Capítulo 13 El sesgo de confirmación
ELENA
El sesgo de confirmación es un error cognitivo básico: tu cerebro quiere que algo sea verdad, así que manipula la realidad para que encaje en tu teoría. Eso es lo que me llevo repitiendo toda la mañana mientras subrayo apuntes de Literatura Comparada sin enterarme de una sola palabra.
Me estoy volviendo loca. No hay otra explicación.
He convertido un roce accidental en el suelo y una mirada de un segundo en el comedor en una especie de conexión trascendental, cuando lo más probable es que Patri de Castro solo tuviera un calambre en los dedos anoche y un bache de azúcar esta mañana.
Las pijas de ADE no tienen crisis existenciales porque les dejes unos auriculares en la mesa.
Se compran otra mesa y contratan a alguien para que les mueva los auriculares.
Sin embargo, cuando salgo de estudiar en la biblioteca y voy al patio central, mi teoría autodefensiva se desmorona.
El campus de San Griselmo está especialmente ruidoso a mediodía, lleno de estudiantes que aprovechan la tregua del sol de octubre para sentarse en los muros de piedra. Busco a Lucía con la mirada, pero a quien encuentro es a ella.
Patri está sentada en uno de los bancos de piedra bajo los chopos.
Está sola. Eso ya es un expediente X en toda regla; normalmente se mueve rodeada por un séquito, como una reina de la eficiencia escoltada por sus damas de honor.
Tiene la espalda apoyada en el respaldo de piedra y un libro abierto sobre las rodillas.
Pero no está leyendo. Tiene la mirada perdida en las ramas desnudas de los árboles, con una expresión que no le había visto nunca.
Me detengo a unos metros, con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora. Camino hacia el banco, arrastrando las botas adrede sobre las hojas secas para que me oiga llegar.
Patri parpadea y levanta la cabeza. Al verme, no se recoloca la coleta ni se estira la ropa por instinto. Se limita a cerrar el libro despacio, manteniendo un dedo entre las páginas para no perder la marca.
—Te vas a congelar el apellido si te quedas aquí sentada —digo, soltando la primera lindeza que me viene a la boca para camuflar el ritmo estúpido que ha tomado mi pulso.
—Hace sol —responde ella, y su voz no tiene la distancia helada de los primeros días. Hay una modulación más suave, casi cálida, que me descoloca por completo.
—Un sol de Madrid en octubre, Patri. Eso es un simulacro, en diez minutos se levanta aire y te quedas rígida. Aunque bueno, tú ya vienes rígida de serie, supongo que tienes ventaja.
Soy idiota. Voy y le hago un ataque directo. ¿Qué me pasa? Supongo que es mi forma de comprobar si la tregua de la habitación sigue vigente fuera de ella. Necesito saber si lo de anoche se queda entre las paredes de la 214 o si se desplaza con nosotras por el campus.
Patri no se ofende. Al revés: ladea la cabeza y una chispa casi imperceptible de diversión le cruza los ojos claros.
—Hoy no estoy tan rígida, Elena —murmura.
—Ya veo. ¿Ha colapsado el sistema informático de Económicas o es que os han dado el día libre para aprender a ser humanas?
—Algo parecido —dice, bajando los ojos hacia el libro de sus rodillas—. Este sábado no tengo que ir a ninguna parte. No tengo seminarios, ni reuniones, ni obligaciones familiares.
Parpadeo, genuinamente sorprendida.
—Vaya. ¿La heredera se ha tomado un día de asuntos propios? Pensaba que los de Castro facturabais las veinticuatro horas.
—A veces hay que dejar de facturar para no quebrar —sentencia, y hay una madurez tan amarga en su frase que me borra las ganas de seguir haciendo chistes. Me mira de frente, sosteniéndome la mirada con una fijeza limpia—. Me acordé de lo que dijiste. Lo del frío. Y lo de optimizar.
El patio central parece quedarse en silencio de golpe. El ruido de los estudiantes de fondo se difumina, transformándose en un zumbido blanco. Me quedo de pie delante de ella, sintiendo el aire helado en la cara y una certeza incómoda instalándose en mi pecho.
No me lo estoy imaginando. No es un sesgo de confirmación, ni una fantasía provocada por pasar demasiadas horas encerrada en un cuarto de tres por tres.
Patri de Castro se está moviendo. No sé qué ha pasado esta mañana, ni qué ha cambiado en su cabeza para que esté aquí sola, desafiando el frío y el orden de su facultad, pero sé que el hilo que nos une no se ha quedado en la alfombra de la 214.
Ha salido con nosotras a la luz del día.
Me aclaro la garganta, sintiendo una necesidad física de rebajar la tensión antes de que me queme las manos.
—Bueno —digo, dando un paso atrás, obligándome a recuperar la distancia de seguridad—. Pues aprovecha el sábado para dormir. Tienes unas ojeras que ni la contabilidad creativa puede tapar.
Patri suelta esa risa diminuta, limpia, que ya empieza a no resultarme extraña.
—Lo tendré en cuenta, Elena.
Baja la mirada al libro que tiene sobre las rodillas. Durante un segundo creo que la conversación ha terminado. Pero entonces lo mueve apenas unos centímetros, dejando libre un hueco a su lado en el banco de piedra.
Yo miro ese hueco como si fuera una trampa, una promesa o una tercera puerta abierta en mitad del campus.
Y no me siento. No porque no quiera. Precisamente porque quiero demasiado.
Me doy la vuelta y empiezo a caminar hacia la cafetería de Humanidades, con las manos apretadas dentro de los bolsillos para ocultar que me tiemblan los dedos.
No sé qué demonios estoy haciendo, ni en qué momento decidí que cuidar una puerta desde fuera incluía empezar a desear que la persona que está dentro salga a buscarme.
Solo sé que Patri está empezando a soltar el lastre, y que me da pánico lo que pueda pasar cuando descubra que yo estoy dispuesta a recogerlo.