Capítulo 3 La carpeta equivocada
PATRI
La frase me dura toda la noche. Estamos aquí para estudiar, no para ser amigas.
La dije con una voz demasiado tranquila, demasiado fría, calcada al tono que utiliza mi madre cuando despide a una empleada del hogar o cuando le explica a una conocida que no podrá asistir a su cena benéfica.
Ese fue el verdadero problema. Sonó tan ensayada, tan sumamente impecable, que se sintió como un portazo en mitad de la cara de Elena.
Me remuevo entre las sábanas, vigilando de reojo que el crujido del colchón no despierte a Elena.
Son las siete y cuarto de la mañana. Mi alarma interna siempre se adelanta quince minutos a la del móvil, una costumbre heredada de los años de entrenamiento matutino en las pistas de tenis, donde llegar cinco minutos tarde significaba cincuenta flexiones sobre la tierra batida.
Me incorporo despacio y me quedo sentada en el borde de la cama, frotándome los ojos. La habitación 214 está sumida en esa penumbra grisácea que precede al amanecer de Madrid.
Miro hacia el fondo. Elena está completamente dormida, ajena al peso del mundo.
Es un caos andante incluso cuando no está despierta: el edredón está medio caído por un lado, tiene un nido indomable de pelo oscuro desparramado sobre la almohada y una de sus piernas sobresale de la sábana, dejando a la vista un calcetín desparejado con el dibujo de un pequeño fantasma con gafas.
Lleva una camiseta de algún grupo de música que no conozco, tres tallas más grande, que le cae de lado por el hombro.
Me resulta incómodo mirarla. Me resulta incómodo porque Elena no tiene filtros, no tiene una postura oficial para el mundo. Es dolorosamente real, y estar cerca de alguien que no finge me hace sentir como si mi propia ropa estuviera hecha de alambre de espino.
Me levanto sin hacer ruido. Doblo mi sudadera de deporte gris y reviso los horarios de las asignaturas en la tableta.
A las siete y media, la pantalla de mi móvil se ilumina sobre el escritorio. Es un mensaje de WhatsApp de mi madre.
Mamá: Buenos días, hija. No olvides pasar por Secretaría antes de las diez para validar el alta en el club de consultoría. Tu padre dice que el primer año marca el ritmo de los contactos de cara al futuro. Que tengas un buen día.
Siento una presión fría en el pecho. No hay un "espero que hayas dormido bien", ni un "te echo de menos". Solo directrices. Un mapa de carreteras prefabricado que debo recorrer sin salirme de la calzada.
Patri: Buenos días, mamá. Sí, ahora voy a desayunar y paso por Secretaría. Todo bajo control. Un beso.
Apago la pantalla y suspiro. Al darme la vuelta, me encuentro con unos ojos oscuros y adormilados que me miran fijamente desde la cama de al lado. Elena se está estirando como un gato, parpadeando con pereza hacia mi flexo.
—¿De verdad estás despierta a estas horas por voluntad propia? —su voz suena ronca, rasposa por el sueño—. Empiezo a pensar que eres un androide programado por la subdirectora.
Intento recuperar mi sonrisa de Santa Clara, la de las visitas.
—Solo es costumbre, Elena. Buenos días.
Elena se incorpora, se pasa una mano por el pelo para despejarse la cara y me mira de una manera diferente. Se muerde el labio inferior, un tanto incómoda, y se desliza hasta el borde de su colchón.
—Oye... con respecto a lo de ayer. En el comedor.
Me quedo quieta, con la agenda de piel entre las manos.
—No pasa nada, en serio.
—Que sí pasa. Fui bastante borde —insiste ella, mirándose los calcetines—. No tengo por qué meterme con tu carrera ni con tus planes. No tienes por qué vivir en un PowerPoint de empresa si no quieres, pero tampoco es asunto mío. El caso es que... lo siento.
La miro, desarmada por completo. Elena no pide perdón como las chicas de mi entorno, con una disculpa templada que busca mantener las apariencias. Lo hace de verdad, exponiendo su torpeza.
—Ya pediste perdón anoche, Elena —digo, sintiendo que la tensión de mis hombros cede un centímetro.
—Ya, pero quería dejarlo claro antes de que empiece el día y volvamos a mirarnos como si una de las dos fuera a apuñalar a la otra con un bolígrafo.
Una pequeña carcajada, una de las de verdad, se me escapa del pecho antes de que pueda contenerla.
—Está bien. Disculpa aceptada oficialmente. También yo lo siento... Estaba un poco a la defensiva.
Elena sonríe, aliviada, y esa sonrisa hace que sus ojos tengan un brillo limpio que me obliga a apartar la mirada hacia mi mesa de estudio. Me siento extrañamente expuesta bajo su atención.
—Bueno —dice ella, levantándose y estirando los brazos—, ¿hoy toca sufrir con Contabilidad I o el androide tiene asignaturas más divertidas?
La palabra me golpea antes de que pueda fingir que no. Androide.
Hace un minuto estaba pidiéndome perdón por haberme reducido a una diapositiva de empresa. Hace un minuto parecía entender que quizá yo no era solo la chica ordenada de ADE con horarios fijos y una familia que mide el futuro en contactos.
Y ahora vuelve a hacerlo.
Elena se queda quieta al verme cambiar la cara.
—Era una broma —dice, bajando los brazos.
—Ya.
—Patri…
—No pasa nada.
Me detesto en cuanto lo digo. Porque sí pasa. Pasa que no quiero ser tan fácil de resumir. Pasa que llevo años intentando hacerlo todo bien para que nadie pueda señalarme y con Elena parece que no basta.
—No ha sonado a que no pase nada —murmura ella.
Dejo la agenda sobre el escritorio con demasiado cuidado.
—Me acabas de pedir perdón por juzgarme y dos frases después me llamas androide.
Elena abre la boca. Luego la cierra.
Por primera vez desde que la conozco, no tiene una respuesta inmediata.
—No quería decirlo así.
—Claro.
—Quería decir que eres… organizada.
—Fría —la corrijo, y la palabra sale más baja de lo que esperaba—. Querías decir fría.
Elena se queda mirándome con el pelo completamente revuelto, la camiseta torcida y una culpa tan evidente en la cara que por un segundo me da rabia que me importe.
—No quería ser cruel —dice al fin.
Aprieto los dedos contra el borde de la mesa.
—Pues te sale bastante natural.
Elena baja la mirada, y la habitación se vuelve pequeña de golpe. Dos camas, dos escritorios, un armario partido por la mitad y ninguna distancia suficiente para esconder lo que acabamos de decirnos.
Necesito hacer algo con las manos. Ordenar algo. Guardar algo. Recuperar una parte mínima de control.
Doy dos pasos hacia la balda.
—Patri, espera —dice Elena, con la voz más suave—. Lo siento. De verdad. Ha sido una gilipollez.
No contesto. Si contesto, igual se me nota demasiado.
Estiro el brazo, agarro el lomo del archivador y tiro de él con más brusquedad de la necesaria. El borde de la carpeta choca contra el manual de Introducción a la Empresa. Las anillas se abren con un chasquido metálico.
—No…
El archivador se me desliza de las manos.
Intento atraparlo en el aire, pero es tarde. Cae con un golpe seco en el espacio intermedio que separa nuestras dos camas, abriéndose de par en par debido al impacto. Las anillas, que no estaban bien cerradas, ceden por completo.
Un torrente de folios se esparce por el suelo encerado de la habitación.
El mundo se detiene. Siento que el suelo desaparece bajo mis pies y que la sangre me ruge en los oídos con un pitido ensordecedor. Es una exposición tan íntima, tan brutal, que siento ganas de vomitar. Es como si alguien me hubiera arrancado la ropa en mitad del comedor del colegio mayor.
—No, no... No toques —digo, mi voz sale pequeña, temblorosa.
Me dejo caer de rodillas en el suelo, con las manos torpes, intentando amontonar los papeles de cualquier manera, sin alinearlos, sin ordenarlos, solo queriendo que desaparezcan de la vista.
Pero Elena ya se ha agachado a mi lado. Sus dedos largos atrapan un fajo de hojas que han volado hacia su cama.
Elena se queda inmóvil en el suelo. Veo cómo sus ojos se clavan en la primera página.
Hay un mapa dibujado con una minuciosidad enfermiza, línea a línea, donde la tinta negra da vida a reinos que no existen, a costas cubiertas por una caligrafía gótica que reza: Las Ciudades bajo la Niebla.
Y justo debajo del mapa, en el fajo que sostiene entre las manos, hay una hoja manuscrita, llena de tachones urgentes hechos de madrugada, donde una frase destaca subrayada en tinta roja:
«Si la heredera abre la tercera puerta, todos sabrán lo que es».
Me quedo quieta, con la respiración entrecortada y las mejillas ardiendo en un rubor violento que me quema la piel.
Tengo los dedos crispados sobre un fajo de folios contra mi pecho, sintiéndome la persona más ridícula del planeta.
La chica de ADE escribe historias de dragones en secreto porque no tiene el valor de vivir en el mundo real.
Espero la ironía de Elena. Espero el chiste, el comentario sagaz que me dolerá directamente en la piel.
—Es... mío —susurro, y esa palabra es lo más verdadero que he dicho en meses.
Elena levanta la vista del papel. Sus ojos oscuros están completamente abiertos, pero no hay burla en ellos. No hay condescendencia. Hay una especie de asombro respetuoso, una seriedad profunda que me deja paralizada en mitad del suelo.
—¿Lo has dibujado tú? —pregunta, con la voz extrañamente suave.
—Sí —asiento con la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos.
—Es precioso, Patri. De verdad. El nivel de detalle de las cordilleras es una locura.
Parpadeo, descolocada. Busco en su rostro alguna señal de sarcasmo, pero no la encuentro. Elena se acomoda en el suelo, cruzando las piernas, sosteniendo la hoja del mapa con un cuidado casi reverencial.
—Y lo digo en serio —añade, dedicándome una sonrisa de medio lado, intentando rebajar la densidad del aire—. Ya habrás notado que la diplomacia no es mi superpoder principal. Si fuera una mierda, te lo habría dicho con un chiste sobre elfos.
Un hilo de aire escapa de mis labios, una mezcla de risa y alivio que me hace temblar las manos.
—Pensé... pensé que te reirías —confieso, bajando la vista hacia mis folios.
—¿Reírme? —Elena vuelve a mirar el fajo de hojas, recorriendo con el dedo el título—. Las Ciudades bajo la Niebla... Es un título increíble.
Se detiene en la siguiente página, leyendo la frase subrayada en rojo. Levanta los ojos hacia mí, sosteniendo mi mirada de una forma que me acelera el pulso de un modo completamente distinto al pánico de antes.
—¿Por qué no puede abrir la tercera puerta? —pregunta.
Me quedo muda. No sé qué responderle. No puedo decirle lo que esa frase significa para mí en realidad.
No puedo explicarle que la heredera no debe abrir esa puerta porque, si lo hace, dejará de ser la hija obediente que todos esperan que sea.
Porque se saldrá de las líneas del PowerPoint familiar.
Porque si abre su mundo interior, todos sabrán quién es de verdad...
y yo misma tengo pánico de lo que pueda encontrar al otro lado de esa puerta.
Antes de que pueda articular una sola palabra, un golpe seco y rotundo retumba en la madera de la habitación, cortando el aire como un disparo.
Toc, toc.
—¡Patri! ¿Estás? —la voz de Inés, mi compañera de ADE, resuena desde el pasillo, demasiado alta, demasiado enérgica—. Oye, ábreme un segundo, porfa. Quería pedirte los apuntes de Introducción que me dijiste ayer.
Siento que el frío regresa a mi cuerpo de golpe, congelándome los músculos.
Inés. La misma Inés que anoche se reía en el comedor con una copa de agua en la mano, diciendo que las historias de mundos inventados eran una pérdida de tiempo para gente rara.
La chica que conoce a mis padres, la que comparte mi grupo de entrenamiento, la que representa al milímetro el mundo impecable en el que me esfuerzo por encajar.
Si empuja la puerta ahora mismo, si da un solo paso dentro de la 214... se acabó.
Miro los papeles esparcidos entre nuestras camas, el mapa arrugado contra mi pecho, la carpeta falsa de Contabilidad I abierta de par en par y la frase de la tercera puerta brillando bajo la luz de la mañana.
No tengo tiempo de volver a ser perfecta.