Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) CAPÍTULO 9 12 SEGUNDOS
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CAPÍTULO 9 12 SEGUNDOS

LARA

Escucho el audio tres veces. La primera basta para entender el daño. La segunda, para comprobar que no hay trampa técnica. La tercera, porque soy imbécil y a veces mi cerebro insiste en tocar el cable que acaba de darle corriente.

Doce segundos. Eso es todo lo que han necesitado. Mi voz diciendo que Inés es peligrosa. La suya diciendo que no sé nada de su hermano. Fuera de contexto suena peor.

Noa está de pie a mi lado, con los brazos cruzados y esa cara de cuando quiere reñirme y abrazarme a la vez. El portátil sigue abierto en la mesa, la cuenta de confesiones cargada en pantalla, el audio repitiéndose en mi cabeza aunque ya lo he pausado.

—No vuelvas a reproducirlo —dice Noa.

—Estoy intentando saber desde dónde lo grabaron.

—Lo grabaron desde un móvil, Lara. Desde el pasillo. Desde cerca. Desde alguien con demasiadas ganas de hacer daño. Ya está.

—No es lo mismo si fue Clara, si fue alguien de dirección, si fue una alumna…

Noa me corta con una mirada.

—No fue Clara.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. Lo estás diciendo como hipótesis porque te estás agarrando a cualquier variable para no mirar lo obvio.

—¿Y qué es lo obvio?

—Que te has metido en una institución que sabe fabricar culpa mejor que tú fabricas respuestas.

Me quedo callada. Eso me molesta porque es exacto.

San Griselmo no funciona como una cuenta random de internet.

Es peor. Una cuenta anónima se esconde por cobardía.

San Griselmo se esconde dentro de la elegancia.

Hace que todo parezca inevitable, correcto, casi educativo.

Primero graba. Luego filtra. Después llama a eso prudencia, reputación, coherencia.

Al final alguien como Inés acaba sentada delante de una hoja con tres frases limpias, intentando reconocerse en ellas por pura presión.

Miro el chat bloqueado. No puedo escribirle. Lo intento otra vez, como si la tecnología pudiera apiadarse de mí por insistencia.

No se pudo enviar. Toca para reintentar.

La frase parece escrita por alguien con un sentido del humor pésimo.

—Déjala —dice Noa.

—No puedo.

—Te ha bloqueado.

—Precisamente.

—Lara.

—Han filtrado lo de su hermano.

—Sí.

—Por mi culpa.

—No.

La miro.

—Noa.

—No. Tu pregunta fue dura. Tu comentario fue duro. Lo del pasillo fue una bomba con las dos sosteniendo el mechero. Pero tú no grabaste. Tú no subiste. Tú no decidiste convertir su hermano en carnaza.

—Si yo no hubiera ido…

—Si ella no hubiera publicado el vídeo. Si San Griselmo no fuera una trituradora. Si la cuenta de confesiones no existiera. Si todo el mundo fuese mejor persona. Podemos estar así hasta mañana y no arreglar nada.

Noa coge mi móvil de la mesa y lo aparta unos centímetros.

—Ahora piensa. Sin hacerte la heroína.

—No me hago la heroína.

—Te conozco. Tienes cara de “voy a cargarme el sistema desde dentro” y todavía no has comido.

Me siento en el sofá. La adrenalina empieza a bajar y deja debajo algo más feo: culpa, rabia, una preocupación que no tengo derecho a sentir con tanta fuerza.

Hace dos días Inés era un vídeo en mi pantalla.

Una chica impecable diciendo cosas que me revolvían el estómago.

Hace unas horas era una contrincante en un debate público, una voz que necesitaba ser interrumpida.

Ahora es una persona bloqueándome mientras su hermano se convierte en rumor.

Cojo el móvil otra vez. La cuenta de confesiones ha subido otra story. Fondo negro. Letras blancas.

La pregunta real: si La Línea Clara tiene un hermano gay, ¿por qué habla como habla?

Se me queda el pecho cerrado. La siguiente story es una encuesta.

¿Hipocresía o trauma familiar?

HipocresíaTrauma

—No —digo.

Noa se acerca.

—Joder.

No. Esto no. Me levanto tan rápido que la radio de Rosario vibra sobre la mesa.

—Me voy.

—¿A dónde?

—A San Griselmo.

—Ni de coña.

—Noa.

—No vas a presentarte allí como una caballera andante con sudadera a salvar a la chica que te ha bloqueado.

—No voy a salvarla.

—¿Entonces?

—Voy a buscar a quien está subiendo esto.

Noa se pone de pie.

—¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Llamando puerta por puerta a todas las niñas con coleta y trauma institucional?

—Alguien grabó el audio desde cerca. Alguien está filtrando cosas del despacho. Alguien tiene acceso.

—Y tú no tienes acceso a nada salvo a tu propia impulsividad.

—Puedo entrar. El edificio tiene actividades. Hay gente entrando y saliendo.

—Lara, escúchate. Esto ya no es una discusión en comentarios. Si vas allí ahora y alguien te graba, van a tener otra story. Otra encuesta. Otro audio. Y esta vez se la vas a poner tú en bandeja.

Tiene razón. Otra vez. La odio un poco por ello.

Me dejo caer de nuevo en el sofá y abro el perfil de Inés.

Me deja verlo. Me ha bloqueado en mensajes, no en todo.

La última publicación sigue siendo el vídeo del matrimonio.

Los comentarios se han multiplicado. Algunos hablan de la filtración.

Otros preguntan por el hermano. Otros la defienden. Otros se ríen.

Me fijo en uno.

Si tiene un hermano gay y aun así defiende la familia, más mérito. La verdad duele.

De pronto entiendo algo con una claridad fría: si Inés graba la respuesta de Salvatierra ahora, algunos de esos comentarios van a aplaudir más. Van a convertir su hermano en prueba. Van a usarlo para reforzar justo lo que más puede herirlo.

No puedo escribirle a Inés. Pero puedo escribir algo que ella vea.

—Voy a publicar otra story —digo.

Noa cierra los ojos.

—Dios.

—Y me la vas a revisar.

—Eso reduce el riesgo de tragedia, pero no lo elimina.

—Lo sé.

Abro notas.

No quiero defender a Inés. No exactamente.

No quiero suavizar lo que hizo. No quiero que nadie olvide que su vídeo sigue ahí, perfecto, peligroso, con miles de reproducciones y comentarios de gente buscando argumentos para sentirse decente mientras deja fuera a otros.

Pero tampoco quiero permitir que la cuenta de confesiones convierta a su hermano en contenido. Hay un límite. Incluso en una pelea.

Escribo:

Una cosa es discutir un vídeo público. Otra es usar el hermano de alguien como encuesta anónima. Que una persona tenga un discurso cuestionable no convierte su intimidad familiar en entretenimiento. Borrad el audio.

Noa lee.

—Está bien.

—¿Solo bien?

—Está sorprendentemente bien para alguien que hace veinte minutos quería asaltar una institución.

—Gracias.

—Quita “discurso cuestionable”.

—¿Por qué?

—Suena flojo. Tú no piensas que sea cuestionable. Piensas que hace daño.

Tiene razón. Cambio la frase.

Que una persona haya publicado algo que hace daño no convierte su intimidad familiar en entretenimiento.

Noa asiente.

—Mejor.

Publico. La story sale. Visualizaciones. Más visualizaciones. Respuestas.

Algunas me apoyan. Otras me llaman intensa. Una cuenta me escribe que estoy defendiendo a una homófoba. Otra me dice que “ahora la ingeniera se nos enamoró”. Bloqueo esa sin contestar porque si contesto acabo perdiendo lo poco que queda de dignidad en Madrid.

Noa vuelve a la mesa y recoge platos que ni recordaba haber usado.

—Rosario te va a preguntar por qué tienes esa cara.

—No voy a verla hoy.

—Te ha llamado dos veces.

Miro el registro. Es verdad. Dos llamadas perdidas de mi abuela.

—Mierda.

La llamo. Contesta al segundo tono.

—¿Estás viva?

—Hola, abuela.

—¿Cómo estás? ¿Has comido?

Noa, desde la cocina, levanta un pulgar. Traición doméstica.

—Estoy liada —digo.

—¿Con la radio?

—No exactamente.

—¿Con la chica complicada?

No contesto. Rosario suspira.

—Ay, hija.

—No es lo que piensas.

—No sé lo que pienso. Estoy esperando a que me des material.

—Es una chica que publica cosas que me parecen mal.

—Eso ya me lo dijiste.

—Y ahora la están machacando por algo privado.

—¿Y tú qué has hecho?

La pregunta no suena acusatoria. Suena práctica. Como cuando me pregunta si he apagado el horno o si he llevado paraguas.

—He publicado algo para que paren.

—Bien.

—No sé si sirve de algo.

—A veces las cosas buenas no sirven enseguida. Pero hay que hacerlas igual.

Me quedo callada. Mi abuela tiene el don de decir frases sencillas que, en otra persona, sonarían a taza de Mr. Wonderful. En ella suenan a cocina, a manos lavadas en agua caliente, a alguien que ha visto más vida que discursos.

—Abuela.

—Qué.

—Si una persona dice cosas que hacen daño, pero luego le hacen daño a ella… ¿qué se supone que haces?

Rosario tarda un poco. Oigo algo de fondo, quizá la tele baja.

—Hija, que alguien se haya equivocado no te obliga a alegrarte cuando le pisan el pie.

Me froto los ojos.

—Ya.

—Y que te dé pena no significa que tengas que casarte con ella.

—Abuela.

—Qué. Hablo en general.

Noa, que oye parte de la conversación, se tapa la boca para no reírse.

—No me voy a casar con nadie.

—Mejor. Primero arréglame la radio.

Sonrío sin ganas.

—Estoy en ello.

—Pues come. Y no te metas donde no puedas salir sin romperte algo.

La llamada termina con un beso y una amenaza de táper. Me quedo unos segundos con el móvil en la mano. Noa se sienta enfrente, más suave.

—Rosario es mi personaje favorito.

—Tú no eres lectora de mi vida.

—A veces me siento público cautivo.

La story sigue moviéndose. Abro la lista de visualizaciones sin querer. Y ahí está.

@lalineaclara

Inés la ha visto. No sé cómo, si me ha bloqueado los mensajes. Quizá el bloqueo no impide ver stories, o quizá me desbloqueó un segundo, o quizá Instagram es una máquina diseñada por gente que odia la paz mental.

Mi corazón hace una cosa absurda.

—La ha visto —digo.

Noa se acerca.

—¿Inés?

Asiento.

Durante unos segundos, eso me basta. Luego llega una notificación nueva. Es de una cuenta privada, sin foto de perfil, con un nombre genérico: @madrid_estudia_22.

Mensaje directo.

Sé quién está pasando cosas a confesiones. No es una alumna.

Me quedo quieta. Noa lee por encima de mi hombro.

—No contestes todavía.

El mensaje continúa.

Si quieres saberlo, mañana a las 11 en la biblioteca de la Politécnica. No vengas con Inés.

Miro la pantalla. Biblioteca de la Politécnica. No vengas con Inés. Alguien dentro de San Griselmo está filtrando. Alguien fuera quiere hablar conmigo.

No es que haya entrado en el mundo de Inés. Es que alguien me está abriendo una puerta para arrastrarnos a las dos.