CAPÍTULO 15 CAFÉ MARFIL
LARA
Noa dice que Inés ha salido.
Lo dice así, como si salir fuera una cosa sencilla.
Una puerta, una calle, un trayecto. Como si no estuviéramos hablando de Inés Arriaga abandonando Santa Clara a menos de una hora de su reunión con Beatriz Salvatierra, con una carpeta en el bolso y media universidad conteniendo el aliento para ver qué versión de ella conviene conservar.
NOA: Ha salido.
Miro el mensaje en la mesa de Café Marfil, justo al lado de la radio destripada, una taza de café frío y el destornillador que llevo diez minutos sujetando entre los dedos sin hacer nada.
LARA: ¿Cómo que ha salido?
NOA: Caminando. Con cara de marquesa que acaba de declarar una guerra civil.
Me quedo inmóvil. La radio suelta un zumbido bajo, un quejido eléctrico que me vibra en la palma de la mano. No debería haberla traído aquí.
No debería estar en una cafetería de mesas cojas arreglando el aparato de mi abuela mientras Inés se salta la reunión que puede cambiarle la vida.
Debería estar en la Politécnica con Irene. O en casa. O en cualquier lugar donde no me entren estas ganas estúpidas de levantarme y cruzar Madrid bajo la lluvia.
La puerta de la cafetería se abre, arrastrando una ráfaga de aire húmedo. Levanto la vista.
Y es ella.
Inés entra en Café Marfil como si cruzara una frontera sin saber si pedir asilo o declarar la guerra.
Lleva el abrigo empapado, el pelo castaño pegado a los hombros y la carpeta marrón apretada contra el costado.
Está pálida, tiene los ojos demasiado brillantes y esa expresión de quien ha decidido no derrumbarse por pura educación.
Nadie se mueve. El camarero le pregunta algo desde la barra, pero su voz rebota en las paredes sin que ninguna de las dos le preste atención. Inés me ve. No parpadea. No parece sorprendida, y esa certeza me hiela un poco la sangre.
Se acerca a la mesa. No saluda.
—No vuelvas a mandar a nadie a una capilla por mí.
Cinco segundos y ya estamos en llamas. Dejo el destornillador con una lentitud deliberada.
—Hola a ti también.
—No estoy de humor para tu ironía.
—Entonces has elegido una mesa complicada.
Inés deja la carpeta sobre la silla frente a mí, pero se queda de pie, rígida. Sostiene mi mirada con una fijeza que me cuesta aguantar.
—Hablo en serio, Lara.
—Yo también.
—No. Tú has montado una operación clandestina con una carpeta, una capilla y tu compañera de piso.
—La operación clandestina más torpe de la historia —corrijo, buscando aire—.
Inés respira hondo. Veo el temblor imperceptible en su cuello, el esfuerzo por mantener la postura. Lo veo tan claro que me da rabia haber aprendido a leerla tan rápido.
—No soy una causa —dice, y su voz baja un tono, volviéndose más densa—. No soy una avería. No soy una story. No soy alguien a quien puedas reparar mandando pruebas por debajo de una puerta.
A nuestro alrededor, el mundo sigue: el tintineo de las cucharillas, el rumor de la lluvia, un hombre pasando la página del periódico. Nadie nota que sus palabras me están abriendo en canal.
—Lo sé —digo, y mi propia voz me suena extraña, despojada de defensas.
Inés cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, se me acerca un milímetro más.
—No lo sabes.
—Vale.
—Tampoco me digas "vale" como si cedieras para que me calme.
Me apoyo contra el respaldo, sosteniéndole la mirada. El espacio entre las dos parece haberse reducido, volviéndose denso, pesado.
—Entonces dime qué quieres que diga, Arriaga.
—Quiero que discutas conmigo.
La frase se queda flotando en el aire. Nos sorprende a las dos. Se queda quieta, como si acabara de dejar caer una llave en mitad de la calle y temiera el ruido del impacto.
—¿Quieres que discuta contigo? —pregunto despacio.
—Quiero que no te comportes como si tuvieras la superioridad moral incluso cuando admites que te has equivocado.
Me río. Una risa corta, seca, sin un ápice de alegría.
—¿Estás enfadada porque te doy la razón?
—Estoy enfadada porque lo haces como si la razón también fuera tuya.
La observo. Sus ojos no se apartan de los míos. Eso ha sido jodidamente bueno.
—Siéntate —le pido.
Duda. Es solo un parpadeo, un quiebro mínimo en su postura, pero lo capto. Finalmente, se sienta frente a mí. Mantiene la espalda recta, el bolso en el regazo, como si Café Marfil fuera una sala de espera donde en cualquier momento van a llamarla a declarar.
—No deberías estar aquí si te están esperando a las cinco —digo, mirando el reloj de la pared. Falta poco.
—No voy a ir.
La frase cae limpia, seca, sin dramatismo. Y precisamente por eso me golpea con el doble de fuerza.
—¿No vas a ir?
—No.
—¿A la reunión con Salvatierra?
—No.
Me quedo sin palabras. Es la primera vez que me pasa con ella, y sé que lo nota. Su mirada se vuelve un poco más analítica, recorriendo mis facciones.
—¿Nada? —pregunta, con un deje de amargura—. ¿Ninguna frase sobre la libertad de las puertas abiertas?
—Estoy eligiendo no estropear un buen momento.
—Qué considerado.
—Me sale fatal, pero lo intento.
Su boca hace un amago de curva. Casi una sonrisa. Casi.
La carpeta está entre las dos. Marrón, discreta, demasiado ligera para la cantidad de dinamita que lleva dentro.
—Leí lo que mandaste —dice.
—No lo mandé yo sola.
—No empieces, Lara.
—Es importante.
—¿Por qué? ¿Para repartir culpas?
—Para no convertirme en la única persona que decide qué es verdad.
Eso la frena. Sus ojos bajan a la carpeta y se quedan ahí, fijos, mientras el silencio se extiende entre nosotras, largo y espeso.
—Me enfada que no me preguntaras —admite, muy bajo.
—Lo sé.
—Y me enfada más haber tenido que leerlo.
—También lo sé.
—Y... me enfada muchísimo que una parte de mí agradezca haberlo leído.
Ahí está. La confesión. No es una disculpa, es algo mucho más íntimo y difícil: una verdad desnuda que no tiene dónde esconderse.
—Eso no te hace débil, Inés —digo, extendiendo la mano un par de centímetros sobre la mesa, sin llegar a tocarla.
—No he dicho que me haga débil.
—Lo has pensado.
—No hables como si estuvieras dentro de mi cabeza.
—Créeme, Arriaga, no quiero estar dentro de tu cabeza. Parece un lugar con demasiados comités.
Esta vez la sonrisa sí aflora. Es pequeña, contenida, pero real. Se da cuenta de inmediato y recupera la seriedad, aunque el brillo en sus ojos ya ha cambiado.
—No ha tenido gracia.
—Ha tenido un poco.
El camarero se acerca interrumpiendo el aire que empezaba a volverse demasiado tibio entre las dos.
—¿Quieres tomar algo? —le pregunta. Inés parpadea, desorientada, como si acabara de recordar dónde está.
—Un café con leche, por favor.
—¿Algo para comer?
—No.
—Sí —intervengo. Inés me clava una mirada fulminante—. No has comido nada.
—¿Y tú qué sabes?
—Tienes esa cara. La de persona que lleva tres horas sobreviviendo con dignidad y puro ácido en el estómago.
El camarero nos mira, divertido. Inés aprieta los labios, derrotada.
—Una tostada. Con tomate. Sí.
Cuando el hombre se retira, ella se inclina un poco hacia delante.
—No vuelvas a pedir comida por mí.
—He sugerido. No mejora nada, lo sé. Vale. Perdón.
Esta vez lo digo en serio, y mi tono hace que su enfado cambie de temperatura. Se ablanda, casi de forma imperceptible.
—No sé por qué he venido —dice, mirando el café frío de mi taza.
No la contradigo. No me muevo.
La radio suelta un chasquido eléctrico, una interferencia que nos obliga a mirar el aparato abierto. Los cables de colores quedan expuestos entre las dos.
—¿La has traído a una cafetería?
—Se deprime si la dejo sola. Mi abuela diría que tú también eres muchas cosas que aparentan funcionar y no por eso te dejamos sola.
El silencio que sigue a mi frase es tan súbito que puedo oír el agua correr por los cristales. Mierda. Me he pasado.
—Perdón —rectifico rápido—. Eso ha sonado peor de lo que...
—No —me interrumpe, manteniendo la vista fija en los circuitos—. Está bien.
No está bien. Su voz suena frágil, desprovista de esa coraza suya. Roza la madera de la carcasa con la yema del dedo.
—¿Funciona?
—A ratos.
—Pensaba que tú eras de las que arreglaban las cosas con precisión.
—Pensabas que yo era muchas cosas.
—Tú también de mí.
Nos miramos. El espacio entre nosotras se llena de todo lo que no nos dijimos en la cafetería de la facultad, de la servilleta, del bloqueo. Hay una puerta abierta aquí mismo, pero ninguna de las dos se atreve a dar el paso.
El camarero deja el café y la tostada. Inés coge la taza con las dos manos, buscando el calor del vaho, cerrando los ojos mientras bebe el primer sorbo.
—Salvatierra me ha escrito —dice al fin—. Quiere que no actúe impulsivamente.
No puedo evitarlo. Suelto un bufido.
—Qué frase tan de mujer que lleva años actuando estratégicamente para poder llamar "impulsos" a las decisiones de los demás.
Inés deja la taza. Me mira con una intensidad que me recorre la espalda. —Eso ha sido una frase.
—Sí.
—No la odies solo porque es buena.
—No la odio solo porque sea buena —respondo, respirando hondo—. Odio porque es buena y porque podría haberla dicho yo.
Remueve el café con la cucharilla, aunque no le ha puesto azúcar. El tintineo es el único ritmo en la mesa.
—Ese es parte del problema.
—¿Que nos parecemos?
—No nos parecemos —dice, demasiado rápido, como si necesitara convencerse a sí misma.
—No he dicho nada. Pero lo pienso, sí. Nos parecemos un poco. Las dos queremos tener razón a toda costa. Las dos corregimos al otro cuando tenemos miedo. Las dos convertimos la rabia en algo presentable: tú en vídeos impecables, yo en frases cortantes.
Se detiene con la cucharilla en el aire. Se muerde el labio inferior. Se está escuchando, y sé que se reconoce en mis palabras.
—Eso no significa que nos parezcamos —repite, buscando una salida.
—No —asiento, y mi voz baja hasta ser casi un susurro—. Significa que igual podemos hacernos daño de formas muy parecidas.