CAPÍTULO 24 LA CASA NO SE ARREGLA EN UNA TARDE
INÉS
Mi madre me espera en una cafetería donde las mesas son demasiado pequeñas para dejar encima todo lo que no hemos sabido decirnos.
Está sentada junto a la ventana, con el abrigo beige doblado sobre la silla de al lado y las manos alrededor de una taza que no ha tocado.
Cuando entro, levanta la vista enseguida, como si llevara todo el rato mirando la puerta y fingiendo que no.
Tiene el pelo recogido, pero no perfecto.
Hay un mechón suelto junto a la sien y una sombra cansada bajo los ojos que no le recuerdo de niña, o que quizá sí estaba y yo aprendí a no verla.
Durante un segundo no sé cómo acercarme.
Antes habría ido directa. Un beso en la mejilla, una frase rápida. “Mamá, tranquila”. Algo que la calmara antes de saber si yo podía calmarme. Ahora me quedo junto a la mesa, con el bolso colgado del hombro y el cuerpo incómodo dentro de mi propio abrigo.
—Hola, mamá.
Ella se levanta demasiado deprisa.
—Hola, cariño.
Quiere abrazarme. Lo veo en el gesto. También veo el momento exacto en que se frena. Ese pequeño freno me hace más daño que un reproche.
Mi madre me abraza con cuidado, como si yo estuviera hecha de algo que se hubiera agrietado durante la noche. Al principio me quedo rígida. Luego cierro los ojos un segundo. Huele a su perfume de siempre, a crema de manos y a viaje largo. No lloro. Ella tampoco. O quizá casi.
Nos sentamos. El camarero viene y pido una infusión. Mi madre mira la taza que ya tiene delante y parece recordar que existe.
—No sabía si ibas a venir —dice.
—Yo tampoco.
Asiente. Agradece la sinceridad como si no supiera muy bien dónde ponerla.
Fuera, la calle sigue húmeda. La gente pasa con paraguas cerrados, bolsas de pan, bufandas mal colocadas. Madrid tiene esa crueldad de continuar incluso cuando una familia se ha quedado sin guión.
—Te vi —dice mi madre al fin.
No pregunta si sé a qué se refiere.
—El vídeo.
—Sí.
Sus dedos se tensan alrededor de la taza.
—No sé si entendí todo. Algunas cosas… —Se detiene, busca la frase, elige una que no la exponga demasiado—. Algunas cosas me dolieron.
—Lo sé.
—Pero también pensé que era tuyo.
Levanto la vista.
Mi madre no me mira con orgullo. Tampoco con aprobación completa. Me mira con algo más inseguro, menos útil para un discurso familiar: desconcierto.
—No sé si papá lo vio así —digo.
Mi madre baja los ojos.
—Tu padre está muy enfadado.
La frase es antigua. Casi automática. Tu padre está muy enfadado. Como si el enfado de mi padre fuera una habitación de la casa por la que todas aprendiéramos a caminar sin hacer ruido.
—Mamá.
Ella alza la vista.
—Que papá esté enfadado no puede seguir siendo el centro de lo que hacemos los demás.
La frase cae entre nosotras con una sencillez que me sorprende. No suena agresiva. No suena brillante. Suena, quizá, inevitable.
Mi madre traga saliva.
—Lo sé.
La miro durante unos segundos, intentando reconocer a la mujer que acaba de decir eso.
El camarero trae mi infusión. La deja entre nosotras como si supiera que necesitamos un objeto corriente para no desbordarnos. Yo rodeo la taza con las manos.
—No puedo volver a casa para calmarlo todo —digo. — Ni puedo hablar con papá si cada frase mía va a convertirse en algo que corregir.
Mi madre baja la mirada.
—Anoche discutimos.
Me quedo quieta.
—Después del directo —añade—. Le dije que no debería haberlo hecho así. Que no tenía derecho a hablar por ti ni… por Mateo.
—¿Y qué dijo?
Mi madre suelta una risa breve, seca, irreconocible.
—Que yo también estaba siendo influenciable.
Casi sonrío, pero no hay humor suficiente.
Mi madre no parece orgullosa de haberlo dicho. Parece asustada.
—No sé hacerlo bien, Inés —continúa—. No sé cómo se mira hacia atrás sin que todo se vuelva insoportable. Pero sé que no quiero seguir llamando paz a todo esto.
Sus ojos se llenan.
—Yo tampoco.
Bebemos en silencio. La infusión está demasiado caliente, pero el calor me ayuda a permanecer dentro de mi cuerpo.
—Me gustaría hablar con Mateo —dice mi madre.
—Eso tienes que pedírselo a él.
—Lo sé.
—Y aceptar si dice que no.
Le cuesta. Lo veo en la boca, en los dedos, en el parpadeo.
Nos despedimos en la puerta de la cafetería.
Esta vez no me abraza. Me pregunta con los ojos, y yo niego apenas con la cabeza.
Ella acepta. Mete las manos en los bolsillos del abrigo y parece, por primera vez desde que la conozco, una mujer que no sabe qué hacer con las manos si no está sosteniendo la calma de otro.
Camino de vuelta al piso de Mateo sin prisa. El móvil vuelve a vibrar, y esta vez lo saco.
MAMÁ:Gracias por venir. No voy a pedirte que le escribas a tu padre. Cuando quieras hablar conmigo, estaré. Si no quieres, intentaré aprender a esperar.
Respondo:
INÉS:Gracias, mamá.
En el piso, Mateo está sentado en el suelo del salón, arreglando una pata floja de la mesa baja con una concentración exagerada. Diego lee en el sofá con los pies descalzos sobre un cojín. Al verme entrar, los dos levantan la vista.
—¿Cómo ha ido? —pregunta Mateo.
Me quito el abrigo.
—No se ha arreglado nada.
Mateo asiente.
—Entonces ha ido de forma realista.
Me siento en el sofá, junto a Diego. Él aparta los pies sin hacer comentario.
—Mamá quiere hablar contigo —digo.
Mateo aprieta el destornillador, pero no levanta la vista.
—Ya.
—Le he dicho que te lo tiene que pedir a ti. Y que tiene que aceptar si dices que no.
Ahora sí me mira.
Hay algo en sus ojos que no sé si es agradecimiento, cansancio o pura desconfianza aprendida.
—Gracias.
Lo dice bajo. Diego pasa una página del libro con demasiada lentitud para no parecer atento. Mateo vuelve a la pata de la mesa.
—Quizá algún día —dice.
El móvil vibra sobre la mesa. Esta vez es un mensaje de mi padre.
JAVIER:Cuando estés dispuesta a hablar con serenidad, estaré disponible.
Mateo mira mi cara.
—¿Papá?
Asiento y le enseño el mensaje.
Mateo lo mira y suelta una risa breve sin alegría.
—Qué generoso. Nos concede audiencia cuando dejes de ser una histérica.
—No dice eso.
—No con esas palabras.
Le devuelvo la mirada a la pantalla.
Antes habría escrito una respuesta larga. Algo que no sonara herido. Algo que demostrara madurez. Algo que intentara abrir una conversación sin molestar demasiado.
Ahora escribo:
INÉS:Cuando estés dispuesto a escuchar sin corregirme, hablaremos.
Mateo vuelve a ajustar la mesa, aunque ya no hace falta. Diego retoma el libro. Afuera, la tarde empieza a caer sobre Madrid con una luz suave, casi doméstica.
Mi padre sigue sin responder. Mi madre está aprendiendo a esperar. Mateo quizá algún día la escuche. Lara está cerca sin entrar. Y yo empiezo a descubrir que las cosas no se arreglan en una tarde. Pero a veces, por fin, alguien abre una ventana.