CAPÍTULO 4 LA STORY
LARA
Salgo de San Griselmo con el pulso demasiado alto para fingir que aquello ha sido solo una pregunta.
La calle está fría. El edificio queda a mi espalda, enorme, claro, impecable, con sus ventanas altas y sus muros de piedra como si nunca hubiera ocurrido nada vulgar dentro.
San Griselmo tiene esa cara de sitio donde todo se hace con permiso: estudiar, hablar, callar, respirar.
Me dan ganas de encender un cigarro solo por ensuciarle un poco la fachada, pero no fumo y tampoco quiero darle a Inés el placer de convertirme en una caricatura.
Así que camino.
Bajo por la acera con la mochila golpeándome la espalda y la pregunta todavía vibrando en la garganta. No la pregunta del aula. Esa estaba calculada. Bien formulada. Directa. La habría vuelto a hacer igual.
La que me sigue es otra.
No sabes nada de mi hermano.
Inés lo ha dicho en el pasillo como quien se da cuenta de que ha dejado caer una llave en mitad del suelo. Un error. Una grieta. Un dato que no quería enseñarme.
Su hermano.
Mateo, si no he entendido mal por algún mensaje que se le escapó o alguna cosa que no debería haber unido tan rápido.
Me ajusto la bufanda y cruzo la calle sin esperar a que el semáforo se ponga verde del todo. Un coche pita. Le levanto una mano sin mirar.
No debería importarme.
Inés Arriaga publica vídeos peligrosos con luz cálida y voz de niña de anuncio institucional.
Inés Arriaga habla de instituciones como si las instituciones pudieran llorar por la noche.
Inés Arriaga acaba de mirarme en un pasillo con tanta rabia que durante medio segundo he olvidado que la rabia no era lo único que había ahí.
Eso sí debería preocuparme.
El móvil vibra.
Lo saco esperando, con bastante poco orgullo, un mensaje suyo.
No es suyo.
Es Noa.
NOA:¿Has sobrevivido al templo de las blusas claras?
Sonrío.
LARA:A duras penas. Luego te cuento.
NOA:¿Y la chica del canal?
Miro la pantalla antes de contestar.
La chica del canal.
La chica del canal me ha seguido al pasillo.
Se ha acercado demasiado. Me ha dicho que no la mirara “así” y luego ha bajado la vista a mi boca como si yo no supiera leer un gesto tan básico.
La chica del canal huele a colonia limpia, a ropa cara y a pánico bien planchado.
La chica del canal tiene un hermano del que no quiere hablar y una manera absurda de quedarse sin aire cuando alguien le toca la estructura correcta.
Escribo:
LARA:En pie. Algo agrietada.
NOA:Ella o tú?
Guardo el móvil.
No pienso contestar eso en una calle, con la adrenalina todavía haciendo ruido.
Bajo las escaleras del metro y entro en la línea con la sensación de haber salido de una sala demasiado iluminada.
El vagón está casi vacío. Una mujer mayor lee una novela de tapa blanda.
Dos chicos ven vídeos sin auriculares. Una niña con botas rojas balancea los pies sin tocar el suelo.
Me siento cerca de la puerta y apoyo la cabeza contra el cristal.
Entonces llega el mensaje de Inés.
INÉS:Vete al infierno.
Me río.
En voz alta.
La mujer de la novela me mira un segundo por encima de las gafas.
Es una respuesta absurda. Infantil. Perfecta. Mucho mejor que sus frases largas y sus “discrepancias” y sus “conceptos estructurales”. Ahí está Inés sin mesa, sin micrófono, sin doña Beatriz, sin público. Enfadada. Viva.
Respondo:
LARA:Está lleno de gente con buena dicción. No sé si me dejarán entrar.
El visto aparece casi de inmediato.
No contesta.
Me imagino su cara. Esa boca apretándose para no reír. Los ojos oscuros de rabia. Clara al lado, seguramente haciendo algún comentario insoportable. La imagen me da una satisfacción pequeña, peligrosa, de esas que conviene no alimentar.
El metro avanza.
Me digo que ya está. Que he hecho lo que quería: poner una pregunta en el centro de su escenario. Que Inés tendrá que volver a su cuarto, mirar su aro de luz y decidir si quiere seguir hablando como si todo eso no tuviera consecuencias.
Me digo muchas cosas sensatas.
Luego abro Instagram.
Error.
La notificación aparece arriba.
@san_griselmo_confesiones ha añadido una story.
No sigo esa cuenta. Ni siquiera sabía que existía. Alguna persona me la habrá mandado, o el algoritmo ha decidido que ya formo parte del ecosistema de San Griselmo, lo cual es una amenaza para la salud pública.
Pulso.
La primera story es mi pregunta en el aula.
Me veo de pie, al fondo, con el micrófono en la mano. La calidad es mala, pero se me oye demasiado bien.
—¿En qué momento una opinión deja de ser solo una opinión y empieza a funcionar como una herramienta que otros usan para justificar daño concreto?
Paso a la siguiente.
Y se me corta la risa.
El pasillo.
Inés y yo.
De lejos.
Borrosa, sí, pero no lo bastante.
Estamos demasiado cerca. Inés inclinada hacia mí, yo separándome de la pared, las dos con el cuerpo metido en una distancia que no se explica con un debate. No se oye nada. La imagen hace el trabajo sucio sola.
Encima han escrito:
La Línea Clara no parecía tan clara hace cinco minutos.
Debajo, una encuesta:
¿Debate académico o tensión no resuelta?
DebateTensión
Miro la pantalla sin moverme.
El metro entra en una estación. Se abren las puertas. Entra más gente. Alguien me roza la rodilla con una bolsa. No reacciono.
Un mensaje directo de una cuenta desconocida:
¿Eres tú la de la story con Inés Arriaga? JAJAJA reina qué fantasía.
Otro:
la has dejado muda en el debate y luego la has arrinconado en el pasillo? icono
Aprieto el móvil.
No.
Eso no.
No la he arrinconado.
La palabra me enciende de golpe.
Yo no he ido allí para que nadie convierta a Inés en un chiste.
He ido para hacer una pregunta. Para empujar donde dolía, sí.
Para incomodarla, también. No voy a fingir una pureza que no tengo.
Quería verla perder el control delante de su gente.
Una parte de mí lo quería con una precisión bastante fea.
Pero la story cambia la forma del golpe.
Ya no es el discurso de Inés. Ya no es su vídeo, ni mi pregunta, ni una discusión donde las dos sabemos qué estamos haciendo.
Ahora es su cuerpo en un pasillo. Mi cuerpo cerca del suyo.
Una encuesta. Gente votando “tensión” como si el miedo de una chica pudiera convertirse en entretenimiento antes de la comida.
La chica que hizo vídeos contra el matrimonio igualitario puede seguir siendo una persona.
Me fastidia que esa frase sea cierta.
Abro el chat de Inés.
No hay nada.
Escribo:
LARA:He visto la story.
Borro. Suena a nada.
Escribo:
LARA:Yo no he grabado eso.
Borro también. Suena a culpable.
Escribo:
LARA:¿Estás bien?
Miro la frase.
Me da rabia. La borro. En realidad quiero saberlo, pero todavía no tengo derecho a preguntar así. Porque hace veinte minutos le he dicho peligrosa en un pasillo de su universidad. Porque preocuparme ahora no me convierte automáticamente en buena.
El móvil vibra en mi mano. Es Noa.
NOA:Lara, dime que no eres tú en la story de San Griselmo.
Cierro los ojos. Los abro.
LARA:Soy yo.
NOA:Joder.
LARA:Yo no la he subido.
NOA:Eso espero. Porque si la has subido tú, te mato antes de que te mate ella.
LARA:No soy imbécil.
NOA:A veces eres muy lista y muy imbécil a la vez. Es tu encanto.
El metro llega a Iglesia. No era mi parada.
Me bajo igual.
Necesito aire, aunque el aire esté lleno de coches y gente. Subo las escaleras hasta la calle y me encuentro de nuevo en Chamberí, pero ahora todo parece demasiado expuesto: escaparates, terrazas, móviles en manos de desconocidos, cristales donde cualquier reflejo puede convertirse en prueba.
Miro la story otra vez.
Me recorre una incomodidad física, caliente, estúpida.
Porque una parte de mí debería sentirse satisfecha. Inés Arriaga, la voz clara, la chica de San Griselmo, la que habla de orden y de fronteras, ha quedado atrapada en una imagen que desordena su propia marca. Es casi poético.
No me siento satisfecha. Me siento sucia. Camino hasta una esquina y llamo a Noa. Contesta al primer tono.
—Dime que tienes una explicación buena.
—No la tengo.
—Fantástico. Empezamos fuerte.
—He ido al debate.
—Eso ya lo he deducido, Sherlock. Te he visto en un vídeo haciendo una pregunta como si estuvieras en el juicio final.
—A ver, he hecho una pregunta.
—Seguro. Y luego apareces en un pasillo a dos centímetros de la chica más reprimida de Madrid.
—No estaba a dos centímetros.
—Joder, Lara, pues eso no es lo que parece, alguien os la ha jugado.
Me apoyo contra la pared de un portal.
—¿Qué ha pasado?
—Hemos discutido. Ella me ha seguido al pasillo porque se ha sentido atacada. Yo le he dicho cosas. Ella me ha dicho cosas. Nos hemos acercado demasiado, ha sido muy rápido todo.
—¿Te gusta?
—No.
—Lara.
—No me gusta.
—Vale. Te interesa. Peor.
Cierro los ojos.
—Lo de la story no me gusta.
—Bien. Algo de sentido común queda bajo la sudadera.
—No sé si escribirle.
—¿Para decir qué?
—Que yo no he sido.
—Eso suena fatal.
—Ya.
—Y además te importa demasiado que lo sepa.
Me quedo callada. Noa suspira al otro lado.
—Aun así, escríbele.
—¿Ahora me das permiso?
—No, pero a ver: si alguien ha filtrado un vídeo donde salís las dos, y tú no has sido, se lo dices. Luego vuelves a odiarla con normalidad.
Tiene razón. Odio que todo el mundo tenga razón hoy menos yo.
Cuelgo. Abro el chat de Inés. Esta vez escribo y envío antes de poder arrepentirme.
LARA:He visto la story. Yo no he grabado eso.
El mensaje queda enviado. Visto no aparece.
Claro, estará con media institución encima diciéndole que una voz pública debe medir su vida privada como mide sus titulares.
La frase me da un pinchazo. Vida privada. No ha pasado nada privado. Y, aun así, el vídeo parece haber inventado algo que las dos estábamos evitando mirar.
Camino sin rumbo por la calle. En una cafetería, un camarero apila sillas. En una floristería, una mujer coloca ramos de eucalipto en cubos de metal. La vida sigue con una indiferencia ofensiva.
El móvil vibra. Es Inés.
INÉS:No me escribas ahora.
Me detengo. La frase es seca. Sin saludo. Sin firma. Sin su cuidado habitual.
La leo otra vez. Noto algo parecido a culpa y algo parecido a rabia. Una mezcla fea.
Escribo:
LARA:Solo quería que supieras que no fui yo.
Visto. Nada.
Luego:
INÉS:Da igual.
No. Eso sí que no.
LARA:No da igual.
INÉS:Para ti no. Para mí ahora sí.
Me quedo mirando la pantalla. Puedo imaginarla en ese lugar siniestro, en un despacho, o en su habitación, con la cara blanca, el móvil en la mano y la sensación de que su propio mundo acaba de girarse contra ella. Puedo imaginarlo con demasiada facilidad.
LARA:Oye, no dejes que esa gente se te tire encima.
Tarda.
INÉS:No vuelvas a escribirme.
Joder. No, eso no me lo esperaba. Se cabrea conmigo encima.
LARA:Inés—
El mensaje no llega. Aparece un aviso.
No se pudo enviar. Toca para reintentar.
Frunzo el ceño. Compruebo la cobertura. Tengo señal.
Vuelvo al chat. El nombre de Inés aparece arriba. Debajo, donde antes ponía “Seguir”, ahora hay un botón gris.
No puedo enviar más mensajes. Me ha bloqueado. La rabia que siento es casi tan grande como la impotencia.