Capítulo 9 No mirar
ELENA
El clic de la cerradura me avisa de que Patri ha salido al pasillo, probablemente a responder una de esas llamadas familiares cronometradas que recibe a diario.
Me quedo a solas en la habitación. Me giro en la cama y clavo la vista en su escritorio. El cuaderno de cuadros donde toma apuntes de ADE se ha quedado abierto bajo el flexo apagado. Desde aquí puedo distinguir un dibujo.
No me planteo levantarme. No me acerco a fisgonear, ni tengo la menor intención de pasar la página para ver qué más esconde. Lo que siento es otra cosa: unas ganas estúpidas de saber más, pero frenadas en seco por el deseo absoluto de no invadirla.
Me tumbo boca arriba, mirando el techo desconchado de Santa Clara. Empiezo a entender que esto es una prueba de aire. Patri de Castro no deja cosas abiertas por accidente. O quizá sí. Pero incluso sus accidentes parecen decir algo.
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A la mañana siguiente, el campus de Humanidades me recibe con su caos habitual, un bálsamo necesario para sacarme la atmósfera de la 214 de la cabeza.
Aquí hay carteles torcidos anunciando ciclos de cine coreano, apuntes subrayados con tres colores diferentes y corrillos de gente discutiendo en el suelo sobre si una adaptación cinematográfica traiciona o no la esencia del libro.
—Te has quedado mirando el café como si te hubiera confesado algo —suelta Lucía, sacándome de mi ensimismamiento mientras apoya la espalda en el banco de piedra del jardín.
—Igual lo ha hecho —murmuro, sosteniendo el vaso de plástico caliente entre las manos.
—El café de máquina de Humanidades solo confiesa crímenes, Elena. Venga, suelta. Estás rarísima.
—Estoy practicando el misterio.
—No te sale —sentencia ella con una mueca divertida—. Pareces estreñida emocionalmente. ¿Qué pasa? ¿Sigue el drama con la heredera de Deloitte?
Miro el trasiego de la facultad. Humanidades debería devolverme a mi sitio, a ese refugio de debates apasionados sobre cosas que no sirven para conseguir prácticas en una multinacional.
Me encanta este sitio porque aquí soy la Elena de siempre: la que usa el sarcasmo como escudo y señala las grietas de todo el mundo con un chiste oportuno.
Pero hoy, incluso entre los míos, me sorprendo pensando en una puerta dibujada en el margen de un balance de situación.
—Mi compañera de cuarto es más complicada de lo que parecía —me limito a decir, clavando los ojos en mi café.
—La gente suele serlo. Es muy molesto —Lucía se encoge de hombros y le da un trago al suyo—. Pero pensaba que tu especialidad era, precisamente, desmontar a la gente complicada.
No respondo. No le hablo de la carpeta oculta bajo el colchón, ni del dibujo de Patri, aunque me muera de ganas de hablarlo con alguien. La curiosidad me está matando.
Yo no soy buena custodiando cosas delicadas. Pero Patri está hecha entera de grietas tapadas con muy buen gusto, y he decidido que no voy a ser yo quien las rompa.
Cuando vuelvo a la habitación por la tarde, Patri ya está allí. Está sentada en su silla, con la espalda completamente rígida, estudiando con la carpeta de Contabilidad I colocada estratégicamente a su izquierda, como un escudo de plástico protegiendo su territorio.
Cruzo el cuarto sin hacer ruido, me quito los auriculares grandes de diadema que llevo al cuello y los dejo sobre la mesa común, justo en el límite exacto donde se cruzan nuestras dos fronteras. Bien visibles.
Patri levanta la vista del manual. Se le nota la tensión en los hombros, la mirada alerta de quien espera una fiscalización.
—¿Qué tal el día en tu facultad?
Parpadeo, un poco descolocada por la iniciativa.
—Vaya, una pregunta de cortesía. Estamos avanzando rápido —ironizo, aunque suavizo el tono enseguida—. Normal. El ecosistema habitual de Humanidades: café que sabe a plástico quemado y gente discutiendo con demasiada pasión sobre autores muertos. ¿A ti qué tal? ¿Te ha cuadrado el balance?
Una sonrisa leve, de las que casi no muestra pero que le relajan por completo la expresión de la boca, asoma en su rostro.
—Bueno, he tenido examen, pero creo que me ha ido bien.
Por unos instantes, dejamos de ser la chica de letras rebelde y la heredera perfecta de ADE; somos simplemente dos universitarias normales compartiendo un cuarto de tres por tres.
Pero la curiosidad me quema por dentro. Necesito saber más de esa Patri que tanto se esconde, la que no muestra. Solo quiero saber si, cuando habla mi idioma, lo hace por accidente o porque lleva años traduciéndose en silencio.
—Por cierto, Patri. En mi facu estaban pegando carteles en el vestíbulo para un ciclo de cine de Miyazaki.
—¿Miyazaki?
—El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke, El castillo ambulante… esas cosas que algunas personas llaman dibujos hasta que les destrozan emocionalmente una tarde.
—Lo sé. Me encanta… El castillo ambulante siempre me pareció más triste de lo que la gente dice.
—¿Por qué?
—Porque todo el mundo allí está intentando parecer otra cosa.
Me quedo quieta, con la espalda apoyada en la pared. Patri sigue mirando fijamente sus apuntes, pero tiene los dedos entrelazados con demasiada fuerza sobre la mesa.
—¿Te refieres al mago? —pregunto, midiendo el peso de cada palabra para no romper el hilo invisible que acaba de tender.
—A todos —dice ella, y su voz baja un tono, perdiendo esa inflexión educada y fría que usa con el resto del mundo—. El mago, la anciana, el espantapájaros… Todos cargan con una especie de maldición que les obliga a esconderse detrás de un disfraz.
Un silencio denso, casi eléctrico, se instala en la 214.
Patri parpadea, como si acabara de despertar de un trance. Veo el momento exacto en el que se da cuenta de que ha hablado de más.
Se aclara la garganta de inmediato, recuperando su postura rígida.
—En fin, tonterías. Tengo que terminar de repasar el tema cuatro si quiero cenar a las nueve.
Se inclina sobre el escritorio, dándome la espalda de forma definitiva. La persiana de Patri de Castro se ha vuelto a bajar.
Me deslizo en la cama despacio y me quedo tumbada de lado, mirando su silueta recortada por la luz del flexo.
El pulso me va más rápido de lo normal. Ya no es solo la intriga por la carpeta oculta bajo el colchón o los dibujos extraños en el margen de sus balances de situación.
Ahora es algo mucho más profundo, una sospecha que se me ha clavado en el estómago y que ya no voy a poder sacarme.
Patri no es una máquina de ADE. Es alguien atrapado en su propio hechizo. Y, mientras la observo estudiar en silencio, me doy cuenta de que me muero por descubrir qué cara tiene mi compañera de cuarto cuando se canse de llevar la máscara.