Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) CAPÍTULO 3 PREGUNTAS DEL PÚBLICO #2
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CAPÍTULO 3 PREGUNTAS DEL PÚBLICO #2

Recojo otra pregunta, luego otra. Mientras los ponentes responden, yo asiento, organizo turnos, reparto la palabra. Nadie nota que tengo las manos frías. Nadie salvo Clara, quizá. Y Lara, probablemente. Lara parece notar demasiadas cosas.

La profesora responde bien. Habla de responsabilidad, de contexto, de asimetrías. El alumno de cuarto se defiende con libertad de expresión. Don Manuel intenta equilibrar. Yo debería sentirme protegida por la pluralidad del debate.

Me siento expuesta.

Al terminar, la sala aplaude. La gente se levanta, se forman pequeños grupos, se comentan frases, se recogen abrigos. Salvatierra se acerca a mí.

—Ha moderado con mucha templanza.

—Gracias.

—La intervención final era previsible en estos tiempos. Usted ha hecho bien en no personalizar.

No personalizar.

La miro.

—Sí.

—A veces hay preguntas que no buscan una respuesta, sino una escena.

Veo a Lara al fondo, guardando el micrófono sobre una silla, hablando con una chica que no conozco. Tiene la mochila al hombro. Está a punto de irse.

Algo en mí se enciende.

—Perdone —digo.

Salvatierra arquea una ceja.

—¿Inés?

—Ahora vuelvo.

Camino hacia el fondo del aula antes de darme tiempo a corregir la decisión. Clara me ve pasar y murmura algo que suena a “madre mía”. No me detengo.

Lara sale al pasillo.

La sigo.

—Lara.

Se gira junto a la escalera.

No parece sorprendida.

Eso me enfada más.

—Arriaga.

—¿Has venido a montar una escena?

—He venido a hacer una pregunta.

—Una pregunta calculada.

—Todas las preguntas públicas lo son. Tú deberías saberlo.

El pasillo está casi vacío, aunque se oyen voces bajando por las escaleras. La luz que entra por los ventanales deja el suelo de piedra dividido en rectángulos claros. Lara está apoyada contra la pared, con la mochila sobre un hombro y la expresión demasiado tranquila.

—Has venido a mi universidad, a mi mesa, a mi debate, para lanzar una acusación velada sobre mi vídeo.

—No era velada.

Me quedo sin aire un segundo.

—¿Perdón?

—Que no era velada. Iba por discursos como el tuyo. Si has sentido que iba por ti, quizá el problema no es mi precisión.

—Eres insoportable.

—Tú eres peligrosa.

La palabra cae entre las dos.

No grita. No la escupe. La dice como quien acaba de comprobar una medida.

Me acerco un paso.

—No tienes derecho a venir aquí y llamarme peligrosa como si me conocieras.

—No he dicho que te conozca.

—Entonces deja de hablar de mí como si supieras quién soy.

Lara se separa de la pared.

Ahora estamos demasiado cerca para hablar con comodidad. Noto el olor frío de la calle en su ropa, algo de café, algo metálico que no sé identificar. Sus ojos son más oscuros de cerca. Más vivos. Más molestos.

—Yo no necesito saber quién eres para mirar lo que publicas —dice—. Esa es la parte que no te gusta.

—No me gusta que reduzcas mi trabajo a una agresión.

—A mí no me gusta que llames trabajo a ponerle buena luz a una frontera.

La frase me golpea. Porque es buena. Porque es cruel. Porque una parte horrible de mí quiere recordarla para usarla en algún sitio.

—Tú no quieres debatir —digo—. Quieres ganar.

—Y tú quieres debatir hasta que nadie pueda decir que has hecho daño.

Me arde la cara.

—No sabes nada de mi hermano.

La frase sale antes de que pueda detenerla. Lara se queda quieta. Ahí está. El error.

El nombre que no ha dicho y que yo acabo de poner en el pasillo de San Griselmo como si ella me lo hubiera arrancado.

Durante unos segundos ninguna habla.

Lara baja un poco la voz.

—No.

Solo eso. No añade nada más. No remata. No aprovecha la grieta.

Eso, por alguna razón, me descoloca más que si lo hiciera.

—No sabes nada —repito, aunque ya suena distinto.

—Entonces quizá no deberías publicar como si supieras tanto de los hermanos de los demás.

Quiero odiarla.

Lo intento de verdad.

Lara me mira sin apartarse. Tiene una gota de lluvia seca en la manga de la sudadera, el pelo desordenado y la boca cerrada con una firmeza que me irrita y me atrae de una forma que no pienso mirar ahora. Ni aquí. Ni nunca, si puedo evitarlo.

—No vuelvas a ponerme contra la pared delante de mi gente —digo.

—Tu gente estaba muy cómoda.

—No sabes nada de mi gente.

—Sé que aplauden muy rápido cuando hablas de vidas que no son las suyas.

Doy un paso más.

No sé por qué.

Lara no retrocede.

La distancia entre las dos se vuelve una cosa física, estrecha, cargada, estúpida. Estoy enfadada. Mucho. Lo bastante como para notar el pulso en los dedos, en el cuello, en la boca. Lara baja la mirada un segundo a mis labios y vuelve a mis ojos con una rapidez que casi podría fingir.

Casi.

—No me mires así —digo.

—¿Cómo?

—Como si me conocieras, o no sé.

La odio.

Se oye una voz al fondo del pasillo.

—¿Inés?

Clara.

Me aparto de golpe.

Lara también da un paso atrás, lo bastante rápido para que parezca que no ha pasado nada. Pero ha pasado. Lo sé por la manera en que mi respiración no vuelve a su sitio.

Clara se acerca despacio, mirando de una a otra.

—Perdón. Interrumpo… ¿un intercambio académico?

—Sí —digo.

—No —dice Lara al mismo tiempo.

La miro.

Ella levanta una ceja.

Clara aprieta los labios para no sonreír.

—Vale. Perfecto. Muy claro todo.

Lara se cuelga bien la mochila.

—Me voy.

—Eso parece lo mejor —digo.

—Por una vez estamos de acuerdo.

Pasa junto a mí. Su hombro roza apenas la manga de mi blusa. Un contacto mínimo, accidental, suficiente para que mi cuerpo lo registre con una precisión humillante.

Lara baja las escaleras sin mirar atrás.

Clara espera a que desaparezca.

—Bueno —dice.

—No.

—No he dicho nada.

—Lo ibas a decir.

—Sí. Iba a decir que si eso ha sido enemistad, no quiero verte coquetear.

—Clara. Qué horror, ¡pero qué dices!

—Perdón. Pero es que ha sido muy raro.

La miro con toda la dignidad que me queda, que no es mucha.

Después miro hacia la escalera por donde Lara acaba de irse.

Mi móvil vibra.

Instagram.

Un mensaje de ella.

LARA:Buena moderación, por cierto. Muy serena.

Aprieto el móvil con fuerza.

INÉS:Vete al infierno.

Su respuesta llega casi de inmediato.

LARA:Está lleno de gente con buena dicción. No sé si me dejarán entrar.

Guardo el móvil en el bolsillo y empiezo a caminar hacia la salida del aula magna. Necesito aire. Necesito agua. Necesito llegar a mi habitación, cerrar la puerta y ordenar lo que acaba de pasar antes de que San Griselmo lo ordene por mí.

No llego al final del pasillo.

El móvil vibra otra vez.

Esta vez no es Lara.

Es una notificación de Instagram.

@san_griselmo_confesiones te ha mencionado en una story.

Me quedo quieta.

Clara lo ve al mismo tiempo que yo.

—Inés…

Abro la story.

La imagen aparece con el temblor típico de alguien que ha grabado desde el fondo del aula. Se ve la mesa del debate, mi perfil junto al micrófono, la sala llena. Después la cámara hace zoom hacia Lara, de pie, con el micrófono en la mano.

Su voz se escucha clara.

—¿En qué momento una opinión deja de ser solo una opinión y empieza a funcionar como una herramienta que otros usan para justificar daño concreto?

El vídeo corta.

La siguiente story carga sola.

Esta vez es el pasillo.

Borrosa. Mal enfocada. Grabada desde lejos.

Lara y yo estamos junto a la escalera. Demasiado cerca. Mi cuerpo inclinado hacia ella, su espalda separándose de la pared, mi mano apretada alrededor del móvil. No se oye lo que decimos. No hace falta. La imagen parece otra cosa.

Encima, en letras blancas, alguien ha escrito:

La Línea Clara no parecía tan clara hace cinco minutos.

Debajo hay una encuesta.

¿Debate académico o tensión no resuelta?

Dos opciones:

DebateTensión

Siento que toda la sangre me baja a los pies.

Clara me quita el móvil de las manos antes de que se me caiga.

—Vale —dice, y por primera vez no suena divertida—. Esto acaba de ponerse feo.

Alguien en el pasillo se ríe. No sé si de nosotras. No sé si ya lo han visto.

Entonces aparece un mensaje nuevo. Se me corta la respiración.

Beatriz Salvatierra:Inés, venga a mi despacho. Ahora.

La pantalla se queda iluminada entre mis manos.

Y, por primera vez desde que abrí La Línea Clara, no se me ocurre ninguna frase que pueda salvarme.