Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) EPÍLOGO NO ME ESPERÉIS DESPIERTAS
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EPÍLOGO NO ME ESPERÉIS DESPIERTAS

INÉS

Unos meses después, el cachorro de Lara y Noa decide que mi zapato izquierdo es el gran amor de su vida.

Se llama Bowie, aunque Noa insiste en que no responde a su nombre porque tiene “alma de funcionario jubilado” y Lara dice que no responde porque todavía no entiende que el mundo espera algo de él.

Es pequeño, marrón, con las patas demasiado grandes para su cuerpo y unas orejas que parecen no haberse puesto de acuerdo sobre hacia dónde crecer.

Cuando llegué por primera vez al piso, me olfateó con mucha solemnidad, me mordió el cordón de la zapatilla y se quedó dormido sobre mi bolso como si acabara de firmar una escritura de propiedad.

Desde entonces, cada vez que vengo, actúa como si regresara una persona esencial para el equilibrio emocional de la casa.

—No te emociones —dice Noa desde la cocina—. También le hizo eso al técnico del gas.

Bowie levanta la cabeza al oír su voz, decide que no merece la pena abandonar mi zapato y vuelve a apoyar el morro sobre él.

—No la escuches —le digo—. Está celosa porque me quieres más.

—Estoy devastada —responde Noa—. Voy a escribir un poemario.

Lara aparece en el salón con dos vasos y una camiseta vieja que le queda demasiado bien para la paz de mi sistema nervioso. Mira al cachorro, luego mi pie atrapado debajo de sus patas, y sonríe.

—Te ha elegido.

—Eso parece.

El piso de Lara y Noa no tiene nada que ver con Santa Clara, ni con la casa de mis padres, ni siquiera con el piso que ahora comparto con Clara y Cris.

Aquí siempre hay algo a medio hacer: una planta pidiendo agua, una manta en el brazo del sofá, libros en la mesa, zapatillas en lugares imposibles y una cama para perro que Bowie ignora con el empeño de quien ha decidido que cualquier objeto de la casa es mejor que el objeto comprado específicamente para él.

No es un hogar perfecto. Quizá por eso me gusta tanto.

Lara deja un vaso delante de mí y se sienta en el suelo, junto al sofá. Bowie abandona mi zapato de inmediato para subirse a sus rodillas, lo que desmiente su amor eterno en menos de tres segundos.

—Traidor —le digo.

Lara le rasca detrás de una oreja.

—Es joven. Está explorando vínculos.

—Eso ha sonado peligrosamente terapéutico.

—Me estoy contaminando.

—Qué tragedia.

—Terrible.

Noa entra con una fuente de pasta al horno y la deja sobre la mesa con gesto solemne.

—Cena. Antes de que empecéis otra conversación de esas en las que una dice “vínculos” y la otra mira como si le hubieran regalado una catedral.

—Yo no miro así —dice Lara.

Noa la observa un segundo.

—No, claro. Tú miras como si estuvieras calculando una fuga eléctrica con sentimientos.

Cenamos en la mesa baja viendo algo de fondo en la tele. Bowie se duerme sobre una manta entre Lara y yo, con la barriga redonda y una pata apoyada en mi muslo. Noa habla de una profesora que ha enviado un correo, y Lara le discute como siempre hacen ellas, con cariño, sin descanso.

Yo las escucho y siento esa clase de calma que no llega como una revelación, sino como una escena normal a la que, de pronto, una se da cuenta de que pertenece.

Mi móvil vibra junto al plato.

CLARA:¿Vienes esta noche o te damos oficialmente por adoptada?

Sonrío.

Desde hace dos meses vivo con Clara y Cris en un piso de estudiantes cerca de Argüelles.

Mi habitación es pequeña, la ventana da a un patio interior y la mesa nunca está del todo despejada, pero nadie llama a mi puerta para preguntarme qué versión de mí conviene sostener ese día.

Clara compra velas que huelen a limpio caro aunque el piso esté hecho un desastre, Cris pierde cargadores como si fuera una disciplina olímpica, y a veces cenamos palomitas viendo series porque ninguna tiene energía para cocinar algo que requiera más de un cuenco.

Escribo:

INÉS:No me esperéis despiertas.

CLARA:

Mañana vemos The Good Place, ¿no? Cris amenaza con avanzar sin nosotras, pero he escondido el mando.

Sonrío. Me encanta esta nueva etapa con Clara. Me deja notas en la nevera, me pregunta si quiero salir a comprar algo bonito cuando tengo terapia difícil y finge que no nota las veces que vuelvo de casa de Lara con la misma sudadera con la que me fui.

Lara me mira desde el otro lado de Bowie.

—¿Clara?

—Sí. Dice que no avanzarán con The Good Place sin mí.

—Eso es amor.

—En su idioma, sí.

Noa pincha pasta con el tenedor.

—The Good Place es una elección muy de persona que va a terapia y quiere sufrir con colores alegres.

—Gracias por tu análisis —digo.

—De nada. No cobro porque os tengo cariño.

Mi móvil vibra otra vez. Esta vez es Mateo.

MATEO:Domingo comemos en casa. Diego insiste en hacer arroz al horno.

Los domingos en casa de Mateo y Diego empezaron sin que nadie los llamara costumbre.

Primero fui un día a devolver el portátil.

Después otro porque Diego había hecho demasiada comida.

Luego Mateo escribió “si estás por la zona, hay tortilla”, que en su idioma significaba “puedes venir si quieres y no voy a preguntarte por qué”.

Ahora, algunos domingos, comemos juntos.

A veces hablamos de nuestra madre. A veces no.

A veces Mateo se queda callado y yo no intento llenar el silencio. Eso también cuenta.

Lara no pregunta. Noa sí, por supuesto.

—¿Comité familiar?

—Arroz al horno.

—Dios os dé fuerza.

—Noa —dice Lara.

—¿Qué? El arroz familiar es un género de riesgo.

Antes de que pueda responder, entra otro mensaje. Mi madre.

MAMÁ:He hablado un rato con Mateo. Poco, pero tranquilo. No hace falta que respondas ahora. Solo quería contártelo.

Debajo, otro.

MAMÁ:También he comprado la taza que me dijiste para tu piso. La blanca, no la de flores. Estoy aprendiendo.

Me quedo mirando la pantalla. La taza blanca.

Hace dos semanas, mi madre quiso comprarme unas tazas para el piso y eligió unas con flores azules que parecían sacadas de una casa donde yo habría tenido que sonreír sin saber por qué.

Le dije que prefería una blanca, sencilla.

Esperé que se ofendiera. No lo hizo. O quizá sí, pero no me lo dejó encima.

INÉS:Gracias por acordarte. La blanca está bien.

Luego añado:

INÉS:Me alegro de que hayáis hablado.

No digo más.

No convierto a Mateo en una tarea. No convierto a mi madre en una absolución. Andrea estaría discretamente satisfecha, aunque jamás lo diría así.

Lara me mira.

—¿Todo bien?

—A ratos.

—A ratos cuenta.

Noa levanta el vaso.

—Me encanta que tengáis lemas emocionales. Muy de pareja insoportable.

—No somos insoportables —digo.

Lara me mira.

Noa también.

—Vale —admito—. Un poco.

Bowie se despierta al oír nuestras voces y decide que ha llegado el momento de atacar una servilleta. La persecución dura tres minutos, dos vueltas alrededor de la mesa y un golpe de Lara contra el brazo del sofá.

—Este perro es un terrorista doméstico —dice Noa, rescatando media servilleta de debajo de una silla.

—Es un bebé —dice Lara.

—Los bebés también pueden ser terroristas domésticos.

Bowie vuelve a mí con el trozo de servilleta que ha conseguido conservar y lo deja junto a mi pie como una ofrenda.

—Gracias —le digo—. Es precioso.

Lara me mira con una ternura que intenta disimular fatal.

—Creo que hay alguien a quien le gustas mucho.

—Ya lo he notado.

—No me refería al perro…

Noa se deja caer en el sofá.

—Inés, haz algo. La estamos perdiendo.

La noche avanza sin grandes acontecimientos.

Noa se va a su cuarto temprano, con Bowie detrás durante medio minuto y luego sin Bowie, porque el cachorro decide que el pasillo está lejos y vuelve al salón.

Lara recoge los platos. Yo la ayudo. La cocina es tan estrecha que tenemos que movernos con una coreografía torpe de disculpas, roces y risas bajas.

En un momento, Lara me pasa un plato y nuestros dedos se tocan con agua tibia entre medias.

Cuando volvemos al salón, Bowie se ha dormido en el sofá ocupando el centro exacto de la manta. Lara se sienta a un lado. Yo al otro. Ponemos un capítulo cualquiera de una serie que Noa ha dejado a medias, pero no sigo el argumento. Estoy cansada. Las clases de esta tarde me han dejado sin fuerzas.

Apoyo la cabeza en el respaldo.

Lara baja el volumen.

—Te estás durmiendo.

—No.

No sé cuánto tiempo pasa. Quizá cinco minutos. Quizá veinte. La pantalla cambia de luz detrás de mis párpados. Bowie respira como un motor diminuto cerca de mi rodilla. Siento a Lara moverse despacio, levantarse, volver con algo que coloca sobre mí. Una manta.

—Inés —susurra.

—Mmm.

Abro los ojos a medias. Lara está agachada frente a mí, con el pelo cayéndole sobre la frente y una expresión tan suave que me despierta más de lo necesario.

—Vamos a la cama —dice.

Me ayuda a levantarme. Bowie se despierta, nos mira con indignación porque el mundo se ha movido sin consultarle y baja del sofá para seguirnos por el pasillo. Lara lo señala.

—Tú no.

Bowie mueve la cola.

—No insistas. Eres muy pequeño para ciertas cosas.

—Lara.

—¿Qué? Es verdad.

El cachorro se sienta frente a la puerta del dormitorio con una dignidad ofendida. Lara le deja una manta en el pasillo, y Bowie la olfatea como si estuviera evaluando una propuesta de alquiler.

La habitación de Lara está menos desordenada que otras veces, lo que significa que probablemente ha escondido cosas en el armario antes de que yo llegara. Hay una sudadera en la silla, libros sobre la mesilla y una lámpara pequeña que deja la habitación en una luz cálida, casi secreta.

—No juzgues —dice.

—Vivo con Clara y Cris. He visto cosas.

—Eso me consuela y me preocupa.

Me deja una camiseta limpia para dormir y se gira con una ceremonia exagerada que me hace reír. Cuando me meto en la cama, ella apaga la luz principal y se queda un segundo de pie, como si necesitara recordar que no tiene que pedir permiso para entrar en su propia habitación.

—Lara.

—¿Sí?

—Ven.

Se mete a mi lado con cuidado. Al principio mantiene una distancia absurda, casi académica, entre su cuerpo y el mío.

—¿Estás cómoda?

—No.

Se tensa.

—¿Qué pasa?

—Estás lejísimos.

La siento soltar el aire.

Se acerca despacio. Yo giro hacia ella y apoyo la mano en su cintura.

Lara me rodea con el brazo y, por primera vez en toda la noche, deja de parecer pendiente de hacerlo todo bien.

Su respiración se acomoda cerca de mi frente.

Su camiseta huele a suavizante, a casa y un poco a perro, aunque no se lo digo porque podría traumatizarla.

—Hoy he hablado de ti en terapia —murmuro.

Lara se queda inmóvil.

—¿Bien o mal?

—Bien… Le he dicho que no quiero que seas mi excusa.

Lara tarda un momento.

—Menos mal. Soy pésima como excusa.

—Y que eres una elección.

Ahí sí se queda callada.

Abro los ojos lo justo para verla. La luz pequeña le marca la línea de la boca, las pestañas bajas, el gesto de alguien que ha recibido algo demasiado serio para esconderlo detrás de una broma.

—Ahí ya me defiendo peor —dice al fin.

Me acerco un poco más y le beso la comisura de la boca.

—No tienes que defenderte.

Lara cierra los ojos.

—Lo sé. Ven aquí…

LARA

Inés se gira hacia mí sin pensarlo. Le aparto un mechón de la cara. Me detengo antes de tocarla del todo, por costumbre, por cuidado. Inés se acerca un poco más y me besa.

Cuando se separa, apoya la frente en mi barbilla.

—Me gusta estar aquí —dice.

No levanto la voz. Casi no me atrevo a respirar.

—A mí me gusta que estés.

Parece una respuesta sencilla. Quizá lo es.

Pero en mí hace algo más difícil que cualquier declaración.

Me obliga a admitir que no quiero solo los momentos intensos, ni las discusiones, ni los besos que parecen arrancados a una crisis.

Quiero esto: Inés medio dormida en mi cama, y la vida con Noa, con Bowie, con Rosario.

Quiero que vuelva. Quiero que tenga llaves algún día, aunque todavía no se lo diría ni bajo tortura. Quiero aprender la forma de no perseguirla cuando se vaya y de no asustarme cuando se quede.

Inés bosteza.

—No pienses tan alto.

Me quedo helada.

—¿Qué?

—Te oigo pensar.

—Eso es imposible.

—Tu cara piensa.

Cierro los ojos.

Inés vuelve a sonreír, pero esta vez ya no abre los ojos. Su mano se relaja sobre mi camiseta. La respiración se le va haciendo más lenta, más honda.

Inés se mueve en sueños y sus dedos se enredan un poco más en mi camiseta. Yo cubro su mano con la mía.

Y esta vez, cuando cierro los ojos, no pienso en qué pieza puede fallar mañana ni en qué frase debería decir si todo se complica. Pienso en el peso pequeño de su mano. Pienso que esto, sin ser perfecto, este instante ya es una forma de casa.

FIN.