Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) CAPÍTULO 8 PERMANECER FIRME
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CAPÍTULO 8 PERMANECER FIRME

INÉS

La hoja de doña Beatriz pesa más que el móvil.

Eso no tiene sentido. El móvil contiene la story, los mensajes, la cuenta de confesiones, el vídeo borroso del pasillo y la encuesta que sigue acumulando votos.

La hoja solo tiene un título y tres ideas escritas con una elegancia administrativa casi perfecta.

Aun así, cuando Clara me la devuelve, me cuesta sostenerla sin doblarla.

La claridad también es permanecer firme.

La frase parece mía. Eso es lo peor. Podría haberla escrito yo.

Podría haberla dicho mirando a cámara, con el pelo liso sobre los hombros y una blusa clara, después de una pausa medida.

Mis seguidoras habrían comentado que necesitaban escuchar algo así.

Mi madre habría mandado corazones. Mi padre quizá habría dicho bien, con esa sobriedad suya que a veces vale más que un abrazo.

Doña Beatriz habría sonreído desde algún despacho lleno de madera oscura, satisfecha de haber colocado otra pieza en su sitio.

Y, sin embargo, ahora la frase me da náuseas.

Clara y yo estamos en la habitación. Yo sentada, abrazando mis piernas. Ella está mirando el móvil.

—Porfa, Clara, avísame si ves algo. Yo no tengo fuerzas, en serio.

Me siento en la cama. La carpeta queda sobre mis rodillas. El aro de luz sigue montado en la mesa, apagado, esperándome como un ojo negro.

De repente veo que mira algo, aprieta la mandíbula y no dice nada.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada que necesites leer ahora.

—Eso significa que es malo.

—No, tranquila, no te preocupes.

Se me cierra la garganta.

—Tengo que llamar a mi hermano. Pero si lo llamo ahora, no voy a saber qué decir.

—Entonces empieza por ahí. Está claro que quiere hablar contigo.

Cojo mi móvil. Vuelvo al chat de mi hermano y leo otra vez.

Mateo:Perdona. No sabía si llamar. He visto lo del debate. Me gustaría hablar contigo antes de que publiques nada más.

No me dice que no publique, eso es lo que más me sorprende. Pulso llamar. El tono empieza.

En el cuarto, Clara se queda inmóvil, como si también ella estuviera esperando una sentencia.

Mateo contesta al cuarto tono.

—Inés.

Mi nombre en su voz me desarma de una forma muy distinta a como lo hace Lara. Con Lara mi nombre suena a desafío. Con Mateo suena a casa cerrada, a piano detenido, a algo que estuvo ahí antes de que yo aprendiera a defenderme.

—Hola.

—¿Estás bien?

Cierro los ojos. Esa pregunta. Otra vez. Todo el mundo quiere saber si estoy bien cuando lo que debería importar es otra cosa.

—No lo sé.

Clara me mira. Mateo tarda un segundo en responder.

—Vale.

Vale. No me pide una explicación inmediata. No rellena el silencio. No usa mi duda contra mí. Solo la deja estar.

—He visto un fragmento del debate —dice al fin—. No entero. Me lo mandaron.

Me arde la cara.

—Ya.

—También he visto una story del pasillo.

Abro los ojos.

—No era… No estaba pasando nada.

La frase sale automática, demasiado rápida, demasiado conocida. Mateo no contesta enseguida. Cuando lo hace, su voz sigue siendo suave.

—No te he preguntado eso.

Me llevo una mano a la frente. Clara baja la vista, como si quisiera darnos intimidad dentro de la misma habitación.

—Lo sé.

—Te llamaba por lo otro. Por la pregunta que te hicieron.

Por Lara. Lara en el aula. Lara sosteniendo el micrófono. Lara diciendo hermano sin saber que estaba poniendo una mano sobre una cicatriz con nombre.

—Fue una pregunta provocadora y calculada —digo.

—También era una buena pregunta, Inés.

Me duele porque lo dice él. Si lo hubiera dicho Lara, me habría defendido.

—No llamaba para atacarte —añade—. De verdad.

—Ya.

—Pero me asusta que grabes ahora algo para evitar el escándalo y que lo empeore todo. Prefería hablarlo contigo.

Miro el aro apagado. La hoja sobre mis rodillas.

—La directora de San Griselmo quiere que grabe una respuesta.

—Me lo imaginaba.

—¿Cómo?

Mateo suelta una risa breve. Sin alegría.

—Inés, no he vivido en San Griselmo, pero he vivido en nuestra familia. Sé reconocer una frase preparada para que alguien vuelva a su sitio.

La frase me alcanza con precisión. Vuelva a su sitio. Mi sitio. El de hija correcta. El de hermana que no remueve. El de alumna serena. El de chica joven necesaria. El de voz pública coherente bajo amparo institucional.

—No sé cuál es mi sitio —digo.

Clara levanta la cabeza. Mateo guarda silencio. Yo también. Acabo de decirlo.

—Bueno —dice él, despacio—. Eso ya es más honesto que muchos de tus vídeos.

Me río, porque si no lo hago, quizá lloro.

—Eso ha sido duro.

—Sí.

—Supongo que merecido.

—No estoy buscando que merezcas nada.

Esa frase me descoloca más que cualquier reproche. Mis padres hablan mucho de merecer: merecer oportunidades, merecer confianza, merecer respeto, merecer consecuencias. Mateo parece haber salido de ese idioma.

—Solo quería pedirte algo —dice.

—Dime.

—Si vas a hablar de familia, acuérdate de que yo también soy familia.

No puedo responder. El pecho me duele como si alguien hubiera apretado una mano por dentro.

Mateo continúa, con cuidado.

—Y si vas a hablar de daño, no hace falta que hables de mí. No quiero salir en tus vídeos. Pero no hables como si no supieras que alguien puede estar escuchando desde el otro lado.

El otro lado. Miro la hoja.

La familia no debe redefinirse desde la presión emocional.

Mi hermano al otro lado. Lara al otro lado. Nerea, aunque no conozca su cara, al otro lado.

—Lo siento —digo.

La frase sale antes de poder vestirla. Mateo respira, se queda callado. Después contesta:

—Gracias.

—Tengo que pensar qué hacer —digo.

—Piensa antes de publicar.

—Sí.

—Y, Inés…

—¿Sí?

—No dejes que San Griselmo piense por ti.

La llamada termina unos minutos después, con una torpeza amable. Quedamos en vernos el lunes. O el martes. Él dice que sin prisa, aunque su voz suena como si lleváramos años llegando tarde.

Cuando cuelgo, me quedo quieta. Pero antes de que pueda reaccionar, el móvil vibra de nuevo. Mi cuerpo se tensa.

—No mires —dice Clara.

Pero miro. Es Instagram. Una notificación de la cuenta de confesiones.

@san_griselmo_confesiones ha publicado una nueva story.

Clara maldice por lo bajo. Abro la story. Fondo negro. Letras blancas.

La respuesta de La Línea Clara ya tiene título. Pero quizá lo interesante no es lo que va a decir. Es lo que dijo cuando creyó que nadie grababa.

No entiendo. La siguiente story carga. Un icono de audio. Doce segundos. Clara se acerca.

—Inés, espera.

Pulso. Primero se oye ruido de pasillo. Voces lejanas. Pasos. Después una voz. La de Lara.

—Tú eres peligrosa.

Mi respiración se detiene. Luego se oye mi voz.

—No sabes nada de mi hermano.

Silencio. Lara otra vez, más baja.

—Entonces quizá no deberías publicar como si supieras tanto de los hermanos de los demás.

El audio termina. Durante un segundo no hay nada. Ni habitación, ni Clara, ni San Griselmo, ni hoja de Salvatierra.

Solo mi voz diciendo hermano. Mi hermano. En una cuenta anónima. Clara me quita el móvil de las manos, pero ya es tarde.

La story sigue cargando respuestas. Una tras otra. Caritas. Signos de exclamación. Mensajes que no alcanzo a leer.

Mi secreto no era un secreto completo. Lo sabía mi familia. Lo sabía Clara. Lo sabían algunos silencios.

Ahora lo tiene San Griselmo en la boca.

El móvil de Clara vibra. Luego el mío. Luego otra vez el de Clara. El edificio entero parece empezar a sonar a la vez.

Y entonces entra un mensaje nuevo en mi pantalla. De doña Beatriz.

Beatriz Salvatierra:No grabe nada todavía. Esto requiere otra estrategia.

Me quedo mirando la frase. Acabo de darme cuenta, por primera vez, de que San Griselmo no quiere rescatarme. Quiere decidir qué parte de mí puede sobrevivir.