Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5) CAPÍTULO 1 LA LÍNEA CLARA
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Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5)

Nunca imaginé que deseaba lo que odiaba (Sagradas Tentaciones nº 5)

Por Ellie K. Hills

© inepub.com

CAPÍTULO 1 LA LÍNEA CLARA

INÉS

El aro de luz me deja la cara demasiado blanca. Lo bajo un punto. Luego otro.

En la pantalla del móvil mi piel sigue pareciendo casi transparente.

Detrás de mí, la habitación del colegio mayor femenino de San Griselmo convertida en algo más amable de lo que es: una colcha clara, dos libros bien puestos, la pared alta color marfil y el crucifijo asomando apenas en una esquina del plano.

Fuera, en el pasillo, unas chicas vuelven del comedor.

—Te estás mirando como si fueras a declarar ante el Congreso —dice Clara desde su cama.

—Estoy comprobando la luz.

—Llevas comprobando la luz doce minutos. Estás estupenda, en serio.

La miro por el reflejo de la pantalla. Clara está tumbada boca abajo, con el portátil abierto, un paquete de galletas al lado y un subrayador mordido entre los dientes.

Dice que estudia Teoría de la Comunicación, pero lleva media hora mirando memes y observándome con esa precisión molesta de las personas que te quieren demasiado para dejarte en paz.

Respiro, bajo los hombros y miro a la lente.

—Hola, soy Inés Arriaga y esto es La Línea Clara.

Pausa. Respiro.

—Hoy quiero hablar de una palabra que usamos cada vez con menos cuidado: matrimonio.

Llaman a la puerta y es Cris, que viene a por unos apuntes. Paro, se los doy. Vuelvo a mi grabación. La verdad es que ser influencer en un colegio mayor incluye interrupciones. Sigo.

—No todo afecto necesita convertirse en institución.

No todo vínculo, por intenso que sea, puede reclamar para sí una palabra que tiene una historia, una raíz y un significado concreto.

Y decir esto no es odiar a nadie. Es negarse a que el lenguaje se disuelva cada vez que una emoción exige ser validada.

Lo digo limpio, sin temblar. Sin mirar demasiado el papel.

La cámara me devuelve una versión de mí que conozco bien: piel clara, ojos serenos, pelo en su sitio, voz suave.

La chica que puede decir una frase dura sin parecer agresiva.

La chica que muchas madres comparten en grupos de WhatsApp con un “por fin alguien joven habla claro”.

La chica que mi padre ve en silencio después de cenar y luego resume con un “bien, Inés”.

También soy la chica de San Griselmo. La que modera debates, escribe artículos para la revista universitaria y sabe sonreír a doña Beatriz Salvatierra cuando la llama “una voz necesaria”.

Sigo durante diez minutos. Hablo de familia, de lenguaje, de tradición, de cómo las palabras no son etiquetas intercambiables.

Cito un artículo que leí anoche, una columna antigua, un dato sobre cambios legislativos que he comprobado tres veces.

Evito cualquier expresión que pueda sonar hiriente de forma directa. Eso siempre me ha parecido importante.

Si algo se dice con respeto, no debería molestar a nadie. Esto no va de personas, va de principios.

—Quizá la verdadera valentía hoy no sea llamar libertad a cualquier deseo, sino preguntarnos qué ocurre cuando una sociedad deja de distinguir entre amar y otras formas de sentir.

Pulso detener.

Durante unos segundos no me muevo.

Clara levanta la cabeza.

—Ha sido fuerte.

—¿Mal?

—No he dicho mal. He dicho fuerte.

—Eso no significa nada.

—Significa que mañana tendrás treinta comentarios de señoras con foto de hortensia llamándote valiente y veinte personas queriendo prender fuego al colegio mayor.

—No exageres. Alguien tiene que hablar claro.

Me levanto para revisar el vídeo. La luz está bien. El encuadre también. En la estantería se ven dos libros, una vela apagada y una esquina del crucifijo de la pared. Me detengo ahí.

El crucifijo no tenía que salir. Acerco dos dedos a la pantalla y amplío la imagen. Apenas se ve. Un borde dorado, una sombra. Nada que distraiga.

—¿Se nota mucho? —pregunto.

Clara se acerca por detrás y mira.

—¿El qué?

—El crucifijo.

—Casi nada.

—Mejor.

—¿Por qué mejor?

—A ver, porque si se ve demasiado, el vídeo deja de ser una reflexión y se convierte en una declaración de guerra para algunos. Y si no se ve nada, mi madre diría que escondo lo que soy.

También pienso en si Salvatierra aprobaría el guión, y creo que sí. Creo que ha quedado perfecto, un mensaje moderno y también respetuoso con los valores tradicionales, como debe ser.

Abro el editor y corto el principio, donde parpadeo demasiado. Ajusto un poco la calidez. San Griselmo tiene una luz preciosa, pero severa. Si no la corriges, todo parece grabado dentro de una capilla triste.

Subo el vídeo a YouTube. Después preparo el reel para Instagram.

Título:

Matrimonio no es cualquier forma de amor

Lo miro. Es bueno: claro, coherente.

Publicar.

—Oye, ¿vemos un capítulo de How I met your mother? — dice Clara.

—Espera, quiero ver las reacciones.

Durante los primeros minutos no ocurre nada. Ese silencio breve en el que una publicación todavía no sabe si va a vivir o a hundirse. Me digo que voy a cerrar Instagram y ya seguiré mañana. Pero no, porque ya llega el primer comentario.

Maravillosa reflexión, Inés. Como siempre, valiente.

Luego otro.

Por fin alguien joven dice las cosas claras.

Otro.

Qué elegancia para explicar algo que muchos pensamos.

Sonrío aunque intento no hacerlo.

Los comentarios siguen entrando. Hay críticas, claro. Siempre las hay. Una cuenta me llama homófoba. Otra dice que mi discurso es medieval con filtros de Canva. Alguien escribe: “qué pereza de niña pija opinando sobre vidas ajenas”.

Ese me molesta más de lo razonable. Niña pija. Como si venir de una buena familia desautorizara cualquier pensamiento. Como si hablar bien fuera una trampa. Como si mi ropa, mi acento, mi colegio mayor o mi pelo limpio fueran argumentos en mi contra.

Aparece otro comentario de apoyo:

Orgullo de San Griselmo. Hacen falta más chicas jóvenes con esta claridad.

Contesto a algunos comentarios con educación. Qué bien que tanta gente me apoye. Creo que somos más de lo que nos venden. Y creo que mi vídeo está muy bien explicado.

Respondo también a algunos haters.

Gracias por verlo. Discrepar no implica odiar.

Precisamente hablo de instituciones, no de personas concretas.

Entiendo tu punto, aunque creo que reducirlo todo a “derechos” impide una conversación más profunda sobre el lenguaje.

Las respuestas salen solas. Las he escrito de muchas formas antes.

Entonces aparece un comentario que me rompe totalmente, y ni siquiera sé por qué.

Dices que no hablas de personas concretas, pero se nota que nunca has pensado en quién sangra cuando tú ordenas las palabras.

Me quedo inmóvil. Clara está comiendo pipas a mi lado, y a falta de serie se ha enganchado a ver conmigo las respuestas.

—Uy.

—¿Qué?

—Ese ha dolido.

—No ha dolido.

—Inés.

—Es un comentario pretencioso.

—Sí. Y ha dolido.

Leo el nombre.

lara_mrtn

La foto de perfil es pequeña. Una chica con el pelo corto, sentada en algún sitio que parece una cafetería o una biblioteca, mira a cámara de reojo. Lleva una sudadera oscura y tiene una expresión tranquila, casi aburrida. No parece furiosa. Eso me irrita.

La gente debería parecer más consciente cuando decide escribir algo así.

Entro en su perfil. Tiene pocas fotos. Una placa de circuito impreso con cables soldados.

Un café en una taza desconchada en una terraza que quizá sea Chamberí.

Una radio antigua abierta por detrás, con un destornillador pequeño al lado.

Una mujer mayor cocinando croquetas. Una story destacada llamada “cacharros”.

En la biografía pone:

Ingeniería. Madrid. Arreglo cosas. A veces.

Qué seca. Qué ridícula. Vuelvo al comentario.

Lo leo otra vez.

Dices que no hablas de personas concretas, pero se nota que nunca has pensado en quién sangra cuando tú ordenas las palabras.

No sabe nada de mí. Eso es lo primero que pienso. No sabe de mi familia. No sabe de Burgos.

No sabe de mi padre leyendo el periódico en silencio, de mi madre poniendo la mesa con cuidado cuando algo duele demasiado para nombrarlo, de las llamadas que no se contestan, de los huecos que una aprende a no mirar durante las comidas.

No sabe de Mateo. El nombre me atraviesa por dentro antes de que pueda evitarlo.

Una manga azul sobre la mesa del comedor, un vaso sin tocar, mi madre recogiendo platos con demasiada prisa. Mi padre diciendo que no era momento de montar una escena. Mateo de pie junto a la puerta, con la mandíbula apretada y los ojos llenos de una rabia triste.

Cierro el portátil en seco. Clara me mira.

—¿Todo bien?

—Sí.

La palabra sale perfecta. Casi. El móvil vibra.

Durante un segundo pienso en él. En mi hermano Mateo. En lo absurdo de que pueda seguir ocupando tanto espacio alguien con quien casi no hablo.

Es mi madre.

Mamá:Precioso el vídeo, hija. Tu padre dice que has estado muy serena. Estamos orgullosos.

—¿Tu madre?

—Sí.

—¿Algo importante?

—Nada. Lo de siempre.

Deberíamos dormir, que mañana como siempre hay que salir de las habitaciones antes de las 10 para que limpien.

Aquí todo tiene hora: cenar, estudiar, rezar si una quiere, apagar la luz, recibir visitas, no recibirlas demasiado tarde.

Cojo el móvil otra vez y vuelvo a abrir Instagram. Me vuelvo a quedar mirando ese comentario de la chica de pelo corto. ¿Por qué me molesta tanto?

A ver, es lógico. Es mi perfil. Mi comunidad. Mi espacio. No tengo obligación de permitir que cualquiera entre a dejar frases diseñadas para humillarme delante de la gente que me sigue.

Mantengo el dedo sobre la pantalla. Eliminar. La opción aparece. No pulso. En lugar de eso, entro en mensajes privados.

INÉS:Hola, Lara. He visto tu comentario. Si quieres discutir mi argumento, podemos hacerlo, pero te agradecería que no convirtieras una discrepancia en una insinuación personal.

Lo leo. Suena bien. Sereno. Sí, le pongo en su sitio. Pulso enviar antes de arrepentirme.

Durante unos segundos no pasa nada. Luego aparece la señal de que está escribiendo.

Se detiene. Vuelve. Se detiene otra vez. Clara se inclina.

—¿Le has escrito?

—Solo para aclarar algo.

El mensaje llega.

LARA:No era una insinuación. Era una observación.

Me quedo mirando la pantalla. No sé qué me molesta más: la frase o su tranquilidad. No estoy acostumbrada a que me dejen sin saber qué decir.

Clara suelta un silbido bajo.

—La ingeniera ha venido con destornillador.

Aparto el móvil.

—No pienso entrar en esto.

—Ya has entrado.

—Voy a contestar una vez más y cerrar el tema.

Clara se ríe.

—Frase histórica pronunciada antes de todos los desastres.

La ignoro y vuelvo al chat.

INÉS:Una observación también puede ser injusta.

Lara responde rápido.

LARA:Sí. Por eso conviene mirar si se sostiene.

Aprieto la mandíbula.

INÉS:¿Y tú has decidido que no se sostiene después de un vídeo de diez minutos?

LARA:He decidido que un vídeo de diez minutos puede hacer más daño que una frase mal puesta.

Me arde la cara.

INÉS:No sabes nada de mí y no tienes ni idea.

LARA:Me basta con saber el efecto de frases como las que dices en tu vídeo.

No puedo evitarlo: vuelvo a pensar en Mateo. En el portazo. En los años de mensajes breves, cuidadosos, casi administrativos. En la foto de perfil donde sale con Diego en una terraza de Madrid, riéndose como si hubiera aprendido a vivir lejos de nosotros sin pedir permiso.

INÉS:Hablas como si fueras la única persona que ha visto sufrir a alguien.

En cuanto lo envío, sé que me he equivocado.

Lara tarda más en responder. Cinco segundos. Diez.

Me empiezo a poner nerviosa. No lo tenía que haber mandado. Qué rabia.

Clara me mira de reojo. Yo no digo nada.

El mensaje llega.

LARA:No soy la única. Por eso me preocupa cuando alguien convierte ese sufrimiento en tema de debate.

Me quedo bloqueada. Clara se incorpora un poco.

—¿Inés?

No puedo responder. El móvil vibra en mi mano.

LARA:Déjalo. No tienes que contestar ahora.

Me siento en la cama. Leo esa frase varias veces.

Algo en mí, algo ridículo y cansado, agradece el permiso.

Bloqueo el móvil y lo dejo boca abajo sobre la colcha. Luego miro el aro de luz apagado sobre la mesa.

Durante todo el tiempo he pensado que Lara había entrado en mi perfil para atacarme.

Ahora tengo una sospecha mucho peor.

Quizá ha entrado para obligarme a escuchar el ruido que yo llevaba demasiado tiempo corrigiendo.