CAPÍTULO 13 SALIDA DE EMERGENCIA
LARA
El mensaje de Noa llega mientras Irene guarda las capturas en su carpeta.
NOA:Inés quiere ir a la Politécnica.
—No —digo.
Irene levanta la vista.
—¿Qué pasa?
No contesto. Escribo rápido.
LARA:Que no venga.
La respuesta de Noa tarda poco.
NOA:¿Tú crees que no se lo he dicho?
Me paso una mano por el pelo y miro alrededor.
La biblioteca sigue igual: mesas largas, portátiles abiertos, apuntes subrayados, estudiantes que parecen haber renunciado a toda esperanza antes del primer parcial.
El mundo no cambia de forma cuando una mala idea empieza a correr hacia ti.
Eso siempre me ha parecido de mal gusto.
LARA:No puede salir ahora. La estarán mirando de cerca.
NOA:Bienvenida a lo que Clara lleva diciéndole diez minutos.
Irene cierra la carpeta despacio.
—¿Inés viene?
—Eso parece.
—No debería.
—Gracias. Me faltaba una opinión más para la colección.
Irene no se ofende. Tiene esa cara de persona que ha aprendido a no gastar energía en el tono de otros cuando el problema es mayor.
—Si sale de allí después del mensaje que le mandaron, la van a seguir.
—¿Quiénes?
—No lo sé.
—Esa frase empieza a cansarme.
—A mí también.
El móvil vibra otra vez.
NOA:Clara dice que la salida de servicio está cerrada.
Me quedo quieta.
NOA:Y que hay cámara.
La pantalla se me vuelve demasiado brillante. Cámara. Salida cerrada.
No es una jaula. No oficialmente. En sitios como San Griselmo nada es oficialmente una jaula. Es una recomendación. Una medida de prudencia. Una forma de protegerla. Una puerta cerrada por su bien.
Siento una rabia fría, más precisa que la de ayer.
Ayer fui a hacer una pregunta. Hoy hay una chica intentando salir por una puerta de servicio mientras una institución decide qué parte de su vida se puede usar para recomponer una imagen pública.
—Me voy —digo.
Irene se levanta a medias.
—No puedes ir a San Griselmo.
—No voy a San Griselmo.
—Si vas allí, les das exactamente lo que quieren —dice Irene—. Otra imagen. Otra story. La ingeniera apareciendo en la puerta para rescatar a Inés. Van a usarlo contra las dos.
—No voy a rescatar a nadie.
—Entonces siéntate.
No me siento. En parte porque tiene razón y en parte porque me molesta demasiado que la tenga.
Miro el mensaje de Noa. Luego la hora. Once y cincuenta y seis. A las cinco quieren meter a Inés en una sala de Comunicación y grabarla. Antes de eso alguien está moviendo audios, capturas, hojas de despacho y quizá información de Mateo.
—Necesito hablar con Clara —digo.
—¿Tienes su número?
—No. Noa sí.
Escribo.
LARA:Dile a Clara que no intente sacarla. Que no haga nada delante de cámaras. Necesito saber dónde están y quién puede verlas.
Noa responde:
NOA:Te estás poniendo en modo plano de evacuación y me da miedo admitir que te sienta bien.
LARA:Noa.
NOA:Vale, perdona, ahora pregunto.
Irene se queda mirándome.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que sé hacer.
—¿Arreglar radios antiguas? Por tu Instagram, parece tu especialidad últimamente.
—Bueno, no vas mal encaminada. Voy a buscar por dónde hace ruido.
Mientras esperamos, vuelvo a mirar la captura que me ha enseñado.
“La niña está dudando.” “Hay que hacerla grabar antes de que hable con el hermano.” “La ingeniera ha publicado story. Cuidado con ella.” Hay una violencia muy particular en esas frases: no necesitan insultar para borrar a alguien.
Inés desaparece en ellas y queda solo una función.
Una voz útil. Un problema de comunicación.
Una alumna que conviene corregir antes de que se contamine de sí misma.
Debería resultarme fácil mantener la rabia limpia. Inés hizo daño. Su vídeo sigue ahí. Sus palabras han servido a gente que quiere sentirse amable mientras deja a otros fuera. No voy a hacer de ella una víctima perfecta porque no lo es.
Pero nadie merece ser reducido a material de estrategia por la misma gente que dice protegerlo. Ni siquiera alguien que ha hecho daño.
El móvil vibra.
NOA:Están en un pasillo lateral junto al cuarto de limpieza. Clara dice que pueden volver a la biblioteca o subir por escalera interna. No quiere moverla porque cree que la directora de su residencia ya sabe que intentan salir.
Pienso. Biblioteca. Pasillo lateral. Cámara. Escalera interna. Dirección. Sala de Comunicación a las cinco.
—Necesito un plano de esa residencia —digo.
Irene frunce el ceño.
—¿Un plano?
—Sí.
—¿Crees que tengo planos de colegios mayores privados por afición?
—Tu hermana estudia allí.
—Eso no significa que tenga planos.
—Pero quizá puede conseguir el folleto de bienvenida, evacuación, normas, lo que sea.
Irene me mira un segundo. Luego abre el portátil y empieza a buscar en su correo.
Mientras Irene busca, Noa llama por teléfono.
—Dime, Noa.
—Clara está conmigo por WhatsApp. Inés está… no sé, bloqueada, pero no en el sentido de Instagram. En el sentido personal.
—¿La ha visto alguien en la salida?
—No lo sabe.
—Oye, propongo que Clara la lleve a un sitio con gente, no a un sitio aislado. Biblioteca mejor que habitación. Comedor si hay mucha gente. Nada de despachos, nada de pasillos vacíos.
—¿Eso se lo dices tú o el manual de supervivencia lésbica en internados católicos?
—Noa.
—Se lo digo.
—Y que apague el WiFi.
—¿Qué?
—El WiFi del edificio. Que use datos si tiene. Si alguien de dentro controla red o dispositivos, mejor salir del entorno.
—Estás paranoica. Me parece que has visto muchas pelis de hackers.
—Sí. Y aun así tengo razón.
Noa guarda silencio medio segundo.
—Vale.
Cuelga. Irene gira el portátil hacia mí.
—He encontrado un plano de evacuación en un PDF del manual de residentes. Es de hace dos años.
Me siento por fin.
El plano es simple, feo y probablemente incompleto.
Planta baja: vestíbulo, comedor, biblioteca, la capilla, dirección, sala de actos, patio, cocina, zona de servicio y una pequeña capilla vieja.
Hay dos salidas de emergencia y una puerta para el servicio.
Si la puerta del cuarto de limpieza está cerrada, queda la salida por cocina o la principal.
La principal es un escenario. La cocina, si existe acceso, quizá no.
—¿Tu hermana puede saber si la salida de cocina está abierta?
—No voy a meter a mi hermana en esto más de lo necesario.
—Ya está metida.
Irene me mira con dureza.
—No como Inés.
Eso me calla.
Tiene razón. La hermana de Irene no es una pieza que yo pueda mover porque me convenga. Nadie debería serlo. Ni Inés. Ni Mateo. Ni siquiera yo, aunque a veces actúe como si meterme en incendios fuera una forma de libertad.
—Perdón —digo.
Irene parpadea, sorprendida.
—Vale.
—No la metas.
—Gracias.
Me levanto otra vez y camino hasta la ventana.
Desde la segunda planta se ve parte del campus: gente cruzando, árboles desnudos, bicis atadas, un chico corriendo con una carpeta bajo el brazo.
La Politécnica no tiene la belleza asfixiante de San Griselmo.
Aquí todo es más feo, más útil, más lleno de cables visibles.
Inés quedaría fuera de lugar en esta luz.
Quizá por eso quiero verla aquí. Sin pasillos que la traduzcan.
Sin directoras y rectores. Sin aro de luz.
Solo Inés intentando decidir algo con su propia voz.
Pienso en su boca diciendo “no sabes nada de mi hermano”. Pienso en su bloqueo. Pienso en su cara cuando la story del pasillo empezó a circular. Pienso demasiado.
El móvil vibra. Noa.
NOA:Clara dice que vuelven a la biblioteca. Hay gente. Blanca no está allí. De momento.
LARA:Bien. Que se sienten cerca de otras personas. Nada de esquinas.
NOA:¿Quieres que les mande también tu número de zapato por si hay que simular un secuestro?
LARA:Noa.
NOA:Ya voy.
Irene cierra el portátil.
—Te mandaré las capturas limpias en cuanto pueda.
—Antes de las cinco.
—Lo intentaré.
—No. Antes de las cinco.
—Lara, si me presionas, me voy.
La miro.
Tiene miedo. Lo disimula con firmeza, pero lo tiene. Por su hermana. Por ella. Por lo que sea que haya visto en esos grupos. No es una fuente. Es una persona. Me lo tengo que repetir más de lo que me gustaría.
—Perdón —digo otra vez, esta vez más despacio—. Cuando puedas. Pero si es antes de las cinco, mejor.
Irene asiente.
—Hay otra cosa.
Suelto una risa seca.
—Claro.
—Mi hermana dice que la reunión de Comunicación puede no ser para grabar una respuesta.
—¿Entonces?
—Puede ser para grabar una renuncia.
Me quedo quieta.
—¿Renuncia a qué?
—A participar en actividades públicas, al canal, a una beca interna, no lo sabe. Hay rumores. Pero la frase que ha visto en el grupo es “si no reafirma, que se aparte antes de arrastrarnos”.
Si no reafirma, que se aparte. Ahí está. El castigo perfecto. Si Inés graba, la usan. Si no graba, la apartan. Si sale, la siguen. Si se queda, la moldean.
—Tengo que verla —digo.
Irene niega con la cabeza.
—No.
—No voy a San Griselmo.
—¿Entonces?
Miro el plano en el portátil.
Luego el reloj.
Luego el mensaje de Clara que Noa me ha reenviado.
—Si no puede venir a la Politécnica, necesito que al menos tenga la información sin que la directora la vea.
—¿Cómo?
Buena pregunta. Abro WhatsApp. Noa me ha pasado el contacto de Clara, aunque con un mensaje previo que dice: No hagas ninguna ‘Larada’. Ignoro esa parte.
Escribo a Clara.
LARA:Soy Lara. Oye, mejor no intentes sacar a Inés por ahora. Si creen que vais a moveros, cualquier puerta es una cámara. Necesito pasaros información antes de las cinco. ¿Hay algún sitio del edificio donde podáis recibir algo físico sin que os vean?
Tardo un segundo en enviarlo. Mi pulgar se queda quieto sobre la pantalla. Es la primera vez que voy a escribirle a alguien del cuarto de Inés desde que me bloqueó. Se siente mal. Se siente necesario. Ambas cosas pueden existir. Qué asco de madurez.
Pulso enviar.
La respuesta de Clara llega al cabo de un minuto.