Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 12 El espacio cedido
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Capítulo 12 El espacio cedido

PATRI

«Los sábados por la mañana hace demasiado frío en Madrid como para optimizar nada, de Castro».

Sus palabras siguen flotando en el espacio sutil que nos divide.

Nadie me había dicho nunca algo así. En mi casa, el frío es una variable no cuantificable; el cansancio, un defecto de fábrica; y el tiempo, un recurso que se exprime hasta que sangre.

Mi padre no entiende de inviernos, entiende de resultados.

Que Elena haya invalidado toda la doctrina de los de Castro con una sola frase perezosa, dicha con esa voz suya que parece arrastrar las palabras, me provoca una mezcla extraña de alivio y pánico.

Cuando por fin se tumba y se coloca los auriculares, me quedo un rato largo inmóvil, escuchando su respiración acompasada.

Cojo el cuaderno del suelo despacio. Mis dedos rozan el cartón donde, de alguna manera, también ha quedado suspendida su atención.

Lo guardo en la mochila y me meto en la cama, pero el sueño no llega.

Me paso la noche flotando en una vigilia extraña, midiendo los milímetros de la habitación, perfectamente consciente de que el perímetro de mi seguridad ha cambiado para siempre.

He cedido territorio. Y lo que es peor: no quiero recuperarlo.

🝊

A la mañana siguiente, el comedor de Santa Clara es el recordatorio exacto de todo lo que soy fuera de las cuatro paredes de mi cuarto.

La luz del sol entra por los ventanales altos y el ruido ensordecedor de los cubiertos contra la loza se me instala en las sienes.

—...y entonces mi madre insistió en que el vestido para la gala benéfica de diciembre tiene que ser de Navascués, porque claro, si vas con algo prêt-à-porter parece que estás mandando un mensaje equivocado al comité —Inés habla sin parar mientras unta mermelada en una tostada, con esa ligereza aristocrática que antes me resultaba familiar y que hoy, de pronto, me asfixia.

—Claro —me limito a responder, removiendo el café con la cucharilla.

—Te noto en Babia, Patri —Inés me mira fijamente, entornando los ojos perfectos—.

—Qué va, es que ayer dormí poco estudiando el examen de Estadística —digo, sintiendo que el cuello de la camisa me aprieta un poco más de lo normal.

—Por cierto —Inés baja la voz, inclinándose sobre la mesa con una mueca de desagrado mal disimulada—. He visto que tu compañera de cuarto ha entrado hace un momento. De verdad, Patri, sigo sin entender cómo no has pedido el cambio de habitación. Mira qué pintas me lleva. Es superior a mis fuerzas.

Sigo la dirección de su mirada hacia la entrada del comedor.

Elena acaba de cruzar el dintel. Lleva una sudadera tres tallas más grande de lo normal, de un color verde desgastado, unos vaqueros rotos en las rodillas y el pelo revuelto, indomable, como si se hubiera levantado de la cama hace exactamente cinco minutos.

Camina con esa desplicencia tan suya, arrastrando un poco las zapatillas, completamente ajena —o inmune— a las miradas de desaprobación de las chicas de las mesas principales. Se nota a la legua que no encaja aquí.

Y, sin embargo, al verla, el nudo que tengo en el estómago desde que bajé a desayunar se afloja un poco.

—Es solo su forma de vestir, Inés. No molesta a nadie —digo, y mi propia voz me sorprende por la firmeza contenida que arrastra.

Inés parpadea, extrañada por mi tono.

—Bueno, bueno, no te pongas a la defensiva. Si se ve buena chica, no lo digo en mal plan.

Elena pasa cerca de nuestra mesa de camino a la zona de las cafeteras. No se detiene, ni hace el menor amago de saludarnos. Sabe perfectamente quién es Inés y lo que piensa de ella. Pero justo cuando está a la altura de mi silla, ladea la cabeza un milímetro.

Nuestras miradas se cruzan durante un segundo. Solo uno.

No hay ironía en sus ojos oscuros, ni esa distancia burlona que me mostró el primer día.

Hay una fijeza limpia, un reconocimiento mudo que me atraviesa la camisa de lino y la coleta perfecta.

Es el mismo plano nítido de ayer en el suelo de la 214.

Su mirada me dice, sin necesidad de abrir la boca, que sabe perfectamente que la chica de la mesa de roble con la camisa impecable es solo un disfraz.

Que la verdadera Patri de Castro es la que se queda sin aire cuando la rozan en la penumbra.

Saco el teléfono del bolsillo de la chaqueta, busco el chat de mi padre y me quedo mirando el último mensaje donde me adjuntaba los detalles del seminario de finanzas de los sábados por la mañana.

Mis dedos tiemblan un poco sobre la pantalla, pero la calidez del roce de anoche regresa a mis yemas, dándome un tipo de valor que no viene en los manuales de ADE.

Tecleo rápido, antes de que el peso del apellido me haga dudar:

«Hola, papá. He revisado el programa del seminario de los sábados. Gracias por mandármelo, pero prefiero no matricularme este semestre. Quiero dejarme los fines de semana libres para estudiar por mi cuenta, descansar y hacer algo de vida en el colegio mayor. Creo que me va a venir bien. Un beso».

Le doy a enviar. El mensaje sale con un pitido suave.

—¿Qué haces? —pregunta Inés, mirándome el teléfono.

—Optimizar el tiempo —respondo, y por primera vez en toda la mañana, me sale una sonrisa real, de las que me relajan por completo la expresión de la boca.

El ruido de Santa Clara sigue ahí. Las expectativas de mi padre también. Los comentarios de Inés no se han evaporado por arte de magia solo porque yo haya pulsado enviar.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, no ocupan todo el espacio.

Miro hacia el fondo del comedor, buscando de reojo la sudadera verde entre la multitud. Elena está sirviéndose café.

Quedan exactamente diez horas para que termine el día y pueda volver a cerrar la puerta de la habitación 214. Y lo peligroso no es que quiera volver. Lo peligroso es que ya no sé si quiero volver al cuarto, a la calma o a ella.