CAPÍTULO 10 LA ESTRATEGIA
INÉS
No grabo el vídeo. Durante veinte minutos me siento delante del aro de luz apagado con la hoja sobre la mesa y el móvil boca abajo.
Clara está a mi lado, intentando estudiar.
De alguna forma, su presencia me calma. Como si en el fondo no hubiera pasado nada extraordinario, porque los exámenes siguen, por la vida no se detiene.
Me siento en la cama y vuelvo a coger el móvil. Tengo demasiadas notificaciones.
Lara ha publicado algo. Dice que discutir un vídeo público es legítimo, pero usar mi intimidad familiar como entretenimiento no.
—Ha puesto una story —digo.
Clara se acerca despacio.
—¿Lara?
Asiento.
—¿Qué decía?
Le enseño la pantalla. Clara lee en silencio.
—Está bien.
Aprieto el móvil, y de pronto vibra en mi mano.
Mi madre. Esta vez contesto porque no hacerlo sería alargar una condena.
—Mamá.
—Inés, cariño, por fin. ¿Estás bien? ¿Qué está pasando?
Su voz tiene ese tono de preocupación que siempre viene mezclado con alarma social. No pregunta solo por mí. Pregunta por lo que de mí está viendo la gente.
—Ha habido una filtración de una cuenta anónima.
—Ya lo hemos visto. Tu padre está muy disgustado.
—Estoy intentando gestionarlo.
—Doña Beatriz me ha escrito. Dice que está acompañándote.
Miro la hoja sobre la mesa.
—Sí.
—Menos mal. Esa mujer sabe mucho de estas cosas. Tienes que dejarte aconsejar, Inés. Ahora no puedes improvisar. Hay que cortar esto antes de que se malinterprete más.
—Mamá, ¿Mateo te ha llamado?
—No, que yo sepa.
—Me ha llamado a mí.
—Ah.
Ese “ah” no es una sílaba. Es una persiana bajando.
—Quería hablar antes de que grabara nada.
—Inés, tu hermano siempre ha tenido mucha facilidad para aparecer cuando le conviene. No digo que lo haga con mala intención.
Eso es lo peor de mi madre. Casi nunca dice que alguien actúa con mala intención. Solo deja la sospecha envuelta en voz suave.
—Está preocupado, creo que es normal.
—Todos estamos preocupados por ti. Cariño, ahora mismo tienes que proteger lo que has construido. Has trabajado mucho. No dejes que una chica que ni siquiera conoces te arrastre a una confusión pública.
Una chica que ni siquiera conoces. Su imagen ahora aparece más nítida. Lara en el pasillo, la mandíbula tensa. Diciéndome que soy peligrosa. Mirándome la boca durante una fracción de segundo que mi memoria debería haber borrado por decencia y no ha borrado.
—No me ha arrastrado nadie —digo.
La frase sale baja, pero firme.
Mi madre suspira al otro lado. Conozco bien esos silencios.
—Inés, por favor. No hagas de esto una rebeldía. Tú no eres así.
Tú no eres así. La frase encuentra un lugar antiguo.
Yo no era muchas cosas. No era conflictiva.
No era vulgar. No era de las que gritaban.
No era de las que dudaban en público. No era de las que se equivocaban de lado.
No era de las que miraban a chicas de pelo corto en pasillos de piedra con rabia y otra cosa que no tenía nombre permitido.
—Tengo que colgar —digo.
—¿Vas a grabar el vídeo?
Miro el aro de luz.
—No lo sé.
—Inés.
—¡He dicho que no lo sé!
De pronto me veo alterada, contestando con una fuerza que ni siento mía.
Cuelgo. No espero a que me dé permiso. Durante varios segundos no pasa nada. Luego me doy cuenta de que tengo la mano temblando.
—Necesito salir de esta habitación —digo.
—Buena idea, ¿quieres que te acompañe?
—No, tranquila, tengo que pensar.
Dudo. Entonces asiento.
—Sí, porfa, acompáñame.
La biblioteca del colegio mayor está en la planta baja, al final de un pasillo donde el suelo cruje de una forma educada.
Tiene lámparas verdes, mesas de roble, estanterías con libros que casi nadie toca y un silencio denso, fabricado.
Al entrar, tres chicas levantan la vista.
Una la baja enseguida. Otra no. La tercera me sonríe con compasión, que es una de las formas más irritantes de la superioridad.
Me siento al fondo, junto a una ventana que da al patio interior. Clara se queda a mi lado, aunque abre un libro y hace como si hubiera bajado a estudiar. Yo saco el cuaderno de titulares.
La primera página libre parece demasiado blanca.
Escribo:
La claridad también es permanecer firme.
Me quedo mirando la frase. Luego escribo debajo:
¿Y si permanecer firme es solo otra forma de no vivir?
La pregunta me da miedo. La tapo con la mano cuando una chica pasa cerca de la mesa.
Clara lo ve.
—Nadie puede leerte desde allí.
—No lo sabes.
—Inés, no estás en una película de espías católicas.
Sonrío por dentro, pero estoy demasiado tensa para dejarlo salir. Abro Instagram en el navegador del portátil. La cuenta de confesiones sigue activa. Ha subido más respuestas de gente. Algunas son chistes. Otras, especulaciones. Otras, cosas peores.
Un comentario me deja helada:
Si tiene un hermano gay, ahora se entiende todo. El canal es trauma con aro de luz.
Trauma con aro de luz. Cierro el portátil. No lo bastante rápido para que Clara no lo vea.
—No leas más, en serio.
—No puedo no leer.
—Sí puedes. Lo que te va a costar es leer y no responder.
El móvil vibra. Mensaje de Mateo.
Mateo:No tienes que responderme ahora. Solo quería decirte que Diego ha visto la filtración y está bastante enfadado. No contigo solamente. Y no te lo digo para hacerte daño, solo quiero que lo sepas, que seas consciente. Cuídate, por favor.
Diego. El nombre aparece como una persona real entrando en una habitación en la que yo solo había dejado entrar ideas.
Diego enfadado. Diego viendo una story donde mi voz decía hermano como si Mateo fuera una grieta de mi relato.
Diego quizá preguntándole a Mateo por qué insiste en escribirme.
Diego existiendo en una vida que yo no he querido mirar.
Me llevo una mano al pecho. Clara lee el mensaje por encima con mi permiso silencioso.
—Inés.
—No digas nada.
—Vale.
Pero me toca la muñeca. Eso dice bastante. Abro una respuesta a Mateo. No sé qué escribir.
Lo siento.
Demasiado pequeño.
No quería que salieras perjudicado en esto.
Evidente.
No sé qué hacer.
Demasiado desnudo. Me quedo mirando el cursor hasta que una sombra cae sobre la mesa.
—Inés.
Levanto la vista. Blanca, la directora del colegio mayor, está de pie con una sonrisa, esperando a hablar conmigo.
—He hablado con Beatriz Salvatierra sobre tu situación. No te preocupes, Inés, tenemos pensado el mensaje perfecto que resuelva todo esto.
En San Griselmo todas las fuerzas de poder están conectadas, y claramente piensan que yo tengo el poder de desestabilizarlas.
Me alarga un folio con un texto. Lo miro. No leo todo. Solo las primeras líneas.
En las últimas horas se ha intentado convertir una conversación privada y dolorosa en arma arrojadiza.
No voy a entrar en provocaciones ni a permitir que se use a mi familia para cuestionar mis convicciones.
Precisamente porque amo a mi familia, sigo creyendo que hay verdades que no dependen de la presión emocional del momento.
Mi estómago se cierra.
—Gracias Blanca, vale, me lo voy a pensar.
La directora me mira en silencio, su sonrisa sigue intacta.
—Sí, pero recuerda que es importante no alargar mucho todo esto. Las personas radicales en redes suelen aprovechar para sembrar más cizaña. Hay que callarles pronto, por tu bien y el de tu familia, Inés.
La biblioteca entera parece escuchar, aunque nadie levanta la cabeza. Mi móvil vibra sobre la mesa. Una notificación nueva. Blanca hace amago de retirarse, pero se queda quieta un momento. Antes de darme cuenta, desbloqueo y leo.
Un mensaje nuevo de una cuenta que no conozco.
@madrid_estudia_22:Si quieres saber quién filtra cosas de San Griselmo, mañana a las 11 en la biblioteca de la Politécnica. Lara también lo sabe.
Me quedo helada. El mensaje no solo acaba de llegarme. También lo acaba de leer Blanca. Las paredes de este lugar cada vez me asfixian más.
CAPÍTULO 11: LA BIBLIOTECA DE LA POLITÉCNICA
LARA
A las diez y cuarenta y siete estoy delante de la biblioteca de la Politécnica con un café que no quiero y una mala decisión en el bolsillo.
La mala decisión es venir. El café es una coartada.
La mañana está gris, con esa luz plana de Madrid que convierte todos los edificios universitarios en versiones más cansadas de sí mismos.
Alrededor, la gente entra y sale con mochilas enormes, cascos, carpetas, termos, sueño acumulado y esa expresión de lunes moral que tenemos quienes estudiamos carreras diseñadas para comernos las ganas de vivir por entregas.
Hay grupos sentados en los bordillos, alguien fumando junto a una papelera, dos chicos discutiendo sobre una práctica y una chica con bata de laboratorio atravesando la puerta con una manzana en la boca.
Todo esto debería tranquilizarme. Es mi territorio. Mesas largas, enchufes peleados, luz fría, gente que no mira demasiado porque ya tiene bastante con sobrevivir a sus propios apuntes.
Sin embargo, no consigo dejar de mirar hacia la entrada. Noa me ha enviado seis mensajes desde que salí de casa.
NOA:No vayas sola.
NOA:Obviamente vas a ir sola.
NOA:Comparte ubicación, heroína de mercadillo.
NOA:Si te secuestran monjas de San Griselmo no pienso negociar sin café.
NOA:Lara.
NOA:Te odio.
Le compartí ubicación después del cuarto mensaje, no por obediencia, sino porque Noa enfadada tiene más memoria que cualquier policía.
Luego me llamó Rosario y decidí no cogerlo porque explicar a mi abuela que voy a reunirme con una cuenta anónima para investigar una filtración relacionada con una chica católica que me ha bloqueado en Instagram excedía incluso mis capacidades de síntesis.
Guardo el móvil y entro en la biblioteca.
El aire cambia de golpe: calefacción alta, papel, café clandestino, plástico de carpetas, silencio de teclados.
Paso por el control, subo a la primera planta y me siento en una mesa lateral desde la que puedo ver la entrada y parte de las escaleras. A las once en punto, abro Instagram.
El mensaje de la cuenta sigue ahí.