Epílogo La noche en que volvimos a bailar
ALIA
Tres meses después, sigo llegando a La Casa de las Golondrinas con cinco minutos de antelación. La puntualidad es la única costumbre rígida que me he permitido conservar; el resto de mis estructuras se ha vuelto deliciosamente flexible.
Este viernes ha traído una lluvia fina que cubre el pasaje adoquinado con un brillo oscuro. Cierro el paraguas bajo la arcada y miro el reloj antes de guardarlo dentro del bolso. Ya no lo consulto para contar los minutos que me quedan para huir, sino para saborear los que me faltan para verla.
En San Griselmo ya saben que algunos viernes termino la jornada desde Barcelona. La primera vez que Carlos me preguntó si podía organizar una reunión tardía, le expliqué que tenía un tren para venir a ver a Cristina. Lo dije sin anestesia, sin camuflarlo bajo la etiqueta de "asuntos propios".
Sofía la conoció el mes pasado durante una cena en Madrid. Se entendieron con una rapidez que resultó ligeramente ofensiva. Pasaron dos horas riéndose de mis manías con los rotuladores.
No todo está resuelto y quizá tarde tiempo en estarlo. Por primera vez, no siento que su incomodidad sea una orden para volver a esconderme. El mundo puede reajustarse a mi ritmo, y no al revés.
Al entrar en la sala principal, veo a Cristina junto al atril.
Lleva un vestido verde oscuro y el pelo suelto, con esos rizos rebeldes que tanto me gusta enredar entre mis dedos.
Sostiene varias tarjetas entre las manos y escucha a una de las participantes con toda la atención del cuerpo, inclinándose hacia ella como si no hubiera otras cincuenta personas en la estancia.
Levanta la vista y nuestras miradas se enganchan en el aire. La sonrisa que aparece en su rostro no es la de la coordinadora del programa ni la de la mujer que intenta tranquilizar a alguien antes de hablar en público.
Es para mí. Entera.
Cruza la sala con ese andar seguro que ahora me resulta tan familiar.
—Has llegado pronto.
Me besa en la boca con naturalidad. Un beso cálido, lento, que sabe a reencuentro y a fin de semana.
La agarro de la cintura antes de que pueda alejarse y la acerco otra vez, disfrutando de la firmeza de su cuerpo contra el mío.
—Enhorabuena —digo, mirando alrededor—. Lo has conseguido.
Cristina sigue mi mirada.
En las paredes hay fotografías de las actividades, frases escritas por las participantes y pequeñas muestras de todo lo que ha ocurrido durante las doce semanas.
—Lo hemos conseguido —responde.
—No. Yo he venido, he bebido vino y he emitido opiniones sobre la distribución presupuestaria únicamente cuando me las has pedido.
—Un sacrificio enorme.
—Lo has dirigido tú.
Cristina baja la mirada un instante.
—Sí.
Veo cómo se le expande el pecho. Todavía le emociona decirlo. Y a mí me vuelve loca verla brillar así.
Núria pide silencio desde el fondo de la sala. Todas ocupamos nuestros lugares. Cristina sube al pequeño estrado y coloca las tarjetas sobre el atril.
—Hace tres meses empezamos este programa con una pregunta —dice—: «¿A qué parte de ti te gustaría volver?».
La sala queda en silencio.
—Durante estas semanas hemos vuelto a pintar, a nadar, a escribir, a cantar, a viajar solas y a ocupar habitaciones de nuestra propia vida que llevaban demasiado tiempo cerradas. Pero hemos descubierto algo importante.
Cristina levanta los ojos y me encuentra entre el público. Sostengo su mirada, sintiendo un orgullo que me quema la garganta
—Volver no significa convertirnos otra vez en quienes fuimos. Significa dejar de vivir como si las partes que abandonamos ya no nos pertenecieran. Significa preguntarnos qué queremos ahora y concedernos permiso para responder en voz alta.
Aplaudo junto a las demás, con el corazón repicando con fuerza.
Después llegan las lecturas, las fotografías y los pequeños testimonios. Carmen habla de su caballete. Juana lee un relato sobre una mujer que se escapa durante una tarde para ir al cine sola. Ester muestra una imagen del grupo de natación entrando en el mar bajo un cielo rosado.
No todas las historias son triunfos completos.
Una mujer confiesa que todavía no se ha atrevido a viajar sola, pero ya ha pedido el pasaporte. Otra explica que solo ha conseguido escribir dos páginas.
Nadie considera que sea poco.
Cuando termina el acto, apartamos las sillas y abrimos las botellas. Alguien conecta el altavoz del patio. La primera canción es una salsa lenta que reconozco desde el acorde inicial. El pulso me da un vuelco.
Cristina se acerca con dos copas.
—Creo que esta canción te suena.
—Vagamente.
Deja las copas sobre una mesa y me tiende la mano.
—¿Bailas?
Miro el reloj. Las diez y diecisiete.
Mañana no tengo reuniones. El domingo volveré a Madrid. El martes bailaré con Raquel, que continúa entrando medio tiempo antes. Dentro de dos semanas Cristina dormirá en mi piso y probablemente dejará otro libro sobre la mesilla.
Hay trenes comprados, otros todavía por comprar y planes que cambiarán. Nada está perfectamente resuelto.
Tomo su mano, entrelazando mis dedos con los suyos.
—Otra canción.
Cristina sonríe.
Bailamos bajo las guirnaldas, con la lluvia fina repicando sobre el techo de cristal.
Su palma se apoya en mi espalda y mi cuerpo reconoce la presión exacta antes de que demos el primer paso.
Ya no hay rigidez, ya no hay conteos mentales.
Solo el ritmo fluyendo entre las dos. A nuestro alrededor, las conversaciones continúan y las copas chocan sobre las mesas.
Durante un giro, veo a Núria junto al panel de las cartulinas. Ha recogido varias que se habían caído al suelo. Sostiene una tarjeta en blanco entre los dedos.
Permanece mirándola unos segundos.
Después la guarda en el bolsillo de su chaqueta sin escribir nada.
Cristina vuelve a mí y el resto del patio desaparece.
—¿Dónde estabas? —pregunta, acercándose.
—Aquí.
La atraigo hacia mi cuerpo, eliminando cualquier rastro de distancia.
No estamos intentando recuperar a las mujeres que fuimos. Aquellas hicieron lo que pudieron con el miedo, el tiempo y las palabras que tenían. Nosotras tenemos otras. Palabras más libres. Palabras que ya no nos da vergüenza pronunciar.
Cristina apoya la frente contra la mía. La canción se aproxima al final, pero ninguna reduce el movimiento. Nuestros cuerpos siguen balanceándose, suspendidos en este refugio.
Esta vez sabemos que después habrá otra canción. Y otra. Todas las que queramos bailar.
FIN