Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) CAPÍTULO 22 NO VOY A CONTAR SU HISTORIA
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CAPÍTULO 22 NO VOY A CONTAR SU HISTORIA

INÉS

Vuelvo al piso de Mateo con un poco de vergüenza y la sensación absurda de que cualquiera podría verme el beso en la cara.

Mateo está en la cocina, apoyado contra la encimera con una taza en la mano, y levanta la vista en cuanto cierro la puerta.

No pregunta. Eso me desconcierta más que si lo hiciera.

Diego, sentado a la mesa con el portátil abierto, me mira apenas un segundo y vuelve a fingir que lee algo importantísimo, aunque la pantalla está en una página de recetas de bizcocho de limón.

—¿Qué tal ha ido? —pregunta Mateo.

Me quito el abrigo despacio. La tela está húmeda por la lluvia, y los dedos me tiemblan un poco al colgarlo en el respaldo de una silla.

—Bien.

Mateo asiente, como si ya no necesitáramos más explicación que esa. Pero su mirada baja un instante a mi boca y vuelve a subir con una discreción espantosa.

Durante un segundo, el piso parece una casa normal. Una casa donde una hermana vuelve de tomar aire, su hermano la mira demasiado y todo sigue sin que haya miedo ni amenazas ni silencios incómodos. Me aferro a esa normalidad breve con más fuerza de la que quiero admitir.

Luego veo el portátil de Mateo sobre la mesa baja. La carpeta cerrada. Mi documento guardado. Y todo vuelve.

Mi padre en directo. San Griselmo calculando daños. Salvatierra convocando reuniones. Mi madre esperando abajo sin subir. El vídeo que todavía no he publicado. Las palabras que no puedo desescribir, pero sí revisar.

Me siento en el sofá.

—Voy a grabarlo.

Mateo deja la taza en la encimera. Diego se queda quieto.

—¿Ahora? —pregunta mi hermano.

Miro la ventana. Fuera, la mañana está gris, pero no oscura. La lluvia ha dejado una luz limpia sobre los edificios, como si Madrid hubiera sido lavada a medias y todavía no supiera si está presentable.

—Ahora no significa impulsivamente. Llevo toda la noche no haciéndolo.

Mateo no sonríe. Tampoco discute. Se sienta en la butaca, donde se ha sentado desde que llegué, ese lugar extraño entre la distancia y la guardia.

—No tienes que parecer destruida para que sea verdad —dice.

Pienso en mi padre, en su directo impecable, en su voz grave, en esa forma de convertir la serenidad en una herramienta.

Pienso en mí, en mis vídeos anteriores, en la luz medida, la blusa clara, el crucifijo en el plano exacto, el tono de quien cree que la verdad se vuelve más verdadera si nadie duda al pronunciarla.

—No sé cómo parecer —admito.

Diego se levanta y recoge dos tazas vacías de la mesa.

—Entonces no parezcas. Mira a la cámara como si no quisieras convencerla.

Lo miro.

—Eso suena más difícil de lo que parece, pero me gusta.

Abro el portátil. El documento sigue allí, con el nombre que escribí antes como quien deja una piedra en el suelo para saber por dónde volver:

mi_voz_en_revision.docx.

Lo leo entero una vez.

No en voz alta.

No todavía.

Al llegar a la frase de Mateo, “No voy a contar la historia de mi hermano. No me pertenece”, me detengo.

—Voy a leer esa parte —digo.

—Lo sé.

—Y no voy a decir nada más.

Mateo tarda un segundo en asentir.

—Vale.

—Si después quieres que quite algo, lo quito antes de publicar.

—No quiero editarte, Inés.

La frase me atraviesa de una forma inesperada. No quiero editarte.

Cuántas personas han intentado hacerlo estos días. Mi padre, Salvatierra, los comentarios, incluso yo misma, corrigiendo cada frase hasta que no quedaba nada vivo debajo.

Coloco el móvil sobre una pila de libros, frente al sofá.

Mateo se levanta.

—¿Quieres que salgamos?

Miro la cámara apagada. Luego a él.

Querría decir que sí. Querría grabar sola para no sentir su respiración detrás de mis frases. Pero si saliera, si cerrara la puerta, quizá volvería a convertirme en alguien que habla para personas ausentes y no para las que están heridas delante.

—No —digo—. Podéis quedaros. Pero no me miréis como si estuviera a punto de caerme por un balcón.

Diego asiente con seriedad.

—Mirada neutra de desayuno.

Me siento más recta sin querer. En cuanto lo noto, aflojo los hombros. No me recojo el pelo. No busco una blusa mejor. No me retoco la cara en la pantalla. Estoy con la sudadera que Diego me dejó anoche, la manta gris sobre las piernas y unas ojeras que no sabría maquillar aunque quisiera.

Abro la cámara. Mi imagen aparece en la pantalla.

Durante años he sabido reconocerme en el encuadre. He sabido dónde poner las manos, cuánto inclinar la cabeza, cómo usar una pausa para parecer serena. Ahora me miro y no sé quién es esa chica cansada que no parece preparada para representar nada.

Quizá por eso pulso grabar.

—Me equivoqué —digo.

La voz sale más baja de lo previsto. No tiembla mucho, pero tampoco suena firme. Me dan ganas de parar y repetir. No lo hago.

—Me equivoqué cuando hablé como si las palabras no acabaran nunca en el cuerpo de alguien.

Durante mucho tiempo pensé que podía hablar de ideas sin hablar de personas.

Pensé que si decía las cosas con respeto, si no insultaba, si no levantaba la voz, si elegía bien cada frase, entonces el daño no era mío.

Respiro.

No miro a Mateo. Si lo miro, quizá no sigo.

—No voy a contar la historia de mi hermano. No me pertenece. Sí voy a hacerme cargo de la mía: durante años usé palabras grandes para no mirar personas concretas.

—No sé aún cómo corregir todo lo que he dicho.

Desconfío de las disculpas rápidas, sobre todo cuando benefician a quien las pronuncia.

Por eso no voy a convertir este proceso en un espectáculo de arrepentimiento.

No voy a pedir aplausos por llegar tarde a una verdad que otras personas llevaban años viviendo.

Mi garganta se cierra un poco. Bebo agua. No corto la grabación. Dejo que se vea. El gesto torpe, la pausa, el vaso temblando apenas entre mis dedos.

—Hay vídeos míos que ya no puedo defender.

Hay frases que escribí creyendo que eran firmes y ahora entiendo que también eran cómodas.

Cómodas para mí. Cómodas para quienes querían sentirse buenos mientras mantenían a otros fuera.

No dejo de creer que las palabras importan.

Precisamente por eso tengo que corregir las mías.

El móvil vibra al lado del portátil. No lo miro. Por primera vez, una notificación no manda sobre la habitación.

—Voy a revisar mis contenidos. Voy a retirar aquellos que no pueda sostener sin esconderme detrás de la forma. La Línea Clara queda en pausa. No porque quiera desaparecer, sino porque necesito aprender a hablar sin convertir cada frase en una defensa de mi imagen.

Ahí está. La frase que no estaba en el borrador. La que sale sin pedir permiso. Sigo antes de asustarme.

—Esto no es una conclusión. Es una revisión. Y, si mi voz vuelve, tendrá que volver sabiendo corregirse.

Pulso detener. La imagen se congela un instante. Nadie habla.

Diego está con su móvil en una silla del comedor, haciendo como que no mira. Mateo sigue sentado en la butaca, inmóvil. Durante unos segundos odio que estén ahí. Después entiendo que lo que odio no es su presencia, sino que hayan visto algo que no sé volver a convertir en postura.

—¿Está mal? —pregunto.

Mateo respira hondo.

—No.

Diego se acerca y mira la pantalla sin tocar nada.

—No parece un vídeo de perdón para salvar marca personal.

—Eso es bueno, supongo.

—Eso es muy bueno.

Mateo se frota la cara con una mano.

—No lo publiques todavía.

El miedo me sube de golpe.

—¿Por qué?

—Porque quiero verlo una vez más. Y porque quiero que tú lo veas como si no fueras tu peor fiscal.

Asiento. Lo vemos.

La primera vez apenas puedo escucharme. Solo veo defectos: la voz demasiado baja, la pausa del agua, el pelo mal, la luz irregular, la manta gris. La segunda vez escucho algo más. La frase sobre Mateo. La pausa después. La ausencia de música. El cansancio.

La tercera vez ya no veo una defensa. Veo a alguien intentando no mentir.

Subo el vídeo a Instagram y a YouTube. En el texto escribo solo una línea: Esto no es una conclusión. Es una revisión.

Pulso publicar. Durante unos segundos no ocurre nada. Luego el mundo entra.

Comentarios. Reacciones. Mensajes. Corazones. Interrogaciones. Alguien escribe que llego tarde. Alguien dice que es una estrategia. Alguien me llama valiente, y esa palabra me incomoda casi tanto como los insultos.

Clara manda seis emojis de sirena y después un mensaje más útil: “No leo comentarios o me va a dar algo”.

Mi madre escribe solo: “Te he visto”. Mi padre no escribe. San Griselmo tampoco dice absolutamente nada. Eso casi me da más miedo.

Mateo me quita el móvil con una naturalidad que en otro momento me habría enfadado.

—Descanso de comentarios.

—Mateo.

—Diez minutos. Puedes denunciarme en terapia cuando empieces.

La palabra terapia aparece en la habitación como una silla que alguien coloca sin pedir permiso. Diego mira a Mateo, y Mateo hace como si no hubiera dicho nada especial.

—¿Terapia? —pregunto.

Mi hermano deja el móvil boca abajo sobre la mesa, pero cerca de mí.

—Inés, a ver, has vivido muchos años con voces ajenas dentro —dice—. Ahora creo que tendrías que tomarte tiempo, ¿sabes? Además, yo no puedo ser el sitio donde vengas a ordenar todo eso. Ni Lara tampoco.

—No iba a…

—No digo que fueras a hacerlo. Digo que es fácil. Convertir a alguien en salida de emergencia también puede parecer amor.

Pienso en el toldo verde. En la boca de Lara. En su frase: “No quiero que esto sea otra forma de huir”.

—¿Conoces a alguien? —pregunto.

Mateo parece sorprendido de que no discuta.

—Sí. Te puedo pasar un contacto. Tú decides.

El móvil vibra de nuevo sobre la mesa. Esta vez Mateo no lo toca. Me lo deja a mí.

Es Lara.

LARA:Te he visto.

Aprieto el teléfono con ambas manos.

INÉS:¿Y?

Tarda.

LARA:No sonaba perfecto.

El estómago se me encoge.

INÉS:¿Eso es malo?

LARA:No… Sonaba vivo. Eso es mejor…

Cierro los ojos.

No contesto inmediatamente. Hay algo en mí que querría bajar otra vez, buscar otro toldo, otro beso, otra forma de comprobar que sigo siendo deseable incluso después de decir algo feo, torpe, incompleto. Pero no lo hago.

Escribo:

INÉS:Mateo me ha recomendado terapia.

Los tres puntos aparecen. Desaparecen. Vuelven.

LARA:Me cae fatal cuando tiene razón antes que yo.

Oye. Estoy orgullosa de no haber opinado sobre el vídeo públicamente. ¡Me supero!

Sonrío.

INÉS:Cada día me sorprendes más.

Me quedo mirando la frase después de enviarla.

Lara me sorprende, sí. Su forma de quedarse cerca sin ocuparlo todo, su torpeza cuando intenta ser cuidadosa, la manera en que a veces dice una tontería justo antes de decir algo que me deja sin defensa.

Pero lo extraño es que también empiezo a sorprenderme yo.

No sé si eso es cambiar. Quizá todavía no. Quizá solo sea descubrir que había partes de mí que llevaban mucho tiempo esperando una ocasión para respirar.

El móvil permanece boca arriba sobre la mesa.

Mateo habla con Diego en la cocina. Mi vídeo ya está en internet. Mi padre sigue sin escribir. San Griselmo, seguramente, está buscando una frase limpia para nombrar el desastre.

Yo no tengo ninguna.

Solo tengo un documento guardado, una cita de terapia que todavía no he pedido y el recuerdo de Lara bajo un toldo verde, mirándome como si no quisiera salvarme de nada.

Y, por primera vez, eso no me parece poco.