CAPÍTULO 10 LA ESTRATEGIA #2
@madrid_estudia_22:Si quieres saberlo, mañana a las 11 en la biblioteca de la Politécnica. No vengas con Inés.
No vengas con Inés. Como si Inés y yo fuéramos un equipo. Como si Inés pudiera venir conmigo después de bloquearme.
Como si la idea de verla entrar por esta biblioteca, con su pelo liso, su abrigo correcto y esa cara de intentar no parecer fuera de lugar, no me hubiera cruzado la cabeza más veces de las convenientes desde anoche. Me odio un poco por eso.
A las once y tres aparece un nuevo mensaje.
@madrid_estudia_22:Segunda planta. Fondo. Zona de revistas. Mesa junto a la ventana.
Miro hacia las escaleras. No me muevo todavía.
Noa diría que esto es exactamente el momento en el que una protagonista con un mínimo de instinto de conservación llama a alguien.
Yo diría que, si una cuenta anónima quisiera hacerme algo, elegiría un sitio menos lleno de futuros ingenieros deprimidos.
Aun así, cojo el café, meto el móvil en el bolsillo de atrás y subo.
Segunda planta. Fondo. Zona de revistas. Mesa junto a la ventana. Hay una persona sentada allí, una chica. No la conozco de nada, o eso creo al principio.
Lleva el pelo recogido en una coleta baja, gafas redondas, un jersey marrón y un portátil abierto lleno de pegatinas de asociaciones universitarias.
No parece de San Griselmo. O quizá esa es precisamente la idea.
Tiene una carpeta sobre la mesa y un bolígrafo entre los dedos. Cuando me acerco, levanta la vista.
—Lara Martín.
No es una pregunta. Me quedo de pie frente a ella.
—Depende de quién lo pregunte.
—Soy Irene.
—Eso tampoco responde mucho.
La chica mira alrededor, incómoda.
—Siéntate, por favor.
—No hasta que me digas por qué sabes quién soy y por qué no debería darme la vuelta ahora mismo.
Irene aprieta los labios. Tiene pinta de no haber dormido.
—Porque lo que están haciendo con Inés va a ir a peor.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Inés. No “La Línea Clara”. No “Arriaga”. No “la chica del vídeo”.
Me siento.
—Habla.
Irene baja la voz.
—Yo no estudio en San Griselmo. Estudio Políticas en la Complutense.
Pero mi hermana pequeña sí. Primero de Derecho.
Está en varios grupos internos. Ayer empezó a circular lo del debate.
Luego lo del pasillo. Después el audio. Lo están moviendo desde una cuenta privada antes de subirlo a confesiones.
—¿Quién?
—No lo sé seguro.
—Entonces no sabes nada.
Me levanto un poco de la silla.
—Espera.
Irene abre la carpeta y saca una hoja doblada. La deja sobre la mesa, pero no me la entrega todavía.
—Sé que no es una alumna cualquiera. Hay cosas que solo pudo fotografiar alguien con acceso a dirección.
—¿Tienes pruebas?
Irene desliza la hoja hacia mí. No es una prueba exactamente. Es una captura impresa de un chat. Un grupo privado. No conozco los nombres, algunos están tapados. Leo fragmentos.
“BS dice que hay que cortar ya.”“La niña está dudando.”“Hay que hacerla grabar antes de que hable con el hermano.”“La ingeniera ha publicado story. Cuidado con ella.”“Si se desvía, perdemos una voz útil.”
La garganta se me seca. Una voz útil, no una persona, no una chica.
—¿BS es Beatriz Salvatierra?
—Eso dice mi hermana. En el grupo la llaman así. No sé si escribe ella directamente o si alguien repite lo que dice. Pero hay una persona de confianza de dirección pasando cosas.
—¿Por qué me lo dices a mí?
Irene baja la vista a sus manos.
—Porque mi hermana no quiere meterse. Tiene miedo de perder la plaza el año que viene. Y porque tú fuiste la única que publicó algo diciendo que lo del audio estaba mal.
—Inés también podría necesitar saberlo.
—Inés está dentro. Aella la tienen más cerca. Si se lo mando a ella, puede acabar en manos de Salvatierra en tres minutos. Si te lo mando a ti, quizá puedes hacer algo antes.
Me río una vez, sin ganas.
—¿Qué crees que puedo hacer? Me ha bloqueado.
Irene me mira por primera vez con algo parecido a curiosidad.
—¿De verdad?
—Sí.
—Vaya.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de “esto es más interesante de lo que pensaba”.
—Lo es.
—No estoy aquí para entretenerte.
—Yo tampoco estoy aquí por morbo. Estoy aquí porque esa cuenta está a punto de subir algo más.
Se me corta la risa.
—¿Qué?
Irene abre el portátil. Gira la pantalla un poco hacia mí. Hay una conversación abierta, con mensajes reenviados. No leo todos. No hace falta. Uno se queda clavado.
“Si Inés no graba hoy, soltamos lo de Mateo entero.”
Miro la pantalla. Luego a Irene.
—¿Lo de Mateo entero qué significa?
—No lo sé.
—Joder.
La palabra sale demasiado alta. Un chico de la mesa de al lado levanta la cabeza. Le devuelvo una mirada bastante efectiva y vuelve a sus apuntes.
Irene baja más la voz.
—Ayer alguien encontró un blog antiguo o un perfil público de Mateo con su pareja. Están haciendo capturas. También hay gente buscando vídeos antiguos de Inés donde hable de familia para montarlo todo junto. Si ella no responde como quieren, la cuenta va a publicar un hilo.
—¿Quiénes son “como quieren”?
—Gente del entorno de San Griselmo. No sé si para hundirla o para presionarla. Igual ambas cosas.
Me paso una mano por el pelo. Esto ya no es un incendio. Es una maquinaria.
Una parte de San Griselmo quiere usar a Inés como ejemplo de firmeza.
Otra quiere devorarla por la contradicción.
Quizá son las mismas personas cambiando de máscara según convenga.
En el centro está ella, con su blusa crema, su voz cuidada y esa frase saliéndosele en el pasillo como una vena abierta.
No sabes nada de mi hermano.
Y yo, por idiota, por justa, por rabiosa, por incapaz de dejar pasar una frase que hace daño, estoy sentada en una biblioteca intentando averiguar cómo proteger la intimidad de una chica que todavía no ha entendido del todo la intimidad de los demás.
—Necesito mandarle esto —digo.
—Te ha bloqueado.
—Ya.
—¿Tenéis alguien en común?
Pienso en Clara. La compañera de habitación. La chica que miraba desde el pasillo con cara de entender demasiado. La que Inés mencionó en el chat. La única persona dentro de San Griselmo que parecía más preocupada por Inés que por el relato.
—Tal vez.
—Hazlo rápido.
Irene vuelve a guardar las capturas en la carpeta.
—Espera —digo—. ¿Por qué tú? ¿Por qué te importa?
La pregunta la incomoda. Bien. Me gusta menos la gente cuando parece demasiado altruista.
—Mi hermana está allí —dice—. Y no quiero que aprenda que la lealtad consiste en dejar que una institución te use y luego te llame incoherente si sangras.
La frase es buena. Demasiado buena.
—¿Puedo hacer foto a las capturas?
—No.
—Entonces ¿para qué me las enseñas?
—Para que sepas que es real. Si las mueves sin tapar bien, mi hermana cae.
—Puedo tapar nombres.
—No confío en ti tanto.
—Perfecto. Yo tampoco en ti.
Irene asiente, como si eso le pareciera un inicio razonable.
—Te mandaré una versión limpia. Sin nombres. Pero solo si me prometes que no publicarás nada hasta hablar con Inés.
—No puedo hablar con Inés.
—Pues encuentra la forma.
Me levanto.
—¿Algo más?
Irene duda.
—Sí. Hay una cosa más.
Por supuesto. Nunca hay solo una cosa.
—La cuenta de confesiones no trabaja sola. Hay una persona que les pasa las stories desde dentro, pero otra las edita. Los textos, las encuestas, los fondos negros. Esa persona no está en San Griselmo.
—¿Quién es?
—No lo sé, pero usa expresiones tuyas.
Me quedo helada.
—¿Cómo?
—“Herramienta de daño concreto”. “No confundáis señalar daño con fabricar espectáculo”. “Buena luz a una frontera”. Cosas así. Alguien está mezclando tu lenguaje con el de Inés para hacerlo más viral.
La silla cruje cuando me apoyo en ella.
—¿Estás diciendo que alguien intenta que parezca cosa mía?
—Estoy diciendo que, si esto sigue, mucha gente va a creerlo.
Miro la biblioteca. Las mesas largas, los portátiles, la gente subrayando como si el mundo fuera todavía una cosa que se aprueba o se suspende. Me parece absurdo que todo siga tan normal.
Mi móvil vibra. Noa. No lo miro. Vuelve a vibrar. Otra vez. Y otra. Lo saco.
NOA:Lara, acaba de escribirme una tal Clara.
Debajo, otro mensaje.
NOA:Dice que Inés ha visto algo en el despacho y que no está bien.
Otro.
NOA:Y pregunta si sabes cómo contactar contigo sin que quede rastro en Instagram.
El cuerpo se me queda quieto. Clara. Inés. Sin rastro. Irene me observa.
—Parece que has encontrado la forma.
El móvil vibra de nuevo. Esta vez es un número desconocido. Mensaje normal. SMS.
Soy Clara. Inés no sabe que te escribo. No vengas a San Griselmo. Repito: no vengas. Pero si sabes algo de la filtración, necesitamos hablar antes de las cinco. Después será tarde.
Leo la última frase dos veces. Levanto la vista hacia el reloj de la biblioteca. Once y veintiséis.
Tengo cinco horas y treinta y cuatro minutos para entrar en la vida de una chica que me ha bloqueado, sin ir a buscarla, sin publicar nada, sin quemar a la hermana de Irene, sin darle más material a una cuenta anónima y sin admitir que la razón por la que me tiembla el pulso no es solo política.
Guardo el móvil.
—Tengo que irme.
Irene asiente.
—Lara.
Me detengo.
—Si decides ayudarla, no olvides que ella también hizo daño.
La miro.
—No lo he olvidado.
Y es verdad. No lo he olvidado. El problema es que tampoco puedo olvidar su cara.