Capítulo 10 La línea entre las camas
PATRI
Apoyo el bolígrafo sobre el papel. Mis personajes se mueven despacio entre las calles adoquinadas de la ciudad flotante, pero mis pensamientos no están del todo allí.
La presencia de Elena ya no me impide escribir.
Lo que me asusta, lo que de verdad me revuelve el estómago en mitad de la noche, es darme cuenta de que ahora me ayuda.
Saber que ella está ahí, de espaldas, funcionando como un escudo invisible contra el resto del colegio mayor, me da un aire que no encuentro en ninguna otra parte del campus.
Muevo la carpeta para estirar las piernas y, en el movimiento, la esquina del bloc de notas choca contra el borde del manual.
El crujido del papel rompe la quietud del cuarto.
Una de las páginas de mi novela —una hoja suelta, escrita por ambas caras con mi caligrafía más apretada— resbala del montón, flota un segundo en el aire y cae directamente en el estrecho pasillo que divide nuestras camas, metiéndose medio milímetro debajo del somier de Elena.
Elena se quita un auricular de inmediato, alertada por el sonido, y baja la vista hacia el suelo polvoriento.
—No mires —digo demasiado rápido, con la voz rota por un ramalazo de pánico primitivo.
Elena me mira de frente.
—No estoy mirando —responde con una calma que me desarma.
Se desliza fuera de las sábanas con suavidad y se agacha en el suelo. Cierra los ojos de forma exagerada, extendiendo una mano a ciegas hacia la madera inferior de su cama para tantear el papel por el reverso, asegurándose de no ver una sola línea.
—Estoy oficialmente ciega. De nada.
El gesto, tan ridículamente considerado, me hace reaccionar. Nerviosa, me deslizo yo también de la silla y me arrodillo en la franja de suelo que nos separa. Es un espacio ridículo, apenas un metro del suelo frío donde nuestras respiraciones se cruzan al instante.
Me inclino al mismo tiempo que ella estira los dedos. Nuestros dedos se encuentran sobre la esquina de la hoja.
El roce es mínimo, apenas un contacto de piel contra piel en el borde del papel, pero el impacto me recorre el brazo como una descarga eléctrica.
Noto la calidez de su mano, la aspereza sutil de sus yemas comparadas con las mías y el olor limpio de su champú mezclado con el rastro de café que siempre la acompaña.
Su rostro queda a palmos del mío, tan cerca que puedo ver las pequeñas motas oscuras en el iris de sus ojos.
Elena se queda suspendida ahí, sosteniendo el papel conmigo, congelada en la penumbra. El espacio entre las camas parece encogerse hasta desaparecer, obligándome a registrar cada detalle de su cercanía con una nitidez que mi cabeza no está preparada para admitir.
—Tranquila —murmura ella, y su voz, tan baja y ronca por el diseño de la noche, me vibra directo en el pecho—. No he leído nada. Solo he visto que tu letra sigue siendo insultantemente bonita.
Intento recuperar el aire, obligando a mis cuerdas vocales a funcionar.
—Eso también cuenta como mirar.
—Entonces retiro el insulto caligráfico —suelta en un susurro, y una pizca de su sonrisa habitual asoma, aunque esta vez es distinta. Más blanda.
Nos incorporamos despacio, pero la distancia no regresa. Yo me quedo sentada en el borde de mi colchón, con la hoja recuperada apretada contra el muslo, y Elena se mantiene de pie justo delante de mí, invadiendo mi campo de visión, recortada contra la penumbra del cuarto.
Está demasiado cerca. Lo bastante para que ya no pueda fingir que sus ojos son solo oscuros y no peligrosos. Lo bastante para que el silencio se vuelva denso, pesado, lleno de cosas que ninguna de las dos se atreve a formular en voz alta.
Elena me observa desde arriba, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de pijama gris.
—¿Estás bien? —pregunta, y hay una nota de genuina preocupación en su voz que me descoloca por completo.
—Sí —miento.
Tengo el corazón latiéndome en la garganta y los dedos todavía rígidos por el recuerdo de su tacto, pero sostengo la mirada.
No escondo la hoja. No la meto debajo del colchón ni la encierro en la carpeta como si fuera un delito.
Me limito a dejarla sobre la mesa, a la vista, dando un paso invisible pero gigantesco hacia ese terreno intermedio que estamos construyendo.
Miro mi escritorio y luego vuelvo a mirarla a ella.
—¿Puedes... pasarme el bolígrafo? Se ha rodado detrás de tu lámpara.
Elena parpadea, asimilando la petición. Es una tontería, un detalle minúsculo, pero es la primera vez que la invito formalmente a participar en mi espacio, a tocar mis herramientas.
Camina hacia su mesilla, recoge el bolígrafo de tinta azul y regresa para dejármelo en la mano, con un cuidado exquisito para no volver a rozarme los dedos.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Ella regresa a su lado de la línea, subiendo a su cama y colocándose de nuevo los auriculares sobre las orejas. Su mirada vuelve a la pantalla, devolviéndome el perímetro de seguridad que necesito.
Me coloco frente al papel. El pulso se me ha estabilizado, pero la agitación ha cambiado de forma, transformándose en una corriente de energía que me empuja a escribir. Apoyo el bolígrafo y dejo que las palabras fluyan, inspiradas por la vibración que todavía flota en el aire de la habitación.
«La heredera dejó la puerta entornada y fingió que había sido el viento».