CAPÍTULO 25 AMANECE, QUE NO ES POCO
INÉS
La tarde está fría. Ha dejado de llover, pero las aceras siguen oscuras y brillantes. Camino sin mirar el móvil durante casi diez minutos. Acabo de salir de la consulta con la psicóloga, y todavía en mi mente me vuelven sus palabras.
Creo que ya has empezado a hacer algo muy difícil. Responsabilizarte sin convertirte en tu propio tribunal.
Camino hasta una plaza pequeña con árboles desnudos y bancos húmedos. Me siento de pie bajo un soportal, apoyada contra una columna, y dejo que la ciudad pase delante de mí sin pedirme una versión.
Entonces saco el móvil. Hay un mensaje de Lara.
LARA:¿Has desmontado a la psicóloga o ella a ti?
Sonrío antes de poder evitarlo.
INÉS:Empate técnico.
LARA:Orgullosa de ti.
La palabra me da calor y miedo al mismo tiempo.
INÉS:No digas eso tan rápido…
LARA:Estoy en el taller de Rosario. ¿Te quieres pasar?
Andrea me ha dicho que observe cuándo busco aprobación antes de decidir. Observo que quiero que alguien me diga que es correcto ir. Que no estoy usando a Lara como premio después de haber hecho terapia. Que no estoy corriendo hacia ella para no quedarme sola con lo que he escuchado de mí misma.
Nadie me lo dice. Así que tengo que elegir. No estoy acostumbrada, pero puedo aprender.
INÉS:Sí.
El taller de Rosario está a diez minutos caminando.
No es exactamente un taller, o no solo. Es un local estrecho en una calle tranquila de Chamberí, con persiana antigua, escaparate lleno de objetos que no parecen estar a la venta y un letrero pequeño que dice “Reparaciones Rosario” con una tipografía desvaída.
Al entrar suena una campanilla, y durante un segundo todo huele a metal, polvo, café y madera vieja.
Lara está al fondo, inclinada sobre una mesa, con la radio abierta delante. Lleva una camiseta negra, una camisa de cuadros encima y el pelo corto revuelto de quien se ha pasado la mano por la cabeza demasiadas veces.
Levanta la vista al oírme.
—Arriaga.
—Martín.
La radio emite un crujido en ese momento, como si quisiera participar. Lara baja la vista hacia ella.
—No le hagas caso. Está celosa.
Me acerco despacio. No sé dónde poner las manos, así que las dejo en los bolsillos del abrigo.
El taller está vacío, pero hay vida en todas partes: cajas apiladas, un flexo encendido, una taza con una cucharilla dentro, un calendario del año anterior que nadie ha cambiado, un pañuelo de Rosario colgado en el respaldo de una silla.
—¿Rosario?
—En el mercado. Me ha dejado sola con una bolsa de mandarinas por si la cosa se pone difícil.
Nos quedamos a una distancia prudente.
Demasiado prudente.
Después del toldo verde, mi cuerpo no sabe cómo comportarse con Lara en un espacio cerrado. Una parte quiere acercarse sin pedir permiso.
Lara deja el destornillador sobre la mesa.
—¿Cómo ha ido?
—Incómodo.
—Buena señal, supongo.
Me quito el abrigo y lo dejo sobre una silla. Lara mira el gesto, pero no se mueve.
La luz del flexo le dibuja una sombra suave en la mejilla. La mancha junto al pulgar sigue ahí, o quizá es otra nueva. Pienso en sus manos rozando las mías en la mesa del bar, en su forma de no tocarme hasta que yo respondí, en el segundo beso, en cómo se quedó bajo el toldo sin seguirme.
La radio, como si tuviera sentido del humor, emite una voz distorsionada y luego una nota musical breve. Lara se gira hacia ella con indignación.
—Ahora no.
—Parece que quiere funcionar.
—Tiene un talento obsceno para elegir momentos.
Me acerco a la mesa. Lara no se aparta, pero su espalda se tensa. Hay un pequeño espacio entre nosotras, suficiente para ser correcto, insuficiente para ser inocente.
—¿Puedo ver? —pregunto.
—¿La radio?
—Sí.
—Claro.
Me coloca la radio delante con cuidado. Está abierta, llena de piezas diminutas, cables, polvo y una arquitectura interna que no entiendo. Lara se inclina a mi lado para señalar algo con el destornillador.
—El problema no es solo una pieza. Es el contacto. A veces parece que todo está roto, pero solo hay una conexión que no aguanta bien.
Levanto la vista.
—¿Estás hablando de la radio o de nosotras?
Lara me mira.
Su boca está cerca.
No tanto como bajo el toldo, pero lo suficiente para que mi cuerpo recuerde antes que mi cabeza.
Esta vez no hay lluvia entre nosotras. No hay una calle.
No hay un portal al que volver deprisa. Hay un taller lleno de objetos viejos, una radio abierta y Lara mirando mi boca como si estuviera intentando no leer una frase escrita en un idioma que entiende demasiado bien.
—Inés —dice.
Mi nombre ya no suena como advertencia.
Suena como pregunta.
—Estoy aquí porque quiero —digo antes de que pueda preguntarlo.
Lara cierra los ojos un segundo.
—No digas cosas así tan cerca.
—¿Por qué?
—Porque estoy intentando ser una persona razonable.
—No te pega.
Abre los ojos.
—No, la verdad.
Esta vez soy yo quien toca primero. No su mano. Su camisa. Solo la tela, junto al borde de la mesa, como si necesitara comprobar que puedo acercarme sin que el mundo se convierta en una decisión irreversible.
Lara no se mueve.
—No estoy aquí porque todo se haya arreglado —digo.
—Ya lo sé.
—Ni porque no tenga miedo.
—También lo sé.
—Estoy aquí porque, por una vez, no quiero salir corriendo de lo que deseo.
Lara baja la mirada a mi mano en su camisa. Luego vuelve a mis ojos.
—Entonces no corras.
El beso no empieza con la urgencia del toldo verde. Empieza más despacio.
Lara se inclina apenas, lo justo para que pueda apartarme si quiero.
Yo no me aparto. Subo la mano hasta su cuello y la atraigo hacia mí con una decisión que me sorprende incluso mientras la hago.
Su boca toca la mía con cuidado al principio, como si todavía recordara todas las veces que una frase suya ha entrado demasiado deprisa en mi vida.
Después dejo de pensar en el cuidado.
O no lo dejo. El cuidado sigue ahí, pero debajo aparece otra cosa: hambre, alivio, una tensión que llevaba días escondida debajo de cada discusión y cada mensaje.
Lara me besa como si hubiera estado conteniéndose tanto que no supiera ya dónde termina la contención y empieza el deseo. Yo le respondo con la torpeza de alguien que está aprendiendo que elegir también puede hacerse con el cuerpo.
Su mano se queda en mi cintura. La mía sube a su nuca. Noto su respiración romperse contra mi boca y algo en mí, algo que no pertenece a San Griselmo ni a mi padre ni a ninguna versión defendible de mí, se enciende con una claridad nueva.
Lara se separa un poco.
—Inés.
—Si vuelves a decir mi nombre para comprobar que sigo queriendo esto, voy a empezar a pensar que tienes un problema de comprensión lectora.
Se le escapa una risa baja contra mi boca.
—Solo quería asegurarme.
—Quiero.
Lara me mira como si esa palabra le hubiera desarmado algo.
—Yo también.
No dice más. No hace falta. Volvemos a besarnos, y esta vez el taller parece desaparecer por los bordes.
La radio cruje detrás, la ciudad sigue al otro lado del escaparate, Rosario puede volver en cualquier momento, pero durante unos segundos todo queda reducido a la boca de Lara, a su mano cuidadosa perdiendo un poco la batalla contra el deseo, a mi cuerpo entendiendo que no toda intensidad es una trampa.
Me aparto lo justo para respirar mejor, no para alejarme.
—Tengo que volver a casa de Mateo.
Lara asiente.
—Pero quiero verte después —dice. — Si tú quieres…
Pienso en la terapia, en San Griselmo, en mi madre aprendiendo a esperar, en mi padre sin responder, en Mateo ajustando una mesa que ya no baila, en todas las cosas que no se arreglan en una tarde.
—Me muero de ganas.
La campanilla de la puerta suena justo entonces. Nos separamos con una rapidez culpable y bastante poco digna.
Rosario entra con una bolsa, se detiene al vernos y mira primero la radio, luego a Lara, luego a mí. Su expresión no cambia demasiado, pero sus ojos hacen un inventario completo de la escena en menos de dos segundos.
Rosario se acerca, coge una madalena y me la ofrece con absoluta normalidad.
—Toma, niña. Después de arreglar cosas importantes siempre baja el azúcar.
La acepto.
—Gracias.
—De nada.
La radio sigue sonando detrás de nosotras. Lara me mira por encima de la mesa, con una mezcla de vergüenza, deseo y esa ternura brusca que intenta esconder incluso cuando ya no tiene sentido.
Yo guardo la madalena en el bolso como si fuera un objeto sagrado y me pongo el abrigo.
—Me voy —digo.
—Te acompaño a la esquina —dice Lara.
Rosario resopla.
—Qué moderna la juventud. Acompañar a la esquina. Antes una se inventaba que tenía que tirar la basura y listo.
Lara coge su chaqueta.
—Ignórala.
Se acerca a su abuela y le da un beso en la mejilla, rápido, casi torpe. Rosario le da un golpecito en el brazo.
—No me ignores tanto, que luego bien que vienes a preguntarme dónde están los destornilladores pequeños.
Salimos a la calle con la canción todavía sonando dentro del taller.
La tarde cae despacio sobre Chamberí y el aire huele a lluvia vieja, pan caliente y gasolina.
Caminamos hasta la esquina sin tocarnos, pero nuestras manos se rozan una vez.
Luego otra. A la tercera, Lara me toca con sus dedos y me mira.
—Solo hasta la esquina —dice ella.
—Hasta la esquina no es poco.
Lara baja la mirada a nuestras manos y sonríe apenas.
—No.
Llegamos al cruce demasiado pronto.
Durante un segundo seguimos cogidas de la mano, quietas junto al semáforo, como si las dos necesitáramos aprender la forma exacta de separarnos sin convertirlo en huida.
—Tengo que volver —digo.
—Lo sé.
—Y tú tienes que volver a fingir que arreglas radios.
—Estoy ofendida. Yo arreglo radios de verdad. A ratos.
Sonrío.
Lara me suelta la mano despacio, pero antes de apartarse del todo me roza los nudillos con el pulgar. Es un gesto mínimo, casi secreto, y por eso me llega más que otro beso.
Me acerco y la beso una vez más, breve, en la boca. Sin urgencia. Sin lluvia. Sin escondite. Un beso de esquina, con coches pasando y la ciudad entera sin enterarse de nada.
Cuando me separo, Lara tarda un segundo en abrir los ojos.
—Sabes a mandarina —digo.
Lara parpadea.
—¿Perdón?
—Tu boca. Sabe a mandarina.
Se ríe, primero sorprendida y luego un poco avergonzada.
—Ahora vete —dice—, antes de que usemos fruta como metáfora y arruinemos el momento.
Nos miramos un segundo más. La risa se queda entre las dos, pequeña y caliente, haciendo que separarme duela menos y más al mismo tiempo.