CAPÍTULO 3 PREGUNTAS DEL PÚBLICO
INÉS
El comentario de Lara sigue ahí al día siguiente.
No lo borro.
Esa decisión, por alguna razón absurda, me hace sentir generosa y derrotada a la vez.
El sábado por la mañana, cuando bajo al comedor, dos chicas de primero me miran desde la mesa de la esquina y bajan la voz. Una sonríe. La otra me levanta el pulgar con una discreción casi litúrgica. Yo respondo con una sonrisa breve, de esas que no comprometen demasiado.
En la bandeja llevo café, una tostada con tomate y un yogur que no quiero. Clara camina a mi lado con el pelo recogido de cualquier manera y la cara de quien ha dormido mal por decisión propia.
—Tu vídeo va por nueve mil reproducciones —dice.
Nos sentamos en una mesa junto a la ventana.
El comedor tiene techos altos, lámparas antiguas y un retrato de San Griselmo que parece que observa los desayunos con la expresión de alguien que todavía evalúa la postura de las alumnas desde el más allá.
Las conversaciones rebotan en las paredes con un murmullo controlado.
Abro Instagram debajo de la mesa.
Clara suspira.
—Te vas a hacer daño en el cuello de tanto mirar hacia abajo.
—Solo compruebo una cosa.
—La cosa tiene pelo corto y estudia Ingeniería.
No respondo.
El comentario de Lara ha recibido más respuestas.
Exacto. El problema no es que opine, es que su opinión tiene consecuencias.
Qué forma más poética de decir nada. Inés ha sido respetuosa.
Siempre igual. Si no piensas como ellas, eres mala persona.
“Quién sangra cuando ordenas las palabras” es una frase brutal.
Cierro la aplicación. Clara lo ve.
—Se ha liado.
—Un poco.
—¿Vas a contestar en público?
—No. Porque no pienso darle más visibilidad.
—Ajá.
Odio sus “ajá”. Son pequeños ataúdes para mis argumentos.
Estoy a punto de decirle algo cuando mi móvil vibra. Esta vez no es Instagram. Es un mensaje del grupo de la facultad.
Departamento de Comunicación:Recordatorio: hoy a las 12:30, mesa abierta “Lenguaje, derechos y opinión pública” en el aula magna de San Griselmo. Participan alumnos de Periodismo y Derecho. Entrada libre hasta completar aforo.
Debajo, un mensaje privado de doña Beatriz Salvatierra.
Beatriz Salvatierra:Inés, si puede llegar diez minutos antes, mejor. Nos gustaría que moderara el turno final de preguntas. Su último vídeo ha generado mucho interés y creemos que su voz puede aportar serenidad.
Leo la palabra serenidad y noto una presión familiar entre las costillas.
Clara mastica su tostada.
—¿Qué pasa?
Le enseño el mensaje.
—Ah.
—No hagas ese sonido.
—Es que “serenidad” en San Griselmo significa “sonríe mientras sujetas una granada”.
—Es una mesa de debate.
—Claro. Y tú moderas. Con tu vídeo recién publicado. Y tu hater en libertad.
—Lara no va a venir.
El cartel de la mesa lleva toda la mañana circulando por stories. San Griselmo lo ha publicado con una frase pulida sobre diálogo, derechos y responsabilidad. Alguien, por supuesto, ha etiquetado a Lara debajo. Entrada libre hasta completar aforo.
Aun así, Lara no va a venir. No va a venir. No tendría sentido.
Lara no pertenece a San Griselmo. No conoce nuestros pasillos, ni nuestras normas, ni esa forma de hablar bajo que aquí se aprende antes que cualquier asignatura.
Lara pertenece a calles mojadas, radios abiertas, comentarios incómodos y cafés en tazas desconchadas.
San Griselmo la expulsaría antes de que pudiera sentarse.
O quizá no. Quizá lo peor de Lara es precisamente que parece capaz de sentarse en cualquier sitio y mirarlo todo como si tuviera derecho.
A las doce y veinte entro en el aula magna.
Es una sala rectangular, con molduras blancas, tarima de madera y ventanas altas que dejan pasar una luz fría, casi teatral.
Hay filas de sillas ocupadas por alumnos, profesoras, algunas antiguas residentes y varios chicos de Derecho que siempre parecen vestidos para una entrevista aunque sea sábado.
En la mesa principal están don Manuel Utrera, una profesora de Filosofía del Derecho, un alumno de cuarto con voz de tertulia y una chica de tercero que lleva el pelo recogido y una carpeta llena de post-its.
Doña Beatriz me espera junto a la primera fila.
—Inés.
—Doña Beatriz.
—Gracias por venir tan puntual. El vídeo ha tenido mucha repercusión.
—Eso parece.
—Ha sido una pieza muy necesaria. Firme, pero cuidada. Hoy necesitamos exactamente eso: cuidado. Hay debates que se pierden cuando quienes deberían hablar con altura aceptan bajar al ruido.
Asiento.
—Modere el turno final con calma —continúa—. No entre en provocaciones. Una voz pública se mide tanto por lo que responde como por lo que decide no responder.
—Lo tendré en cuenta.
Salvatierra sonríe.
—Lo sé.
Me siento al extremo de la mesa, con una botella de agua delante y la libreta abierta. Desde ahí veo toda la sala. Clara está en la cuarta fila. Me hace un gesto con dos dedos y una expresión que pretende ser de ánimo, aunque se parece más a “por favor, no arruines tu vida antes de comer”.
El aula se llena.
La mesa empieza.
Durante la primera media hora todo transcurre como debe.
Don Manuel habla de opinión pública y responsabilidad.
La profesora de Filosofía del Derecho explica que el lenguaje jurídico nunca es neutral.
El alumno de cuarto defiende que una sociedad libre debe poder cuestionarlo todo sin miedo a la cancelación.
La chica de tercero responde que cuestionar derechos conquistados no tiene el mismo coste para quien habla desde fuera que para quien vive dentro de ese derecho.
Tomo notas.
Ordeno.
Sonrío cuando toca.
Pienso que puedo hacerlo.
Entonces se abre la puerta del fondo.
Diría que Lara acaba de entrar en el aula magna con una sudadera oscura, vaqueros, botas y una mochila negra colgada de un hombro.
Lleva el pelo corto algo revuelto y una bufanda gris mal enrollada alrededor del cuello.
No parece incómoda. Eso me irrita de inmediato.
Cualquier persona decente se sentiría incómoda entrando tarde en un aula de San Griselmo.
Ella no. Ella mira alrededor, localiza una silla libre al fondo y se sienta como si el mundo no pudiera pedirle explicaciones por ocupar espacio.
Clara gira la cabeza, la ve y luego me mira.
Abre mucho los ojos.
Yo bajo la vista a la libreta.
El bolígrafo se me resbala un poco entre los dedos.
No sé por qué ha venido.
O sí.
Ha venido porque sabe que esto es mi territorio y quiere verme defenderlo con testigos.
La odio un poco por eso.
La mesa continúa. La profesora habla. El alumno responde.
Don Manuel matiza. Yo escucho, pero mi atención se queda partida en dos: la tarima y el fondo del aula.
Cada vez que levanto la vista, la encuentro.
Lara no toma notas. No mira el móvil. Está sentada con los brazos cruzados, la cabeza ligeramente inclinada y esa expresión de quien no compra el marco de la conversación.
Cuando llega el turno de preguntas, don Manuel me hace un gesto.
Me acerco al micrófono.
—Abrimos ahora un breve turno de intervenciones. Les pedimos que las preguntas sean concisas para que podamos escuchar el mayor número posible.
Mi voz suena serena.
Bien.
La primera pregunta la hace una alumna de Derecho. La segunda, un profesor invitado. La tercera, una antigua residente con collar de perlas que habla de “la degradación del debate público”. Todo normal. Todo manejable.
Luego Lara levanta la mano.
No muy alto.
No con urgencia.
Como si supiera que la voy a ver igual.
Durante un segundo pienso en fingir que no la he visto. Hay más manos. Podría elegir otra. Podría seguir el consejo de Salvatierra: una voz pública se mide también por lo que decide no responder.
Pero Clara me mira desde la cuarta fila. Don Manuel espera. Salvatierra, sentada en un lateral, no se mueve.
Y Lara sigue con la mano levantada.
—La chica del fondo —digo.
Mi voz no cambia.
Eso es casi una victoria.
Un alumno le pasa el micrófono. Lara lo coge, se pone de pie y me mira directamente antes de hablar.
—Hola. Soy Lara Martín. Estudio Ingeniería, así que quizá mi pregunta suene poco elegante.
Algunas personas se ríen con suavidad.
Yo no.
—Se ha hablado mucho de libertad de opinión, de lenguaje y de instituciones —continúa—. Mi pregunta es sencilla: ¿en qué momento una opinión deja de ser solo una opinión y empieza a funcionar como una herramienta que otros usan para justificar daño concreto?
Silencio.
La profesora de Filosofía del Derecho se inclina hacia delante, interesada.
Lara no ha terminado.
—Lo pregunto porque a veces los discursos mejor redactados son los más difíciles de señalar.
Nadie grita. Nadie insulta. Nadie dice “te odio”.
Solo se repite, con mucha educación, que ciertas vidas no caben en ciertas palabras.
Y luego alguien vuelve a su casa con esa frase en la boca y la usa contra su hija, contra su hermano o contra su alumno.
Mi garganta se cierra.
Su hermano.
No dice Mateo. No puede saberlo.
Y aun así.
Lara sostiene el micrófono con una mano. La otra la tiene en el bolsillo de la sudadera. Parece tranquila, pero le veo la tensión en la mandíbula.
—¿Dónde colocan ustedes la responsabilidad de quien emite ese discurso? ¿En la intención de quien habla o en el efecto que produce cuando sale de una sala como esta?
La sala se queda quieta.
El alumno de cuarto se revuelve en su silla. Don Manuel se toca la barbilla. La profesora de Filosofía del Derecho sonríe apenas. Salvatierra no sonríe.
Yo tengo que moderar.
Ese es mi papel.
Podría pasar la pregunta a la mesa.
Debería pasar la pregunta a la mesa.
—Gracias por la intervención —digo—. Es una cuestión relevante. Quizá podemos recoger varias preguntas y responderlas en bloque.
Lara inclina la cabeza.
—Claro.
Lo dice con una calma perfecta.
Y esa calma me parece una provocación.