Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) CAPÍTULO 21 EL BESO
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CAPÍTULO 21 EL BESO

INÉS

Me despierto antes de que suene ningún despertador, con la manta gris enredada en las piernas y el móvil debajo de la almohada, como una adolescente ridícula.

Durante unos segundos no sé dónde estoy.

Luego reconozco la estantería de Mateo, la planta de la hoja amarilla, la mesa baja, la carpeta cerrada. Estoy en casa de mi hermano.

El móvil tiene dos mensajes.

MAMÁ:Buenos días, cariño. Estoy en Madrid. No subiré si no quieres. Solo necesito saber si has dormido algo.

CLARA:Buenos días, superviviente. Salvatierra ha convocado “revisión de protocolo comunicativo” a las diez. He desayunado rabia con tostadas.

Dejo el móvil junto a la manta, boca arriba. Abro el documento en blanco y escribo la primera frase sin pensar demasiado, quizá precisamente para no salir corriendo de ella.

Mateo aparece entonces en el marco del salón con una taza de café en una mano y un plato en la otra. Lleva el pelo revuelto, una sudadera vieja y esa cara de hermano mayor que no quiere parecer preocupado porque sabe que, si lo parece demasiado, me pondré rígida.

—Desayuno —dice.

Levanto la vista.

—No tengo hambre.

—No te he preguntado si tenías hambre.

Deja la taza sobre la mesa baja, lejos del portátil, y el plato junto a ella. Hay dos tostadas, mantequilla, mermelada y un plátano cortado en rodajas con una precisión absurda.

—Gracias.

Mateo se sienta en la butaca.

Leo en voz alta:

—«Durante mucho tiempo pensé que podía hablar de ideas sin hablar de personas. Pensé que si decía las cosas y no insultaba con palabras exactas, si no levantaba la voz, si elegía bien cada frase, entonces no había daño».

Nadie habla.

—¿Está mal? —pregunto.

Mateo respira hondo.

—No.

Diego aparece con otra taza y se apoya en el marco de la cocina.

—Eso ya parece alguien hablando.

Siento que la garganta se me cierra.

—No sé si quiero parecer alguien hablando.

Mateo me mira con una seriedad distinta.

—Pues ya iba tocando.

No lo dice cruel. Por eso duele más.

Sigo tecleando.

No voy a contar la historia de mi hermano. No me pertenece. Sí voy a hacerme cargo de la mía: durante años usé palabras grandes para no mirar personas concretas.

Me duele escribirlo. Me duele porque no hay forma elegante de salir de ahí. Quizá esa es la señal.

El móvil vibra junto al portátil.

LARA: Notición: la radio ha aguantado una canción entera.

Miro el mensaje. Una canción entera. Algo en mí se ablanda de golpe.

Mateo, que no tiene ningún respeto por mi intimidad cuando le conviene, mira mi cara.

—¿La radio?

Lo miro.

—No he dicho nada.

—Tu cara ha dicho radio.

Diego sonrío desde la cocina.

—La cara de radio es muy específica.

Me pongo roja.

—No voy a hablar de esto.

—Claro —dice Mateo—. Estamos en medio de una crisis familiar, institucional y reputacional. Mucho mejor no hablar de la radio de tu casi novia.

—Mateo.

—He dicho casi.

—No es mi casi nada.

—Eso ha sido precioso. Muy convincente. Casi me levanto a aplaudir.

Le lanzo un cojín. Falla por poco. Diego se ríe.

Y esa risa, en mitad de todo, no rompe la escena. La salva.

Cojo el móvil.

INÉS: Una canción entera es mucho.

LARA: Para algunas radios, sí.

INÉS: ¿Y para algunas personas?

Los tres puntos aparecen. Desaparecen. Vuelven.

LARA: También.

Me quedo mirando esa palabra. También.

INÉS: Estoy intentando escribir algo.

LARA: ¿Quieres que no opine?

Sonrío.

INÉS: Quiero que no opines.

LARA: Mi momento más difícil hasta ahora.

INÉS: Lo suponía.

LARA: Pero estoy aquí.

La frase me toca. Estoy aquí.

No “mándamelo”. No “déjame verlo”. No “te ayudo”. No “deberías decir”.

Estoy aquí.

Apoyo el móvil contra el pecho un segundo. Mateo hace como que no mira. Lo hace mal. Vuelvo al chat.

INÉS: No sé si mi voz vuelve hoy.

LARA: No tiene que volver entera.

Trago saliva.

INÉS: ¿Y si vuelve rota?

Esta vez tarda.

LARA: Entonces al menos será tuya.

Dejo el móvil sobre la manta. No puedo contestar. No todavía.

Porque la frase se queda dentro de mí haciendo exactamente lo que Lara lleva haciendo desde que apareció debajo de mi vídeo: tocar una grieta y quedarse ahí, insoportable, sin pedir permiso y, últimamente, sin empujar.

Mateo me mira.

—¿Estás bien?

No sé qué significa bien.

—A ratos.

Él asiente, como si esa respuesta ya perteneciera un poco a esta casa. Vuelvo al texto.

Escribo:

No sé aún cómo corregir todo lo que he dicho.

Desconfío de las disculpas rápidas, sobre todo cuando benefician a quien las pronuncia.

Por eso no voy a convertir este proceso en un espectáculo de arrepentimiento.

No voy a pedir aplausos por llegar tarde a una verdad que otras personas llevaban años viviendo.

Me levanto. Mateo alza la vista.

—¿Dónde vas?

—A tomar aire.

Diego aparece en la entrada del salón:

—Hay un bar tranquilo en la esquina. El de los toldos verdes.

—Gracias, Diego.

Cojo el abrigo, el bolso, el móvil y salgo.

En la calle sigue lloviendo, pero menos. Una lluvia fina, casi suspendida, que deja las aceras brillantes y los coches convertidos en manchas de luz. Camino hasta la esquina con el móvil en la mano.

No sé si pedirle que venga. No sé si debería. Estoy empezando a odiar la palabra debería con una intensidad nueva.

Escribo:

INÉS: Voy a bajar diez minutos.

LARA: ¿A dónde?

INÉS: Bar de los toldos verdes. Cerca de casa de Mateo.

La respuesta tarda.

LARA: ¿Quieres que vaya?

INÉS: Sí.

Envío la palabra antes de arrepentirme. Sí. Una palabra pequeña. También.

LARA: Voy.

El bar de los toldos verdes tiene tres mesas junto a la ventana, una televisión sin sonido y un camarero que parece llevar veinte años escuchando conversaciones ajenas sin guardar ninguna. Me siento al fondo, de espaldas a la pared.

Pido una infusión porque pedir café a estas horas me parece tentar a todos los fantasmas.

Lara entra veinte minutos después. Me da un golpe suave en la espalda cuando llega por detrás. El corazón me da un vuelco.

Lleva el pelo corto húmedo, la chaqueta oscura y una expresión que intenta ser tranquila sin conseguirlo del todo.

Se sienta delante de mí.

—Arriaga.

El apellido suena más suave que otras veces.

—Hola, Lara.

Se sienta frente a mí. Durante unos segundos no hablamos.

—¿Estás bien? —pregunta.

—A ratos.

El camarero trae mi infusión y mira a Lara.

—¿Tú?

—Café solo.

El camarero asiente y se va. Lara vuelve a mirarme.

—No voy a preguntararte qué has escrito.

—Gracias.

—Pero quiero.

—Lo sé.

—Me estoy dejando la vida.

Me río. La sonrisa de Lara cambia. Se le abre algo en la cara que no sé qué es.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Lara.

—Es que cuando te ríes pareces menos… —Se detiene.

—¿Menos qué?

—Nada.

El bar parece alejarse. La televisión muda, el camarero, la lluvia, las cucharillas. Todo baja de volumen.

La mano de Lara está sobre la mesa, cerca de la taza. Dedos largos, uñas cortas, una pequeña mancha oscura junto al pulgar.

Miro su mano demasiado tiempo. Cuando levanto la vista, Lara me está mirando.

—Inés —dice.

—No me llames así —susurro.

La distancia entre nuestras manos es mínima. No sé quién se mueve primero. Quizá yo. Quizá ella. Quizá ninguna y solo dejamos de fingir que la mesa era una frontera.

Sus dedos rozan los míos.

No me coge la mano del todo. Solo un contacto leve, casi una pregunta. La piel se me enciende con una violencia silenciosa. No retiro la mano. Lara tampoco avanza.

Así que soy yo quien gira los dedos apenas, lo justo para tocarla de vuelta.

Su respiración cambia. La mía también.

—Esto es una mala idea —digo.

—Probablemente.

—No estás ayudando.

—Estoy intentando no mentir.

—Podrías mentir un poco.

—No contigo.

La frase me deja sin defensa. Lara la oye al mismo tiempo que yo. Se le endurece un poco la mandíbula, como si quisiera retirarla y no pudiera.

—Perdón —dice.

—No. —Mi voz sale baja. Demasiado baja—. No pidas perdón por eso.

Sus dedos se cierran un poco sobre los míos.

El camarero pasa cerca de la mesa. Las dos soltamos las manos al mismo tiempo, como culpables ridículas. Él no nos mira. O finge no hacerlo. La televisión sigue muda. La lluvia sigue cayendo.

Pero algo ya ha pasado. Y no cabe en ninguna story.

Lara apoya la espalda en la silla y suelta una risa casi inaudible.

—Somos patéticas.

—Tú más.

—Sin duda.

Me bebo un sorbo de infusión para tener algo que hacer. Está demasiado caliente y casi me quemo la lengua. Lara lo nota.

—¿Te has quemado?

—No.

—Inés.

—Un poco.

—Qué épica.

—Cállate.

Se ríe. Y entonces pasa algo peor: quiero besarla.

La idea debería asustarme. Me asusta. Pero no me mueve. Lara deja de reír. Creo que lo ve. No sé cómo puede ver tanto y seguir viva.

—No me mires así —digo.

Su voz baja.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Pues se te da fatal.

—Sí.

Silencio. Esta vez no es cómodo. Es inevitable.

Me levanto. Lara también, por reflejo.

—¿Te vas? —pregunta.

No respondo. No porque no quiera. Porque si digo sí, miento. Si digo no, quizá me acerco demasiado.

Dejo unas monedas junto a la taza.

—Necesito volver antes de que Mateo mande a Diego preocupado.

—Tiene pinta de hacerlo.

—La tiene.

Nos dirigimos a la puerta. Fuera, la lluvia ha bajado a una especie de niebla fina. El toldo verde gotea sobre la acera. La calle está casi vacía.

—Gracias por venir —digo.

Doy un paso hacia ella. Lara no se mueve. Solo abre un poco los ojos.

—Inés.

—No digas mi nombre como advertencia.

—No sé cómo lo estoy diciendo.

—Yo tampoco.

Entonces la beso.

No es como imaginé que sería, si es que alguna parte de mí se atrevió a imaginarlo. No hay música, ni fuego, ni esa claridad repentina de las escenas que se escriben después para parecer inevitables.

Un roce de labios bajo un toldo verde, con lluvia en los hombros y mi mano cerrándose en la manga de su chaqueta como si necesitara comprobar que no estoy cayendo sola.

Lara no me toca al principio. Durante un segundo terrible pienso que no va a responder. Luego su mano sube, despacio, hasta mi mejilla.

El segundo beso ya no es un accidente. Tampoco es una promesa. Es una verdad pequeña. Suficiente para que me tiemblen las rodillas.

Nos separamos apenas. Lara respira contra mi boca.

—No quiero que esto sea otra forma de huir —susurra.

La frase me atraviesa porque podría haberla dicho Mateo. O Clara. O yo, si fuera más valiente. Apoyo la frente un segundo contra la suya.

—No lo es.

No sé si puedo demostrarlo. Pero por primera vez no suena a mentira. Lara cierra los ojos.

—Mañana voy a publicar algo —digo.— Y ya sé que no va a arreglarlo todo.

—Menos mal.

—Qué respuesta tan rara.

—Las cosas que lo arreglan todo suelen ser mentira.

La miro.

—Mañana, cuando lo haga… no respondas por mí.

—No lo haré.

—Pero léelo.

Lara traga saliva.

—Eso sí.

—Y después…

No sé terminar. ¿Después qué? Después del vídeo, de mi padre, de lo que quiera hacer conmigo San Griselmo. Después de decir algo que quizá me cueste más de lo que puedo imaginar.

Lara espera. No me ayuda. Qué difícil es que no me ayude.

—Después quiero verte —digo.

Su expresión cambia.

—Vale.

Me giro de golpe, y subo la calle hacia el portal de Mateo sin mirar atrás hasta la esquina. Entonces miro.

Lara sigue bajo el toldo verde, totalmente quieta. Algo intenso que ni sé explicar me sube por todo el cuerpo.

Entro en el portal con los labios todavía calientes y una certeza nueva: hay puertas que una abre no para escapar, sino para vivir por fin.