Capítulo 11 Cuestión de milímetros
ELENA
He pasado la mañana frotándome la yema del pulgar contra el índice de la mano derecha, como si intentara quitarme una mancha invisible de pegamento o un rastro de ceniza.
No hay nada, por supuesto. Mis huellas dactilares siguen siendo las mismas, pero la piel tiene memoria propia y se niega a soltar la temperatura exacta de los dedos de Patri en el suelo de la habitación.
Es ridículo. Me jode profundamente que me afecte así.
He besado a gente, he pasado noches enteras pegada a cuerpos extraños en conciertos y no soy, ni de lejos, una monja victoriana que se escandaliza por un roce.
Ha sido un folio. Un estúpido papel de noventa gramos cayendo en mitad del pasillo que separa nuestras camas. Una contingencia física absurda.
Entonces, ¿por qué sigo notando la descarga eléctrica en la muñeca doce horas después?
Desde mi cama, observo a Patri terminar de prepararse para su largo día.
Es temprano, la luz del amanecer entra gris y limpia, y ella se mueve con esa precisión militar que me ponía de los nervios cuando la conocí.
Se abrocha los botones de la camisa de lino azul claro, de abajo arriba, sin saltarse uno solo, y se estira los puños con dos tirones secos.
Su rutina es un muro, pero ahora sé que hay una grieta. Sé que anoche, cuando nuestras manos coincidieron en la esquina de ese papel, sus dedos temblaban tanto como los míos. El mármol de Patricia de Castro quema cuando lo tocas.
Patri coge su mochila, me dedica un asentimiento de cabeza tan breve que casi parece un tic, y sale de la habitación sin decir palabra.
Cuando la puerta se cierra, la 214 se queda flotando en una quietud extraña.
Me miro la mano derecha otra vez y suelto un bufido, frustrada conmigo misma.
No me gusta Patri. No puede gustarme. Es todo lo que detesto: el orden elitista, la rectitud heredada, las expectativas de un consejo de administración.
El problema no es que me guste; el problema es que la curiosidad se ha vuelto física.
Ya no solo quiero descifrar su laberinto mental; ahora mi cuerpo ha registrado su cercanía y se ha quedado en estado de alerta.
—Elena, vas a terminar borrándote las huellas dactilares si sigues haciendo eso —dice Lucía, dándole un mordisco a un croissant en la cafetería de la facultad.
Me detengo a mitad de camino, dándome cuenta de que volvía a frotarme los dedos de la mano derecha de forma inconsciente. Apoyo las palmas sobre la mesa de formica verde, intentando parecer relajada.
—Es la estática —miento, desviando la mirada hacia las cristaleras del patio—. El suelo de Santa Clara debe de tener algún defecto de aislamiento. Me paso el día dando calambres.
—Ya. Y yo soy la reencarnación de Virginia Woolf —Lucía me mira de reojo, entornando los ojos con esa perspicacia que la hace tan insoportable como necesaria—.
Tienes esa cara de cuando un texto no te cuadra y te obsesionas con buscar la errata.
¿Qué ha pasado? ¿La perfecta de ADE ha vuelto a dejar su estela de superioridad por el cuarto?
—No —murmuro, y la respuesta me sale más blanda de lo que pretendía. Me aclaro la garganta de inmediato—. Al contrario. Está... extrañamente transitable.
—Eso es peor, ¿no? Las treguas te sientan fatal. A ti te va el barro, Elena. Si no hay conflicto, te aburres y te lo inventas.
Le doy un trago largo a mi café, dejando que el amargor me asiente las ideas.
Lucía tiene razón en parte. El conflicto es fácil; las líneas enemigas están claras y sabes perfectamente dónde disparar la siguiente ironía para protegerte.
El problema de la habitación 214 es que el barro se ha convertido en arena movediza.
Ya no nos disparamos. Anoche, cuando le pasé el bolígrafo y se aseguró de no volver a rozar mis dedos, descubrí que la distancia que ahora mantenemos no es por desprecio. Es por miedo.
Nos da pánico lo que pasa cuando rompemos los milímetros de seguridad.
El día se me hace eterno entre seminarios de Crítica Textual y lecturas obligatorias que no consigo retener. Para cuando vuelvo al colegio mayor, el sol ya ha caído y los pasillos de Santa Clara huelen a la cena institucional que sirven en el comedor principal.
Entro en la habitación esperando encontrar el mismo ambiente blindado de siempre, pero la estampa me frena en el dintel.
Patri no está estudiando contabilidad. Está sentada en el suelo, de espaldas a la puerta, apoyada contra la base de su cama.
Lleva unos pantalones de chándal grises y una camiseta vieja de algún torneo de tenis, con el pelo recogido en un moño deshecho del que escapan varios mechones oscuros sobre la nuca.
Tiene las rodillas flexionadas contra el pecho y la mirada fija en la ventana, viendo llover sobre el claustro.
A su lado, la famosa carpeta de plástico está cerrada, pero el cuaderno cuadriculado descansa sobre sus muslos, sirviéndole de apoyo.
No se mueve cuando entro. Solo ladea la cabeza un par de centímetros, lo justo para saber que soy yo.
—Hola —dice. Su voz suena baja, desprovista de la rigidez oficial de las mañanas.
—Hola —respondo, cerrando la puerta con cuidado de no hacer ruido.
Me quito la mochila y la dejo junto a mi mesa.
En lugar de subirme a la cama o ponerme los auriculares para activar el protocolo de aislamiento, me quedo de pie en mitad del cuarto, midiendo el espacio.
La línea invisible que divide el suelo de la 214 parece más delgada que nunca.
Un metro y medio de parqué. Eso es todo lo que nos separa.
Me siento en el borde de mi propia cama, imitando su postura, quedando exactamente a su altura pero a un mundo de distancia. Patri sigue con la vista clavada en los cristales empapados.
—¿Mucho barro en Económicas? —pregunto, intentando recuperar mi tono habitual, el que mantiene las cosas en un terreno seguro.
Patri deja escapar una exhalación que parece una risa diminuta, apenas un soplido.
—El suficiente —responde, bajando los ojos hacia el cuaderno cerrado—. Mi padre ha llamado tres veces. Quiere que me apunte a un seminario de finanzas internacionales los sábados por la mañana. Dice que hay que optimizar el tiempo.
Siento una punzada de irritación en el estómago. Ese hombre no quiere una hija; quiere un activo financiero de alto rendimiento.
—¿Y tú qué le has dicho?
Patri pasa la yema del dedo por el lomo del cuaderno, un gesto idéntico al que yo he estado haciendo con mis propios dedos durante todo el día.
—Que me lo iba a pensar —murmura, y por la forma en que se le tensa el perfil de la cara, sé perfectamente lo que significa. Significa que va a decir que sí, que va a tragarse el sábado y que va a seguir encogiéndose para caber en el molde que le han comprado.
Se hace un silencio largo, de los que antes nos habrían hecho buscar una réplica cortante, pero que ahora se llena con el sonido de la lluvia golpeando el cristal.
Patri gira la cabeza despacio y me mira.
Está tan desarmada, sin la camisa impecable ni la coleta perfecta, que me resulta casi insoportable tenerla delante.
Sus ojos claros reflejan la luz mortecina del flexo, fijos en mí, esperando.
No sé el qué. Quizá espera que rompa la tregua, que haga un chiste sobre los sábados de ADE o que me ponga los auriculares para dejarla sola con su encierro.
En lugar de eso, me limito a apoyar las manos en el borde del colchón, inclinándome un par de centímetros hacia delante. La yema de mi pulgar derecho vuelve a escocer, recordando el roce de anoche.
—Los sábados por la mañana hace demasiado frío en Madrid como para optimizar nada, de Castro —digo, y mi voz sale con una suavidad que no reconozco.
Patri se me queda mirando un segundo entero. Entonces, con una lentitud casi agónica, relaja los hombros y apoya la cabeza hacia atrás, contra la madera de su cama. No me da las gracias, pero deja el cuaderno sobre el suelo, justo a la mitad del pasillo que nos divide. A nuestro alcance.
Y yo me quedo quieta en mi sitio, sintiendo cómo el pulso se me acelera por el simple hecho de compartir el mismo aire, entendiendo que el peligro de la habitación 214 ya no es que Patri descubra mis grietas.
El verdadero peligro es que ya no estoy aquí para vigilar su puerta desde fuera; estoy empezando a contar los milímetros que me faltan para sentarme a su lado.