Capítulo 5 No somos compatibles
PATRI
Mantener la barbilla alta cuando sientes que los cimientos de tu vida se están agrietando es un arte que se aprende a base de cenas de gala.
Al cruzar el claustro de San Griselmo camino a las aulas de la facultad, doblo las piernas a cada paso con una precisión matemática, obligándome a respirar con el diafragma, tal y como me enseñó mi monitora de tenis para controlar las pulsaciones antes de un punto de partido.
A mi lado, Inés camina a un ritmo frenético, con los tacones de sus mocasines repicando contra las losas de piedra. No para de hablar.
—Oye, ¿y te has enterado de lo de Martínez para Contabilidad? —dice—. Qué estrés de hombre, de verdad. Cata me ha dicho que el primer día ya ha subido tres casos prácticos al campus virtual y que su examen de enero es súper difícil.
—Vaya, madre mía —asiento de forma mecánica, acomodándome la correa del bolso.
Intento escucharla. De verdad lo intento. Pero esta mañana las palabras de Inés me suenan extrañamente huecas, como el eco en un pasillo vacío.
Tengo la mente en mis dibujos. En las manos largas de Elena moviéndose con una rapidez salvaje en el suelo, recogiendo mis folios del parqué sin pedir permiso. Sigo sintiendo el vuelco que me dio el corazón cuando se cerró la puerta y me quedé a solas con ella.
Elena me ha herido. Me ha llamado "androide" con esa ligereza irónica que utiliza para marcar distancias, recordándome exactamente lo que soy para el resto del mundo: una pieza de diseño programada para no fallar.
Pero, un segundo después, me ha protegido. Ha arriesgado su propia reputación en el colegio mayor, solo para salvar mi secreto. No sé qué hacer con ambas cosas a la vez. El resentimiento y la gratitud se retuercen en mi estómago.
—Por cierto —Inés baja la voz al torcer la esquina del pabellón central—, menudo cuadro tu compañera de cuarto, ¿no? Parece rara.
—Se llama Elena —digo.
Mi voz sale más cortante y fría de lo que pretendía. Inés se detiene en seco, parpadeando con sorpresa, con las cejas perfectamente depiladas arqueadas hacia arriba.
—Ya sé cómo se llama —replica Inés, estirando la comisura de los labios en un gesto defensivo—. Solo digo que es un poco especial. Se nota a la legua que no encaja aquí.
—Bueno, ya sabes cómo son los de Humanidades. Tienen otros ritmos.
Inés se encoge de hombros, restándole importancia, pero el resto de la mañana se vuelve una tortura de tres horas.
Durante la clase de Introducción a la Empresa, mientras el profesor proyecta diapositivas sobre la estructura organizativa de las multinacionales, yo solo puedo ver los trazos en tinta negra de las costas de Las Ciudades bajo la Niebla.
El orden perfecto de los gráficos de barras me parece una cárcel comparado con la caligrafía gótica que Elena ha sostenido entre sus manos con un cuidado casi reverencial.
A las doce y media, cuando terminan las clases matutinas y el resto se encamina a comer a la cafetería o fuera del campus, yo tomo el desvío hacia el colegio mayor.
Subo a dirección a ver a Blanca, que me recibe con una sonrisa afectuosa tras su escritorio de roble.
—Patricia, adelante, siéntate —dice, indicando la silla de tapicería verde—. Qué alegría verte. ¿Qué tal estos primeros días?
Me siento en el borde de la silla, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Siento una punzada de vergüenza en el pecho, pero me obligo a hablar con la voz firme y desprovista de fisuras que mi madre utiliza cuando negocia un contrato.
—Todo muy bien, Blanca. El colegio es maravilloso. Pero... precisamente por eso quería comentarte un pequeño detalle. Con respecto a la asignación de la habitación.
—Dime, Patri. ¿Hay algún problema?
—No, no… Solo que… Solo que creo que Elena y yo... no somos del todo compatibles en cuanto a rutinas de estudio.
Trago saliva. Es lo primero que se me ha ocurrido. Blanca me escucha, en silencio. Dejo caer el bolso en la silla, y sigo hablando.
—Tenemos horarios muy distintos. Ella es más nocturna y yo necesito madrugar mucho para entrenar y repasar.
Me preocupa que terminemos interfiriendo en el rendimiento de la otra, y necesito un entorno muy tranquilo para concentrarme este primer año.
Quería preguntar si habría posibilidad de solicitar un cambio de habitación. A cualquier otra que quede libre.
Blanca suspira con una mezcla de lástima y firmeza institucional.
—Patricia, ya sabes que este año estamos completas. No hay camas libres en todo el colegio mayor.
El estómago se me cae a los pies.
—Entiendo —murmuro, intentando que no se note la decepción en mi tono.
—De todas formas —continúa la subdirectora, suavizando la mirada—, Santa Clara también consiste en eso, Patricia.
Aprender a convivir con perfiles diferentes, a negociar los espacios y a madurar a través de la tolerancia mutua forma parte de la excelencia que buscamos en nuestras residentes.
Elena es una chica brillante. Quizá tenéis estilos muy diferentes, pero eso no tiene por qué ser un problema.
Te pido que hagas un esfuerzo, ¿de acuerdo? Seguro que encontráis un punto medio.
—Por supuesto. Muchas gracias, Blanca.
Antes de salir, Blanca me dice que me espere.
—Toma. Llévate si quieres el papel y lo rellenas. Si sale una vacante, así serás la primera de la lista en moverse de cuarto, ¿de acuerdo?
Le doy las gracias y salgo con el papel en la mano. Tiene el membrete elegante en tinta azul marino del Colegio Mayor Santa Clara brillando bajo los fluorescentes del pasillo.
Camino de vuelta a mi cuarto, sintiéndome terriblemente pequeña. Y un poco traidora.
No me siento mal por haber pedido el cambio de habitación; tengo derecho a buscar mi comodidad. Pero no lo sé, quizá en realidad lo que me asusta es otra cosa.
Quisiera volver a ser una persona que Elena no hubiera leído. Ojalá pudiera recuperar mi seguridad.
Abro la puerta de la 214 convencida de que la habitación estará vacía. Pero me equivoco. La habitación está en penumbra, con las persianas bajadas a la mitad.
Elena está sentada en su cama, apoyada contra la pared, con las piernas encogidas y una toalla pequeña y húmeda doblada sobre la frente. Tiene los ojos cerrados y el rostro contraído en una mueca de dolor que conozco demasiado bien: migraña.
Al escuchar el clic de la cerradura, abre un ojo despacio, parpadeando con dificultad ante la luz del pasillo.
—Perdona —susurro, entornando la puerta con cuidado para no hacer ruido—. Pensé que estarías en la facultad.
—Me ha entrado un hachazo en la cabeza que no me deja ni ver —su voz suena apagada, desprovista de su habitual energía sarcástica.
—Ahora te doy un ibuprofeno. Tengo en mi neceser.
—No hace falta, ya me he tomado uno. Solo necesito... oscuridad.
—Vale. Cojo un libro y me bajo a la biblioteca, así te dejo tranquila.
Me muevo con pies de plomo, intentando no hacer el menor ruido. Avanzo hacia mi escritorio para dejar la mochila, pero los nervios vuelven a jugarme una mala pasada. El papel doblado con el membrete de Santa Clara se me escurre de los dedos flojos y cae al suelo.
Elena, que sigue vigilando mis movimientos de reojo, baja la vista. Sus ojos oscuros, inyectados en sangre por el dolor de cabeza, se clavan en el escudo impreso en tinta azul marino y en las palabras en mayúscula:
SOLICITUD DE CAMBIO DE HABITACIÓN.
El silencio que se instala en la habitación se vuelve denso, asfixiante, tanto que casi puedo oír el latido desbocado de mi propio corazón.
Elena no dice nada. Se quita la toalla húmeda de la frente con una lentitud deliberada y se me queda mirando fijamente desde el otro lado del cuarto.
En sus ojos ya no hay el asombro respetuoso de esta mañana, ni la timidez de la disculpa del baño.
Hay una frialdad nueva, una decepción seca que me corta la respiración.
Bajo la mirada hacia mis propias manos, sintiéndome atrapada en mitad de la 214.
He intentado marcharme. He intentado escapar de la única persona que conoce mi secreto.
Elena vuelve a mirarme. Tiene los ojos irritados por la migraña, el pelo pegado a la sien y una decepción seca, casi silenciosa, que me corta más que cualquier reproche.
—Claro —dice al fin, muy bajo.
Ojalá hubiera gritado. Ojalá hubiera hecho un chiste cruel. Ojalá pudiera odiarla con facilidad.
Pero se limita a ponerse otra vez la toalla sobre la frente, girarse hacia la pared y dejarme de pie en mitad de la habitación 214, con el papel en el suelo y la certeza insoportable de que no hay ninguna cama libre en Santa Clara.
Ni ningún sitio donde esconderme de ella.