Nunca imaginé que bailaríamos de nuevo (Sagradas Tentaciones nº 12) Capítulo 24 El espejo cóncavo
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Capítulo 24 El espejo cóncavo

ALIA

El taxi me deja en mi piso de Madrid pasadas las once. Al girar la llave y empujar la puerta, el silencio me recibe como un golpe seco en la cara. Mi apartamento de la Castellana es impecable: mármol blanco, líneas minimalistas, muebles de diseño nórdico y ni un solo objeto fuera de su sitio.

Hoy, sin embargo, el orden me resulta asfixiante. Huele a aire cerrado, a limpieza industrial. No hay platos sin fregar en la encimera, no hay olor a albahaca ni zapatillas de lona junto al pasillo.

Dejo la maleta en el suelo y me siento en el sofá de cuero gris, contemplando las paredes desnudas.

Me quedo quieta en la penumbra, incapaz de encender la luz, viendo cómo los faros de los coches que bajan por el paseo dibujan líneas erráticas en el techo. Deshacer la maleta me parece un esfuerzo titánico, así que me arrastro a la cama y me pongo el pijama sin pensarlo más.

El sonido estridente de la alarma me hace despertar de un vuelco. Es lunes. El día del plazo.

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La novena planta de la sede europea del grupo educativo al que pertenece San Griselmo, en la Rue du Faubourg Saint-Honoré huele a madera encerada, café de especialidad y ambición templada.

A través del enorme ventanal, París se despliega como un grabado impecable: los tejados de pizarra gris, las agujas de las iglesias y, al fondo, la silueta difusa de la Torre Eiffel recortando un cielo inusualmente azul.

El equipo internacional que me han asignado ya ha dejado tres carpetas de colores sobre la mesa de roble con los dosieres de las principales alianzas universitarias y corporativas en Europa.

Tengo capacidad real de decisión, un presupuesto que duplica el de Madrid, prestigio internacional y un salario con el que ni siquiera me atrevía a soñar cuando era estudiante.

Durante quince minutos, sentada en la silla de cuero, deseo con todas mis fuerzas aceptar. Quiero firmar. La cima de la montaña está aquí, bajo mis tacones de punta, y la vista es exactamente tan espectacular como me prometí que sería.

En la sala de juntas, el ambiente es de una cortesía quirúrgica. Jean-Luc, el director global de operaciones, desliza el contrato definitivo sobre la superficie de cristal.

Jean-Luc se inclina hacia delante, entrelaza los dedos y me dedica una sonrisa de absoluta confianza.

—Siempre has sido la primera en responder, Alia. Nunca hemos tenido que preguntarnos si estarías disponible. Por eso eres la persona idónea para este despliegue.

Antes, esa frase me habría llenado de orgullo. Habría sido la medalla definitiva a mi resistencia. Ahora, en mitad de esta sala climatizada, el elogio me resuena en los oídos con un eco metálico y extraño.

Durante años he interpretado mi disponibilidad absoluta como una prueba de valor. Sentada frente al comité, comprendo que también ha sido la manera más eficaz de asegurarme de que nadie pudiera vivir sin mí.

—Necesito una hora para revisar los anexos y valorarlo antes de firmar —digo, levantándome y cerrando la carpeta.

Jean-Luc parpadea, sorprendido por una petición de demora de la mujer que jamás ha necesitado pensar un paso.

—Por supuesto, Alia. Nos vemos a las doce.

Salgo del edificio sin el ordenador. Camino sin rumbo por una zona residencial tranquila, apartada del eje turístico, y me siento en la terraza de una cafetería pequeña con un café solo que no llego a probar.

París continúa funcionando a mi alrededor, ajeno por completo a la decisión que está a punto de reconfigurar mi futuro.

Dejo el teléfono sobre la mesa. La pantalla parpadea constantemente con notificaciones de correos que se acumulan.

Miro la calle. Me detengo a observar.

Tres trabajadores de una oficina cercana charlan en una mesa vecina, comiendo un bocadillo. Alguien atraviesa el paso de peatones a paso ligero, con una bolsa de deporte colgada del hombro.

De pronto imagino, con una nitidez dolorosa, una vida ordinaria que hasta ahora nunca me he concedido el derecho a reclamar.

Quiero volver a bailar un martes sin necesitar estar de vacaciones para justificarlo. Quiero cenar con alguien sin colocar el teléfono corporativo junto al plato, boca arriba, como una amenaza.

Viene a mi recuerdo la tarjeta que escribí en la Casa de las Golondrinas. Quiero volver a disfrutar.

A las doce en punto, regreso a la sala de juntas. Jean-Luc tiene el bolígrafo preparado. Yo me quedo de pie, apoyando las manos en el respaldo de la silla.

—Agradezco la confianza del comité —digo, y mi voz suena con una firmeza que desarmaría a cualquier consejo de administración—, pero no voy a aceptar la Dirección General en estas condiciones.

No quiero trasladarme a París ni asumir un puesto que requiera que mi disponibilidad vuelva a ser ilimitada.

Quiero continuar al frente de Madrid y consolidar el equipo que hemos construido allí.

Jean-Luc se recuesta en su asiento. La sorpresa apenas dura unos segundos antes de que su expresión recupere la neutralidad profesional.

—Es una decisión importante. No tienes que responder hoy. El comité puede darte veinticuatro horas.

—Lo he pensado durante los últimos diez años —respondo, y me descubro sonriendo con una calma absoluta—. Lo que no había hecho hasta ahora era preguntarme si todavía lo quería.

Les planteo una alternativa: continuar al frente de Madrid, incorporarme al comité estratégico europeo y liderar proyectos concretos de expansión sin asumir la residencia permanente en París.

Jean-Luc toma algunas notas. No sé si el comité aceptará la propuesta completa, si la reducirá o si la descartará. Por primera vez, esa incertidumbre no me hace modificar mi respuesta.

De camino al aeropuerto, llamo a Carlos.

—Quiero que a partir del próximo mes dirijas tú las reuniones operativas de los lunes —le digo, sin preámbulos.

Al otro lado de la línea se produce un silencio de perplejidad.

—¿Te han ascendido en París? —pregunta, con la respiración contenida.

—No. He decidido dejar de organizar el departamento como si fuera una emergencia que solo yo puedo resolver.

Carlos tarda tres segundos enteros en reaccionar.

—¿Estás bien, Alia?

—Creo que empiezo a estarlo.

Marco el número de Cristina. Noto el pulso acelerado en la garganta, pero no hay pánico.

El tono suena tres veces hasta que su voz, envuelta en el bullicio lejano de Barcelona, responde al otro lado.

—Hola, Cris. No he aceptado el puesto de París.

El silencio que se produce en la línea es tan nítido que casi puedo escuchar el motor de un autobús de fondo.

—¿Por mí? —pregunta ella, y detecto el miedo a la deuda en su tono.

—No. Y necesito que eso quede claro. No quiero que algún día sientas que tienes que compensarme por una decisión que era exclusivamente mía.

—Entonces... ¿por qué?

Miro el reflejo del sol sobre el capó del coche, respirando el aire cálido de la tarde.

—Porque no quiero esa vida. Quiero seguir trabajando, Cris. Quiero mi puesto, mis responsabilidades y todo lo que me ha costado construir. Pero también quiero bailar, descansar y leer dos horas sin sentir que estoy cometiendo una negligencia. Quiero tener una vida cuando salga de la oficina.

—Eso suena muy bien, Alia.

—Estoy teniendo una semana extraña —sonrío, relajando los hombros—. Puedo ir a Barcelona este viernes. Pero solo si quieres que vaya.

Cristina tarda unos segundos eternos en responder, calculando el peso de su propio tablero.

—Los viernes abrimos vino en La Casa —dice finalmente, y sé que está sonriendo.

—Lo recuerdo.

—Entonces trae una botella.

Cuando termina la llamada, no abro la aplicación del correo electrónico para revisar si París ha contestado a mi propuesta. Tampoco saco un cuaderno para calcular cuántos fines de semana al mes son necesarios para sostener una relación entre dos ciudades.

Mientras espero en el aeropuerto a que salga mi avión, compro el billete de tren para el viernes por la tarde.

No he dejado mi vida atrás. Solo que, por primera vez, he decidido que dentro de ella tiene que caber algo más.