CAPÍTULO 13 SALIDA DE EMERGENCIA #2
CLARA:La capilla pequeña. Casi nadie va a esta hora, y tiene acceso desde el exterior por una puerta para los curas. Hay un confesionario viejo que no se usa. Pero Inés no quiere implicarte.
Leo la última frase dos veces. Inés no quiere implicarte. Demasiado tarde, Arriaga.
LARA:Yo tampoco quería implicarme. Estamos todas decepcionadas.
Clara responde con un solo emoji: una calavera.
Luego escribe:
CLARA:No puedes entrar en San Griselmo.
Miro la frase. Después miro a Irene.
—Necesito entregar algo en una capilla.
Irene cierra los ojos.
—Eso ha sonado fatal.
—Sí.
—¿Qué algo?
—Las capturas limpias, cuando las tengas. O un resumen. Algo que Inés pueda leer antes de las cinco sin que pase por el móvil.
—¿Y quién lo va a llevar? Tú no puedes.
No. Yo no puedo entrar.
NOA:Actualización: Inés está a dos segundos de hacer una Inés.
LARA:Define “hacer una Inés”.
NOA:Hablar muy educadamente mientras intenta atravesar una pared.
Irene me mira.
—¿Noa está con ellas?
—No. Está en casa. Pero Clara le está mandando partes como si esto fuera una operación quirúrgica mal financiada.
Irene señala mi móvil.
—Entonces ya tienes a alguien.
—No.
Irene levanta una ceja.
—¿Por qué no?
—Porque Noa no tiene nada que ver con esto.
—Tú tampoco, según Inés. Y aquí estás.
—Noa es mujer —continúa—. Joven. Puede pasar por una amiga, una antigua alumna, alguien que viene a dejar apuntes. No es una pieza que San Griselmo pueda identificar antes de que cruce la puerta.
—No voy a meter a Noa en esto.
—No tienes que meterla. Puedes pedírselo.
—Eso es meterla con mejores modales.
—No, Lara. Es dejar que decida.
Ahí está. La frase que más me molesta porque no puedo desmontarla sin quedar exactamente como lo que estoy intentando no ser. Dejar que decida.
Toco el borde de la carpeta con dos dedos.
Pienso en Inés diciendo “No es por ti. Es mejor que no hablemos” antes de bloquearme otra vez.
Pienso en su mano quieta cuando rocé la mancha de café de su manga.
Pienso en cómo se quedó sentada un minuto entero frente a mí, en una cafetería que no pertenecía a su mundo.
No quiero salvarla, pero sí querría que tuviera una opción antes de que otros elijan por ella. Eso debería ser diferente.
No estoy segura de que lo sea. Abro el chat de Noa.
LARA:Necesito pedirte algo y tienes derecho a decir que no.
La respuesta llega enseguida.
NOA:Qué miedo me da cuando te pones democrática.
LARA:Hablo en serio.
NOA:Yo también. Sigue.
Miro a Irene. Ella no se acerca. No lee. Solo espera.
LARA:Necesito que vayas a San Griselmo.
Los tres puntos aparecen. Desaparecen. Vuelven.
NOA:Retiro lo de democrática.
LARA:No puedo entrar yo. Me grabarían. Necesito que lleves una carpeta a la capilla pequeña y la dejes en un confesionario viejo. Clara sabe dónde.
NOA:¿Me estás pidiendo que haga de mula documental en una universidad católica?
LARA:Te estoy pidiendo que camines, entregues un sobre y salgas.
NOA:Eso es exactamente lo que diría alguien montando una secta de bajo presupuesto.
LARA:Noa.
Tarda unos segundos. Demasiados. Miro la pantalla con el cuerpo entero.
NOA:¿Qué hay en la carpeta?
LARA:Capturas. Pruebas de que están intentando controlar lo que Inés va a decir antes de las cinco. No quiero mandarlas por móvil.
NOA:¿Es ilegal?
Miro a Irene.
—Pregunta si es ilegal.
Irene se encoge de hombros.
—Es una zona gris.
—Fantástico.
Escribo.
LARA:Es una zona gris.
NOA:Tu epitafio.
Cierro los ojos un segundo. Cuando los abro, Noa sigue escribiendo.
NOA:¿Inés sabe que voy?
LARA:No. Pero Clara sí.
NOA:Menos mal que alguien en esa residencia tiene medio cerebro operativo.
LARA:No tienes que hacerlo.
La respuesta no llega de inmediato. Esa espera me parece más larga que cualquier pasillo de San Griselmo.
NOA:Voy.
Suelto el aire. No me había dado cuenta de que lo estaba reteniendo.
NOA:Pero dos condiciones.
LARA:Dime.
NOA:Una: no me mandes frases tipo “ten cuidado” cada treinta segundos porque me pondré nerviosa y pareceré culpable.
LARA:Vale.
NOA:Dos: si esto sale mal, tú le cuentas a Rosario que fui valiente, no imprudente.
LARA:Rosario dirá que fuiste las dos cosas y te dará croquetas.
NOA:Acepto. Eso si salgo viva. Que esta gente puede ser muy mafiosa.
Me río y le pongo una reacción de risa. Liberar la tensión nos va bien ahora mismo. Irene se sienta de nuevo, como si también pudiera respirar un poco mejor.
—¿Va?
Asiento.
—Va.
—Bien. Entonces necesitamos ordenar esto.
Abre la carpeta y empieza a sacar hojas. Capturas impresas en blanco y negro, anotaciones a lápiz, una cronología mínima. Irene trabaja con una concentración fría, casi quirúrgica. Tacha nombres. Rodea horas. Marca tres mensajes como relevantes.
—Esto no prueba todo —dice.
—Ya.
—Pero prueba suficiente para que Inés no entre a ciegas en la reunión.
—Eso es lo que necesitamos.
—Y esto —señala una captura— prueba que alguien de Comunicación sabía que iban a presionarla antes de hablar con Mateo.
Me vibra el móvil de nuevo, y todo mi cuerpo detrás.
CLARA:Inés está en la capilla. No sabe lo de Noa todavía. Se lo diré cuando tenga que saberlo.
Miro esa frase y noto una incomodidad inmediata.
LARA:Que no parezca una trampa.
CLARA:No lo será.
LARA:Clara.
CLARA:Lo sé. Se lo diré antes de que llegue. Pero si se lo digo demasiado pronto, saldrá corriendo a impedirlo por dignidad, pánico o ambas cosas.
No puedo discutir eso.
Puedo imaginar a Inés de pie en una capilla pequeña, con los brazos cruzados, el pelo liso sobre la blusa clara y esa cara de estar obedeciendo a todo menos a sí misma.
Puedo imaginarla diciendo “no quiero implicar a nadie” mientras cada persona a su alrededor la implica en relatos que no ha elegido.
Me dan ganas de llamarla.
No puedo.
Me ha bloqueado.
Quizá eso es lo mejor.
Quizá no hablar con ella es la única manera de no empujarla justo ahora.
Irene termina de ordenar las hojas y las mete en un sobre marrón. Escribe en la parte delantera con letra clara:
PARA INÉS ARRIAGAANTES DE LAS 17:00
Lo miro.
—Parece una amenaza.
—Parece una entrega de prácticas.
—En tu carrera eso será lo mismo.
Irene suelta una sonrisa mínima.
—Probablemente.
El móvil vibra.
NOA:Estoy saliendo. Mándame ubicación y una descripción que no suene a “lugar perfecto para ser asesinada por una monja”.
Le reenvío el plano de Clara.
LARA:Entrada lateral por calle San Justo. Capilla pequeña. Confesionario viejo al fondo. Dejas el sobre en el lateral derecho, entre un misal y una caja de velas apagadas.
NOA:Me fascina lo específica que puede ser la decadencia católica.
LARA:Noa.
NOA:Voy.
Miro la última palabra.
Voy.
Una palabra simple. Práctica. De Noa.
No tiene el dramatismo de Inés ni la rabia medida de Lara Martín en modo estúpido. No tiene el peso de San Griselmo ni la precisión de Irene. Solo dice que alguien va a cruzar una ciudad con un sobre para que otra persona pueda leer antes de decidir.
A veces ayudar debería ser así de pequeño.
A veces no lo es.
Irene me tiende el sobre.
—¿Se lo llevas tú a Noa o viene aquí?
Miro el reloj.
—Nos vemos a mitad de camino. Cuatro Caminos. Menos transbordo.
—Bien.
Cojo el sobre.
Pesa poco.
Demasiado poco para todo lo que contiene.
Me levanto. Irene guarda el portátil y me sigue hasta la salida de la biblioteca.
Al cruzar entre las mesas, varios estudiantes levantan la vista.
Ninguno sabe nada. O quizá sí. Quizá alguien ya ha visto la story, el debate, el fragmento del pasillo, mi cara en un aula que no era mía.
Quizá Madrid entero se ha convertido en una sala donde alguien siempre mira.
Fuera, el aire frío de la Politécnica me golpea la cara.
Camino rápido hacia el metro.
El móvil vibra.
CLARA:Inés ya sabe que va Noa. Me detengo en mitad de la acera.
LARA:¿Y?
La respuesta tarda.
CLARA:Está enfadada.
Cierro los ojos. Por supuesto.
CLARA:Mucho.
Abro los ojos.
La gente pasa a mi alrededor con mochilas, cascos, cafés, vidas que no dependen de una capilla pequeña ni de un sobre marrón.
LARA:Bien.
Clara responde casi al instante.
CLARA:¿Bien?
Miro hacia la boca de metro.
No sé si sonrío o si me duele la cara.
LARA:Si está enfadada, todavía está decidiendo ella.
Guardo el móvil.
Bajo las escaleras del metro con el sobre contra el pecho y la certeza incómoda de que Inés Arriaga va a odiarme un poco más por esto.
También con la sospecha, mucho peor, de que quizá es la forma más honesta que tengo ahora mismo de no dejarla sola.