Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) CAPÍTULO 16 LA LLAMADA
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CAPÍTULO 16 LA LLAMADA

INÉS

La lluvia cae sobre Chamberí con una paciencia que me parece ofensiva.

Salgo de Café Marfil con el paraguas abierto, la carpeta bajo el brazo y el móvil en la mano. No miro hacia atrás. No porque no quiera. Precisamente por eso.

Lara se queda dentro. Lo sé sin comprobarlo. Se queda con la radio abierta, el café frío, la tostada que apenas he rozado y esa forma nueva, incómoda, de no seguirme. Por primera vez desde que la conozco, hace exactamente lo que le pido.

Y, aun así, me cuesta respirar.

Me refugio en una esquina, bajo el toldo de una tienda cerrada. En la pantalla, los mensajes de mi madre se acumulan en cascada:

MAMÁ: Hija, doña Beatriz nos ha llamado. Tu padre y yo vamos hacia Madrid. No tomes decisiones precipitadas antes de que podamos hablar. Por favor. MAMÁ: No entendemos por qué has salido de Santa Clara. Contéstame. MAMÁ: Inés, tu padre está muy preocupado.

Tu padre está muy preocupado. La frase tiene la forma exacta de una puerta cerrándose.

Durante años, en mi casa, la preocupación fue el idioma educado para nombrar el control, la decepción y el miedo a las apariencias.

Mi padre nunca gritaba; le bastaba con dejar el periódico sobre la mesa del comedor y sentenciar: “Esto hay que hablarlo con calma”.

Como si la calma fuera una virtud y no el modo más limpio de aplastar algo vivo sin mancharse las manos.

Busco el nombre de Mateo. No lo tengo en favoritos. Ese detalle me produce una vergüenza física. Su contacto está perdido entre profesores, compañeros y números de la facultad.

Pulso el icono de llamada antes de arrepentirme. Un tono. Dos. Tres. Cuando voy a colgar, la línea conecta.

—¿Inés?

Su voz suena alerta antes que cariñosa. Eso duele.

—Hola.

Silencio. No un silencio vacío, sino uno espeso, lleno de años acumulados. Al fondo oigo el ruido de su vida: una cafetera, una puerta, una ventana abierta. Un lugar donde mi llamada entra como un objeto extraño.

—Te llamo para decirte que no quiero volver a hablar de ti sin ti.

Al otro lado de la línea, el silencio cambia. No se suaviza, pero deja de estar blindado. Me apoyo contra la piedra húmeda de la fachada.

—Hoy he visto mensajes internos de San Griselmo —continuo—. De la gente de Comunicación. Hablan de ti como “su hermano”. Como una variable que gestionar después de fijar mi posición. Y me he dado cuenta de que llevo años haciendo lo mismo, aunque con palabras más bonitas.

La garganta me quema, pero contengo las lágrimas.

—He dicho “familia” muchas veces cuando lo que quería era no decir tu nombre. He dicho “respeto”, “prudencia”, “el dolor de mis padres”. He usado tantas palabras grandes que casi conseguí esconderte dentro.

Mateo respira al otro lado. Ese sonido mínimo me sostiene y me hunde a la vez.

—No casi —dice.

El aire me entra mal.

—No. No casi.

Durante unos segundos no puedo seguir. Mateo tampoco habla, y se lo agradezco. No me salva de mi propia frase. No la adorna. No me dice que no pasa nada. Porque sí pasa. Pasó.

—¿Qué quieres de mí, Inés? —Su pregunta es dura, pero despojada de crueldad.

—Nada. No quiero pedirte que arregles esto. Bueno, quiero... —La palabra se me atasca. Estoy menos acostumbrada a conjugarla de lo que creía—. Quiero llamarte antes de que papá y mamá lleguen a Madrid.

Mateo tarda en procesarlo.

—¿Van a Madrid?

—Sí. Doña Beatriz los ha llamado. Mamá dice que no tome decisiones precipitadas.

—Qué clásico —su voz suena a herida con memoria—. ¿Papá va con ella?

—Sí.

—¿Dónde estás?

—En Chamberí. Cerca de Iglesia. He salido de una cafetería.

—¿Sola?

Miro hacia Café Marfil de reojo. Desde aquí solo veo el cristal empañado y una luz cálida.

—Sí.

—Mándame la ubicación.

—No hace falta, Mateo.

—Inés.

Su voz cambia. De pronto no habla el hermano que lleva años fuera de casa; habla alguien que sabe perfectamente cómo suena mi padre cuando se aproxima con buenas formas.

—Mándame la ubicación, por favor.

—No quiero meterte en esto. Y no quiero que pienses que te llamo porque necesito que hagas de hermano bueno.

—Nunca he sido el hermano bueno.

—Mateo...

—No, Inés. El hermano bueno era el que no incomodaba. El que venía a comer los domingos sin su novio. Yo dejé de ser el hermano bueno hace tiempo —sentencia—. Tú no.

—Estoy intentando dejar de serlo —susurro al fin.

—Pues no quiero dejarte sola delante de papá.

La frase abre una grieta. No es perdón, no es reconciliación; es algo más antiguo. Una memoria del Mateo que me tapaba con una manta en el sofá o del que me enseñaba música que mis amigas no conocían. Mi hermano.

—No sé adónde ir —admito. Odio cómo suena, pero me libera.

Mateo suelta el aire.

—Ven a casa.

El mundo se detiene un segundo.

—No.

—No era una pregunta.

—Mateo, no puedo aparecer en tu casa con todo este desastre. No quiero complicarte la vida.

—Inés, mi vida se complicó cuando todos decidisteis hablar de mí como si estuviera muerto. Que vengas a casa con una carpeta mojada no entra ni en el top cinco.

Un amago de risa se me clava en la garganta.

—No estoy bien.

—Ya me imagino.

—No quiero que Diego piense...

—Diego está aquí —se oye una voz baja al fondo de la línea. Mateo aparta el móvil un momento—. Es Inés —le dice.

Escucho la voz de Diego, más clara esta vez: “Dile que venga”.

Mateo regresa.

—Diego dice que vengas.

Me llevo la mano a la boca. No lloro, pero estoy al límite.

—No estoy llamando para que me perdones.

—Bien, porque no iba a hacerlo por teléfono.

La respuesta me escuece, pero me deja respirar.

—Vale.

—Pero no vas a quedarte en la calle esperando a que papá llegue con una versión preparada de ti. Mándame la ubicación. O voy a buscarte o vienes tú. Elige una opción que no me obligue a ponerme más autoritario de lo que quiero.

Esta vez sí se me escapa una risa rota.

—Puedo ir yo.

—Bien.

—Pero si voy, no quiero que esto se convierta en una reunión familiar.

—No te preocupes. En mi casa no tenemos tanta vajilla.

La risa me sale mezclada con una lágrima. La seco rápido, como si alguien pudiera multarme por desbordamiento emocional.

—Te mando la ubicación cuando llegue al metro.

—No. Me la mandas ahora.

—Mateo.

—Inés.

Ahí está. El hermano que todavía sabe exactamente cómo no dejarme ganar una discusión cuando finjo que lo tengo todo bajo control. Le envío la ubicación. Tarda dos segundos en recibirla.

—Vale, estás cerca. Ahora te mando mi dirección.

—Lo siento —susurro.

Mateo guarda silencio un instante. Su voz, al volver, es casi un refugio.

—Ya lo hablaremos.

Ya lo hablaremos. No es el perdón, pero es futuro. Y ahora mismo, eso es más de lo que tenía hace diez minutos.

—Gracias —digo.

—No me las des todavía. Igual te echo de casa en veinte minutos. Y oye, ni se te ocurra llamar a papá desde el andén.

—Bien. Y no grabes nada, en serio.

—No voy a grabar nada hoy —digo, y la frase ya no me asusta.

—Hasta ahora.

Cuelgo. Durante unos segundos me quedo bajo el toldo, escuchando el zumbido de Madrid. Luego, abro el chat de mi madre. Mis dedos tiemblan sobre el teclado, pero escribo:

INÉS: Estoy bien. No voy a ir a la reunión. Necesito pensar antes de hablar con vosotros.

Inmediatamente después, apago las notificaciones. No abro Instagram. No miro nada más. Abro el reproductor de música, me pongo los cascos. Camino hacia la boca del metro con la carpeta protegida bajo el brazo y la voz de mi hermano repitiéndose en el oído.

Ven.

No sé si voy hacia una reconciliación, una tormenta o un sofá donde sentarme sin saber qué hacer con las manos. Pero voy. Por fin no voy hacia alguien que quiere corregirme antes de molestarse en escucharme.