Nunca imaginé que entendieras mi idioma (Sagradas Tentaciones nº 11)
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Capítulo 1 La cama de al lado
ELENA
El Colegio Mayor Santa Clara huele a cera para el suelo, a lavanda industrial y a expectativas familiares que yo no tengo ninguna intención de cumplir.
Arrastro mi maleta por el pasillo del segundo piso, ignorando las miradas de las chicas que ya se saludan en las puertas.
Todas parecen clones de un catálogo de moda: melenas perfectas, jerséis de punto sobre los hombros y esa risa de quien nunca ha tenido que debatir si pagaba el abono transporte o el último tomo de su saga de fantasía favorita.
Yo llevo una camiseta desgastada de Doctor Who bajo una sobrecamisa de cuadros y la firme convicción de que voy a pasar los próximos diez meses encerrada en mi habitación individual, leyendo y fingiendo que la carrera de Humanidades no es un billete directo al paro.
O al menos, ese era el plan hasta hace diez minutos.
—Lo siento mucho, Elena —me había dicho la subdirectora, una mujer con un traje de chaqueta tan rígido que dudaba que pudiera doblar los codos, mientras revisaba unos papeles en recepción—.
Hubo una filtración en el ala norte durante el verano y tres de las habitaciones individuales están inhabilitadas.
Te hemos asignado la 214. Es compartida.
Compartida.
La palabra resonó en mi cabeza como una sentencia de muerte social.
Compartir significa no tener control sobre el mando de la luz.
Significa que alguien va a ver mis calcetines con dibujos de superhéroes.
Significa, por encima de todo, tener que hablar con un ser humano a horas en las que mi cerebro aún no ha procesado la existencia del oxígeno.
Cuando llego a la puerta de la 214, respiro hondo y empujo.
La habitación es... compacta. Esa es la palabra educada. Dos camas de madera oscura con colchas blancas idénticas, dos escritorios de estudio que parecen sacados de un monasterio del siglo XVI y un armario empotrado dividido matemáticamente por la mitad. Al menos he llegado la primera.
Me pido la cama del fondo, la que está junto a la ventana que da al patio interior.
Abro mi maleta y empiezo a colonizar el espacio como un animal asustado.
Coloco mis manuales de historia del arte en la estantería, flanqueados estratégicamente por mis novelas de romantasy llenas de post-its de colores y un pequeño Funko Pop de Loki que coloco sobre el flexo.
Es mi amuleto de trinchera. Mi pequeña declaración de resistencia contra el clasicismo asfixiante de San Griselmo.
Estoy a mitad de camino de decidir si escondo mis cómics al fondo del cajón cuando la puerta se abre de golpe.
La chica que entra parece haber aprendido a llegar a los sitios sin desordenar nada.
Lleva vaqueros claros de corte recto, una camisa blanca remangada con precisión milimétrica y una bolsa deportiva azul marino colgada del hombro.
No hay nada exagerado en ella. Ese es el problema.
Todo parece elegido para no llamar demasiado la atención y, aun así, consigue que la habitación parezca más pequeña.
Tiene el pelo castaño recogido en una coleta pulcra, de la que se escapa un mechón rebelde que se recoloca tras la oreja con un gesto extrañamente ensayado.
Se detiene al verme, parpadea con unos ojos grandes y expresivos, y tarda exactamente medio segundo en ofrecer una sonrisa perfectamente de colegio mayor.
—¡Hola! —su voz es melódica, el tipo de voz que da la bienvenida a las visitas ilustres—. Soy Patricia. Pero todo el mundo me llama Patri. Debes de ser Elena, ¿verdad?
—La misma —respondo, cruzándome de brazos y apoyándome en mi escritorio—. Supongo que te han dado la noticia de la celda doble de última hora.
Patri suelta una risita educada, aunque noto cómo sus ojos escanean rápidamente mi lado de la habitación.
Pasan por mi sobrecamisa, se detienen un segundo de más en los lomos de mis libros de dragones y terminan en el Funko de Loki.
Juro que, por un instante, la comisura de sus labios amaga con subir en una sonrisa real, pero se controla tan rápido que dudo de mis propios ojos.
Ya estamos, pienso. Me ha tocado la alumna impecable de ADE que va a tolerarme con condescendencia todo el curso.
—Sí, me lo han dicho abajo —dice ella, avanzando con una elegancia innata mientras deja su maleta de diseño junto a la cama vacía—. Siento que te toque compartir si querías estar sola. Prometo no molestar. Suelo tener horarios muy fijos con los entrenamientos y las clases.
—Genial. A mí el orden me produce alergia, pero sobreviviré —replico con un tono un punto más afilado de lo necesario. Es mi escudo. Siempre ataco antes de que me desplacen por rara.
Patri asiente, manteniendo las formas con una disciplina que casi me da miedo.
Empieza a desarmar su equipaje y verla organizar sus cosas es una experiencia casi religiosa.
Las camisetas van dobladas con una simetría patológica.
Saca un archivador azul marino donde se lee Contabilidad I en letras doradas y lo coloca en su estantería, pero lo hace con una prisa extraña cuando nota que la estoy mirando, cerrando la balda con un golpe seco.
El silencio que se instala entre nosotras es espeso, cargado de prejuicios invisibles. Ella es el éxito social de San Griselmo; yo soy la chica que se esconde detrás de la ironía.
Pasan las horas. El sol empieza a caer tras los tejados del colegio mayor.
Patri se ha cambiado por una sudadera gris —impecable, cómo no— y está sentada en su escritorio, repasando lo que parecen unos horarios.
Yo me he refugiado en mi cama, apoyada contra la pared.
Tengo los auriculares puestos y el portátil sobre las piernas.
He decidido aislarme del mundo exterior de la forma más segura que conozco: ponerme un capítulo de Smallville con la firme intención de no interactuar con nadie hasta la cena.
Estoy en mitad de una escena en la que Clark mira a Lana con esa cara de chico condenado a salvar el mundo y a no saber qué hacer con sus propias manos, cuando una voz corta el aire de la habitación, desprovista de toda esa música de cortesía de antes.
—Christopher Reeve lo hacía mejor.
Me quedo helada.
Me quito un auricular despacio y miro hacia la cama de al lado.
—Perdona, ¿qué?
Patri está frente a su armario, con una camiseta perfectamente doblada entre las manos. Se ha quedado inmóvil, como si acabara de hablar en voz alta durante un examen.
—Nada —dice demasiado rápido—. Que la cena de bienvenida es a las nueve, creo.
—No, no. Has dicho Christopher Reeve.
Sus mejillas se tensan apenas. Vuelve a colocar la camiseta en el cajón con una precisión exagerada.
—Es cultura general.
—Claro. Cultura general de chicas que llevan archivadores de Contabilidad I con letras doradas.
Patri me mira entonces. Solo un segundo. Lo suficiente para que algo, muy pequeño y muy peligroso, se asome detrás de su sonrisa correcta.
—Reeve no necesitaba demostrar que Superman era fuerte —dice, más bajo—. Te hacía creer que Clark era amable. Esa es la parte difícil.
Luego coge su agenda de piel y sale de la habitación como si no acabara de dinamitar por completo la primera impresión que yo tenía de ella.
La puerta se cierra con un clic suave.
Me quedo sentada en la cama, con el auricular colgando sobre el pecho y el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal.
Vuelvo a mirar la estantería donde ha guardado su carpeta de Contabilidad I.
Patricia —Patri—, la alumna impecable de ADE, la chica de los horarios fijos y las camisetas dobladas como si la vida pudiera ordenarse por cajones, acaba de cometer su primer error.
Y yo, por desgracia, soy muy buena obsesionándome con los errores ajenos.