CAPÍTULO 26 SIN FRENOS
Me quemo. Y esta vez no busco una forma elegante de apagar el incendio.
La penumbra del cuarto de Lara en Chamberí está cargada de una electricidad baja, densa, casi visible.
La lámpara de la mesilla deja una luz dorada sobre el colchón deshecho, sobre los libros abiertos en el suelo, sobre la sudadera que ella ha dejado caer junto a la puerta.
Todo parece improvisado y exacto a la vez, como si la habitación hubiera estado esperando este desastre con más paciencia que nosotras.
Lara me tiene entre sus brazos.
Sus manos ya no dudan. Me sujetan por la cintura con una seguridad que me borra los apellidos, el colegio mayor, las frases ensayadas, todas las versiones de mí que aprendí a defender ante una cámara.
Su cuerpo cae sobre el mío y el peso de su respiración me deja sin argumentos.
Noto la aspereza leve de sus palmas bajo la tela, el calor de su pecho contra el mío, su boca en mi cuello con esa mezcla suya de hambre y cuidado que me rompe más que cualquier brusquedad.
Cierro los ojos.
Durante meses pensé que el deseo era una línea que podía vigilarse desde lejos. Una frontera. Una hipótesis peligrosa. Algo que se nombraba en voz baja para poder contenerlo.
Ahora tiene sus manos. Tiene su boca. Tiene el sonido de mi nombre cuando Lara lo dice contra mi piel.
—Inés.
Lo dice como si todavía le sorprendiera encontrarme aquí. Como si una parte de ella siguiera esperando que yo saliera corriendo, que buscara mi bolso, que recuperara la compostura, que volviera a ser la chica del canal, la de la voz serena y las palabras limpias.
No me muevo.
O sí.
Me muevo hacia ella. Mis dedos se hunden en sus hombros, en la tela gastada de su camiseta, en esa realidad suya que siempre parece menos editada que la mía.
Lara levanta la cabeza y me mira. Tiene el pelo corto revuelto, los labios entreabiertos, los ojos oscuros de una intensidad que ya no intenta disimular.
La veo así, encima de mí, y algo dentro de mi pecho cede con una facilidad que me asusta.
Llegar hasta aquí ha sido lento.
No empezó con un beso. Empezó con una frase escrita debajo de un vídeo, con una desconocida diciéndome que mis palabras tenían cuerpo, caída, consecuencias.
Empezó con rabia. Con mensajes enviados demasiado tarde.
Con cafés en Chamberí donde fingíamos discutir mientras nuestras rodillas se encontraban bajo la mesa.
Lara me besa otra vez. Más despacio…
Como si esta vez ya no quisiera ganarme ninguna batalla. Como si supiera que lo que se ha roto entre nosotras no es una defensa, sino una mentira.
Me aferro a ella y siento que la habitación se estrecha alrededor de nuestros cuerpos.
Afuera, Madrid sigue haciendo ruido: una moto en la calle, una puerta que se cierra en algún piso, voces lejanas subiendo desde la acera.
Dentro, todo se reduce a la respiración de Lara, al roce de sus dedos, a la certeza brutal de que no hay forma de volver intacta a la vida anterior.
Hemos tardado meses en llegar al fuego. Meses de resistencia, orgullo, miedo, deseo mal escondido.
Meses de mirarnos como enemigas y escucharnos como si en la voz de la otra hubiera una clave que ninguna quería necesitar.
Meses de palabras afiladas, silencios tensos y verdades entrando por las grietas.
Ahora Lara me toca la cara con una delicadeza imposible. Y yo, que he construido media vida sobre saber qué decir, solo sé acercarme más.
LARA
Hay materiales que aguantan más de lo que deberían.
Al principio parecen intactos. Reciben presión, absorben carga, devuelven el golpe. Una los mira desde fuera y cree que resisten. Luego aparece una fisura mínima, casi invisible, y entiendes que la ruptura empezó mucho antes de que nadie pudiera medirla.
Inés Arriaga fue así.
Durante meses la vi sostenerse con una elegancia desesperante: blusas claras, pelo liso, frases bien colocadas, esa voz de chica que podía convertir una herida en una columna de opinión.
La vi defender ideas que me daban ganas de levantarme de la mesa.
La vi temblar cuando hablaba de su hermano.
La vi mirándome la boca y apartar la vista como si el cuerpo también pudiera corregirse en edición.
Ahora está debajo de mí, en mi cama, con el pelo castaño extendido sobre la almohada y las mejillas encendidas de una verdad que ninguna de las dos sabe ordenar.
No queda rastro de la distancia correcta con la que entró en el primer café.
Tampoco de mi falsa tranquilidad. Me tiemblan las manos al tocarla, aunque intento que no lo note.
Inés lo nota, claro que lo nota. Siempre ha sido mejor leyendo silencios de lo que quería admitir.
—Lara —susurra.
Mi nombre en su boca me atraviesa de una forma ridícula.
De una forma que no cabe en ningún esquema.
Bajo la frente hasta la suya y respiro un segundo contra sus labios, obligándome a no convertir esta escena en una carrera.
Hemos corrido bastante. Hemos huido, discutido, fingido.
Pero esta noche no quiero ganarle, quiero quedarme.
Le acaricio la muñeca, luego la mano, luego la línea suave del brazo.
Inés cierra los dedos sobre mi camiseta y tira de mí con una urgencia silenciosa, casi torpe.
Esa torpeza me desarma más que cualquier seguridad.
Me recuerda que la chica que tengo debajo no es un canal de YouTube, ni un discurso, ni una alumna ejemplar de San Griselmo.
Su cuerpo se arquea hacia el mío y la cama cruje bajo nosotras, vulgar, real, doméstica. Nada de esto tiene la limpieza de sus vídeos ni la precisión de mis cálculos. Menos mal.
Nos ha costado cada línea de defensa. Las discusiones bajo la lluvia de Moncloa, las noches con el móvil encendido sobre la mesa, las veces que Inés quiso volver a su guión y las veces que yo confundí poner límites con cerrar todas las puertas.
El peligro era que, detrás del deseo, hubiera algo más.
Inés me mira desde la almohada. Tiene los labios hinchados, el pelo revuelto y una expresión tan abierta que durante un segundo me olvido de respirar. Sus dedos rozan mi mejilla. No pide permiso. Tampoco perdón.
—Quédate —dice.
Una palabra, suficiente para que todo el sistema salte. Me inclino sobre ella y la beso otra vez, sabiendo que esta vez no estamos chocando. Estamos cruzando. Y una vez que el fuego encuentra aire, ya no pregunta si puede arder.