CAPÍTULO 14 LA CAPILLA PEQUEÑA
INÉS
La capilla pequeña de Santa Clara siempre me parece un lugar pensado para arrepentimientos discretos.
No tiene la solemnidad intimidante de San Griselmo, ni sus vidrieras altas, ni ese silencio teatral que convierte cualquier respiración en culpa.
Es baja, fría, escondida. Una sala con bancos de madera oscura, una Virgen pequeña y un confesionario viejo al fondo que ya nadie usa.
—Es el único sitio donde no van a entrar a buscarte en cinco minutos —dice Clara.
Está de pie junto a la puerta, con el móvil en la mano. Intenta parecer práctica, pero no logra ocultar el miedo.
—Eso no me tranquiliza.
—No es mi objetivo. Mi objetivo es que no salgas corriendo por una puerta con cámara.
Miro hacia el altar. La palabra cámara se me queda clavada en algún sitio incómodo.
Hace dos horas todavía pienso que el problema es una story, una encuesta idiota sobre tensión no resuelta.
Ahora hay una salida cerrada, una cámara apuntando a la puerta de servicio y una reunión a las cinco donde alguien espera que vuelva a ser la de siempre: la voz pública, la alumna ejemplar, la chica serena.
Me siento en el último banco. La madera está fría incluso a través de la falda.
—No puedo quedarme aquí hasta las cinco. ¿Qué hacemos?
Clara mira el móvil. Otra vez. Ese gesto me da miedo.
—Clara.
—Van a traer algo.
Tardo un segundo en entender el plural. —¿Van?
—Noa.
Me levanto de golpe.
—No. No quiero implicar a más gente.
—Ya están implicadas —Clara cierra los ojos un instante—. Noa no tiene nada que ver con esto. Precisamente por eso puede entrar y salir sin que San Griselmo la convierta en una imagen. Te están trayendo información, Inés. Conviene que llegues a las cinco sabiendo qué cartas hay sobre la mesa.
—No quiero cartas. No quiero capillas. Y no quiero a Lara decidiendo qué necesito mientras finge que no está decidiendo.
Mi voz tiembla. Odio que tiemble.
—Vale —dice Clara, demasiado tranquila—. Entonces, cuando Noa llegue, le dices que se lleve la carpeta. Te hablo como a una persona adulta que puede rechazar ayuda sin convertirla en una agresión solo porque viene de alguien que le confunde.
La frase me da en pleno. Me giro hacia el altar. No quiero que tenga razón.
El móvil de Clara vibra. Las dos miramos la pantalla.
—Está en la entrada lateral.
—Dile que se vaya.
—Díselo tú. Si de verdad no quieres la carpeta, se lo dices tú. No voy a usar mi voz para cerrar una puerta que tú solo quieres cerrar porque te asusta lo que hay al otro lado.
Siento ganas de gritarle. También de abrazarla. No hago ninguna de las dos cosas.
La puerta lateral se abre con un quejido breve.
Noa entra como si supiera que cualquier gesto exagerado podría activar una alarma invisible. Lleva abrigo oscuro, zapatillas y el pelo recogido de cualquier manera. Lleva una carpeta marrón bajo el brazo.
—Vale —dice, mirando el espacio—. Este sitio da muchísimo miedo para lo pequeño que es.
Nadie se ríe. Noa levanta una mano.
—Entendido. Público difícil.
Se acerca al banco y me mira de frente.
—Supongo que esto es tuyo.
No me acerco.
—No te lo pedí. No deberías estar aquí.
—Probablemente no. Vine porque Lara me lo pidió y porque Clara dice que esto puede ayudarte antes de que te encierren en una reunión a explicarte cómo tienes que hablar de tu propia vida.
No te conozco, Inés. No sé si eres buena, mala o todo a la vez.
Pero sé una cosa: cuando una institución empieza a cerrar puertas por tu bien, conviene leer todo lo que puedas antes de sentarte frente a ella.
—¿Eso te lo dice Lara?
—No. Eso me lo dice vivir de alquiler en Madrid.
A mi pesar, casi sonrío.
Noa deja la carpeta sobre la madera, entre las dos. No me obliga a cogerla.
—Para que conste, yo solo soy mensajera.
Miro el sobre: PARA INÉS ARRIAGA. ANTES DE LAS 17:00. Es la letra precisa de Irene.
—¿Qué hay dentro? —pregunto.
—Capturas. Una cronología. Quién sabía qué antes de que te llamaran. Yo no lo he leído. Lara creo que tampoco todo.
—No tenemos mucho tiempo —avisa Clara desde la puerta.
Noa se cruzó de brazos.
—Yo diría que tenéis el tiempo justo para que alguien deje de fingir que no quiere abrir esa carpeta.
La miro. No aparta la vista. No se parece a Lara en eso.
—Dile a Lara que no vuelva a hacer esto —le espeto—. Mover piezas sin hablar conmigo.
—Se lo puedes decir tú.
—La tengo bloqueada.
—Ya, lo sé —una sonrisa ruda le cruza la cara—. Lo está llevando fatal, por cierto. Lo cual, sinceramente, me parece bastante educativo para ella.
Siento un pinchazo de satisfacción que no quiero sentir.
—No me importa cómo lo lleve.
—Bueno, me voy —dice Noa hacia la puerta—. Si salimos las dos parecerá raro. Yo entro sola, salgo sola y, si alguien pregunta, me he equivocado buscando Secretaría.
Antes de salir, se detiene y me clava la mirada.
—Inés. No sé qué hay exactamente ahí dentro. Pero sé que Lara no quería entrar aquí. No porque no quisiera verte. Justo por eso.
La puerta se cierra.
Clara y yo nos quedamos solas. Alargo la mano y cojo la carpeta. El cartón está helado.
Lo abro. Hay capturas impresas, anotaciones a lápiz, flechas. Mis ojos se clavan en una línea subrayada:
"Conviene que Inés llegue a la reunión sin contacto externo. Evitar interferencias antes de fijar posición."
El aire se me queda pequeño. Paso la hoja.
"Si insiste en hablar con su hermano, recomienden aplazarlo. Primero declaración institucional, luego gestión familiar."
Su hermano. Como si fuera una variable más. Una pieza de control.
"Necesitamos que Arriaga parezca acompañada, no condicionada."
Cierro los ojos. Siento una rabia sorda.
—Voy a matarla —susurro.
—¿A Salvatierra? —pregunta Clara, leyendo por encima de mi hombro.
—A Lara. Le dije que no quería que decidiera por mí.
—¿Y se equivocaba al traerte esto?
No respondo. Porque no. Porque la respuesta correcta no apaga lo que me arde por dentro.
—Necesito hablar con ella. Dame tu móvil.
Me lo entrega. Busco el contacto en la pantalla: Lara Martín. Pulso llamar.
Un tono. Dos. Tres.
—¿Clara? —su voz llega baja, contenida.
—No —aprieto el móvil contra la oreja. En este segundo de silencio cabe todo lo que nos quema—. No vuelvas a mover piezas de mi vida sin hablar conmigo.
Al otro lado de la línea, Lara respira profundamente.
—De acuerdo.
Esa docilidad me descoloca.
—¿De acuerdo? ¿Eso es todo?
—No. Pero creo que si digo lo demás ahora, vas a colgarme.
Tiene razón. La odio por tener razón.
—No soy una avería que puedas reparar.
—Lo sé. Estoy intentando saberlo.
La frase cae suave. Demasiado suave. Aprieto la carpeta contra mis rodillas.
—Pues empieza por no decidir por mí. ¡Estoy harta de que todos decidáis por mí!
Me sale una furia que no reconozco. Siento rabia. Pero esta vez no va hacia Lara. O no solo.
Va hacia Salvatierra, hacia el edificio, hacia mi propia facilidad para creer que si una orden venía envuelta en palabras suaves podía no ser una orden. Va hacia mí por haber defendido durante tanto tiempo ese mismo tipo de precisión.
Clara habla muy bajo.
—Inés.
Abro los ojos.
La carpeta tiembla apenas entre mis manos.
—No voy a ir.
—¿A la reunión?
—No.
Clara se queda muy quieta.
—Inés…
—No voy a sentarme delante de una mujer que ya ha decidido qué versión de mí necesita.
—Si no vas, lo van a usar.
—Si voy, también.
Miro las hojas otra vez. Horas. Mensajes. Capturas. Personas hablando de mí como si mi voz fuera un documento compartido que se pudiera editar antes de enviarse.
Me levanto.
—¿Qué haces?
—Me voy.
—¿Adónde?
—Fuera.
Clara mira hacia la puerta lateral.
—No puedes salir por ahí. Si salimos por la lateral, parece que huyes.
—Entonces saldré por la principal.
—Inés.
—No voy a esconderme en una capilla esperando a que alguien venga a salvarme.
Alguien. Y eso significa Lara, mis padres, Salvatierra, Blanca. Todas las personas que, con buenas o malas intenciones, han intentado moverme como si yo fuera una pieza delicada en mitad de un tablero que no podía tocar.
Cojo la carpeta y la meto en el bolso.
—¿Vienes? —pregunto.
Clara tarda medio segundo en reaccionar.
—¿Quieres que vaya?
—No —digo.
Clara asiente despacio.
—Vale.