Capítulo 8 Activo, pasivo, niebla
PATRI
El impacto de la pelota contra las cuerdas de la raqueta produce un sonido seco, rotundo, que resuena en las pistas descubiertas de San Griselmo.
El aire de las siete y media de la mañana está helado, tanto que cada respiración me raspa la garganta antes de acomodarse en el pecho.
Me muevo por la tierra batida con la inercia del automatismo, deslizando las zapatillas de tenis hasta quedar perfectamente clavada detrás de la línea blanca de fondo. Saque, resto, posición de espera.
El tenis siempre es orden. Una sucesión matemática de causas y efectos donde cada error tiene una explicación física y, por tanto, una corrección posible. Si la bola se va larga, es la muñeca. Si se queda en la red, es la flexión de las piernas. Aquí no hay espacio para la interpretación.
O, al menos, no lo hay hasta hoy.
Preparo el brazo para dar el revés, calculando el bote de la bola que viene pesada, con efecto cortado.
Es un golpe fácil. Lo he repetido un millón de veces en entrenamientos, torneos escolares y mañanas demasiado frías como ésta.
Pero, justo cuando la raqueta inicia el arco de descenso, un eco desalineado me sabotea la cabeza.
«Que no eres un androide».
Los dedos se me tensan una fracción de segundo antes de tiempo. La raqueta golpea la bola con el marco y esta sale despedida hacia arriba, describiendo una parábola absurda que termina directamente contra la valla metálica de la pista contigua.
Me quedo quieta, con la respiración entrecortada y el corazón golpeándome las costillas. Me tiembla ligeramente la mano.
—Hoy estás empanada, Patri —me grita Marta desde el otro lado de la red, apoyando la raqueta en la cadera con una sonrisa ligera—. Esa bola la devolvía mi abuela con una sartén.
Fuerzo una sonrisa desvaída, recojo un par de pelotas del suelo con la punta de la zapatilla y me recoloco la visera para ocultar los ojos.
—Es que he dormido poco —me limito a responder.
No necesito dar más explicaciones. Marta se encoge de hombros y vuelve a botar la pelota contra el suelo, lista para el siguiente servicio. Intento concentrarme, pero el automatismo se ha quebrado.
Media hora después, tras una ducha rápida que no consigue quitarme la rigidez del cuello, me encuentro sentada en el aula magna de la facultad de Económicas.
El contraste es casi violento. Del movimiento del cuerpo al silencio sepulcral del aula; del golpe de la raqueta al zumbido monótono del proyector.
En la pista, cuando fallo, sé exactamente qué corregir. En clase, cuando fallo, parece que se desploma una versión entera de mí.
El profesor Martínez pasea por el estrado con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de tweed. Su voz es pausada, institucional, desprovista de cualquier tipo de adorno dramático, lo que la hace aún más intimidante.
—El primer parcial no es un trámite, señores —dice, clavando la mirada en las primeras filas, donde Inés toma apuntes de forma frenética—.
Quien no llegue con método a octubre, en enero ya va tarde.
En esta asignatura no se premia la intención.
Se premian los resultados. El balance cuadra o no cuadra.
Abre las manos hacia la pantalla, donde se despliega un gráfico complejo lleno de celdas y conceptos técnicos.
—Activo, pasivo y patrimonio neto —continúa Martínez, y su voz me retumba en la cabeza—. Si esto no está claro desde la primera semana, todo lo demás será niebla.
Niebla.
La palabra se me clava en el centro del pecho.
Mi mano, que sostiene el bolígrafo de tinta azul sobre el cuaderno cuadriculado, se detiene por completo.
De pronto, la boca se me seca. Siento que las paredes de la clase empiezan a estrecharse a mi alrededor.
Releo la última línea que he copiado, pero los términos contables carecen de sentido. Son solo letras muertas.
Intento respirar hondo, pero el aire se me queda atascado en la base de la garganta.
Copio la fecha de hoy en el margen superior.
Dos veces. Sin darme cuenta de que ya la había escrito.
Las columnas de números del proyector empiezan a parecerme murallas insaltables, un examen constante donde se mide si soy la hija que cumple o el fracaso que mis padres temen.
Un zumbido sutil me estremece el muslo. Saco el teléfono del bolsillo con disimulo, manteniéndolo por debajo del nivel de la mesa. Es un mensaje de mi padre.
Papá: ¿Qué tal las clases, hija? Es importante que cojas ritmo desde ya. Si necesitas apoyo, dímelo y buscamos a alguien bueno. No conviene ir justa en primero.
Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos, sintiendo el peso aplastante de esa atención que se disfraza de ayuda pero funciona como una orden. Mis dedos responden antes de que mi cerebro pueda procesarlo, tecleando la mentira pequeña que sostiene toda mi estructura vital.
Patri: Todo bien. Lo llevo todo al día.
Guardo el teléfono y aprieto el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se me vuelven blancos.
No puedo respirar. Siento una necesidad física, casi dolorosa, que me sube por todo el brazo derecho y me quema en las yemas de los dedos.
Una urgencia que no tiene nada que ver con los activos corrientes ni con las empresas ficticias de Martínez.
Necesito aire. Necesito una salida.
El profesor sigue hablando sobre la depreciación de los activos fijos, pero su voz ya es solo un ruido de fondo difuminado.
Mis ojos se desvían de las columnas de números hacia el margen derecho del cuaderno, el único espacio en blanco que queda en toda la página.
El único sitio de la clase donde todavía cabe aire.
Sin pensarlo, apoyo la punta del bolígrafo y dejo que la tinta empiece a correr.
No diseño un mapa entero, ni las costas de mis ciudades perdidas; no puedo arriesgarme a tanto en mitad de una clase magistral.
Solo dibujo unas líneas verticales, finas, precisas.
Un dintel arqueado. Un pomo crappy y circular.
Una puerta mínima en mitad de la contabilidad de primer año. La tercera puerta.
Me quedo contemplando el dibujo en tinta azul, sintiendo cómo las pulsaciones de mi corazón empiezan a descender poco a poco, compasándose con el trazo del papel. Alrededor de la madera dibujada, extiendo unos trazos suaves, casi imperceptibles, que simulan jirones de bruma.
Casi sin querer, muevo la mano hacia la parte inferior del dibujo y escribo una frase corta, en letra muy pequeña:
«Al otro lado, alguien espera».
Me detengo en el acto, asustada de mis propias palabras.
Y entonces, su recuerdo me asalta sin pedir permiso. Pienso en Elena anoche, de espaldas en su cama, renunciando a su habitual sarcasmo solo para darme un espacio donde respirar. «No miro... Si algún día necesitas que alguien vigile la puerta, puedo ponerme los auriculares».
Me molesta profundamente que pensar en ella me calme en mitad de un amago de ansiedad en clase.
Me molesta su perspicacia, su ropa tres tallas más grande y su forma de desmontarme con cuatro palabras.
Pero me molesta todavía más darme cuenta de que funciona.
De que la idea de una habitación donde alguien decide vigilar tu puerta en lugar de obligarte a cruzarla es el único refugio real que tengo ahora mismo en este campus.
Cuando regreso a Santa Clara por la tarde, siento una mezcla extraña de agotamiento y una vergüenza absurda, como si hubiera cometido una falta gravísima de disciplina al dibujar en clase.
Introduzco la llave en la cerradura de la 214 y empujo la puerta despacio.
La habitación está en calma, inundada por la luz suave del atardecer madrileño que se cuela por los ventanales.
Elena está allí. Está sentada en su cama, con las piernas cruzadas y un libro grueso de historia sobre las rodillas.
No hace el menor ademán de invadir mi espacio ni de lanzar ninguna pulla sobre mi regreso.
Se limita a levantar la vista un segundo, dedicarme un asentimiento silencioso y volver a su lectura.
Avanzo hacia mi escritorio con la espalda tensa, dejo la mochila en el suelo y coloco el manual de Contabilidad I sobre la mesa.
Saco el cuaderno cuadriculado y lo apoyo encima.
La página del tema dos queda completamente expuesta, dividida de forma idéntica a mi propia vida: a la izquierda, las columnas rígidas del activo y el pasivo; a la derecha, en el margen inferior, la tercera puerta latiendo en tinta azul.
Elena se mueve ligeramente en su colchón para estirar las piernas. Mi instinto primario —el que llevo entrenando dieciocho años— me grita que cierre el cuaderno de golpe, que esconda la evidencia.
Llevo la mano hacia la esquina de la página. Los dedos me rozan el borde del papel.
Me detengo.
Miro a Elena de reojo. Ella sigue con la vista fija en sus apuntes de Humanidades, pasando la página con una parsimonia absoluta, con los auriculares descansando en el cuello.
Retiro los dedos del papel despacio, dejando el manual de Contabilidad a un lado, pero mantengo el cuaderno abierto. Solo un poco. Lo bastante para que la bruma del margen siga respirando sobre la madera del escritorio. Lo bastante para no tener que desaparecer del todo.