CAPÍTULO 18 RESPIRO
INÉS
Diego hace la tortilla como si el mundo no estuviera intentando romperse con buenos modales.
Desde el sofá escucho el compás del tenedor batiendo los huevos, el golpe seco de un plato sobre la encimera, el chasquido del aceite ardiente al recibir la mezcla.
Mateo está en la cocina con él. Hablan bajo.
No distingo las palabras, solo el ritmo: la voz de Diego más fluida, la de Mateo más contenida, una risa breve que no llega a inundar el salón.
Hay una planta junto al ventanal con una hoja amarilla que nadie se ha molestado en arrancar. Un libro abierto boca abajo en una silla. Una manta gris doblada sobre el respaldo del sofá. Dos tazas desparejadas en la mesa baja.
Es una casa. No una institución. No una residencia universitaria. No un decorado. Es un espacio donde las cosas no están dispuestas para significar algo delante de una cámara; simplemente existen. Están ahí. Se usan. No estoy acostumbrada.
Mateo aparece en el umbral de la cocina. —¿Quieres pan?
—No hace falta.
Me clava la mirada.
—Esa frase no responde a la pregunta, Inés.
A mi pesar, sonrío.
—Sí, por favor. Gracias.
Cojo el móvil. Varios mensajes de Clara.
CLARA: Estoy bien. No me han interrogado. Consuelo me ha preguntado si sabía dónde estabas y he dicho que no con una cara bastante convincente.
CLARA: Salvatierra está buscándote con mucha calma. Eso da más miedo que si corriera.
CLARA: Cuando puedas, dime solo “viva”. No hace falta más.
Tecleo rápido:
INÉS: Viva.
La respuesta entra al segundo.
CLARA: Gracias. Ahora ya puedo volver a fingir que no estoy a punto de morder una mesa.
INÉS: Estoy en casa de Mateo.
Deslizo el dedo hacia abajo y ahí está el nombre de Lara. No hay mensajes nuevos; el último de la lista sigue siendo el mío: "No me escribas". Y su réplica: "Vale". Una sola palabra. Una puerta entornada sin dar un portazo.
La selecciono. El chat se despliega ante mí, limpio, quieto, insoportable.
Podría dejarlo estar. Debería dejarlo estar. Sería lo coherente, lo sensato, lo prudente. Pero he empezado a desconfiar seriamente de esas palabras.
INÉS: Estoy en casa de Mateo.
Lo envío antes de que me dé tiempo a fabricar una justificación más elegante.
Los tres puntos de lectura no aparecen de inmediato. El retraso me pone nerviosa de una forma absurda. Quizá está ocupada, quizá ha decidido que no piensa contestar cada vez que yo abro y cierro una compuerta según me convenga.
Finalmente, los tres puntos asoman. Desaparecen. Vuelven.
LARA: Bien.
INÉS: ¿Bien?
LARA: No porque estés bien. Porque elegiste dónde estar.
INÉS: No sé si elegí bien.
LARA: Eso suele saberse después. A veces nunca. Muy molesto para la gente que necesita conclusiones limpias.
No puedo evitarlo. Sonrío. Una sonrisa pequeña, cansada, real.
INÉS: Qué poco considerada es la realidad. LARA: Fatal. Sin edición ninguna.
Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá, dejando que el teléfono descanse contra mi pecho.
No escribo porque quiero demasiado. Quiero contarle la conversación con mi hermano, la taza de manzanilla, el abrazo sin preguntas de Diego, la advertencia de Mateo sobre no diluir su nombre en la palabra "familia". Quiero volcarlo todo.
Y que eso ocurra me asusta.
INÉS: Mateo me ha dicho que si digo "familia", vuelvo a esconderlo en una palabra grande.
Lara se toma su tiempo.
LARA: Tiene razón.
Espero que añada algo más. Una de sus observaciones incómodas, un dardo sutil para desmontarme. No lo hace. En su lugar, entra otro globo de texto:
LARA: Y duele que la tenga, supongo.
Me llevo los dedos a los labios.
INÉS: Sí.
LARA: Lo siento.
INÉS: No es culpa tuya.
LARA: No estaba pidiendo absolución. Solo lo siento.
Dejo caer el móvil sobre el muslo. Lara Martín pidiendo perdón y dando un paso atrás, sin empujar la puerta. Qué peligro tiene este cuidado tan raro que me brinda.
INÉS: Gracias por no venir.
Los tres puntos parpadean al instante. Se detienen. Insisten.
LARA: Me ha costado.
INÉS: Lo sé.
LARA: No, no lo sabes. Me he quedado sentada como una señora del siglo XIX retenida por las convenciones sociales y una radio rota.
Una risa limpia se me escapa del pecho. Mateo reaparece en la entrada del salón.
—¿Todo bien?
Levanto la cabeza con excesiva rapidez.
—Sí.
Su mirada baja un segundo hacia mis manos, que sostienen el teléfono. No hace comentarios, y eso es peor y mejor a la vez.
—La cena está en cinco minutos —avisa.
—Vale, muchas gracias.
Se retira. Vuelvo a la pantalla.
INÉS: ¿La radio funciona?
La respuesta se dilata un poco más.
LARA: A ratos.
INÉS: Quizá a ratos basta.
Esta vez, los tres puntos aparecen y desaparecen de forma errática, descompuesta.
LARA: No digas cosas así si no quieres que me porte mal.
La atmósfera del salón da un vuelco. No ha ocurrido nada, es solo texto en una pantalla de cristal, pero mi cuerpo reacciona como si Lara estuviera sentada al otro lado de la mesa, como si pudiera observar la tensión de mi boca, como si la lluvia de Chamberí siguiera cayendo entre las dos.
INÉS: Creía que estabas intentando portarte bien.
LARA: Estoy haciendo un esfuerzo histórico.
Vuelvo a reír, esta vez más bajo, con una vibración distinta. Más peligrosa. En la cocina, Diego y Mateo intercambian unas palabras; distingo el rumor de los platos y los cubiertos. Una casa en marcha.
La pantalla sigue encendida, reclamando mi atención.
INÉS: Mis padres están cerca.
Lara responde con una rapidez inusual.
LARA: ¿Quieres que deje de escribir?
Leo la pregunta tres veces. No hay un "¿quieres que vaya?", ni un "¿qué vas a hacer?", ni un "te advertí que pasaría". Tampoco me dice qué debo responderles. Solo: ¿Quieres que deje de escribir? La libertad exacta.
INÉS: No.
El impulso gana a la reflexión.
INÉS: Pero quizá no pueda contestar rápido.
LARA: No pasa nada.
Casi puedo ver el cuadro completo: el pelo corto desordenado, la mueca torcida en los labios, los dedos manchados de tinta o polvo, la radio desarmada delante de ella, fingiendo una ligereza absoluta para no añadir peso donde sabe que ya no puedo sostenerlo.
INÉS: No quiero que seas educada conmigo.
LARA: Peligrosa frase, Arriaga.
Arriaga. No Inés. Ha retrocedido medio paso de forma deliberada. Lo noto. Lo agradezco. Y, de una manera extraña, lo echo de menos.
INÉS: Tampoco quiero que seas cruel. LARA: Entonces tendré que improvisar. INÉS: Qué miedo.
Mateo entra en el salón portando dos platos humeantes.
—Tortilla —anuncia—. Diego insiste en que comas antes de que mamá intente rastrearte con tecnología satelital.
Bloqueo el teléfono por puro acto reflejo. Mateo caza el movimiento al vuelo.
—No hace falta que escondas el móvil.
—No lo estaba escondiendo.
Me sostiene la mirada.
—Inés.
—Vale. Un poco.
Deja el plato sobre la mesa de centro.
—¿Era Lara?
Podría desviar el tema, pero decido no hacerlo.
—Sí.
Mateo asiente despacio. No hay burlas, no hay comentarios punzantes sobre interferencias ni chicas que dinamitan aulas ajenas.
Solo dice:
—Come antes de enamorarte más de una persona que te discute por escrito.
El tenedor se me queda suspendido a medio camino de la boca.
—Mateo.
—¿Qué?
—No estoy...
—Yo no he dicho nada.
—Has dicho exactamente eso.
—Entonces come, así tendrás energía para negarlo con mejores argumentos.
Desde la cocina, llega la carcajada limpia de Diego. Me cubro el rostro con una mano, notando el calor abrasador en mis mejillas. Mateo se acomoda en la butaca con su plato, como si acabara de soltar la frase más cotidiana del mundo.
Por primera vez en todo el día, la vergüenza no se siente como una celda. Es solo una habitación con gente dentro.
El teléfono vibra sobre el cojín del sofá. No lo recojo de inmediato; pincho un trozo de tortilla. Está caliente, jugosa, real. Luego, miro la pantalla.
LARA: No tienes que contestar. Solo dime una cosa cuando puedas.
LARA: ¿Estás en un sitio donde puedes respirar?
Recorro el salón con la mirada. La manta gris, la carpeta de cartón cerrada, Mateo cenando sin presionarme, Diego trayendo una cesta con pan. La lluvia golpeando el cristal. Mi móvil encendido, pero despojado de su poder sobre mí.
INÉS: Sí.
La réplica llega un instante después.
LARA: Me alegro, Arriaga.
Dejo el terminal boca abajo sobre la mesa. No abro las redes sociales.
Me limito a pinchar otro trozo de tortilla mientras, en algún rincón de Chamberí, una radio vieja intenta sostener una voz en mitad del ruido.