CAPÍTULO 5 TERRITORIO NEUTRAL
INÉS
Desbloquear a Lara Martín no debería ser tan difícil. Solo tres toques en una pantalla. Buscar su nombre, abrir el perfil, pulsar una palabra. Desbloquear. Nada más.
Abro el chat.
INÉS:Te he desbloqueado solo para decirte una cosa. No alimentes la story.
La respuesta tarda muy poco.
LARA:No la he subido yo.
INÉS:Lo sé.
Hay una pausa. Tres puntos. Desaparecen. Vuelven.
LARA:Entonces esto no era solo para decirme eso.
Me quedo quieta.
INÉS:Necesito hablar contigo sin pantallas.
LARA:Eso suena peligroso viniendo de alguien con aro de luz.
INÉS:Hablo en serio.
LARA:Yo también.
Pasan diez segundos.
LARA:Café Marfil. Calle Viriato. En media hora
Miro la dirección como si fuera una provocación. Chamberí. Su territorio. Una cafetería que probablemente tiene sillas incómodas, tazas desconchadas y gente que no baja la voz al hablar de cosas importantes.
La cafetería está en una esquina estrecha, con mesas pequeñas, sillas desparejadas y una pizarra escrita con una caligrafía que haría llorar a doña Beatriz Salvatierra. Huele a café fuerte, pan tostado y lluvia reciente. Nada allí parece haber pasado por un comité de estilo.
Lara está al fondo, con el pelo corto todavía húmedo. Lleva una camiseta negra y una camisa abierta sobre los hombros.
Me ve antes de que yo decida si entrar del todo. Su mirada es un peso físico que me frena en el umbral.
—Arriaga.
No suena sorprendida. Eso me irrita más que cualquier reproche.
—Hola, Lara.
—Qué formal. ¿A qué has venido tan elegante por estos barrios?
—He venido a hablar.
Lara desvía los ojos hacia la silla vacía frente a ella, señalándola apenas con la barbilla.
—Eso suele ser lo que dice la gente antes de explicar por qué no ha venido a escuchar.
Me siento. El cuero de la silla cruje entre nosotras.
El camarero se acerca rompiendo la burbuja. Pido un café con leche. Lara pide otro solo, aunque todavía tiene una taza a medias. Cuando el hombre se retira, el silencio vuelve a desplomarse sobre la mesa con una intimidad ridícula, casi obscena para el ruido que hay a nuestro alrededor.
—No quiero que esto siga creciendo —digo, bajando la voz.
—¿Esto?
—La story. Los comentarios. La gente opinando de una conversación que no entiende.
—La gente lleva opinando de conversaciones que no entiende desde que inventasteis las columnas de opinión, Inés.
—No he venido para que me des una frase manufacturada.
—Pues has elegido mal sitio. Y mala compañía.
Aprieto los dedos contra el borde de la mesa de madera. Las uñas se me tiñen de blanco por la presión.
—¿Puedes dejar de hacer eso?
—¿Qué?
—Convertir todo lo que digo en una prueba de cargo contra mí.
Lara me mira entonces. De verdad. No con esa calma condescendiente de los pasillos de la facultad, ni con la ironía afilada de los mensajes nocturnos. Me mira como si estuviera intentando descifrar si todavía quiere ganar esta guerra o si, por una vez, puede permitirse el lujo de perder algo.
—No eres una prueba, Inés.
Mi nombre en su boca, dicho así, sin el escudo del apellido, hace que las paredes de la cafetería se contraigan. El aire se vuelve denso, difícil de tragar.
Bajo la mirada, incapaz de sostenerle el escrutinio.
—No me llames así si estás enfadada conmigo.
—Estoy enfadada contigo casi todo el tiempo.
—Entonces no me llames así.
Lara suelta el aire por la nariz, una risa corta, seca, sin pizca de gracia.
—Vale.
El camarero regresa y deja mi taza. Al apoyarla, el plato cabecea y una gota oscura salta directamente sobre el puño de mi blusa blanca. Instintivamente voy a retirarla, pero Lara es más rápida. Mucho más rápida.
Coge una servilleta de papel y la presiona contra la tela. Su mano roza mi piel con dos dedos, apenas una caricia involuntaria, justo sobre el reverso de mi muñeca.
No es nada. Una servilleta barata. Un manchón de café. Un gesto automático de cortesía.
Me quedo completamente quieta. El aire se me congela en los pulmones.
Lara también se detiene. Sus dedos dejan de frotar la manga y, durante un segundo que se estira hasta volverse insoportable, las dos miramos el mismo punto absurdo: la servilleta blanca, la mancha marrón que se expande y mi pulso, desbocado, latiendo con una fuerza estúpida justo debajo de sus yemas.
Siente el latido. Sé que lo siente. Retira la mano despacio, como si la tela quemara.
—Perdón —dice. Lo dice bajo. Sin una sola capa de ironía.
Eso es muchísimo peor.
—No pasa nada —respondo, y la voz me sale extraña, áspera.
Mentira. Pasa todo. Pasa desde el primer comentario en el foro, desde el cruce en el pasillo, desde aquella pregunta capciosa que me lanzó en el aula magna. Pasa ahora, en una cafetería de Chamberí donde nadie sabe quiénes somos.
—No he subido esa story —dice, rompiendo la tregua.
—Lo sé.
—No lo sabes. Venías convencida de que sí.
—No pareces alguien que necesite esconderse detrás de una cuenta anónima para hacerme daño. Si quieres destruirme, lo harías mirándome a los ojos.
—Eso casi ha sonado a cumplido.
—No te emociones.
—Tarde.
La odio un poco por eso. Por tener la capacidad de hacerme sonreír cuando siento que estoy a punto de romperme en pedazos.
—Salvatierra me ha dicho que no alimente la escena —digo, buscando refugio en los nombres institucionales.
Lara sonríe sin un ápice de alegría, volviendo a su taza.
—Qué sorpresa. San Griselmo confundiendo el problema real con la imagen del problema.
—No hables de nosotros como si nos conocieras.
—No hablo de vosotros. Hablo de lo que hacéis. De cómo os moldean.
—Siempre haces eso.
—¿El qué?
—Separar a las personas de sus actos hasta que puedes juzgarlas sin que te tiemble el pulso. Deshumanizas el objetivo para que no te duela disparar.
Lara se queda quieta, con la taza suspendida en el aire.
La frase se queda flotando entre las dos, pesada, afilada. Nos sorprende a ambas. Por primera vez desde que me he sentado, sus labios no se curvan en una réplica inmediata. No tiene el escudo preparado.
—Eso ha sido bueno —admite al fin, mirándome de reojo.
—No era un ejercicio de retórica, Lara.
—Ya.
—No me digas “ya” como si mi opinión fuera insuficiente.
—Es que lo es, Inés. Para lo que tenemos encima, lo es.
Me duele. Porque tiene toda la maldita razón.
Mi móvil vibra dentro del bolso. Tres pulsaciones cortas. No lo saco. Lara lo oye; sé que lo oye porque sus ojos bajan un segundo hacia mi abrigo doblado en la silla.
—Deberías mirar —dice, aunque no hace amago de moverse.
—No quiero.
—Eso no suele impedir que las cosas sigan pasando ahí fuera.
—Estoy cansada de que mi vida entera pase a través de una pantalla.
Lara me mira otra vez. Más despacio, recorriéndome la línea de la mandíbula, deteniéndose en mis ojos con una lentitud que me desarma.
—Entonces quédate aquí un minuto.
No añade un "conmigo". No le hace ninguna falta. El pronombre tácito llena todo el espacio físico que nos separa.
—Me quedo.
Durante un minuto entero no nos decimos nada. Sostengo la taza caliente entre las manos, dejando que el vapor me empañe la mirada. Afuera, la tormenta arrecia sobre Chamberí con una vulgaridad gris que, de pronto, me parece el refugio más amable del mundo.
Por primera vez en semanas, nadie me pide que responda a un hilo, que modere mi tono, que explique mis motivos, que salve mi reputación o que convierta mis errores en una declaración limpia de relaciones públicas.
Solo estoy aquí, sentada frente a Lara Martín, con una taza que me calienta las manos. Y eso, por algún motivo incomprensible y terrorífico, me parece muchísimo más peligroso que todo lo demás.
Entonces el móvil vibra otra vez.
Esta vez lo saco.
No porque quiera. Porque mi cuerpo obedece antes que yo, como si la pantalla todavía tuviera más autoridad que mi propio cansancio.
Una notificación.
@san_griselmo_confesiones ha añadido una nueva story.
El aire de la cafetería cambia de golpe. Ya no huele a café ni a pan tostado. Huele a pasillo, a piedra fría, a Salvatierra diciendo templanza, a mi imagen inclinada hacia Lara junto a una escalera, a una encuesta donde desconocidos deciden si mi vida es debate o tensión.
Bloqueo la pantalla.
Lara lo ve.
—Inés.
Mi nombre, otra vez. Más suave. Más peligroso.
—Tengo que irme.
Me levanto demasiado rápido. La silla raspa el suelo con un ruido feo, real, imposible de editar. Lara no se mueve al principio. Luego deja el destornillador sobre la mesa con cuidado.
—No tienes que salir corriendo cada vez que algo se parece a una verdad.
La frase me golpea justo donde no puedo permitirme otro golpe.
—No estoy saliendo corriendo.
—Vale.
Ese “vale” no me cree. Tampoco me persigue. No sé qué me duele más.
Busco unas monedas en el bolso para pagar mi café. Se me caen dos sobre la mesa. Lara las recoge, pero no me toca. Las deja junto a la taza, despacio, como si hubiera aprendido demasiado rápido que conmigo incluso la ayuda puede parecer una invasión.
—No he venido para esto —digo.
—¿Para qué?
No sé responder.
Para verte sin odiarte.Para comprobar si eras tan insoportable de cerca.Para saber si lo del pasillo había sido rabia o algo peor.Para sentarme un minuto en un lugar donde nadie me pide que sea clara.
No digo nada de eso.
—Para esto —repito, y suena pobre incluso para mí.
Lara asiente. Sus ojos bajan un segundo a la radio.
—Ya.
Me abrocho el abrigo con movimientos torpes. El botón se resiste. Lo fuerzo. Lara mira mis manos, pero esta vez no hace ningún gesto para ayudarme.
Bien.
Eso está bien.
Eso debería aliviarme.
—No es por ti —digo de pronto.
Lara levanta la vista.
Me arrepiento al instante. La frase ha salido demasiado desnuda, demasiado parecida a una confesión.
—Es que es mejor que no hablemos —añado deprisa—. Por ahora. Con la story, con San Griselmo, con todo esto… Es mejor.
Lara me mira como si acabara de dejar una pieza importante en un lugar equivocado.
—Mejor para quién.
No es una acusación. Eso lo hace peor.
—Para todos.
Lara suelta una risa mínima, sin alegría.
—Qué frase tan de institución.
Me arde la cara.
—No lo hagas.
—¿Qué?
—No conviertas esto en otra discusión.
Durante un segundo parece que va a responder. Que va a decir algo brillante, cruel, exacto. Algo que me obligue a quedarme.
No lo hace.
—Está bien —dice.
Está bien.
No lo está.
Lo sabemos las dos.
Salgo de la cafetería sin mirar atrás. La lluvia me golpea la cara con una frialdad casi amable. Camino rápido hacia la boca de metro, aunque no sé si quiero volver a Santa Clara o seguir andando hasta que Madrid deje de tener nombres.
En la acera, desbloqueo el móvil.
El chat de Lara sigue abierto.
Durante unos segundos miro su última frase, la dirección del café, ese hilo absurdo que yo misma he reabierto como quien abre una ventana en una habitación llena de humo.
Escribo antes de pensar demasiado.
INÉS:No es por ti. Es mejor que no hablemos.
Leo la frase.
Suena limpia. Prudente. Sensata.
Suena exactamente como una mentira bien vestida.
Pulso enviar.
Los tres puntos aparecen casi de inmediato.
Lara está escribiendo.
No espero a leer.
Abro su perfil.
Bloquear.
Confirmar.
El móvil se queda quieto entre mis manos.
La lluvia sigue cayendo. La ciudad sigue moviéndose. Un autobús pasa junto a la acera levantando agua sucia. Alguien se ríe dentro de un portal. Dos chicas cruzan la calle bajo el mismo paraguas, apretadas la una contra la otra con una naturalidad que me duele de una forma ridícula.
Guardo el móvil en el bolso. He hecho lo correcto.
Eso me digo mientras bajo las escaleras del metro con el corazón golpeando como si acabara de cerrar una puerta dejando dentro algo vivo.