Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 4 La primera mentira compartida
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Capítulo 4 La primera mentira compartida

ELENA

El pánico tiene un olor muy concreto. Huele a la lavanda limpia del suavizante de Patri y al aire helado que parece haber entrado de golpe por las rendijas de la ventana.

Miro a la chica de la cama de al lado y, por primera vez desde que entró por esa puerta con su maleta de diseño, no veo a la alumna infalible de ADE.

Veo a una chica de dieciocho años arrodillada en el suelo, pálida como la cera, con los ojos abiertos de par en par y las manos apretadas contra el pecho, conteniendo sus folios como si intentara proteger un escudo de papel.

Está completamente paralizada. Desbordada.

Toc, toc.

—¿Patri? —insiste Inés desde el otro lado, y el pomo de la puerta empieza a girar hacia abajo.

En mi cabeza, las piezas encajan a una velocidad de vértigo.

Inés. La pija del comedor. La que anoche sentenció que la fantasía era «una pérdida de tiempo para gente rara».

Si esa tipa entra aquí y ve el mapa, si ve los reinos dibujados a mano y las leyes de la magia manuscritas por la intocable Patricia, la va a destrozar.

Se lo va a contar a todo su grupo entre risas en la cafetería de San Griselmo.

Hace cinco minutos he llamado a Patri "androide". He sido una imbécil pretenciosa que juzga para no ser juzgada, pero no soy una maldita villana de cómic. No voy a dejar que la linchen por tener un mundo propio.

No le pido permiso. No hay tiempo.

Me deslizo fuera de mi cama como un resorte.

Me dejo caer de rodillas en el suelo, arrastrando las manos por el parqué encerado, y rebaño de un solo golpe el fajo de folios que Patri no ha alcanzado a recoger.

Agarro el mapa, las notas en sucio, la frase de la tercera puerta.

Patri suelta un ahogo asustado, un gemido de puro terror al ver que toco sus cosas, pero no se lo tengo en cuenta.

Me pongo en pie, tiro los papeles bajo mi edredón desordenado, planto mi portátil encima y me lanzo de vuelta a mi colchón justo cuando la puerta se abre diez centímetros.

—¡Un segundo! —exclamo yo, alzando la voz más de lo normal mientras me cruzo de piernas sobre la cama, fingiendo una parsimonia que no tengo.

Inés asoma la cabeza por el resquicio. Lleva una manicura perfecta de color porcelana y esa expresión de suficiencia corporativa que tanto me cuesta tolerar. Se detiene al verme en pijama, con los pelos de loca, y luego baja la vista hacia el suelo.

Patri sigue de rodillas, con la carpeta azul marino de Contabilidad I vacía entre las manos. Ha conseguido recuperar el color en las mejillas a base de puro orgullo, pero le tiembla visiblemente la barbilla.

—Ah... hola —dice Inés, mirándonos con extrañeza—. ¿Qué pasa? ¿Interrumpo algo?

—Drama contable. Muy de ADE —intervengo desde mi cama, tecleando con fuerza aleatoria en el portátil para añadir realismo a la escena—.

A tu amiga se le ha caído la carpeta entera y yo he intentado ayudarla, pero aparentemente tocar apuntes de macroeconomía sin guantes de látex es delito de lesa majestad. Casi me arranca la cabeza.

Inés parpadea, procesando mi tono irónico, y termina por soltar una risita condescendiente. Mira a Patri como quien mira a una compañera de fatigas que se toma las cosas demasiado en serio.

—Madre mía, Patri, relaja —Inés entra un paso más en la habitación, estirando el brazo—. Oye, porfi déjame los apuntes de Intro.

Patri traga saliva. Se pone en pie con una lentitud calculada, apoyándose en el borde de su escritorio para que no se note el temblor de sus piernas.

Se recoloca el mechón de pelo tras la oreja con el mismo gesto ensayado de siempre y recupera su voz melódica, aunque suena un punto más fina de lo habitual.

—Toma, Inés. Sí... es que se me ha mezclado todo al organizar la mochila. Soy un desastre esta mañana.

—Ya veo. Bueno, yo me bajo ya al comedor, que he quedado con Rocío para repasar antes de que cierren las mesas. Luego nos vemos.

Inés me dedica una última mirada de reojo, de esas que dicen «vaya compañera rara te ha tocado», y sale de la habitación, cerrando la puerta con un clic definitivo.

El silencio que regresa a la 214 es mucho más pesado que el de antes.

Me quedo sentada en mi cama, con las manos suspendidas sobre el teclado del portátil. Patri no se mueve. Se queda fija de espaldas a mí, mirando la madera de la puerta.

Escucho su respiración, rápida y entrecortada, el único cabo suelto de una compostura que está intentando reconstruir a marchas forzadas.

De repente, se gira. Avanza hacia mi cama con pasos rápidos, decididos, y aparta mi edredón de un tirón violento. Recoge sus folios del colchón con manos temblorosas, arrugando ligeramente los bordes del mapa en el proceso.

—No vuelvas a tocarlos —dice. Su voz es afilada, defensiva, una descarga de adrenalina pura nacida de la vergüenza de haber sido salvada por la persona menos indicada.

Me guardo la réplica irónica en el bolsillo. Siento el peso de sus ojos clavados en mí y me obligo a sostenerle la mirada.

—Los he escondido para que no los viera —le recuerdo, bajando el tono.

Patri desvía la vista hacia el suelo, apretando los folios contra su sudadera gris. Sus hombros caen un centímetro.

—Ya lo sé —murmura.

Es una frase diminuta, pero pesa una tonelada. Es el reconocimiento incómodo de que, nos gustemos o no, acabamos de cometer nuestra primera mentira compartida.

Me deslizo fuera de las sábanas, poniéndome de pie a un metro de distancia de ella. El espacio entre nuestras camas sigue siendo ridículamente pequeño.

—No me río de eso, Patri —digo, y me esfuerzo para que mi voz suene lo más limpia posible, sin rastro del escudo de trinchera que suelo usar—. Del mapa. De la historia. De la tercera puerta. De verdad. No creo que sea ninguna gilipollez.

Patri se tensa al escuchar la mención a su texto. Se abraza más a sus folios, como si intentara meterlos de nuevo dentro de su propio cuerpo para que nadie pueda tocarlos.

—No es nada —dice, blindándose otra vez tras esa distancia de colegio mayor—. Es... una historia que escribo de vez en cuando. Para pasar el tiempo. Ya está. No tiene importancia.

Miente. Lo sé porque yo vivo dentro de las historias y reconozco cuando alguien está usando un mundo inventado para no ahogarse en el real.

—Vale. No pregunto —asiento, dando un paso atrás hacia mi escritorio.

Patri me observa durante un segundo largo, analizando mi retirada.

Abre su archivador de Contabilidad I, introduce las hojas de fantasía en el fondo, tras los separadores de finanzas, y cierra las anillas con un chasquido rotundo que suena a sentencia.

Vuelve a colocar la carpeta en la estantería, perfectamente alineada, camuflada entre la normalidad de San Griselmo.

Se gira hacia el espejo del armario para revisar que su coleta no tenga ningún mechón suelto. Vuelve a ser Patricia. La deportista. La alumna excelente. La chica que tiene un plan.

Antes de coger su mochila y su agenda de piel, se detiene junto a la puerta.

—Bueno, me voy a clase, Elena. Que te vaya bien el día.

Se da la vuelta y sale de la habitación, dejándome sola con el eco de sus pasos perdiéndose por el pasillo de Santa Clara.

Mientras recojo mi portátil y me preparo para bajar a la realidad de mis clases de Humanidades, entiendo algo jodidamente peligroso: hay secretos que una no quiere contar, y secretos que otra persona, sin saber muy bien por qué, empieza a querer proteger.