nuestro entorno: los torneos de verano, los clubes privados, la ropa de marca técnica.
No encaja. No cuadra en absoluto en la caja donde la tengo metida.
—¿Saber jugar significa que le das a la bola si pasa cerca o que sabes mantener un peloteo? —pregunto, midiendo el tono para no sonar ofensiva, aunque sé que ya voy tarde.
Elena suelta una risa corta, seca, y se pone de pie.
—Significa que mi padre es ingeniero, Patri.
Un hombre muy práctico. Cuando yo tenía doce años construyó una pista en el terreno de la sierra y nos arrastró a mi hermano y a mí a jugar todos los fines de semana de nuestra adolescencia.
No tengo un polo con el escudo de un club de campo, pero sé lo que es una bajada de pared.
Me quedo sin respuesta. Es la primera vez que menciona algo de su familia, y la bofetada de realismo me da directo en mis propios prejuicios.
Había asumido —por su estética, por sus discursos, por su absoluta falta de postureo— que Elena venía de un mundo completamente ajeno al dinero.
Pero la realidad es más sutil. No es que pertenezca a otra clase social; es que su familia tiene una mentalidad práctica, técnica, alejada de la necesidad de aparentar estatus que a mí me ha asfixiado desde que nací.
—Pero no tengo pala, ¿me podéis conseguir una?
Asiento.
—Si te da vergüenza que me vean con tus amigas de Económicas, me pongo una camiseta sin consignas políticas —añade, con esa ironía afilada que vuelve a levantar su escudo, aunque sus ojos oscuros me desafían abiertamente.
La miro. Miro su ropa, y la absoluta seguridad con la que se sostiene en mitad del cuarto. De pronto, la idea de ver a Elena destrozando el ritmo perfecto y estirado de las chicas de segundo en mitad de una pista de San Griselmo me resulta la perspectiva más fascinante de toda la semana.
—No te cambies la camiseta —digo, cerrando el libro de un golpe y cogiéndole el pulso al desafío—. Vámonos. Tienes veinte minutos para enseñarme esa bajada de pared de la que tanto presumes.
🝊
Ver a Elena cruzar la entrada de las pistas deportivas de San Griselmo es una experiencia que desafía toda mi lógica interna.
Lleva unas zapatillas que, tal y como ha prometido, no han cometido ningún delito grave pero muestran el desgaste evidente de demasiadas tardes de trote.
Se ha cambiado la sudadera gigante por una camiseta de manga corta un poco más ajustada, y en la mano derecha sostiene la pala que yo misma le he prestado: mi segunda opción, un modelo rígido de control que a mí siempre me parece demasiado pesado.
Ella la balancea con una familiaridad insultante, como si fuera una extensión natural de su propio brazo.
—Pensaba que nos quedábamos sin partido, Patri —dice Marta, saludándome con una sonrisa simpática antes de mirar a Elena con curiosidad—. Hola, soy Marta.
—Elena —se limita a decir mi compañera, chocando la palma con ella sin ningún tipo de timidez corporativa.
Claudia, que ya se está ajustando la visera con gesto competitivo, mira de reojo las zapatillas gastadas de Elena y arquea una ceja.
—Bueno, como somos impares con la baja de Ana, jugáis juntas, ¿no? A ver qué tal se os da la coordinación a las de Santa Clara.
El prejuicio me dura exactamente tres minutos de calentamiento.
Yo tengo una caja mental muy clara para Elena: en la habitación se desparrama, invade las mesas con libros desordenados, deja calcetines donde no debe y ataca con un sarcasmo impredecible, así que asumo que su juego va a ser igual de errático.
Me equivoco por completo.
Elena no juega «fino». No busca la estética perfecta del golpe de manual ni se lamenta si la bola no sale con el efecto exacto de las jugadoras de club. Pero tiene algo infinitamente más peligroso: una lectura perfecta de los rebotes.
Tiene unos reflejos eléctricos, anticipa las jugadas con una intuición animal y sabe colocarse en la red cubriendo los huecos con una agresividad táctica que me deja sin palabras.
Estoy acostumbrada a que Elena sea verbalmente rápida. Descubrir que también es físicamente rápida me resulta fascinante.
—¡Tuya, Patri! —me grita desde el fondo, corriendo en diagonal para cubrir mi espalda mientras yo me quedo vendida tras una dejada de Marta.
—¡Mía! —respondo, impactando de volea—. ¡Sube, Elena! ¡Cúbreme el paralelo!
—Qué mandona eres hasta con las pelotas, de Castro —suelta ella en mitad de la carrera, con la respiración ya agitada, pero obedece al milímetro.
Bloquea el remate de Claudia con un toque seco que deja la bola muerta al otro lado de la red. Punto nuestro.
A mitad del segundo set, el cansancio empieza a hacer mella y la dinámica entre nosotras se vuelve extrañamente eléctrica. Jugar en pareja te obliga a una intimidad física que no puedes ensayar. Tienes que compartir el aire, medir las distancias y confiar en los movimientos de la otra sin mirar.
En un saque tenso de Claudia, la bola hace un extraño en la pared de fondo.
Nos movemos las dos a la vez, impulsadas por el mismo instinto de salvación.
Elena se acerca tanto para cubrir el rebote que siento el calor de su cuerpo pegado al mío durante un segundo agónico.
Para indicarle que yo recuperaba la posición de red, le rozo la parte baja de la espalda con la mano libre.
Es un contacto puramente deportivo, un código de pista automatizado, pero la textura de su camiseta húmeda bajo mis dedos me manda una descarga directa a las sienes.
Unos puntos más tarde, tras romperle el servicio a Claudia con un globo milimétrico, Elena se gira hacia mí. Tiene las mejillas encendidas por el esfuerzo, un mechón de pelo pegado a la frente por el sudor y una sonrisa enorme, viva. Nunca la había visto así.
Se quita la goma de la muñeca para volverse a recoger el pelo en un moño improvisado, manteniéndola entre los dientes mientras me sostiene la mirada.
Me quedo mirándola fijamente, incapaz de apartar los ojos de la línea de su cuello, sintiendo un peso abstracto en el pecho que no tiene nada que ver con la altitud del campus.
—Buenísima esa, de Castro —dice, quitándose la goma de la boca y guiñándome un ojo antes de chocar con fuerza su pala contra la mía. El sonido del carbono resuena en la pista, pero lo que vibra es otra cosa.
Al otro lado de la red, Marta se apoya en la pala, mirándonos con una sonrisa divertida.
—Oye, Patri, tu compañera de cuarto juega mejor de lo que prometía su sudadera. Menudas piernas para llegar a esa bola, Elena.
Una oleada de orgullo, un sentimiento completamente absurdo y egoísta, me recorre el cuerpo antes de que pueda darle permiso a mi cabeza para frenarlo. Sí, juega muy bien. Y duerme a dos metros de mí.