Capítulo 6 La sala común
ELENA
—Venga, Elena, muévete, que Blanca odia que la gente llegue tarde a los actos oficiales —Lucía tira de mi brazo, obligándome a levantarme de la cama.
—¿Por qué? ¿Qué toca ahora?
—El "Café de bienvenida para residentes nuevas”, ¿no te acuerdas? Lo dijeron ayer en el comedor.
Me coloco una sudadera negra y me paso las manos por el pelo, rindiéndome antes de empezar. Bajamos las escaleras hacia la sala común del ala oeste.
La sala de estar está presidida por tres sofás de terciopelo granate cuyo tejido empieza a clarear en los reposabrazos, un crucifijo, vitrinas de caoba repletas de trofeos y retratos al óleo que nos miran con severidad desde las paredes.
En el centro, sobre una mesa larga con mantel de hilo, reposan varios termos de acero inoxidable con café de filtro, tazas de porcelana, bandejas con galletas María y un bizcocho.
El Colegio Mayor Santa Clara se empeña en vender una imagen de innovación internacional en sus folletos, pero la realidad de sus zonas comunes es deliciosamente rancia, muy de institución madrileña con solera.
—Santa Clara no es solo un lugar donde dormir —dice Blanca, de pie junto a la chimenea apagada, con las manos entrelazadas y su habitual sonrisa—. Es una comunidad de formación, un espacio de convivencia y crecimiento.
Escucho el discurso con una ceja mental completamente levantada mientras me echo dos azucarillos en el café.
Y entonces entra ella.
Patri cruza el umbral de la sala común con Marta e Inés.
Va impecable, como siempre: unos pantalones vaqueros oscuros que le sientan ridículamente bien, una camisa de lino blanco con las mangas remangadas hasta los codos y el pelo recogido en una coleta alta, tirante, que no deja escapar ni un solo mechón.
Nuestros ojos se cruzan durante una décima de segundo. Patri desvía la mirada de inmediato, con una frialdad que me congela la sangre, y se encamina hacia el sofá opuesto al mío, sentándose junto a Inés y otra chica de ADE.
Nos colocamos en bandos contrarios. Una frontera invisible de terciopelo granate y café de filtro se extiende entre las dos, como si el resto desapareciera.
—Bueno, chicas —interviene Mónica, una de las veteranas de tercer año, dando una palmada entusiasta para romper el hielo—.
Para que vayáis conociendo las comisiones del colegio —la cultural, deportes, voluntariado, debate, cinefórum, el club de lectura—, vamos a hacer una ronda rápida.
Decid vuestro nombre, la carrera, la comisión que más os llame la atención y una obra, libro o película que os gustaría proponer este trimestre para debatir. Empezamos por aquí.
La ronda avanza. Una chica de Derecho propone Vencedores o vencidos, porque dice que los juicios de Núremberg siempre abren debates necesarios sobre justicia y responsabilidad.
Otra menciona Ciudadano Kane con una solemnidad que hace asentir a varias veteranas.
Una residente de segundo defiende Tomates verdes fritos.
Cuando me toca el turno, me remuevo en el sofá de terciopelo, sosteniendo la taza tibia entre las manos. Siento la mirada de Patri fija en mi cara, tensa, esperando a ver por dónde salta el elemento discordante del cuarto. Y el orgullo, que a veces es mi peor enemigo, me empuja a no esconderme.
—Elena. Primero de Humanidades —digo, elevando un poco la voz—. Me interesa la comisión cultural, sobre todo el cinefórum. Y yo propondría algo de ciencia ficción. Asimov, quizá. O incluso Star Wars, las clásicas.
Algunas chicas levantan la vista.
—Creo que tienen bastante filosofía: miedo, poder, la caída de una república, la tentación de controlar a los demás para salvarlos. No sé.
—Qué profundo —murmura Inés, con una sonrisita—. Nunca había pensado que los señores con capas y naves espaciales fueran material de cinefórum.
El comentario me pincha directo en el estómago. Me dispongo a contestarle con alguna de mis réplicas ácidas, dispuesta a dinamitar la paz social del café de bienvenida, pero no me da tiempo a abrir la boca.
—La mitología clásica también estaba llena de capas, monstruos y familias complicadas —dice Patri, con la taza entre las manos—. Que algo sea popular no significa que sea simple.
La voz de Patri resuena en la sala común, limpia, nítida, cortando el murmullo general como un golpe de efecto.
Me quedo helada. Me giro despacio para mirarla, descolocada por completo. Patri sostiene su taza de té entre las manos, con la espalda apoyada en el respaldo del sofá y el mentón alzado. No me está mirando a mí; mira directamente a Inés.
—¿Perdona? —Inés parpadea, girándose hacia ella con el ceño fruncido, como si su propia sombra la hubiera traicionado.
—Solo digo que juzgar una historia por sus elementos más visibles suele ser una forma bastante cómoda de no entrar en lo que cuenta de verdad —añade, ya más serena—. Pasa con muchas obras.
Un silencio pesado, denso, se instala en la sala común. Blanca se levanta, y da unas palmadas rápidas.
—Muy bien, chicas. El debate ya ha empezado. Pero lo vamos a dejar para las sesiones de cinefórum —sentencia, con una sonrisa — ¿A quién le toca presentarse?
Aparto la vista, sintiendo que el pulso se me acelera de un modo completamente absurdo.
No sé qué hacer con lo que pasa. Hace unas horas, esa misma chica ha ido a los despachos de administración a pedir un formulario para alejarse de mí.
Ahora, acaba de dar la cara por el género que yo amo, arriesgando su preciada fachada.
Pero sigo enfadada. Cuando las presentaciones terminan, marchamos a las habitaciones, y yo me voy rápido para llegar antes que mi compañera.
Al cabo de unos minutos, Patri entra.
—Oye, Patri —le digo—. No sé a qué viene eso. No necesito que me defiendas delante de tus amigas y luego pidas que te cambien de cuarto a mis espaldas.
—No pido el cambio porque me caigas mal, Elena —murmura.
—Qué alivio —contesto, dejando escapar un hilo de ironía para protegerme—. Creía que era por mis calcetines de fantasma.
Patri no sonríe. Levanta los ojos hacia mí, y la intensidad de su mirada clara me obliga a tensar los músculos del cuello.
—Lo he pedido porque me asusta —confiesa, y la palabra se le escapa como una verdad proscrita—. Me asusta que me mires como si ya supieras demasiado. Que me leas tan fácil.
Me quedo muda, con las palabras congeladas en la garganta. Apoyo las manos en la cama, intentando sujetarme un poco después de sus palabras.
—No sé demasiado, Patricia —digo, bajando la voz—. Solo sé una cosa.
—¿Cuál? —pregunta, casi sin aire.
—Que no eres un androide.
Patri se queda quieta, con los labios ligeramente partidos y las pupilas dilatadas, mirándome como si abriera, sin querer, la tercera puerta de su propia historia.