Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11) Capítulo 2 La cena de bienvenida
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Capítulo 2 La cena de bienvenida

ELENA

El comedor del Colegio Mayor Santa Clara parece el escenario de una película de época a la que le han puesto un filtro de Instagram de tonos beige.

Lámparas de araña que cuelgan de techos altísimos, mesas de madera noble cubiertas por manteles de hilo blanco tan rígidos que podrían sostenerse solos, y un murmullo ensordecedor de risas moduladas, tacones sobre el suelo de mármol y cubiertos de plata tintineando.

En la cabecera, presidiendo el caos ordenado, la subdirectora vigila con una sonrisa benévola que parece grabada a fuego en su rostro. Todo aquí dice: eres la élite, compórtate como tal.

Yo me quedo un segundo en el umbral, sintiendo que mi sobrecamisa de cuadros es el equivalente a llevar un neopreno fluorescente en un funeral.

Busco con la mirada la coleta pulcra de Patri.

La encuentro enseguida. Está en la mesa central, rodeada de tres chicas que visten camisas idénticas de tonos pastel.

Patri se mueve en este ambiente como un pez en un acuario de lujo.

Saluda a una de las tutoras con un cabeceo respetuoso, se ríe en el momento exacto de un comentario que hace una chica rubia a su lado y recoloca los cubiertos con esa delicadeza innata que me dio rabia desde el primer segundo.

La chica que hace veinte minutos me ha hablado de Christopher Reeve ha desaparecido. Esta es la versión oficial. La infalible.

—¿Mucho protocolo para un lunes, verdad?

Me giro, un tanto sobresaltada. A mi lado hay una chica con el pelo corto y rizado, unas gafas redondas un poco torcidas y una sonrisa que carece por completo de la diplomacia de Santa Clara. Lleva un jersey de punto un par de tallas más grande y me mira con una simpatía que me desarma.

—Un poco —admito, relajando los hombros—. Empezaba a pensar que si no sabía qué tenedor usar para el pescado me mandarían al calabozo del colegio mayor.

La chica suelta una carcajada limpia.

—Soy Lucía. Primero de Historia del Arte. Y tranquila, si nos echan, nos iremos a comer hamburguesas de un euro al McDonald's de la esquina. ¿Nos sentamos juntas antes de que nos asignen por orden alfabético?

Asiento, aliviada por haber encontrado un salvavidas en mitad del naufragio social. Nos colocamos en el extremo de una de las mesas largas, a apenas tres puestos de distancia del grupo de Patri.

A medida que traen los platos, la conversación a nuestro alrededor se convierte en un monólogo colectivo sobre las expectativas del curso.

Escucho fragmentos sueltos que me dan ganas de poner los ojos en blanco: los rankings de las mejores consultoras para hacer prácticas en ADE, los clubes de debate de San Griselmo, lo bien que luce el sello de Santa Clara en el currículum y los apellidos de familias que, supuestamente, todo el mundo debería conocer.

—Mis padres ya me han apuntado al foro de empleo de noviembre —comenta una de las chicas de la mesa, con esa seguridad de quien ya ha heredado un mapa del futuro—.

Hay que moverse desde primero si quieres pillar sitio en una de las Big Four.

¿Tú cómo lo llevas, Patri? Tu padre conoce al socio de Deloitte, ¿no?

Miro de reojo a mi compañera de habitación.

Patri tiene el tenedor suspendido a mitad de camino.

Durante un segundo —un brevísimo e imperceptible segundo—, su sonrisa impecable flaquea.

Sus ojos grandes se quedan fijos en el mantel, ausentes, vacíos de toda esa luz de alumna modelo.

Hay un peso en su postura, una fatiga silenciosa que no encaja con la estampa de la heredera perfecta del sistema.

Pero la grieta dura lo que dura un parpadeo.

—Sí —responde Patri, recuperando la voz melódica—. Mi padre dice que es una buena oportunidad. Hay que cumplir con el expediente.

—Claro —se me escapa, antes de poder morderme la lengua—. Qué descansado debe de ser tener la vida organizada en diapositivas desde primero de carrera.

Lucía me da una patada suave por debajo de la mesa, advirtiéndome, pero ya es tarde. La mesa se ha quedado en silencio. Las amigas de Patri me miran como si acabara de proferir una blasfemia en la capilla del campus.

Patri se tensa. Me mira directamente, y esta vez no hay miedo en sus ojos; hay una chispa de orgullo herido. Deja los cubiertos sobre el plato con un tintineo limpio que corta el aire.

—No todo lo que es ordenado es falso, Elena —dice, con una firmeza que me pilla completamente desprevenida. Su voz es baja, pero perfectamente clara—. Hay gente a la que nos gusta hacer las cosas bien. No tiene nada de malo tener un plan.

—No he dicho que tenga nada de malo —replico, sintiendo un pinchazo extraño en el pecho al ver que su tono me afecta más de lo que debería.

—No hacía falta que lo dijeras.

Patri vuelve a su plato, dando por terminada la conversación y dejándome con una desagradable sensación de pesadez en el estómago. Genial, Elena, me recrimino. Has querido ir de lista y lo único que has conseguido es demostrar que eres una resentida.

La cena continúa, pero el ambiente en nuestro sector se ha vuelto de hielo. Intento concentrarme en Lucía, que me habla de las asignaturas comunes de Humanidades, pero mis ojos siguen desviándose hacia la derecha. Patri sigue actuando normal, pero ya no participa tanto. Se limita a asentir.

Hacia el final de la cena, una de las chicas de la mesa de ADE cambia de tema, aburrida de hablar de finanzas, y menciona el estreno de la nueva serie de fantasía de la que todo el mundo habla en redes.

—A mí esas cosas de dragones y mundos inventados me parecen todas iguales —dice la chica, arrugando la nariz con desdén—. Gente con espadas hablando raro y nombres imposibles de recordar. Es una pérdida de tiempo.

Yo abro la boca para saltar en defensa del género, pero antes de que pueda emitir un sonido, Lucía me pregunta algo sobre la carrera.

El regreso a la habitación 214 es la definición gráfica de la guerra fría.

Patri entra primero, se quita las zapatillas de marca sin hacer ruido y coge su neceser. No me dirige la palabra. Ni una mirada, ni un reproche. Su indiferencia es un muro mucho más alto que cualquiera de sus sonrisas de cortesía.

—Oye, Patri —digo, apoyándome en el marco de la puerta del baño mientras ella se echa agua en la cara—. Siento lo de antes. En el comedor. A veces la ironía se me va de las manos.

Patri se seca el rostro con una toalla blanca, se gira y me mira con una expresión neutra, completamente blindada.

—No pasa nada, Elena. Estamos aquí para estudiar, no para ser amigas. Buenas noches.

Se mete en la cama, apaga la luz de su flexo y se gira hacia la pared, dándome la espalda de forma categórica.

Me quedo quieta en mitad de la habitación en penumbra. Me cambio de ropa a oscuras, sintiéndome ridícula por haber pensado, aunque fuera por un segundo, que la chica de la cama de al lado compartía algún tipo de idioma secreto conmigo.

Lo de Christopher Reeve fue un espejismo. Una grieta mínima, nada más. Patri pertenece a este sitio de una forma que yo no sé fingir: sabe cuándo sonreír, cuándo callarse y cuándo volver a convertirse en una chica que no da problemas.

Me meto bajo la colcha y enciendo la pantalla de mi móvil para mirar la hora. La luz residual ilumina tenuemente la estantería del lado de Patri.

Allí sigue. El archivador azul marino, perfectamente alineado entre un manual de Introducción a la Empresa y una agenda de tapas beige con el escudo de la universidad. Contabilidad I.

Me quedo mirando las letras doradas que brillan bajo la oscuridad del cuarto. Recuerdo la prisa con la que lo ha guardado esta tarde. Recuerdo el pánico en sus ojos cuando ha pensado que iba a tocarlo.

Patri puede fingir lo que quiera, pero nadie cierra una carpeta de contabilidad como si dentro hubiera un cadáver. O un secreto.

Y yo empiezo a tener un problema serio con los secretos.