CAPÍTULO 15 CAFÉ MARFIL #2
La tostada se enfría. Inés mira hacia la ventana, observando la calle borrosa por el agua. La gente pasa bajo los paraguas, ajena a San Griselmo, a las cuentas anónimas y a las reuniones rotas.
—No sé qué hacer —dice.
Es la primera vez. Sin adornos. Sin "debo valorar opciones". Solo un desamparo absoluto que me obliga a ser increíblemente cuidadosa. Qué inconveniente.
—No grabes nada hoy —le aconsejo.
—Eso es decirme qué hacer.
—Es una recomendación. Si grabas hoy, probablemente no sabrás si estás hablando tú o si estás reaccionando a Salvatierra, a mí, a la story o a tu padre. Te mereces saber quién eres cuando hablas antes de ponerte frente a una cámara.
Inés se tensa.
—Mi padre no tiene nada que ver con esto.
—Todavía no.
Sus ojos regresan a mí, afilados.
—¿Qué quieres decir?
—Que si San Griselmo no puede colocarte donde quiere, va a llamar a quien lleva más tiempo haciéndolo.
Es una verdad cruel. No quiero herirla, pero necesito que lo vea.
Inés se levanta a medias, apoyando las manos en la mesa, inclinándose hacia mí.
—No tienes derecho. No sabes cómo es mi padre.
—No, no lo sé.
—Entonces no lo uses como un argumento. Estás haciendo lo mismo que críticas en los demás: coger una parte de mi vida para ganar una discusión.
Me callo. Porque tiene toda la maldita razón.
La cafetería parece encogerse a nuestro alrededor. Inés sigue medio incorporada, respirando agitada, y veo cómo el café tiembla dentro de la taza por la vibración de sus manos.
—Perdón —digo, mirándola desde abajo—. Tienes razón. No debería haberlo dicho así. No debería haberlo dicho.
Vuelve a sentarse, pero la distancia entre las dos ha vuelto a congelarse. Miro mis propias manos sobre la mesa, sintiendo una torpeza infinita.
—Estoy intentando no hacer contigo lo que critico de ti —confieso—. Y se me da como el culo.
Inés baja la vista al plato.
—Se te da fatal.
—Sí.
Pasa un minuto entero en el que solo se oye la lluvia. Entonces, contra todo pronóstico, corta un trozo pequeño de la tostada y se lo come. Ese gesto mínimo me devuelve el aire a los pulmones. Está aquí. Sigue aquí.
La radio vuelve a chisporrotear y una voz nítida atraviesa el ruido durante un par de segundos. Una melodía vieja. Luego se pierde.
Inés no aparta los ojos del dial.
—Está volviendo.
—A ratos.
—¿Y si no vuelve del todo?
—Ese riesgo siempre está ahí. Pero vale la pena intentarlo.
No sé por qué lo digo con esa gravedad, ni por qué a ella parece afectarle tanto. Bebe otro sorbo de café, sosteniendo la taza como si fuera un escudo.
—No sé si puedo volver a Santa Clara —dice, casi para sí misma.
—Puedes.
—No quiero.
La frase se queda flotando entre las dos. No tiene marco, no tiene disculpas. Es una necesidad pura.
—No tienes que decidirlo ahora —le digo, sintiendo que el corazón me va más rápido.
—No tengo dónde ir.
La frase sale tan baja que apenas la oigo.
Podría decirle que venga a mi casa. Podría decírselo ahora mismo.
Me muerdo la lengua por dentro hasta hacerme daño.
No porque no quiera, sino porque sé que si le ofrezco mi espacio ahora, convertiré su huida en otra forma de dependencia.
No quiero abrir una puerta solo porque me muero de ganas de que ella la cruce.
—Clara puede ir contigo —sugiero, conteniéndome—. O puedes caminar. O puedes quedarte aquí sentada otro rato. O llamar a Mateo. Tienes opciones, Inés.
Me mira con una expresión indescifrable, los ojos fijos en los míos, fijos en mis labios, fijos otra vez en mis ojos.
—Estás haciendo un esfuerzo enorme por no decirme qué hacer.
—Me estoy dejando la puta vida en ello —confieso.
Se le escapa una risa limpia. Breve, pero entera. Me quedo mirándola, atrapada en el sonido, y ella lo nota. Deja de reír.
El aire en la mesa cambia por completo. Se vuelve denso, eléctrico, cargado de una estática que hace que me hormigueen las manos.
Estamos en una cafetería vieja, con una radio rota y una tostada a medias, pero nada en esta distancia parece inocente.
Esto se parece demasiado a un casi beso.
Mi cuerpo está interpretando mal los centímetros que nos separan.
Inés baja la vista a mi boca. No es un vistazo rápido; se detiene ahí el tiempo suficiente para que ambas sepamos que no es un accidente. Luego, vuelve a mírame a los ojos. Su respiración se ha vuelto más corta.
—No me mires así —dice, y su voz es un hilo.
—Has empezado tú.
—Qué argumento tan pobre, Lara.
—Estoy en desventaja.
—¿Por qué?
Porque no debería quererte tan cerca. Porque me acabas de decir que no tienes dónde ir y he tenido que destrozarme las manos por dentro para no meterte en mi casa. Porque cuando te ríes se me olvida que el mundo se está cayendo.
—Porque estoy intentando portarme bien —consigo decir.
Inés traga saliva, y veo el movimiento de su garganta.
—No hagas eso.
—¿Portarme bien?
—Decirlo como si...
No termina la frase. No le da tiempo.
La puerta de la cafetería se abre de golpe y entra una pareja sacudiendo los paraguas. El frío de la calle corta la estática en dos. Inés se echa hacia atrás en la silla, como si acabara de quemarse. El momento se rompe, pero la marca se queda ahí, grabada entre las dos.
El móvil de Inés vibra sobre la madera. La pantalla se ilumina.
Mamá.
Las dos nos quedamos mirando el nombre. Inés no se mueve para cogerlo. El aparato sigue insistiendo, zumbando contra la mesa.
—No tienes que... —empiezo.
—No.
La palabra corta el aire. El teléfono se apaga, pero a los tres segundos llega un mensaje. Luego otro. Y otro más. Veo cómo el color abandona la cara de Inés, dejándola casi transparente.
—¿Quieres que me vaya? —le pregunto, medio dispuesta a levantarme si eso la alivia.
Niega con la cabeza. Desbloquea la pantalla con dedos trémulos y lee. Su expresión cambia por completo; la espalda se le vuelve a poner rígida, la boca se le afina. La chica del canal de la universidad regresa para protegerla, pero ya no le encaja bien en las facciones.
—Mis padres vienen a Madrid —dice.
Ya no es una amenaza de Salvatierra. Es un coche en la autopista.
—¿Ahora?
Asiente y me gira el teléfono para que lo vea.
MAMÁ: Hija, doña Beatriz nos ha llamado. Tu padre y yo vamos hacia Madrid. No tomes decisiones precipitadas antes de que podamos hablar. Por favor.
Leo el texto. No digo nada. He aprendido la lección de hace cinco minutos; cuando el golpe es real, el silencio es lo único respetuoso.
Inés guarda el móvil en el bolso.
—Tengo que llamar a Mateo antes de que lleguen.
La frase sale con urgencia, pero ya no hay pánico en ella. Hay determinación.
—Sí —le digo.
Esta vez no me contradice. Se levanta despacio, sujetando la carpeta contra el pecho. Yo me pongo de pie también; mi cuerpo se niega a quedarse sentado mientras ella está temblando de esa manera.
—No vengas conmigo —me pide, mirándome a los ojos.
Asiento.
—No iba a hacerlo.
—Sí ibas.
—Sí —admito—, un poco.
Intenta sonreír, pero el peso de la llamada que tiene que hacer se lo impide.
—Tengo que hacerlo sola, Lara.
—Lo sé.
—No lo sabes, pero gracias por fingir.
—Estoy aprendiendo.
Nos quedamos paradas a un lado de la mesa. Parece que va a decir algo más, algo que se le queda atrapado en la garganta, justo entre el ruido de la máquina de café y la tormenta de fuera. No lo hace. Coge su paraguas.
—Lara.
—¿Sí?
—No me escribas.
La frase me escuece, pero duele menos que antes. Ya no suena a un muro; suena a la distancia necesaria para no ahogarse.
—Vale.
—Y no mandes a nadie.
—Vale.
—Y no intentes arreglar esto por mí.
Suelto el aire.
—Vale.
Inés asiente una última vez y camina hacia la salida. La puerta se abre, la lluvia la envuelve y se pierde por la calle Viriato.
No miro el móvil. No llamo a Noa. No me muevo de mi sitio. Me siento de nuevo frente a los circuitos de la radio, contemplando la taza de café medio vacía y la tostada a la que solo le falta un bocado.
El aparato suelta un chispazo. Una voz humana, clara y nítida, emerge del altavoz y aguanta tres, cuatro, cinco segundos antes de diluirse en el ruido. Esta vez ha durado más.
No sé si significa algo. Rosario juraría que sí, que podría ser una señal. Y yo, por una vez en mi vida, elijo creerla.