Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) CAPÍTULO 23 REVISIÓN DE PROTOCOLO COMUNICATIVO
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CAPÍTULO 23 REVISIÓN DE PROTOCOLO COMUNICATIVO

INÉS

San Griselmo parece más viejo cuando una vuelve sin querer ser admitida.

No sé si es la piedra húmeda, el cielo bajo sobre los tejados o la manera en que los pasillos devuelven los pasos como si tuvieran memoria.

Quizá el edificio siempre ha sido así y yo necesitaba creer que era noble para no ver cuánto se parece a una garganta cerrada.

Entro por la puerta principal con el abrigo aún salpicado de lluvia y el móvil guardado en el bolso, boca abajo, como si el gesto pudiera impedir que el mundo siguiera opinando sobre mí.

Clara me espera junto al tablón de anuncios, con una carpeta contra el pecho y cara de haber dormido menos de lo recomendable para alguien que va a enfrentarse a una mujer como doña Beatriz Salvatierra antes de las diez de la mañana.

—¿Estás segura de que quieres entrar? —pregunta.

Miro el pasillo que conduce al despacho de Salvatierra. La luz de la mañana cae sobre las baldosas en rectángulos pálidos. Al fondo, dos alumnas bajan la voz al verme. Una de ellas aparta la mirada demasiado tarde. La otra no la aparta, y casi se lo agradezco.

—No —respondo—. Pero no quiero que vuelvan a hablar de mí sin mí.

Caminamos juntas. A cada paso reconozco una versión anterior de mí: la que iba deprisa a una reunión con el móvil en la mano, la que saludaba con educación a personas que no le importaban demasiado, la que sabía exactamente qué decir para parecer firme sin parecer desagradable.

No la odio. Eso me sorprende. La veo como se ve una habitación donde una ha vivido muchos años y que de pronto se queda pequeña: con incomodidad, con algo de ternura y con una urgencia física de abrir ventanas.

Doña Beatriz nos recibe de pie.

No está sola. A su derecha hay una mujer de administración que conozco de vista, y a su izquierda, un profesor joven del área de comunicación institucional que he visto alguna vez en actos de la universidad.

Ambos tienen delante un cuaderno, un bolígrafo y la expresión neutra de quienes han sido convocados para dar apariencia de procedimiento a algo que empezó como control.

—Inés —dice Salvatierra—. Gracias por venir.

No dice “me alegro de verte”. No dice “¿cómo estás?”. Tampoco esperaba que lo hiciera.

—Buenos días.

Clara se sienta a mi lado sin que nadie la invite. Ese gesto mínimo me sostiene, aunque me tiemblen las rodillas.

El despacho huele a madera encerada y a flores blancas. Sobre la mesa hay una carpeta con mi nombre impreso. Mi nombre en mayúsculas, centrado, impecable. Durante unos segundos me quedo mirándolo como si perteneciera a una alumna que ha suspendido algo mucho más antiguo que una asignatura.

Salvatierra entrelaza las manos.

—Hemos considerado conveniente abrir una revisión interna del protocolo comunicativo que se ha seguido durante los últimos días.

Entendemos que la situación ha generado tensión, y nuestro objetivo es garantizar que todos los pasos se den con el máximo respeto hacia las personas implicadas y hacia la institución.

—¿Qué significa exactamente revisión interna? —pregunto.

La mujer de administración levanta un poco la mirada. El profesor joven anota algo.

Salvatierra sonríe apenas.

—Significa que vamos a analizar qué canales han fallado, qué información ha circulado sin autorización y cómo evitar que una situación personal vuelva a adquirir una dimensión pública de esta naturaleza.

—No es solo una situación personal.

Clara no se mueve, pero noto que me escucha con todo el cuerpo.

Salvatierra inclina la cabeza.

—Por supuesto. Es también una situación institucional.

—Tampoco quería decir eso.

El silencio entra en el despacho con más fuerza que cualquier grito.

Siento el impulso de corregirme, de suavizar, de poner una frase puente. No lo hago.

—Quería decir que no es solo personal porque se han usado lenguajes, espacios y autoridades de San Griselmo para empujar una versión de mí antes de que yo pudiera decidir nada.

Y no es solo institucional porque debajo de esos lenguajes hay personas concretas.

Mi hermano. Yo. Otras alumnas que han escuchado estos días lo que pasa cuando alguien se sale del marco correcto.

El profesor joven deja de escribir.

Salvatierra me mira con una calma tan perfecta que casi parece tallada.

—Comprendo que estés afectada.

La frase intenta bajarme de categoría. De adulta a afectada. De persona a emoción.

—No necesito que convierta lo que digo en estado de ánimo.

Clara baja la vista, pero le veo la boca moverse apenas.

Salvatierra tarda un segundo más de lo habitual en contestar.

—Nadie pretende hacer eso.

—Entonces no lo haga.

La mujer de administración escribe algo. Me pregunto si estará apuntando mis palabras o buscando una forma más presentable de ellas. “La alumna manifiesta incomodidad”, quizá. “La alumna solicita claridad”. “La alumna se muestra colaboradora dentro de los límites razonables”.

He sido muchas veces esa frase. Hoy no quiero serlo.

Salvatierra abre la carpeta.

—El vídeo que publicaste esta mañana ha modificado el contexto. Desde la universidad valoramos positivamente cualquier gesto de responsabilidad individual, aunque creemos que habría sido preferible coordinar la comunicación para evitar interpretaciones parciales.

—No era comunicación de la universidad.

—Inés, cuando una persona tiene presencia pública vinculada de manera evidente a este entorno, sus actos individuales no dejan de afectar al conjunto.

—Lo sé.

Mi respuesta parece sorprenderla.

—Precisamente por eso La Línea Clara queda en pausa —continúo—.

Y precisamente por eso no voy a participar en ninguna estrategia de reputación de San Griselmo.

Ni en un comunicado conjunto, ni en una reunión grabada, ni en una declaración donde mi nombre sirva para explicar que todo se gestionó con prudencia.

El profesor joven levanta la mirada del todo.

Salvatierra cierra la carpeta despacio.

—Nadie ha propuesto eso.

Clara se inclina ligeramente hacia delante.

—Todavía.

La palabra cae sobre la mesa con una dulzura venenosa.

Salvatierra la mira.

—Clara, agradecería que mantuviéramos esta reunión en términos constructivos.

—Yo también —responde Clara—. Con todo respeto, doña Beatriz, esto no ha sido acompañamiento. Ha sido edición.

El despacho se queda inmóvil.

Me giro hacia ella. Clara no me mira. Tiene la vista fija en Salvatierra, la barbilla un poco elevada y las manos perfectamente colocadas sobre su carpeta. Parece una estatua educadísima a punto de empujar un piano por unas escaleras.

Salvatierra respira.

—Entiendo que haya percepciones distintas.

—No son percepciones —digo.

No saco la carpeta. No hace falta. Todos en la habitación saben que existe.

Por primera vez, Salvatierra no responde de inmediato.

—En situaciones de crisis —dice al fin— se toman decisiones imperfectas.

—Sí.

La miro.

—Esta fue una.

No digo más.

No la acuso de todos los males. No necesito convertirla en villana para que lo que hizo sea grave. Eso, quizá, es lo que más me cuesta: no exagerar para que se me crea. No rebajar para ser aceptable.

La mujer de administración aclara la garganta.

—A efectos prácticos, Inés, ¿qué solicitas?

La pregunta me ayuda. Práctico. Concreto. Sin barro.

—Primero, quiero copia de cualquier comunicación interna donde se haya usado mi nombre o se haya decidido una estrategia sobre mí, La Línea Clara o mi familia. Segundo, quiero que mi vídeo no se integre en ningún comunicado de San Griselmo sin mi consentimiento.

Salvatierra escucha sin interrumpir.

Eso no significa que acepte.

—Algunas de esas solicitudes deberán ser valoradas jurídicamente —dice.

—Lo entiendo.

—Y hay límites a lo que se puede compartir.

—También lo entiendo.

—Pero tomamos nota.

La expresión no me gusta, pero hoy no necesito ganar cada frase. A veces tomar nota es la primera grieta en una puerta que llevaba años cerrada.

El profesor joven interviene por primera vez.

—Respecto a la cuenta de confesiones, se ha detectado que parte del contenido procedía de capturas compartidas en grupos internos de la residencia. No podemos confirmar todavía el origen exacto, pero se va a solicitar la retirada de varias publicaciones y se abrirá un expediente informativo.

Cuando salimos al pasillo, Clara no dice nada hasta que doblamos la esquina. Entonces se apoya contra la pared y suelta el aire.

Seguimos caminando.

—¿Vas a volver? —pregunta Clara.

No necesito preguntarle a qué se refiere.

San Griselmo. Santa Clara. La Línea Clara. Todo el marco.

Miro el pasillo. Las paredes, los retratos, la luz contenida. Durante mucho tiempo pensé que volver significaba pertenecer. Ahora quizá volver pueda significar otra cosa. O quizá no.

—No lo sé —digo—. Pero si vuelvo, no será para ocupar el mismo sitio.

Clara asiente.

Salimos al patio. La lluvia ha parado, pero las piedras siguen mojadas. Hay alumnos cruzando de un edificio a otro, paraguas cerrados en la mano, abrigos oscuros, conversaciones que se interrumpen al verme y luego continúan con un esfuerzo evidente por parecer naturales.

Cruzamos el patio hacia la salida. Detrás de nosotras, San Griselmo permanece igual de antiguo, igual de bello, igual de capaz de confundir el orden con la verdad. Pero ya no me parece invencible.