CAPÍTULO 17 EL DESHIELO
INÉS
Cuando salgo en Bilbao, le escribo.
INÉS: Ya he salido del metro.
Su respuesta tarda un suspiro.
MATEO: Estoy abajo.
Me detengo en mitad de la acera. No sé por qué pensaba que subiría sola, que tendría unos segundos en el portal, en el ascensor, en un descansillo cualquiera, para ensayar la cara con la que quería entrar en su vida.
Pero Mateo está abajo. Claro que lo está.
Lo veo bajo el toldo de una farmacia cerrada, envuelto en un abrigo azul marino, con las manos hundidas en los bolsillos.
Lleva el pelo más corto de lo que recordaba y está más delgado.
Quizá es que llevo demasiado tiempo viéndolo solo a través de la pantalla, en fotos donde siempre hay sol, una terraza, Diego, una distancia cuidadosamente elegida.
De cerca, Mateo no parece una herida familiar. Parece mi hermano. Y eso me deja completamente sin defensas.
Cruzo la calle hacia él. Durante un segundo, nuestros cuerpos no saben qué hacer.
De pequeños me colgaba de su cuello para que me levantara y él fingía que yo pesaba una tonelada.
Luego crecimos. Luego pasaron cosas. Luego aprendimos a saludarnos como dos parientes educados que alguna vez compartieron un techo.
—Hola —digo.
—Hola.
No hay besos. No hay abrazos. Me examina la cara. Luego baja la vista a la carpeta. Luego vuelve a mis ojos.
—Estás empapada.
—Un poco.
Abre el paraguas que lleva en la mano y lo extiende sobre las dos, sin ceremonias. Ese gesto, tan simple, casi me rompe por dentro.
—Estoy bien —añado de forma automática.
Mateo me mira de reojo. No responde.
Caminamos dos calles hasta su portal. El barrio me resulta insultantemente normal para lo que me está ocurriendo: una frutería con cajas de mandarinas, un bar con la televisión encendida, una señora paseando a un perro con impermeable amarillo.
Madrid sigue existiendo en una escala humana mientras mi vida se ha convertido en un comunicado pendiente de aprobación.
—Mamá me ha llamado —suelta Mateo de pronto.
El estómago se me contrae.
—¿Qué te ha dicho?
—Primero, que si sabía dónde estabas. Después, que estaban preocupados. Después, que todo esto se estaba haciendo muy grande y que quizá yo podía ayudarte a entender que no debías precipitarte.
Cierro los ojos, sintiendo el frío de la lluvia.
—Lo siento.
—No pidas perdón por lo que hacen ellos.
La frase me descoloca. Lo miro, pero él ya está empujando la puerta del portal.
—No he dicho que no tengas cosas por las que pedir perdón —añade, sosteniéndome la puerta—. Solo digo que esta no es una de ellas.
Asiento. Me parece justo.
Subimos en un ascensor pequeño, con las paredes de espejo. No hablamos. En el reflejo parecemos dos fragmentos de una misma familia que han aprendido a sostenerse en pie de maneras completamente distintas.
Su piso es luminoso y estrecho. Hay plantas en la entrada, una bicicleta apoyada en el pasillo y una alfombra azul que no combina con nada; precisamente por eso, transmite una extraña alegría. Una lámina de cine y dos tazas a medio terminar sobre la mesa del salón.
Diego aparece desde la cocina, secándose las manos con un paño.
—Hola, Inés. —Su voz es suave. No fingida. No exagerada.
—Hola.
Me congelo, sin saber si corresponden dos besos, una mano o una disculpa. Diego disuelve la tensión acercándose lo justo para darme un abrazo breve. No aprieta. No estira la escena. Solo me ofrece un refugio básico contra el frío.
—Te he puesto agua para el té —dice—. Hay café, pero Mateo ha advertido que si tomas café ahora mismo te pones a levitar.
—Gracias —mi voz suena ridículamente pequeña.
Mateo deja el paraguas.
—Quítate el abrigo.
Obedezco por puro reflejo, y al instante me muerdo el labio, molesta por haber cedido tan rápido. Él lo nota.
—Era una sugerencia práctica, no una orden patriarcal.
A mi pesar, se me escapa una media sonrisa.
—En esta casa nos esforzamos por no repetir tradiciones familiares innecesarias.
La frase no es una broma del todo. Diego cuelga mi abrigo en una silla cerca del radiador y me señala el sofá.
—Siéntate donde quieras.
Me coloco en el extremo, con la carpeta marrón apretada sobre las rodillas. Diego me tiende una taza que huele a manzanilla y miel.
—No sabía si te gustaría, pero es lo más suave que tenemos. Y así entras en calor.
—Está perfecto. Gracias.
Mateo se sienta en una butaca frente a mí, apoyando los codos en las rodillas. Diego se queda un segundo en el marco de la cocina, evaluando el ambiente.
—Puedo bajar a comprar algo si queréis —sugiere Diego.
—No hace falta —responde Mateo, y luego clava sus ojos en mí—. A menos que quieras hablar conmigo a solas.
La pregunta me sorprende por el respeto que encierra. Miro a Diego. No baja la vista, no está ofendido, solo espera.
—No lo sé —admito. Es la verdad más pura que tengo.
Diego asiente con una sonrisa tibia. —Entonces me quedo por aquí, os dejo que habléis. —Y regresa a la cocina, dejando la puerta entornada.
Mateo se inclina un poco más hacia mí.
—¿Qué hay en la carpeta?
Se la tiendo, pero sus manos no la abren de inmediato. Sostiene el cartón húmedo.
—Inés, quiero preguntarte algo —dice, y su tono se vuelve más denso—. Necesito saber una cosa. ¿Has venido porque de verdad quieres hablar conmigo o porque necesitas una coartada contra papá?
La pregunta escuece porque da en el centro del blanco. Reasiento la taza entre mis manos.
—Las dos cosas podrían parecerse mucho desde fuera.
—No te he preguntado desde fuera, Inés.
Trago saliva, sintiendo el vaho del té en la cara.
—Te he llamado porque no quiero hablar de ti sin ti.
Mateo sostiene mi mirada, imperturbable.
—Eso ya lo has dicho por teléfono.
—Y porque tengo miedo de papá.
Algo en los hombros de Mateo se destensa de golpe.
—Bueno, por una vez, no has usado las palabras "respeto", "prudencia" o "situación compleja".
Me arde la cara.
—Supongo que me lo merezco.
—No hagas eso. No conviertas cada golpe en una penitencia elegante. No me sirve de nada verte castigarte en directo. Aquí lo de flagelarnos no nos va. En serio, Inés.
—Es que no sé cómo hacerlo de otra manera.
Mateo abre la carpeta. Pasa las primeras páginas en un silencio sepulcral. Su rostro no se altera, pero conozco esa línea dura que se le dibuja en la mandíbula cuando se está conteniendo. Diego vuelve un segundo para dejar un plato de galletas en la mesa y se retira sin ruido.
Mateo llega a la captura subrayada por Irene.
"Si insiste en hablar con su hermano, recomienden aplazarlo. Primero declaración institucional, luego gestión familiar."
Se queda clavado en ese párrafo demasiado tiempo.
—Qué maravilla —suelta al fin, con un hilo de voz—. Gestión familiar. Suena a que van a reorganizar los armarios.
—Lo siento.
—No lo has escrito tú.
—No, pero lo habría entendido perfectamente hace una semana.
Es verdad. Hace una semana habría pensado que era una forma madura de contener los daños. Primero la institución, luego la intimidad. Primero la imagen, luego el cuerpo que sangra debajo.
Mateo pasa la página.
—¿Quién te ha dado esto?
—Lara.
—La chica del pasillo.
—Sí.
—La de la pregunta de la encuesta.
—Sí.
—La que te llama peligrosa.
—También.
—Y la que te mira en los vídeos como si quisiera desmontarte pieza a pieza.
Siento las mejillas encendidas. Mateo me observa con lo que parece el primer destello de ironía de la tarde.
—¿Me equivoco?
—No hemos venido a hablar de Lara.
—No, pero parece que Lara ha venido mucho a hablar de ti.
—No es así, Mateo.
—Inés.
—No lo sé —suelto, y esta vez la frase no es una huida. Es una rendición.
Cierro los ojos, sintiendo un cansancio que me baja hasta los huesos. Estoy harta de que todo el mundo vea el lugar exacto donde intento esconderme.
—No quiero grabar nada hoy. No quiero ir a la reunión. Y no quiero que papá hable por mí.
Mateo se queda muy quieto. El aire del salón cambia por completo. —¿Por qué dices eso?
—Porque mamá me ha mandado tres mensajes. Porque doña Beatriz los ha llamado. Si papá cree que esto daña el apellido, va a intentar recuperar el control.
Mateo mira hacia la cocina. Diego aparece en el umbral, con el rostro serio.
—¿Crees que saldrá públicamente? —pregunta.
—No lo sé —respondo—, pero tiene contactos. Sabe hablar. Sabe parecer el hombre más razonable del mundo.
Mateo suelta una risa amarga.
—Sí. Eso lo aprendimos todos en su momento.
El piso parece encogerse. Mateo se levanta y camina hacia la ventana. Se queda de espaldas, contemplando cómo la lluvia convierte la calle en una superficie brillante. Esos hombros... son los mismos del chico que se marchó de casa con una mochila y los dientes apretados.
—Si papá sale a hablar —dice, sin girarse—, no voy a ser su argumento.
—Lo sé.
Se da la vuelta, tajante.
—No, Inés. Necesito que lo entiendas de verdad. No voy a ser el hijo dolido que él utiliza para demostrar lo mucho que se ha sufrido en nuestra casa. Ni el hermano gay que tú utilices ahora para demostrar que has cambiado. No soy una herramienta de reparación familiar.
Cada palabra cae con un peso aplastante. Esta vez no bajo la cabeza. Me obligo a sostenerle la mirada.
—Lo entiendo.
Mateo me escanea.
—Quiero entenderlo —corrijo.
Eso parece calmarlo un poco. Regresa a su butaca.
—Si hablas, no hables por mí. No digas “mi familia” cuando quieras decir “mi hermano”.
Mateo traga saliva. Diego baja la vista.
—Lo entiendo. Y no voy a pedirte que me perdones por haber venido aquí —digo—. Solo... no quiero seguir fingiendo que no llegué tarde.
Mateo se pasa las manos por la cara. Por primera vez lo veo exhausto. No enfadado, no defensivo. Simplemente cansado.
—Llegaste muy tarde, Inés.
—Sí.
—Y yo no sé qué hacer con el hecho de que estés aquí sentada.
—Yo tampoco.
—Me habría gustado que me llamaras antes de que todo esto te explotara en la cara —dice, mirando el suelo—. Me habría gustado que un día cualquiera, sin stories, sin Lara y sin San Griselmo, me llamaras solo para saber si estaba vivo.
Me llevo la mano a la boca. La postura me tiembla. —Lo siento.
Mateo mira hacia el cristal. —Ya.
No es un perdón, pero tampoco es un portazo. Diego se acerca y le apoya una mano en el hombro; Mateo no se aparta. Ese gesto tan cotidiano, tan de ellos, me escuece. No por celos, sino por todo lo que decidí ignorar de la vida que mi hermano tuvo que construirse lejos de nosotros.
El móvil de Mateo vibra sobre la mesa. Mamá.
Nadie se mueve. La llamada se extingue y a los pocos segundos entra un mensaje. Mateo lo lee y se le ensombrece el gesto.
—Están cerca. Mamá pregunta si estás conmigo.
El aire empieza a faltarme.
—No le digas que sí, por favor.
—No iba a hacerlo.
—Perdón.
—Deja de pedir perdón cada vez que esperas de mí una reacción normal.
Mateo teclea algo. No pregunto. Deja el teléfono boca abajo.
—Le he dicho que no sé dónde estás.
—Mateo...
—Técnicamente, sé en qué sofá estás, no dónde estás.
Diego esboza una mueca desde el fondo. —Eso no se sostiene jurídicamente, Mateo.
—Menos mal que no estudié Derecho.
A pesar de todo, se me escapa una risa pequeña, rota. Mateo casi me acompaña en el gesto.
Entonces, el móvil dentro de mi bolso empieza a vibrar. Una vez. Otra. Otra. No lo saco, pero el nombre se trasluce a través de la tela: Papá.
La habitación se vuelve minúscula. Mateo lo nota.
—No contestes si no quieres.
Si no quieres. Qué manera tan distinta de ordenar el mundo. El teléfono se apaga y entra un mensaje que decido no abrir. No puedo.
Diego se sienta en el otro sillón.
—Puedes quedarte aquí esta noche si lo necesitas. Con total naturalidad.
—No quiero invadir.
—Inés —dice Diego con suavidad—, invadir es entrar donde no te han abierto. Nosotros te estamos abriendo la puerta.
Me quedo sin palabras ante tanta sencillez. Mateo asiente, sin mirarme demasiado.
—El sofá no es el más cómodo del mundo, pero ha sobrevivido a amigos peores que tú.
—No sé si debería —susurro.
Mateo se inclina hacia delante.
—Probablemente hoy el "debería" no sea tu mejor brújula, Inés.
Miro la carpeta. El móvil vuelve a insistir. Papá otra vez.
Esta vez saco el teléfono, mantengo pulsado el botón y lo apago. No en silencio. Apagado del todo. La pantalla se queda negra y, contra todo pronóstico, el techo no se nos cae encima.
Me quedo mirando mi propio reflejo borroso en el cristal oscuro. Cuando levanto la vista, Mateo me está observando. Sabe exactamente cuánto me ha costado ese clic. No dice nada, y se lo agradezco en el alma.
Diego se pone en pie.
—Voy a hacer una tortilla.
—No hace falta —le digo.
—Nunca hace falta y, aun así, el mundo siempre mejora con una tortilla. —Y desaparece en la cocina.
Nos quedamos solos. El sonido de la lluvia es lo único que llena el espacio.
—No sé cómo hablar contigo —admito.
—Se nota.
Casi sonrío.
—Podrías disimular un poco.
—No me sale tan bien como a ti.
Su tono no es cruel. Es, simplemente, honesto.
—Podemos empezar mal —propone de pronto.— Con silencios raros, frases torpes y Diego haciendo ruido en la cocina para no escuchar demasiado.
Un nudo de emoción me sube por la garganta, dejándome sin aire. —Vale.
Mateo echa un último vistazo a la carpeta.
—Pero hay tres condiciones.
—Dime.
—Si papá habla públicamente, yo decidiré si respondo. Yo. No tú, no Lara, no San Griselmo.
—Sí.
—Si decides grabar algo, no lo harás esta noche.
—No lo haré.
—Y si esa chica... Lara. Si te importa de verdad, no la conviertas en el héroe que te sacó de una secta universitaria.
—No es una secta.
Mateo me sostiene la mirada con fijeza.
—No tengo fuerzas para ese debate ahora.
—Perdón.
—Inés.
—Vale.
Me callo. Y, por primera vez en mi vida, callarme no se siente como sumisión. Se siente como escucha.
Al otro lado del tabique, se oye el batir de los huevos en un bol. Un sonido pequeño, doméstico, maravillosamente absurdo. Mateo se levanta para ir a ayudar, pero antes de dar un paso, se detiene junto al sofá.
—Puedes dejar la carpeta en la mesa —dice, señalando el mueble—. No tienes que sujetarla todo el rato.
Me miro las manos. Es verdad; tengo los nudillos blancos de tanto apretar el cartón. Aflojo los dedos y la deposito sobre la madera. La esquina humedecida se abre un poco, dejando ver las capturas impresas, quietas, esperando su momento.
Me recuesto en el respaldo.
Sé que no estoy a salvo. Mis padres están entrando en Madrid. Beatriz Salvatierra sigue esperándome en su despacho. La story sigue flotando en la red y Lara... Lara sigue ahí con una paciencia que no sé cuánto va a durarle.
Y aquí estoy, en casa de mi hermano. No sé si esto es un refugio, un juicio pendiente o una manta echada sobre una herida viva.
Desde la cocina me llega la risa de Diego ante algo que Mateo le ha dicho en voz baja. El sonido flota hasta el salón, limpio, sin pedirme absolutamente nada a cambio.
Y, en este preciso instante, me basta.