CAPÍTULO 2 ALTA TENSIÓN
LARA
Le escribo que no tiene que contestar ahora y dejo el móvil boca abajo sobre la mesa.
Muy bien. Muy madura. Muy poco realista.
A los veinte segundos vuelvo a cogerlo. Inés no ha respondido. Mejor. Eso quería. Supuestamente.
La radio de mi abuela Rosario ocupa media mesa del salón, abierta en canal entre dos destornilladores de precisión, un rollo de cinta aislante, una taza de café frío y la práctica de Mecánica que tengo que entregar el lunes.
La carcasa, de plástico crema, está apoyada contra una pila de apuntes.
Tiene una grieta en un lateral y una mancha antigua cerca del dial.
Mi abuela dice que no la tire porque “todavía tiene mucha compañía dentro”.
Yo le he dicho que lo que tiene dentro es polvo, un condensador medio muerto y una rueda de volumen que rasca como si hubiera fumado toda la vida.
No le hizo gracia. Bueno, un poco sí.
El piso está en silencio, salvo por el zumbido bajo de la nevera y el ruido de una moto que sube desde la calle.
Chamberí a estas horas suena como si Madrid se estuviera aflojando los zapatos: persianas que bajan, voces en portales, gente arrastrando bolsas de supermercado, el tráfico volviéndose menos educado según avanza la noche.
Noa sale de su cuarto con un moño torcido, pantalón de chándal y una camiseta enorme donde pone Diseño o muerte, que compró borracha en una feria de autoedición.
—¿Sigues con la radio o ya has pasado a desactivar bombas?
—La radio.
Se acerca, mira la mesa y hace una mueca.
—Rosario te quiere mucho para confiarte algo que parece tan inflamable.
—Mi abuela cree que puedo arreglar cualquier cosa.
—Porque no ha visto tu vida sentimental.
Noa me mira. Me río un poco.
—Lara.
—Está apagada para ahorrar energía.
—Eso ya me lo creo más.
El móvil vibra contra la madera. Las dos lo miramos. Noa levanta las cejas.
—Uy.
—No digas uy.
—Ha sido un uy técnico. De diagnóstico.
Cojo el teléfono.
No es Inés. Es una notificación de Instagram: tres personas han respondido a mi comentario debajo de su vídeo.
Una me llama resentida. Otra dice que debería aprender a debatir sin llorar.
Una tercera me manda una frase bíblica que no abro porque son las once y media y ya tengo suficientes misterios abiertos sobre la mesa.
Noa se sienta en el brazo del sofá.
—¿La del canal te ha contestado?
—Sí.
—¿Y?
—Y nada. Hemos hablado.
—¿Hablado como personas o hablado como dos tías con ganas de ganar?
—Como dos tías con ganas de que la otra se calle.
—Entonces bien. Sano.
Dejo el móvil otra vez. La pantalla se ilumina. Esta vez sí.
INÉS:No sé si agradecerte el permiso o enfadarme por lo condescendiente que suena.
Se me escapa una risa breve. Noa se inclina de inmediato.
—¿Qué ha dicho?
—Nada.
—Esa sonrisa no es de nada.
—No estoy sonriendo.
Leo el mensaje de Inés otra vez. Tiene gracia, aunque no quiera tenerla.
Sigue sonando a ella: correcta, herida, un poco orgullosa incluso cuando intenta parecer tranquila.
Me la imagino en una habitación de una residencia rancia en San Griselmo, con el pelo liso sobre los hombros, el aro de luz apagado y ese gesto de chica que no sabe si discutir o pedir que la dejen respirar.
Escribo:
LARA:Puedes hacer ambas cosas. El ser humano tiene bastante capacidad para la contradicción.
Envío. Noa se incorpora.
—Te gusta discutir con ella.
—Me gusta corregir errores.
—Claro. Y por eso ahora sonríes a un error.
—No sonrío.
—Lara, te he visto sonreír menos cuando aprobé el carnet.
—Porque conduces fatal.
El móvil vibra.
INÉS:Qué curioso que lo digas tú.
Apoyo los codos en la mesa, entre cables y tornillos.
LARA:¿Por?
INÉS:Porque pareces bastante segura de tus propias contradicciones.
Me quedo quieta. Noa observa mi cara.
—Te ha dado.
—No.
—Sí.
—Noa, ¿no tienes una vida?
—La tenía. Luego mi compañera de piso empezó una guerra dialéctica con la influencer de San Griselmo y tuve que cancelar planes.
—No es influencer.
—¿Tiene aro de luz?
No respondo.
—Entonces es influencer.
Bajo la vista al chat.
LARA:La seguridad es provisional. Como casi todo.
La respuesta tarda un poco.
INÉS:Eso sí ha sonado a frase preparada.
Sonrío otra vez. Mal. Muy mal.
LARA:Tú sabrías reconocerlas.
En cuanto lo envío, noto que he apretado demasiado. Noa me mira.
—¿Qué has puesto?
—Una cosa.
—¿Una cosa borde?
—Una cosa precisa.
—O sea, borde.
Inés tarda en responder. Cinco segundos.
Diez. Escribe. Borra. No debería importarme.
He dicho cosas más duras hoy. Ella ha publicado un vídeo entero defendiendo que vidas como la mía no deberían caber en una palabra que a ella le parece demasiado sagrada para compartir.
Mi pulla es casi una cortesía en comparación.
Aun así, espero. El mensaje llega.
INÉS:Eso ha sido innecesario.
Me quedo mirando la pantalla. Tiene razón. Es irritante cuando la gente que te cae mal tiene razón en algo pequeño.
Escribo:
LARA:Sí.
Me levanto para hacer algo con las manos antes de seguir empeorando mi vida.
Cojo el destornillador y vuelvo a la radio.
La rueda del volumen está dura. La giro con cuidado.
Rasca. Hay polvo en el potenciómetro, quizá algo de óxido.
Nada grave. Una avería sencilla, visible, agradecida.
Las cosas materiales tienen la decencia de mostrar por dónde fallan.
—¿Por qué te ha molestado tanto su vídeo? —pregunta Noa.
No levanto la vista.
—Porque es una mierda.
—Ves muchas mierdas todos los días.
—Esta estaba bien hecha.
Noa no contesta enseguida.
—Eso es peor.
Sí. Eso es peor.
La gente suele creer que el peligro está en quien grita, insulta, escupe una barbaridad en la barra de un bar o en los comentarios de un periódico. Es cómodo pensarlo así. El monstruo directo da menos miedo porque se reconoce fácil. Lo puedes señalar, bloquear, denunciar, ridiculizar.
Inés Arriaga no grita. Inés mira a cámara con una blusa crema, el pelo perfecto y una voz dulce. Dice “no odio a nadie” antes de colocar una frontera. Dice “institución” donde otras personas oímos “fuera”. Dice “lenguaje” como si el lenguaje no acabara siempre en algún cuerpo.
Eso me revuelve. Porque lo he visto antes.
El baño del instituto vuelve sin pedir permiso: azulejos verdes, olor a lejía barata, un pestillo cerrado, Nerea sentada en el suelo con el móvil entre las manos. No todo el recuerdo. Solo una imagen. Una rodilla doblada, una zapatilla blanca manchada, el sonido de alguien riéndose en el pasillo.
Aprieto la rueda de la radio con demasiada fuerza.
—Eh —dice Noa.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Te has ido.
—Estoy aquí.
—Sí. Como las impresoras cuando dicen “conectada” y luego no imprimen.
Suelto el destornillador y me froto los ojos.
—No quiero hablar de Nerea.
—No te lo he pedido.
—Lo ibas a hacer.
Noa se queda callada un segundo. Luego asiente.
—Puede.
Agradezco que no empuje. Noa sabe empujar cuando hace falta y callarse cuando empujar solo serviría para cerrar una puerta con llave. Por eso seguimos viviendo juntas sin habernos matado.
Cojo el spray limpiador de contactos y aplico un poco en la pieza.
La radio huele a metal viejo, a polvo removido, a casa de mi abuela.
Rosario la tenía en la cocina, encima de un mueble estrecho, junto a una estampa plastificada de la Virgen del Carmen y un bote lleno de bolígrafos que no escribían.
La encendía por las mañanas mientras hacía café.
Escuchaba noticias, tertulias, misa si tocaba, y luego se peleaba con todos los presentadores como si pudieran oírla.
Mi abuelo decía que la radio era la única persona de la casa capaz de discutir más que ella.
La radio no funcionaba desde hacía dos años. Rosario me la dio envuelta en una bolsa de tela y me dijo:
—Mira a ver si la despiertas, hija. Y si no, pues la dejamos descansar.
Eso es Rosario: capaz de hablarle a una radio como si fuera una vecina enferma y luego preguntarme si tenía novia con la naturalidad torpe de quien todavía no sabe dónde poner ciertas palabras, pero las intenta poner igual.
—¿Has cenado? —pregunta Noa.
—Café.
—El café no es cena.
—Depende de la cantidad.
—No depende de nada.
Va a la cocina y abre la nevera. La luz blanca le ilumina la cara con una crudeza horrible.
—Hay pasta de ayer.
El móvil vibra otra vez. Noa me mira desde la cocina.
—No lo cojas.
—No iba a cogerlo.
Lo cojo.
INÉS:No esperaba que admitieras algo así tan rápido.
Me apoyo en el respaldo de la silla.
LARA:¿Que era innecesario?
INÉS:Sí.
LARA:No me cuesta admitir cuando algo no se sostiene.
Tarda.
INÉS:Eso suena agotador.
Miro la frase y noto algo que no esperaba: cansancio. No solo en ella. En mí también. Esto, lo que sea esto, ha empezado con una pelea pública, y aun así hay pequeños momentos en los que parece que estamos dejando piezas sobre una mesa para ver si alguna encaja.
Noa deja un plato de pasta delante de mí.
—Come y deja de escribirle a la chica de la línea recta.
—Clara la llama La Línea Clara.
—¿Quién es Clara?
—Su compañera de habitación.
Noa se queda inmóvil con el tenedor en la mano.
—Perdona. ¿Ya sabes cómo se llama su compañera de habitación?
—Lo ha puesto en una story. Creo.
—Claro. Investigación académica.
—Método científico.
—Acoso con bibliografía.
Le lanzo un tapón de bolígrafo. Falla por mucho. Noa se ríe y se sienta frente a mí con su plato.
Como un poco. La pasta está fría por algunas partes y caliente por otras, una experiencia culinaria coherente con nuestra casa. El móvil queda entre las dos, boca arriba. Inés no escribe.
Me obligo a no abrir su perfil.
Duro tres minutos.
Entro.
Su cuenta es exactamente lo que esperaba y algo que no esperaba.
Miniaturas limpias, fondo claro, títulos sobre familia, cultura, educación, fe, libertad, tradición.
En casi todos aparece ella, con esa cara suave y esos ojos demasiado serios para alguien de veintiún años.
Hay una foto en un patio de piedra que debe de ser San Griselmo.
Otra moderando una mesa redonda. Otra con una pila de libros y un texto sobre la importancia de leer antes de opinar, cosa que me irritaría menos si no tuviera razón.
Abro un vídeo antiguo.
Se titula: Amar no siempre es aprobar.
Mal. Muy mal título. Pulso reproducir durante veinte segundos. Inés habla de familia, de acompañar sin validar, de querer a alguien incluso cuando se equivoca. No dice nada brutal. Ese es el problema. Todo suena razonable, casi dulce. Como una mano en el hombro antes de cerrar una puerta.
Pauso.
Bajo a comentarios.
Gracias, Inés. Mi hijo debería escuchar esto.
Nos da mucha paz saber que no somos los únicos que intentamos amar desde la verdad.
Qué difícil es poner límites a quien no quiere escucharlos.
Cierro el vídeo.
La pasta se me ha quedado fría.
Noa me observa.
—¿Qué has visto?
—Nada bueno.
—Lara.
Dejo el móvil en la mesa.
—Es que estas cosas no se quedan ahí, ¿sabes? No se quedan en su habitación bonita ni en el feed ni en las señoras que le dan like. Salen. Llegan a casas. Llegan a gente que está buscando una frase elegante para no llamar a su hijo. Llegan a padres que quieren sentirse buenos mientras hacen daño.
Noa baja la mirada al plato.
—Lo sé.
—Y ella escribe como si todo fuera una cuestión de enfoque.
—Igual para ella lo era hasta ahora.
—Pues qué lujo.
La frase sale más dura de lo que pretendía.
Noa no me corrige. Me conoce lo suficiente para saber que a veces mi rabia llega tarde a lugares que ya no existen.
El móvil vibra.
INÉS:¿Sigues ahí?
Me quedo mirando la pantalla.
No sé por qué esa pregunta me parece distinta. Quizá porque no suena a debate. Quizá porque una parte de ella esperaba que yo me hubiera ido. Quizá porque yo también he estado en conversaciones donde la gente se va justo cuando deja de tener una respuesta limpia.
Escribo:
LARA:Sí.
Y luego, antes de pensarlo demasiado:
LARA:Estaba viendo tu canal.
La respuesta no llega de inmediato.
Noa suelta un gemido.
—Eso ha sonado a amenaza.
—No era amenaza.
—En ti todo suena a amenaza cuando escribes con una sola mano y miras así.
El chat muestra tres puntos.
Desaparecen.
Vuelven.
INÉS:Supongo que eso no mejora tu opinión sobre mí.
Leo la frase varias veces.
Ahí está otra vez. Algo debajo de la compostura. No pide perdón. No se defiende del todo. Solo deja ver que le importa. Y eso me descoloca más que si hubiera enviado un párrafo entero sobre libertad de expresión.
La radio, abierta sobre la mesa, suelta un chasquido pequeño. No está enchufada. Alguna pieza ha cedido al tocarla antes, quizá el muelle del dial colocándose en su sitio. Noa se sobresalta.
—Tu cacharro acaba de juzgarnos.
—Rosario diría que es una señal.
—Rosario siempre diría que es una señal.
—Y luego me daría croquetas.
—Una mujer sabia.
Sonrío. Después miro el chat otra vez.
LARA:Lo dejo por hoy.
INÉS:De acuerdo.
LARA:Pero no borres el comentario.
INÉS:Buenas noches, Lara.
Mi nombre en su mensaje no debería hacer nada. Hace algo.
Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo. Esta vez lo aparto un poco, lejos de la mano. Luego vuelvo a la radio. Encajo la carcasa sin cerrarla del todo y giro el dial con cuidado. La pieza rasca menos. Todavía no funciona, pero el ruido ha cambiado.
A veces, con eso basta para saber por dónde seguir.
Más tarde, cuando Noa se va a dormir y el piso queda oscuro, entro en Instagram una última vez. No abro el chat. Solo miro el vídeo de Inés detenido en su miniatura. Su cara clara, su blusa crema, su gesto sereno. Podría parecer inofensiva si una no leyera lo que dice.
Podría parecer únicamente peligrosa si una no hubiera visto cómo escribe cuando se le cae un poco la voz.
Apago el móvil.