Capítulo 7 La tercera puerta
PATRI
Elena se da la vuelta y vuelve a su cama sin añadir nada más. Se limita a recoger el portátil, sentarse contra la pared y colocarse los auriculares como si acabara de decir una frase cualquiera.
Como si no hubiera empujado, sin saberlo, una puerta que llevo años apuntalando con silencios.
«Que no eres un androide».
Me quedo de pie junto al armario, con la carpeta de Contabilidad I bien sujeta y la espalda tan rígida que temo romperme si intento moverme.
Preferiría mil veces que siguiera enfadada, que me gritara por el formulario de traslado o que me lanzara uno de sus dardos contra mi versión más perfecta y más insoportable.
Sin pensarlo dos veces, huyo.
No puedo quedarme aquí metida. Cruzo el pasillo a paso ligero, bajo las escaleras y me encierro en la biblioteca del colegio mayor. Necesito orden, lógica, algo que se rija por normas estrictas que no dependan de la mirada de nadie.
Abro el manual sobre la mesa de madera noble, preparo el cuaderno y me pongo a mirar una práctica de microeconomía que tengo pendiente. Los números siempre me consolidan el suelo bajo los pies; son exactos, no mienten, no tienen ninguna connotación oculta.
Por desgracia, las columnas de cifras se emborronan ante mis ojos.
Lo único que veo en el papel blanco son los trazos caóticos de la caligrafía de Elena.
Pienso en sus dedos ásperos escondiendo mis folios bajo su colchón para protegerme de Inés.
Pienso en el brillo de herida que cruza sus ojos al ver mi solicitud de cambio.
Pienso en su voz, desprovista de sarcasmo por una vez, devolviéndome una humanidad que yo misma me niego la mayor parte del tiempo.
Un zumbido amortiguado me sobresalta. El teléfono vibra sobre la mesa de madera, iluminando la penumbra de la sala de estudio. Es un mensaje de Inés.
Inés: ¿Todo bien antes? Te he notado rarísima en el café.
Inés: Por cierto, qué fuerte lo de defender Star Wars en mitad de la sala común jajaja. Casi me da algo 😂
Me quedo mirando la pantalla durante un minuto entero. La ligereza de sus palabras me resulta, de pronto, extraña. Lejana. Tecleo con una frialdad mecánica, midiendo cada carácter para no levantar más sospechas de las necesarias.
Patri: Todo bien. Solo era un comentario 😉
Bloqueo el teléfono y lo guardo en el fondo de la mochila.
Siento una punzada de pánico en el estómago al darme cuenta de lo que he hecho.
Me he expuesto. He roto mi propia regla de oro —pasar desapercibida, ser el molde perfecto que todos esperan— delante de todo el colegio mayor, y todo por una estúpida discusión sobre literatura fantástica. Por ella.
Voy a ver a Carmen, otra compañera de ADE. No tengo ganas de ver a Inés. Por suerte, se ha puesto con Cris a ver una comedia. Me quedo con ellas un rato, así me distraigo un poco de todo, sin tener que pensar.
Cuando decido regresar a la habitación, ya pasa de las once de la noche. Introduzco la llave en la cerradura con una lentitud quirúrgica, girándola milímetro a milímetro para no hacer ruido.
Al abrir la puerta, la habitación me recibe en una penumbra casi total. La única iluminación es el resplandor azulado y tenue que emite la pantalla del ordenador de Elena, recortando su silueta en la cama de al lado. Está tumbada, con la espalda apoyada contra la pared y los cascos puestos.
Me muevo hacia mi armario intentando no hacer el menor ruido, pero cada pequeño gesto parece amplificado por mil en este espacio tan reducido. El roce de mi chaqueta contra la percha suena como un disparo.
—Puedes encender el flexo si quieres —dice Elena. Se quita uno de los auriculares y me mira desde la penumbra—. No estoy durmiendo.
—No quería molestarte —respondo, deteniéndome a mitad de camino.
—Un poco tarde para preocuparnos por eso, ¿no crees? —suelta ella, sin acritud, pero con una honestidad que escuece.
No contesto. Me limito a cambiarme de ropa en silencio, poniéndome el pijama de algodón gris. Cuando me acerco a mi mesilla, veo el rostro pálido de Elena bajo la luz azul de su pantalla. Sigue apretándose la sien izquierda con dos dedos, un gesto inconsciente que delata que sigue su migraña.
Abro mi cajón de noche. Saco un bote de pastillas de mi neceser y una botella de agua mineral que he comprado por la tarde. Con pasos indecisos, cruzo la línea invisible que divide la habitación y dejo ambas cosas sobre su mesilla de noche, justo al lado de su lámpara apagada.
Elena baja la vista hacia los objetos y luego levanta los ojos hacia mí, arqueando una ceja con incredulidad.
—Toma —digo, cruzando los brazos sobre el pecho para recuperar algo de distancia—. Es magnesio. A veces ayuda si la migraña viene por tensión acumulada.
—¿Me estás cuidando, de Castro? —pregunta, y un amago de su sonrisa sarcástica habitual asoma en la comisura de sus labios.
—Estoy evitando que vomites en la alfombra —replico de inmediato, endureciendo la voz todo lo que puedo—.
Elena deja escapar una risa diminuta, casi inaudible. Me doy la vuelta rápido, regreso a mi lado de la habitación y me meto bajo las sábanas, apagando la última luz que queda.
Pasan las horas, pero el sueño no llega.
El tic-tac de mi reloj de pulsera en la mesa me taladra la cabeza.
Tengo los ojos abiertos, fijos en el techo blanco, sintiendo el peso de la frustración acumulada durante todo el día.
En mi mente, las historias empiezan a cobrar vida.
Y entonces me invade la rabia. Necesito escribir, para que no se me escape todo lo que estoy pensando.
Espero a que la respiración de Elena se vuelva rítmica, profunda, asegurándome de que se ha dormido por fin.
Entonces, me destapo con cuidado milimétrico.
Me deslizo fuera de la cama, descalza, y me siento en la silla de mi escritorio.
Saco la carpeta de Contabilidad I del cajón y, con el corazón latiéndome en la garganta, extraigo las hojas ocultas.
Enciendo el flexo de mi mesa, pero coloco la pantalla orientada hacia la pared y la cubro parcialmente con la palma de la mano para que solo se filtre un hilo mortecino de luz, apenas el necesario para ver el trazo del bolígrafo.
Apoyo el papel y empiezo a escribir. Los personajes de mi mundo de niebla se mueven de otra manera esta noche. Las palabras fluyen con una urgencia que no puedo frenar, modificando el rumbo de la historia.
«La heredera apoyó la mano en la tercera puerta y, por primera vez, no oyó una orden detrás. Oyó a alguien esperando».
—No miro.
La voz de Elena aparece en la oscuridad y me deja sin aire.
Me quedo completamente helada, con la punta del bolígrafo suspendida a un milímetro del papel. El pulso se me detiene. Siento un sudor frío recorrer el cuello, esperando la burla, la invasión, el recordatorio de que me ha vuelto a pillar en mitad de mi mentira.
Pero Elena no se mueve. Sigue de espaldas a mí, mirando hacia la pared de su lado, con las mantas subidas hasta las orejas.
—Solo quería que supieras que estoy despierta —añade su voz en un susurro cansado, casi protector—. Para que no pienses que te estoy espiando. Puedes seguir.
Me quedo mirando su silueta inmóvil en la penumbra. Elena no está intentando leer por encima de mi hombro. Me está regalando un espacio de seguridad dentro de estas cuatro paredes, respetando la distancia.
Tardo unos segundos en recuperar el aire.
—Gracias —murmuro.
Me dispongo a apagar el flexo, creyendo que la conversación ha terminado, cuando escucho el crujido de sus sábanas al acomodarse.
—Por cierto —dice Elena desde la oscuridad.
—¿Qué?
—Si algún día necesitas que alguien vigile la puerta mientras escribes... puedo ponerme los auriculares. De verdad.
No respondo. Me quedo inmóvil en la silla, con el bolígrafo apretado entre los dedos y el hilo de luz temblando sobre el papel. El silencio vuelve a inundar la habitación, pero ya no es un silencio asfixiante. Sus palabras se quedan flotando en el aire, derribando la última línea de mi defensa.
No es una invitación a contarle nada, ni una promesa de que vamos a ser amigas. Es la certeza de que acabo de encontrar un sitio donde esconderme sin tener que desaparecer.