CAPÍTULO 6 LA SALA DE ESPERA
INÉS
Bloqueo a Lara antes de entrar en el despacho de doña Beatriz Salvatierra.
No lo pienso demasiado. Si lo pienso, no lo hago.
Pulso su nombre, busco la opción, confirmo y dejo la pantalla apagada contra la palma de mi mano. Durante un segundo siento una tranquilidad que necesitaba. Ya está. Puerta cerrada. Ruido fuera. Control recuperado.
Luego recuerdo la story. El vídeo del aula. El vídeo del pasillo. Mi cuerpo demasiado cerca del suyo. La encuesta.
El pasillo de dirección huele a madera encerada, papel viejo y perfume caro.
Hay una alfombra azul oscuro que amortigua los pasos, retratos de antiguos directores enmarcados en dorado y una vitrina con fotografías de promociones anteriores: chicos sonriendo en jardines, chicos en actos académicos, chicos recibiendo premios, chicos aprendiendo desde muy pronto a parecer agradecidos por estar donde están.
San Griselmo no tiene hambre de escándalo. Eso sería vulgar. Aquí se busca la corrección. Versiones oficiales, pequeñas piezas que puedan encajar en un relato antes de que alguien las nombre de otra manera. Y ahora yo soy una pieza mal colocada.
La puerta se abre.
Doña Beatriz Salvatierra aparece con su chaqueta verde oscuro, un collar de perlas pequeñas y esa sonrisa que nunca llega tarde porque nunca improvisa.
—Inés.
—Doña Beatriz.
La directora me indica el sillón de enfrente.
—Siéntese.
Me siento con la espalda recta, el móvil dentro del bolso y las manos sobre las rodillas. Las siento frías.
Ella cierra la puerta. El clic del picaporte suena demasiado definitivo.
—Antes de nada —dice mientras vuelve a su mesa—, quiero que sepa que su moderación ha sido correcta. Muy correcta.
—Gracias.
—No era una situación fácil.
—No.
—Y usted, en público, ha sabido mantener la serenidad.
En público. La expresión queda suspendida entre las dos como una copa llena hasta el borde.
Doña Beatriz se sienta. No mira la pantalla del ordenador. No necesita hacerlo. Tiene la escena entera en la cabeza, seguramente con mejor encuadre que la story.
—Imagino que ya ha visto lo que circula.
—Sí.
—Una cuenta de confesiones. Qué herramienta tan desagradable.
—No sé quién lo ha subido.
—No he dicho que lo supiera.
Bajo la mirada medio segundo. Cuando vuelvo a levantarla, Salvatierra me observa con esa suavidad depredadora de las personas que no levantan la voz porque saben que el silencio trabaja para ellas.
—Inés, usted tiene una voz pública.
Asiento.
—Una voz que San Griselmo ha apoyado porque la considera madura, necesaria y coherente con una forma de estar en el mundo.
La palabra coherente me aprieta la garganta.
—Lo sé.
—Entonces comprenderá que ciertas imágenes, aunque no muestren nada en particular, generan interpretaciones.
—No estaba pasando nada.
La frase sale demasiado rápido.
Doña Beatriz inclina apenas la cabeza.
—No le he preguntado qué estaba pasando.
Aprieto los dedos contra la falda.
—Lara Martín vino al debate y formuló una pregunta provocadora. Después la seguí al pasillo para responder. Eso es todo.
—Lara Martín.
Dice su nombre con cuidado. Como si tuviera bordes.
—Estudia Ingeniería —añado, no sé por qué.
—Sí, eso ha dicho en público. También ha dejado comentarios bastante incisivos bajo su vídeo.
Mi pecho se contrae.
—¿Ha visto mi vídeo?
—Por supuesto.
Por supuesto. En San Griselmo todo lo que una hace acaba siendo visto por alguien.
Doña Beatriz entrelaza las manos sobre la carpeta.
—Su pieza ha tenido alcance. Mucho. Eso es positivo. Ha demostrado que sigue habiendo una necesidad real de discurso bien articulado frente a ciertas derivas.
Sigo callada. Mi cuerpo está en pura tensión.
—La pregunta de la señorita Martín ha sido hábil —continúa—.
Muy de nuestro tiempo. Convertir el desacuerdo en daño, la opinión en violencia, el debate en una cuestión sentimental.
Es una estrategia eficaz porque desplaza el centro de la conversación.
Ya no importa si una idea es cierta o razonable.
Solo importa si alguien afirma sentirse herido por ella.
Algo dentro de mí quiere asentir. He asentido a frases como esa durante años. En comidas, en charlas, en artículos, en conversaciones con mi padre.
Entonces recuerdo a Mateo, y lo que ha pasado hoy.
—A veces el daño existe —digo.
—Nadie lo niega. Lo que debemos cuidar —dice— es que el dolor individual no desmonte el criterio.
Mi móvil vibra dentro del bolso. No lo miro. No puede ser Lara, la he bloqueado. Saberlo debería tranquilizarme, pero no lo hace.
—Inés —dice doña Beatriz—, voy a hablarle con franqueza porque le tengo aprecio.
Ahí está. La frase que anuncia una herida con mantel blanco.
—Su perfil está creciendo. El departamento de Comunicación valora mucho su labor y el ejemplo que está dando de esta institución. Además, hay una posibilidad de prácticas para el próximo semestre en un medio afín a nuestra línea cultural. Una oportunidad interesante para alguien con su talento.
Se me queda la boca seca.
—No sabía nada.
—Aún no es oficial. Por eso precisamente conviene ser prudentes.
Mi móvil vibra otra vez. Doña Beatriz lo oye. Sus ojos bajan hacia mi bolso.
—Puede mirarlo si lo necesita.
—No.
—Bien.
Bien. Lo dice como si hubiera aprobado un examen pequeño.
—La vida privada de una alumna no es asunto de esta dirección —continúa—. Pero usted debe ser ejemplar, y coherente. No lo olvide.
No es una amenaza. No lo sería jamás con doña Beatriz. Es una mano sobre el hombro en el borde de una piscina. Una presión mínima. La suficiente para recordarte que podría empujarte sin parecer violenta.
—No hay vida privada que comentar —digo.
La mentira sale impecable. Me da vergüenza lo bien que suena. Doña Beatriz me observa.
—Me alegra oírlo.
El móvil vibra de nuevo. Esta vez no puedo evitar mirar hacia el bolso. No puede ser Lara. No puede.
—En cualquier caso —dice—, le pediría tres cosas. Primero, no responda a la cuenta de confesiones. Segundo, no alimente una conversación con la señorita Martín en público. Tercero, grabe una aclaración breve, sobria, antes de que otros escriban la historia por usted.
—¿Una aclaración?
—No una disculpa. No hay nada de lo que disculparse. Una reafirmación. Algo sencillo. Su comunidad necesita reconocerla.
Mi comunidad. Mis seguidores. San Griselmo. Mi madre. Mi padre. El vídeo. La story. El pasillo. Lara. Todo se superpone con una velocidad que me marea.
—¿Qué debería decir?
La pregunta sale antes de que pueda detenerla. Doña Beatriz sonríe con alivio. Abre la carpeta y desliza una hoja hacia mí.
—He tomado algunas notas por si le ayudan a ordenar el enfoque.
Miro el papel. Hay un título escrito en la parte superior.
La claridad también es permanecer firme
Debajo, tres ideas:
1. Defender el respeto frente a la provocación.2. Recordar que una opinión no es una agresión.3. Reafirmar que la familia no debe redefinirse desde la presión emocional.
Las leo una vez. Luego otra. Las frases son correctas. Limpias. Mías, casi. Pero de pronto se me revuelve el estómago.
—No tiene que grabarlo ahora —dice doña Beatriz—. Pero sí pronto. Hoy, si es posible. El vacío en comunicación es peligroso, ya lo sabe usted bien. Alguien siempre lo llena.
Salvatierra se levanta y me acompaña a la puerta.
—Hablaremos después de que grabe el vídeo —dice.
Salgo al pasillo con la garganta cerrada.
El móvil vibra en mi mano. Un mensaje de Mateo. Mi hermano. Tanto tiempo sin hablar, ¿qué está pasando?
Mateo:Perdona. No sabía si llamar. He visto lo del debate. Me gustaría hablar contigo antes de que publiques nada más.
Se me corta la respiración. Me siento en un banco y dejo caer la hoja a mi lado. Me tiemblan las piernas. A lo lejos, dos chicas pasan caminando despacio, demasiado despacio, fingiendo que no me miran. Una de ellas lleva el móvil en la mano. La cuenta de confesiones ya debe de estar ardiendo.
No puedo llamar a Mateo aquí. No puedo grabar el vídeo. No puedo desbloquear a Lara. No puedo respirar.
Entonces llega otra notificación. Instagram.
@san_griselmo_confesiones ha publicado una nueva story.
La abro. Fondo negro. Letras blancas.
Dicen que La Línea Clara ya prepara respuesta.
La siguiente story carga sola. Una captura borrosa de la hoja que llevo en la mano. El título se lee perfectamente.
La claridad también es permanecer firme
Siento que el cuerpo se me queda vacío. Alguien ha fotografiado la hoja. Alguien dentro de San Griselmo. Y esta vez Lara no estaba en el pasillo.