Chapter 17
—Pero si no me escribes en veinte minutos, voy a buscarte —añade.
—Está bien.
Nos abrazamos.
Camino hacia la puerta principal de la capilla. La luz del pasillo entra por debajo, fina, fría. Me detengo con la mano en el picaporte. Durante un segundo pienso en volver a sentarme. En esperar. En hacer lo prudente. En grabar una frase clara. Siento miedo.
Luego pienso en Lara en la cafetería, tranquila, esa taza caliente, la lluvia fuera. Pienso en Mateo en una terraza de Madrid, riéndose en una foto donde no nos necesitaba. Pienso en mi propia voz diciendo cosas que ya no sé si creo o si solo aprendí a pronunciar sin temblar.
Abro la puerta. El pasillo está casi vacío. No corro. No bajo la mirada. Camino.
Atravieso el corredor central de Santa Clara con la carpeta en el bolso y el corazón golpeando de una forma tan fuerte que me parece imposible que nadie lo oiga. Una alumna de primero me saluda. Le devuelvo el saludo. Dos chicas junto al tablón bajan la voz al verme. No me detengo.
Al llegar a la entrada, Consuelo me mira desde recepción.
—Señorita Arriaga, ¿sale?
La pregunta es normal. Administrativa. Pero hoy suena como una prueba.
—Sí.
—Doña Blanca ha pedido que la avisáramos si necesitaba algo antes de la reunión.
—No necesito nada.
Consuelo me observa un segundo. No sé qué ve en mi cara. Quizá demasiado.
—Lleve paraguas —dice al fin—. Está lloviendo.
Me quedo parada. Luego cojo uno del paragüero.
—Gracias, Consuelo.
—De nada.
Salgo. La lluvia de Madrid es fina, gris, insistente, de esas que empapan sin hacer ruido. El móvil vibra en el bolso. Lo saco.
Beatriz Salvatierra:Inés, la esperamos a las cinco. Es importante que no actúe impulsivamente.
Leo la frase. Actuar impulsivamente. Me pregunto si alguna vez han llamado impulso a una decisión tomada por una mujer después de leer las pruebas de su propia manipulación.
Bloqueo la pantalla. Camino hacia el metro. No sé adónde voy, ni estoy esperando a que alguien me diga cuál es la opción correcta. Y eso, más que libertad, se parece al vértigo.