Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 26 La medida de las cosas
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Capítulo 26 La medida de las cosas

ALIA

El traqueteo del tren se detiene en los andenes de Sants exactamente a las ocho y cuarto de la tarde. Mientras arrastro la maleta de mano por el vestíbulo de la estación, noto una vibración distinta en las piernas.

En el asiento trasero del taxi, miro por la ventanilla , hasta que nos acercamos a las calles estrechas del Born.

Llevo en la bolsa de cuero una botella de un vino de pequeña producción que el sumiller de una tienda especializada de Madrid me recomendó tras asegurarme, tres veces, que sabía «a tierra y a madera vieja, no a laboratorio».

Cuando le pedí que no me diera la ficha técnica, me miró como si hubiera cometido un sacrilegio comercial. Sonreí para mis adentros.

El taxi me deja en la esquina del paseo.

Al bajar, el olor a salitre, a fritura de las terrazas y a asfalto recalentado me golpea la cara.

Es el ruido del mundo ocurriendo. Camino hacia el portal de Cristina, subo los escalones de piedra desgastada de tres en tres y, cuando llego al rellano del primer piso, me detengo un segundo para recuperar el aliento.

Miro el reloj de pulsera. Las nueve menos cinco. Ajusto la bolsa del vino, me recoloco la camisa, y llamo a la puerta.

No hay pasos apresurados, pero la cerradura gira casi de inmediato. La puerta se abre y el olor a café, a Bruna y a madera limpia me inunda antes de que pueda dar el primer paso.

Cristina está de pie en el umbral. Lleva unos pantalones cortos de lino y una camiseta gris holgada, con el pelo recogido en un moño deshecho del que se escapan varios mechones oscuros sobre la nuca.

Antes de que alguna de las dos articule una palabra, un hocico húmedo se abre paso entre las piernas de Cristina. Bruna suelta un gemido sordo, una especie de ronroneo canino de puro entusiasmo, y apoya las patas delanteras directamente sobre mis vaqueros.

—Hola, Bruna —murmuro, agachándome de inmediato, dejando la maleta en el suelo y permitiendo que me lama la barbilla mientras le rasco la base de las orejas—. Sí, yo también te he echado de menos. A ti también.

Cuando me levanto, Cristina me quita la bolsa del vino de la mano y me mira de arriba abajo.

Cristina deja el vino sobre el mueble del recibidor y, sin previo aviso, da el paso que falta.

Me rodea el cuello con los brazos y apoya la frente contra mi clavícula.

Siento el impacto de su peso, la calidez de su piel expuesta y el ritmo acompasado de su respiración contra mi pecho.

La rodeo por la cintura, pegándola a mí con una fuerza que no sabía que tenía, hundiendo la cara en su pelo.

—Estaba asustada —admite en un susurro, contra mi cuello—. Pensé que cuando la inercia de tu vida de verdad te atrapara en Madrid, Barcelona te parecería un desvío demasiado complicado.

—No es un desvío, Cris —le digo, separándome lo justo para acunar su rostro entre mis manos, obligándola a mirarme—. Es algo que quiero dentro de mi vida, no al margen de ella. He pasado años construyendo una vida donde no cabía nada que no pudiera controlar. Ya no quiero seguir haciéndolo.

La botella pesa menos de lo que esperaba.

La llevo agarrada por el cuello dentro de una bolsa de papel grueso mientras Cristina y yo caminamos hacia La Casa de las Golondrinas.

He dejado la maleta en su recibidor, junto a las zapatillas de lona y la correa de Bruna, y durante unos minutos me ha costado apartarme de aquel pequeño conjunto de objetos domésticos.

Bruna se ha quedado en casa después de recibir una compensación alimentaria que Cristina ha denominado «acuerdo bilateral». Antes de cerrar la puerta, la perra se ha tumbado atravesada en mitad del pasillo con una expresión de abandono tan calculada que he estado a punto de cancelar la salida.

—No la mires —me ha advertido Cristina—. Se alimenta de la culpa.

Ahora caminamos juntas por las calles del Born. Es viernes por la noche y el barrio está lleno de terrazas, bicicletas y conversaciones que se derraman sobre las aceras. Cristina roza mi mano varias veces al andar hasta que termina entrelazando los dedos con los míos sin anunciarlo.

La naturalidad del gesto me produce una emoción más difícil de gestionar que cualquier declaración.

—¿Estás nerviosa? —pregunta.

—He entrado en reuniones con fondos de inversión hostiles sin estar nerviosa.

—Eso no responde a mi pregunta.

Miro la bolsa que llevo en la otra mano.

—No conozco el protocolo.

—Es vino, Alia. Se abre y se bebe.

Al llegar al pasaje adoquinado, reduzco el paso.

La primera noche entré en La Casa con un margen de setenta minutos, una cena de trabajo esperándome y la seguridad de que aquel lugar era únicamente una desviación puntual de mi agenda.

Esta vez no tengo hora de salida.

Las puertas que dan al patio están abiertas. Desde el exterior llegan el murmullo de las conversaciones, una canción de fondo y el tintineo de varias copas. Las guirnaldas de luces dibujan un techo cálido entre las paredes de piedra.

Cristina cruza el umbral primero.

—Ya estamos aquí —anuncia.

Varias mujeres levantan la cabeza. Algunas me reconocen de la semana anterior y me saludan con gestos espontáneos. Otras continúan hablando sin concederle demasiada importancia a mi llegada.

Lo agradezco.

Núria está inclinada sobre una mesa, intentando encajar la pata de un proyector en un soporte claramente incompatible. Al vernos, abandona la tarea con un alivio que intenta disimular.

—Alia —dice—. Has vuelto.

—He traído el vino.

Levanto la bolsa como prueba documental.

—Entonces eres bienvenida por duplicado.

Cristina deja escapar una risa y se acerca a ayudarla con el proyector. Yo permanezco unos segundos en la entrada, observando el patio.

El panel de las cartulinas continúa en la pared del fondo. Muchas de las frases siguen siendo las mismas, pero han aparecido otras nuevas:

Quiero volver a nadar sin contar los largos.

Quiero volver a cocinar solo para mí.

Quiero volver a decir que no sin añadir una explicación.

Busco mi tarjeta casi por reflejo.

La encuentro en una de las esquinas.

Quiero volver a disfrutar.

Debajo, alguien ha añadido con otra caligrafía:

Yo también.

La frase me hace sonreír.

Entonces veo el cartel.

Está colocado junto al panel, impreso sobre una cartulina color crema y sujeto con dos chinchetas negras.

VOLVER A NOSOTRASPrograma piloto de actividades culturales y acompañamientoDirección: Cristina Soler

Me acerco.

—¿Qué te parece?

Cristina se ha colocado a mi lado sin que la oyera acercarse. Tiene una copa vacía en la mano y una ligera mancha de tinta azul en el lateral del índice.

Miro otra vez el cartel. Su nombre no aparece oculto en una página interior ni relegado a los agradecimientos. Está en el centro, justo debajo de la idea que ha creado.

—Me parece tuyo.

La expresión de Cristina cambia. No es una sonrisa completa, sino algo más íntimo que se instala despacio en sus ojos.

—Lo es —responde.

Núria golpea una copa con una cucharilla y reclama la atención del patio.

—Antes de que algunas acabéis con las existencias sin escuchar la historia, tenemos una botella nueva.

Varias mujeres se vuelven hacia nosotras.

La etiqueta es sobria, sin ilustraciones, con el nombre de una pequeña bodega impreso en letras oscuras.

Núria la examina.

—¿Qué has traído?

—Un coupage de producción limitada de una finca de la sierra de Gredos, fermentado con levaduras autóctonas y criado durante…

Me detengo.

Cristina se tapa la boca con los dedos para ocultar la risa.

Núria espera.

Miro la botella otra vez.

—No tengo la menor idea —admito.

Algunas mujeres ríen.

—Eso sí que no me lo esperaba —dice Marta desde una mesa.

—El sumiller intentó darme una explicación detallada. Le pedí que no lo hiciera.

—¿Por qué la escogiste entonces? —pregunta Núria.

La respuesta que había preparado durante el viaje desaparece. Observo las luces del patio, el panel de las cartulinas y el nombre de Cristina en el cartel.

—Porque me dijo que no necesitaba entenderla para disfrutarla —respondo—. Me pareció una idea que debía practicar.

El vino circula por las mesas en copas desparejadas. Cristina me entrega la primera y nuestras manos se rozan alrededor del cristal.

—Por este viernes —dice.

—Por no analizarlo demasiado.

—Tampoco hagamos promesas imposibles.

Chocamos las copas.

El vino sabe a frutos oscuros, a madera y a algo mineral que no intento clasificar.

—¿Y bien? —pregunta Cristina.

Doy otro sorbo.

—Me gusta.

—¿Eso es todo?

—Estoy aprendiendo a no convertir cada experiencia en un informe.

—El progreso es alarmante.

Durante la siguiente hora, el patio se llena de pequeñas conversaciones.

La música cambia. Empieza una salsa lenta, más ligera que la de aquel local del Born, pero con una clave reconocible.

Cris deja el bolígrafo sobre la mesa y camina hacia mí.

—¿Bailas? —pregunta.

—Los martes.

Se detiene.

—¿Qué?

—Me apunté a una clase en Madrid.

Su sorpresa resulta tan franca que me hace reír.

Cristina me rodea el cuello con los brazos.

—Estoy orgullosa de ti.

La frase me produce un calor silencioso en el pecho.

Coloco una mano en su cintura y empezamos a movernos entre las mesas. Apenas hay espacio para giros, de modo que bailamos cerca, adaptando los pasos al pequeño cuadrado de baldosas que queda libre.

No es la noche de la universidad.

Tampoco es el bar donde recuperé el movimiento de mi cuerpo después de tantos años.

Es un viernes normal en La Casa. Hay mujeres discutiendo sobre libros, alguien ha derramado vino cerca de la puerta y Núria intenta abrir el baño con una tarjeta de plástico.

Cristina apoya la mejilla contra la mía.

—No quiero ser la parte bonita de tu vida a la que vienes cuando consigues vaciar la agenda —dice en voz baja.

No dejo de moverme.

—Lo sé.

—No, Alia. Necesito que lo entiendas de verdad. No quiero pasarme los próximos meses esperando a saber cuándo puedes escaparte.

Reduzco el paso hasta que apenas nos balanceamos.

—No quiero que esperes.

Cristina se aparta lo suficiente para mirarme.

—¿Qué estás proponiendo?

He pensado en esa pregunta durante todo el viaje. He abierto el calendario tres veces y lo he cerrado otras tantas.

—Que lo intentemos —digo—. Tú vendrás a Madrid. Yo vendré aquí. Algunos fines de semana no podremos vernos y no convertiremos eso en una prueba de que esto no funciona. Si una tiene que cancelar, lo hablará antes de decidir por las dos que la otra no lo entenderá.

—Eso último parece dirigido específicamente contra ti.

—Lo está.

Una pequeña sonrisa suaviza su expresión.

—Tu trabajo seguirá siendo importante.

—Sí.

—El mío también.

—Sí.

—Y habrá semanas en las que uno de los dos ocupe más espacio.

—Mientras no sea siempre el mismo.

Cristina guarda silencio.

—No sé cómo se hace una relación entre dos ciudades —admito—. No quiero presentarte un plan perfecto porque no lo tengo. Pero sí sé que no quiero seguir llamando imposible a algo solo porque requiere aprender una forma nueva de hacerlo.

—¿Y si sale mal?

—Lo hablaremos cuando haya algo que esté saliendo mal. No antes.

Su sonrisa aparece lentamente.

—Eso ha sido sorprendentemente sensato.

—Me estás perjudicando la reputación.

Cristina vuelve a apoyar la cabeza en mi hombro. Retomamos el movimiento.

La canción termina y ninguna se aparta de inmediato.

A nuestro alrededor, La Casa continúa con su viernes. No hay aplausos, ni miradas solemnes, ni una música distinta que anuncie que acabamos de empezar algo.

Solo la mano de Cristina en mi nuca y la mía apoyada sobre su espalda.

Cuando salimos, la botella está vacía.

Caminamos hacia su piso con los dedos entrelazados. La maleta continúa esperándome en el recibidor, pero ya no me parece el equipaje de una visitante.

Me estiro para quitarme el reloj de pulsera —ese cronómetro plateado que ha gobernado cada minuto de mi madurez— y lo dejo caer sobre la mesa de centro con un tintineo seco. Cristina lo mira y luego me mira a mí, entendiendo el gesto perfectamente.

—Ya no hay hora de cierre —dice en voz baja.

—No. Hoy no.

Sus dedos, suaves y seguros, suben por mi brazo hasta detenerse en el primer botón de mi camisa de lino.

Lo desabrocha despacio, con una deliberación que me corta la respiración.

Después el segundo. Siento el aire fresco de la noche entrar por la abertura de la tela, pero el verdadero calor emana de sus manos cuando se deslizan por debajo, buscando la piel desnuda de mis costados.

Suelto un gemido sordo cuando sus palmas cálidas recorren mi cintura. Me inclino hacia delante y la beso. Es un beso hondo, pausado, donde nos tomamos el tiempo de reconocernos tras los días de ausencia. Su boca sabe a vino y el beso tiene la calma de algo que ya no necesita apresurarse.

Nos movemos hacia el dormitorio casi sin romper el contacto.

La cama de Cristina nos recibe con las sábanas limpias y frescas, un contraste perfecto con el calor denso de la noche barcelonesa.

Allí, bajo la luz tamizada que se filtra por la persiana de madera, nos desvestimos la una a la otra con una lentitud que roza la reverencia.

Contemplo el cuerpo de Cristina bajo la penumbra: las líneas suaves de sus hombros, la curva de su cadera, la pequeña cicatriz en su costado.

Sus labios descienden por mi cuello, deteniéndose en la clavícula, provocándome un escalofrío que me obliga a arquear la espalda. Mis manos se hunden en su pelo deshecho, guiándola, mientras mis piernas se enredan con las suyas.

—Cris —gimo contra su oído, perdiendo el control de la sintaxis, dejando que las palabras se rompan en mi boca mientras la acerco más a mí.

Ella responde con un suspiro largo, un temblor que recorre nuestros cuerpos al unísono cuando el placer nos alcanza de lleno, nítido y espeso, dejándonos abrazadas en mitad de la penumbra, con los corazones latiendo desbocados contra las costillas.

Después, el silencio del piso es absoluto. Bruna ha vuelto a su rincón junto al pasillo y el aire del balcón refresca levemente la habitación.

Cristina duerme de lado, con una mano apoyada en mi pecho y la respiración acompasada, profunda.

Yo me quedo boca arriba un rato, mirando las vigas del techo.

Cierro los ojos, me pego a su espalda, adaptando mi cuerpo a su curva natural, y por primera vez en diez años, me quedo dormida antes de haber calculado las consecuencias del día siguiente.